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Open Arms: un lustro salvando vidas en el Mediterráneo

El socorrista Òscar Camps, fundador de la ONG, cambió las playas por el alta mar. Hoy llevan 61,323 rescates de aquellos que quieren dejar África y llegar a Europa

Óscar Camps, fundador de Open Arms, en el puente de mando del barco que lleva el mismo nombre. ©Foto: Anna Portella/La-lista.

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Sin él no podríamos hablar de la América “Latina”. Porque sus aguas han sido la vía de conexión e intercambio de culturas y expansión de imperios, como el romano. Ellos, los griegos, los otomanos, los franceses, eran migrantes, incluso antes de que moverse del lugar de origen se le llamara migrar.

Hoy al Mediterráneo se lo ha considerado la fosa común más grande del mundo. Un cementerio bajo el agua, en el que yacen los cuerpos de aquellos que salieron del norte de África con la intención de llegar a Europa y no lo consiguieron.

“El mar hace desaparecer a todo el mundo. Es una tumba de más de 40,000 personas”, dice Òscar Camps a La-Lista, el fundador y director de Open Arms, organización no gubernamental encargada de rescatar a los emigrantes que quieren llegar a Europa por mar, generalmente, en embarcaciones pequeñas de madera y sincubierta.

La aventura del Open Arms empezó hace cinco años. Hoy es una de las organizaciones sin fines de lucro más conocidas en España. Todo se remonta a cuando Camps era un socorrista y dueño de una empresa de seguridad acuática. Las imágenes de dos niños muertos en la Mediterránea griega, que vio de casualidad en Facebook, le cambiaron la vida.

Tenía unos 15 mil euros ahorrados para comprarse un velero de segunda mano, pero decidió invertirlo en un viaje a la isla griega de Lesbos. Se fue con la idea de hacer lo que siempre había hecho en las playas de Badalona: salvar vidas. Desde entonces llevan 61,323 personas rescatadas.  

Ese año, 2015, fue considerado el de la crisis migratoria de la Unión Europea (UE). Más de 1 millón de personas llegaron de manera irregular al Viejo Continente, la mayoría solicitantes de asilo. Huían de guerras, pobreza y la crisis climática en países como Siria o Irak. Los datos oficiales muestran que desde entonces se ha relajado el flujo de llegadas, aunque persisten. La Organización Internacional para las Migraciones, de Naciones Unidas, ha contabilizado 1,152 muertes este 2020 y 84,675 llegadas en el Mediterráneo.

‘Que sólo tengas seis muertos es un milagro’

La-Lista visita a la ONG justo después de su expedición número 78, de la que regresaron el 1 de diciembre. Atracaron en el Port Vell de la capital catalana con un saldo de 116 vidas salvadas con dos socorristas y dos lanchas. “Que sólo tengas seis muertos es un milagro”, expresa Camps. Nos recibe en el barco, un antiguo remolcador de 47 años que adquirieron de segunda mano gracias a donaciones de voluntarios. El puerto de Barcelona es hoy su base.

Open Arms, en el puerto de Barcelona días antes de su 79a misión en el Mediterráneo. ©Foto: Anna Portella/La-lista.

La cubierta mide 150 metros cuadrados. Ha llegado a albergar hasta 500 personas. Los voluntarios entran y salen del interior. Hablaban español con acento catalán, gallego e italiano. Se preparan para la próxima misión, mientras esperaban a que pasasen los 14 días de cuarentena por Covid-19.

Òscar Camps nos lleva al puente de mando. Tiene 58 años, mide más de 1 metro y 80 centímetros, cabello frondoso y barba canosa. Sin conocerlo, uno puede intuir que es un nadador profesional porque sus hombros son delgados y su espalda ancha. Se queja de que después de todos estos años enfrentando gobiernos y trabas administrativas para poder seguir con su trabajo en alta mar, ahora les obligan a confinar a toda la tripulación aunque den negativo de la prueba PCR.

Una de las últimas contiendas fue contra el partido español de extrema derecha, Vox. Los acusaron de favorecer la inmigración ilegal y ser cómplices del tráfico de personas. “Ahora mismo no hay ningún barco humanitario en el mar. Open Arms es el único ¿Y no pasa nada? Falso. Sí pasa, pero no lo sabemos, porque no hay testigos”.

Open Arms, ‘open eyes

Esta ONG se ha convertido en los ojos del mundo ante los naufragios en el Mediterráneo. “A nivel político, no nos apoya nadie porque somos incómodos, dejamos en evidencia a la Unión Europea vulnerando su propia carta de derechos humanos”, asegura Camps.

Trabajan en la ruta de la Medierránea Central, un espacio de unos 350 kilómetros cuadrados, “la extensión de Alemania”. Fue la más transitada en 2020. La mayoría de migrantes procedían de Túnez, según datos de la UE, abandonaron el continente africano por Libia.

