Ricos vs ultra ricos: la rebelión del club  de golf más prestigioso del Reino Unido
Campo de golf de Wentworth con la casa club al fondo. Fotografía: David Cannon / Getty Images

Como en todos los exilios, Michael Fleming recuerda cuándo comenzó su separación con su tierra madre: el 20 de octubre de 2015, un martes. En ese año, Fleming era capitán de Wentworth, un viejo y prestigioso club de golf en el noroeste de Surrey. Una empresa china, Reignwood Consulting Ltd, había adquirido recientemente el club, y la reunión general anual estaba programada para el día 20. Esa mañana, cuando ya tenía escrito su discurso, Fleming se encontraba en su clínica dental cuando recibió el email.

Prepárense para el cambio, escribió Wentworth a Fleming y sus colegas, junto con un esbozo de los anuncios planeados para la reunión: un enorme aumento a las tarifas de membresía y la reducción del número de miembros de casi 4,000 hasta unos cientos. Michael Parkinson, el anfitrión de chatshows, y miembro durante muchos años, le dijo al Mail el domingo que fue una decisión “chiflada”, dos días después de que el medio obtuvo los detalles. Peter Alliss, el comentarista de golf para la BBC, se quejó de que Reignwood estaba “trayendo la filosofía asiática al Reino Unido”. Fleming, cuyos modales son tan delicados que es difícil imaginarlo gritando “¡Fore!”, estaba en shock. Tuvo que reescribir su discurso.

En la reunión todo el mundo estaba de pie: unos cientos de personas intranquilas amontonadas dentro del salón de eventos del club. Stephen Gibson, el nuevo CEO de Wentworth, presentó la transformación venidera. Wentworth tendrá que ser el “Augusta de Europa”, dijo Gibson, tan codiciado, enrarecido y seguramente acaudalado como el club que alberga el US Masters. Para lograrlo, los miembros tendrían que volver a solicitar su inscripción, y pagar una cuota obligatoria de 138,400 dólares (esencialmente para prestarle el dinero a Reignwood y su dueño, un multimillonario chino llamado Yan Bin, por un término de 50 años). Los miembros también tendrían que desembolsar cuotas anuales más altas: 13,800 dólares individuales o 22,000 dólares por familia. Antes, la cuota familiar era de unos 11,000 dólares.

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Aún si todos los miembros pudieran pagar esto (algo poco probable porque al club no sólo asisten multimillonarios y CEOs, sino también agentes de bienes raíces y dentistas) no todo el mundo podría reinscribirse. Para hacerlo exclusivo, Yan Bin quería emitir sólo 888 membresías. Ese es un número de la suerte en China, pero no lo es tanto en Wentworth, pues significaba la pérdida de tres cuartos de sus miembros. “Había problemas”, me dijo un asistente. “Las personas estaban enojadas”. Un miembro, Sir Stanley Simmons, quien ahora tiene más de 80 años y en alguna ocasión fue el doctor de la Reina, protestó. Él llevaba más de 50 años en Wentworth, dijo, y reconocía que no le quedaban muchas rondas de juego más. ¿Por qué gastar 130,000 dólares más? La respuesta de Gibson, según otro miembro, fue: “No se preocupe, Sir Stanley, podrá cederla”.

Cuando Fleming se levantó para hablar, alcanzó un tono desafiante. “Algunos de ustedes tendrán que abrochar sus cinturones”. Yan Bin más bien necesitaba mejorar los greens, dijo, en lugar de presentar ideas tenebrosas como las cuotas. El sacrificio de miembros destruiría las tradiciones de Wentworth, advirtió Fleming. “Sería una vergüenza para nuestros nuevos dueños no ser considerados honorables”. No obstante, mientras se calmaba, sonaba dolido, como si se lamentara por una época ya perdida. “Al menos podremos decir que estuvimos aquí en buenos tiempos”.

