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Entrevista

Carmen Mazarrasa, la miniaturista que construye casitas de encanto

Esta artista basada en Madrid crea exquisitas casas de muñecas donde puede controlar todo, excepto cuando los ratones deciden mudarse.

"Las cosas fuera de su escala natural hacen que tu cerebro salte un poco": Carmen Mazarrassa. Foto: Juan Carlos De Marcos

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En momentos de angustia abro Instagram y me desplazo impacientemente hasta que veo lo que necesito ver, y después exhalo, una relajación feliz. Lo que busco es algo reconocible, una planta, un lápiz, una silla, un bowl de dumplings, encogidos a una fracción de su tamaño. ¿Cómo describir el placer, el dulce placer de estudiar un iPhone miniatura, apto solo para un ratón ocupado, o un bagel de salmón ahumado que podría caber en un alfiler, o unas herramientas balanceadas en una uña? Mis favoritas son las miniaturas que son realmente banales, un multicontacto que salió en @DailyMini me emocionó, también un estante con postales apropiado solo para hormigas. En esos momentos de estrés, cuando el mundo se siente demasiado grande, tengo mucho de dónde elegir. 

El mundo de las cosas pequeñas crece. Los artistas que esculpen objetos miniatura encuentran nuevas audiencias en Instagram y clientes en Etsy, recientemente compré un pescado en su plato, a un doceavo de su tamaño real. También veo un paquete de bizcochos. Lo que alguna vez fue hobby de viejitos, durante la década pasada el hacer miniaturas ha tenido un boom entre los millennials. La reina de las miniaturas es Carmen Mazarrasa, cuyas pequeñas habitaciones, llenas de cosas anheladas, hacen que el observador se sienta tambaleante, por la escala y su deseo. Porque no es solo que las habitaciones con tapetes, o cerámica se vean reales, sino que parecen habitaciones que verías en Architectural Digest, llenas de arte y réplicas de sillas icónicas. 

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Una publicación típica capturará tu ojo con la escena de una sala que parece que recientemente la habitó gente culta y hermosa cuyo sillón de pana y pinturas de mediado de siglo cuentan una historia de arte y placer. Después, repentinamente, aparecerá una mano gigante por el techo y colocará un jacinto en un florero. Estas no son tus casas de muñecas promedio. “Hago estos espacios ideales miniatura que contienen cada obsesión que poseo”, me dice Mazarrasa desde Madrid. Al hacerlas ella aprende sobre técnica, percepción, escala, trucos visuales, espacios habitables y también sobre “la naturaleza humana”. 

Ella comenzó desde niña. Cada vez que su familia se mudaba, ella acomodaba muebles miniatura en una caja de zapatos o en un cajón mientras su madre acomodaba los muebles reales en la casa. A los 20, mientras estudiaba diseño de joyería, ella se mudó con su novio artista (y “músicos, filósofos y un par de terroristas, pero eso es una historia diferente”) y armó una casa de muñecas en su estudio. Cuando comenzó a trabajar en ella, se dio cuenta de que ella “intentaba arreglar todo lo que estaba mal con mi vida. Se convirtió en un proyecto que me permitió controlar mis circunstancias muy incontrolables”. 

‘A veces son semanas de probar telas, pintar muestras y mover muebles’. Foto: Juan Carlos De Marcos

Carmen se embarazó a los 22, y comenzó a imaginar una casa para su bebé. “Durante todo mi embarazo trabajé mucho en esta casa que imaginé en Trastevere (Roma), llena de arte futurista y muebles de diseñador que hice y rehice, muchas veces hasta arrancaba el techo. Le hice a mi bebé un cuarto de adolescente, lo que nos dio casi 15 años ahí”. Una vez su novio galerista vino a una visita del estudio y vio la casa, su pequeña terraza, su belleza inesperada y pronto su trabajo se exhibió, se elevó de hobby terapéutico a arte. 

Hace dos años renunció a su trabajo, pasaba la mitad de su tiempo manejando la granja familiar (“hacemos muy buen jamón español y aceite de oliva”) y el resto en sus miniaturas, y ocasionalmente hacía algún pedido de joyería. Una pieza típica comienza con la apertura de sus cajones con “materiales categorizados precariamente” hasta que ve un patrón acorde a su humor. “A veces son semanas de probar telas, pintar muestras y mover muebles hasta que puedo ver lo que hago”. Después comienza a construir. “Hay carpintería, pintura, electricidad, tapicería, cosido, bordado, arcilla, metal, cristal, porcelana, pintura al óleo y también acumulación y reutilización de pedazos sobrantes de metal y plástico, fibras, muestras, cuentas, tuercas y tornillos, plantas y pequeños pedazos de comida. Paso mucho tiempo asegurándome de que las cosas pesan lo suficiente para que se queden quietas”.

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Ella hace todo a mano, “excepto algún excusado. Al principio era cuestión de que no me gustaban los muebles que encontraba en las tiendas, pero ahora he desarrollado tantas habilidades técnicas diferentes que es un reto que se vuelve más y más interesante”. El otro reto, por supuesto, “es saber cuándo detenerse”. 

Fue cuando organizaba una exhibición de joyería en un museo arqueológico, trabajaba con escenas egipcias miniatura hechas de arcilla y madera que fueron enterradas con las momias, ahí fue cuando se dio cuenta de lo arraigado que está nuestro amor por las cosas pequeñas. “Hay un elemento en la naturaleza humana que se fascina por las cosas fuera de su escala natural. Sea pequeña o grande, la sola acción de cambiar su escala las vuelve simbólicas y al mismo tiempo las hace inútiles. Hacen que tu cerebro salte un poco para tratar de ponerlas en sus categorías predeterminadas”. 

Pero para Mazarrasa, también está la dicha de construir cosas. “Y hacer que los deseos se vuelvan realidad. Todo lo que quiero, está ahí al alcance de mi mano”. 

Un día, poco después de la primera exhibición, ella llevó la casita a la granja de sus padres en el sur de España y puso un taller. Ella comenzó a redecorar una vieja casa de muñecas durante el verano, después cuando llegó el otoño, cubrió las dos piezas con sábanas y se mudó a Londres. “Ahora, una de las obsesiones que tengo es que haya escaleras que conectan cada piso, y que las almohadas y los muebles suaves pesen lo suficiente para que se queden derechos. Para este propósito los llenaba con algodón y couscous para darles peso”. Un email llegó semanas después, con una serie de fotografías, las casas fueron destruidas. Los ratones se habían mudado. 

“El piso estaba cubierto de pequeñas popós, los muebles suaves tenían hoyos, los duros estaban roídos, todo estaba movido, increíblemente, algunos muebles subieron uno o dos pisos. Hicieron nidos en las camas y dieron a luz en algunas de ellas”. Años de trabajo, destruído. “Fue muy devastador. Fue en un momento en el que todo se derrumbaba, definitivamente fue como un símbolo”. Y aún así las fotos no solo fueron desconcertantes. “También eran hermosas. Tuvieron una salvaje fiesta bacanal, y quedó tan claro que la escala aumentó el entusiasmo. Al final lamenté no haberlos visto”. 

The Guardian
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