Desde la crisis de 2015, la Unión de los 27 ha puesto en marcha diferentes programas para formar a guardacostas en controlar las fronteras, salvar vidas en el mar o impedir el tráfico de migrantes y la trata de personas en países del norte de África, sobre todo, Libia, según el sitio web del Consejo Europeo, una institución pilar de unión de los 27 estados.

También ha implementado acciones para proteger y asistir a los migrantes y solicitantes de asilo que se encuentran en esos países. En Libia, por ejemplo, la UE ha destinado 408 millones de euros hasta la fecha, de acuerdo con la información oficial.

“Pagan a terceros países para hacer el trabajo sucio, son una tercera frontera”, dice Òscar Camps, sentado en un sillón en el puente de mando, mientras los dos capitanes del Open Arms revisan documentos de la operativa del barco. Intelectuales y organizaciones llevan años denunciando la externalización de fronteras de la UE.


“Una de las leyes más antiguas del mar es la de atender a las personas, incluso en caso de guerra estás obligado a rescatar a tus enemigos”, asegura el catalán ©Foto: Anna Portella/La-lista.

Amnistía Internacional (AI) publicó en septiembre de 2020 el informe “Entre la vida y la muerte”. En él solicita a la UE que revise su política de cooperación con Libia y la condicione a la protección de los derechos humanos de las personas refugiadas y migrantes en el país africano. Dicho reporte destaca:

“Entre los métodos de tortura mencionados más frecuentemente figuraban las palizas con tubos, mangueras y barras y la administración de descargas eléctricas. Las mujeres y las niñas corrían además riesgo de sufrir explotación y violencia sexuales. Los perpetradores, incluidos los funcionarios del Departamento de Lucha contra la Migración Irregular, torturaban o sometían a malos tratos a las personas bajo su custodia para castigarlas y humillarlas o para pedir rescate por ellas”.

“Entre la vida y la muerte”, informe Anmistía Internacional (septiembre, 2020).

Una niña llamada Milagro

El Open Arms opera en aguas internacionales. Por eso, a Òscar Camps no le gusta hablar de migrantes, porque esas aguas “son de todo el mundo”. Cuando reciben un aviso o alarma, se desplazan para ayudar a las embarcaciones con problemas. Llegar puede llevarles desde horas hasta días. “Vienen deshidratados, con hipotermia, heridas de guerra o torturas”, dice. El equipo médico puede realizarles pruebas de Covid-19, VIH-Sida y tuberculosis.

Los cadáveres también se rescatan. No tienen frigoríficos, así que los depositan en un rincón del barco y los llevan a tierra para darles la sepultura más digna posible.

Incluso ha habido partos a bordo. “Un bebe entró en parada cardiorespiratoria. Los socorristas tuvieron que practicarle medidas de reanimación durante muchísimo rato. Se remontó y la madre le puso el nombre de Miracle (Milagro)”, recuerda Camps. Hace unos meses ella les compartió una foto de la niña, hoy de 2 años, por redes sociales. 

La tripulación del barco cuenta con un equipo médico, además de socorristas, capitanes e intérpretes de árabe. ©Foto: Anna Portella/La-lista.

Cinco años después

Las historias del Open Arms han derivado en una película: Mediterráneo, que se rodó en 2020 en Grecia y usó algunos de los rescatados como extras. Camps dice que esto último le chocó. “Tengo pesadillas. Quizás, lo que más me afecta son los sonidos. A veces cuando oigo un grito de un niño o según qué ruido, durante unos segundos me pasan por la cabeza un montón de imágenes”, dice, mientras cierra los ojos y aprieta los párpados.

Aunque quisiera, no podría abandonar ahora. Siente una obligación moral, con las leyes del mar y con su labor de socorrista de seguir rescatando personas ante lo que el llama la inacción deliberada de las instituciones europeas con lo que sucede en el Mediterráneo. Lo que más lamenta son las muertes y el tiempo que no ha podido dedicar a sus cuatro hijos. “Han perdido un padre. Espero que me perdonen”, confiesa el proactivo rescatista.

La ONG ha ramificado sus actividades. Hoy tienen un programa que realizan en origen, en Senegal. Su intención es que la emigración sea informada y no imbuida por una idea errónea de “El Dorado” europeo. Y ya no sólo rescatan vidas. Ahora trabajan para no tener que hacerlo. “Hay un componente político detrás del rescate, es lo único que ha cambiado”, explica Camps, inocuo ante el incesante balanceo vertiginoso del barco, en este rincón de la Barceloneta. 

“Hay decenas de miles de muertos en el Mediterráneo que tienen responsables. Guardar silencio es ser cómplice”, sentencia Camps con seriedad. En relación a las autoridades europeas y a los ciudadanos que las eligen. “Hay que posicionarse porque tarde o temprano [esto] se va a juzgar. ¿Qué paso con los juicios de Nuremberg? Mucha gente se arrepentirá de no haberse posicionado en el lado correcto de la historia”. 

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