Desde su fundación en 1922, el club de golf ha sido el núcleo de Wentworth Estate, una comunidad residencial privada que ocupa 700 hectáreas. Alrededor de 500 de sus casas están en caminos públicos. Unas 300 más, que además son más grandes y caras, están en calles privadas que serpentean a través y alrededor del club de golf. Estos residentes llaman “La Isla” a esta parte de la comunidad. Si eres un recién llegado, no siempre es fácil saber cuándo estás en el campo de golf y cuándo no. Los territorios de La Isla y el club se entrelazan como los dientes de un zíper. Es normal que las pelotas de golf aterricen en los jardines de las casas. Algunas calles se intersectan con los caminos del campo y los bordes tienen el mismo pasto acolchado de los greens. Algunas de las casas son tan lujosas que pueden confundirse con pequeños clubes. Después de todo se trata de Virginia Water, la primera ciudad británica a parte de Londres donde el costo promedio de una casa es de 1.38 millones de dólares.

Pero es imposible confundir el verdadero club una vez que lo encuentras: una alargada estructura con muros almenados y torres encima de la puerta. Se ve muy bien preparado para combatir una poderosa insurrección de caddies. Para los golfistas en todo el mundo, Wentworth es la cuna de la Ryder Cup, la casa del BMW PGA Championship y uno de los campos de golf más prestigiosos del mundo. Para los que juegan golf y viven en La Isla, el club es la razón por la que viven donde viven. Nigel Moss, un asesor de dirección y quien es miembro y residente de La Isla, me dijo: “Es nuestro vínculo, nuestro pub, nuestra iglesia, nuestro centro comunitario”.

Las reformas amenazaron con desalojar a la mayoría de los ocupantes de este espacio sagrado, al convertir el club de los simplemente ricos en un club para los escandalosamente acaudalados, el tipo de personas que pueden despilfarrar unos cuantos miles en una membresía para jugar golf. Una coalición de miembros, incluyendo a Fleming y Moss, se embarcó en una campaña de relaciones públicas para advertir de la destrucción de Wentworth, y que ni Yan Bin ni Gibo entendían su cultura e historia. La prensa se comió toda la historia, y en el encabezado con los “adinerados” frente a los “apestosamente ricos” vieron la oportunidad de hacer sonar los violines más pequeños del mundo para burlarse. Varios reportajes citaron a Parkinson, un hombre con no poco dinero, quejándose de que Yan Bin sólo quería “un estacionamiento lleno de Lamborghinis”. Un reportaje del Times sobre la disputa apareció junto a un artículo titulado: “Multimillonario gana la batalla legal por un yate de 16 millones de dólares demasiado pequeño”.

La disputa en curso entre Yan Bin y los miembros de su club ha atestiguado varias facetas dramáticas: amenazas, demandas, duplicidad, negociaciones, treguas, e incluso muertes. Pero la historia no se trata de la prepotencia de los ricos. En su lugar, es imposible escuchar sobre este embrollo (¡en un lugar llamado La Isla, por los cielos!) y no verlo como una alegoría. Con sus pinos y rododendros, sus casas con nombres como Heatherbrook o Bluebell Wood o Silver Birches, y las tenues lomas de los campos de su club Wentworth Estates mantiene la adorada visión del anglicismo pastoral. Pero desde la década de los 80, Wentworth ha cambiado de forma (igual que Inglaterra) por el dinero: primero la riqueza del 1% local, considerada en sí misma inmune al remolino de los cambios, pero que también se ha visto sujeta a los caprichos del capital global del 0.001% como Yan Bin. La saga es conocida: una pequeña localidad inconforme con la llegada de un extranjero. Excepto que ese extranjero es una corporación transnacional de participaciones, y la localidad es Wentworth Estate, una rebanada de Inglaterra conquistada por el mundo.

Michael Fleming se unió al club hace tanto tiempo que no puede recordar el año exacto: cree que fue en 1984 o 1985. Como no tenía suficiente dinero para comprar una casa en Wentworth Estate, él y su esposa encontraron una en el pueblo de Sunningdale, también bastante afluente, y suficientemente cercano para que Fleming pudiera atarse las agujetas en la cocina y llegar al primer tee siete minutos después.

Wentworth es un imán de golfistas dedicados. Fue en el Burma Bar, después de un amistoso entre golfistas estadounidenses y británicos en 1926, que el magnate de la jardinería Samuel Ryder propuso repetir el encuentro regularmente, y así nació la Ryder Cup. El club organiza el PGA Championship del tour europeo cada mayo. Jack Nicklaus, Sam Snead y Nick Faldo han jugado ahí. Ernie Els, alguna vez golfista mejor clasificado del mundo, me dijo que aún recuerda “el eco de los golpes entre los árboles” de su primer juego en el club; él amaba tanto a Wentworth que eventualmente compró una casa bastante cerca. Cuando Fleming se unió, Wentworth tenía dos campos de 18 hoyos: Este y Oeste. El tercero, llamado Edinburgh, se añadió en 1990. Son campos difíciles, dijo Fleming, para golf serio. “Odiarías el juego si empiezas a jugarlo ahí. Sería como subirse a un auto de Fórmula Uno sin saber manejar otro vehículo”.

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George Duncan de Gran Bretaña durante un amistoso contra Estados Unidos en Wentworth, 1926. Fotografía: Getty Images

Una ronda de golf requiere de tanto espacio lujoso y tiempo que nunca podría llamarse un juego de personas comunes. Y para mediados de la década de los 80, los clubs de golf ya tenían muchos años con la reputación de santuarios para los acaudalados corporativos, y como lugares donde estos ejecutivos no solo gastan su dinero sino también donde coluden para generar más. Aún así, Fleming insiste que Wentworth en aquellos días no era sólo para ricos. “Nadie te preguntaba de qué trabajabas. Ni siquiera podría decir con cuantas personas jugué que no fueron a la universidad”. En esos años, él pagaba cerca de 1,300 dólares anuales en cuotas, hoy en día eso sería menos de 4,100 dólares. A nadie le importaba si la comida era buena, porque ni siquiera comían ahí. Era golf y nada más.

Poco a poco, eso cambió. Más campos de golf abrieron en el cinturón verde alrededor de Londres, pues los agricultores vendieron sus tierras y los nuevos jubilados y los thatcheristas adinerados encontraron un nuevo hobby. Chelsfiel, la empresa de desarrollo de propiedades que era dueña del mayor porcentaje de Wentworth remodeló el club. Añadieron canchas de tenis, una piscina techada, un campo de prácticas. Cuando Chelsfield vendió Wentworth en 2005, el magnate de la ropa Richard Caring pagó lo compró por 180 millones de dólares. Caring pagó más que competidores como Savoy Hotels Group, y aunque amaba el golf, tuvo un poco de remordimientos. No era demasiado bueno para las subastas, según lo que le dijo al Financial Times. Sospechaba que pagó 50% más del valor del club.

Caring invirtió mucho. Mejoró los servicios de alimentos del club. Contrató a Ernie Els para liderar la renovación de nueve millones de dólares del Campo Oeste, para diseñar nuevos bunkers, retocar los greens y cambiar su tipo de césped. El proyecto tomó 13 años. “Era necesario”, me dijo Els. “Quiero decir, el campo llevaba más de 80 años sin cambiar”.

Pero los miembros siempre sintieron que Caring tenía en la mira a futuros compradores, para poder recuperar casi de inmediato su dinero. Las cuotas superaron “la zona de confort de una persona normal”, dijo Fleming. (Aunque, por supuesto, la mayoría de las cuotas de los clubs de golf jamás han estado dentro de la zona de confort de una persona normal). Los miembros cada vez eran más banqueros jóvenes y abogados que manejaban desde Londres de vez en cuando. Caring incluso quería construir un hotel cerca del club, para aumentar su valor, según otro miembro, pero su movida para conseguir los permisos fue bloqueada por los vecinos de Wentworth Estate. Finalmente, en 2014, Caring vendió el club a Reignwood por 186 millones de dólares, tuvo pocas ganancias. Así es como Wentworth Estate se convirtió en el hogar de Yan Bin, quien alteró la comodidad del club y puso de cabeza a su mundo.

La entrada de un conglomerado chino a Wentworth Estate fue una novedad, pero no es como si el dinero fuera extraño para Wentworth. Yan Bin sólo es el más reciente, y uno de los más ricos, en una larga lista de llegadas sólidas. Al principio de la década de los 80, La Isla atraía a personas con grandes fortunas, pero todas esas personas se han dado cuenta, en la última década, que ahora las están desplazando otras personas con fortunas mucho más estratosféricas.

WG Tarrant, un barbado y cabezón desarrollador, fundó el club y el área residencial. En la década de los 20, Tarrant compró el territorio de Wentworth a su último propietario de la nobleza, convirtió la mansión en el club, y puso los campos de golf a su alrededor. El club atrajo a los golfistas, y los golfistas eran ricos, entonces Tarrant les vendió casas, cada una con al menos media hectárea de tierra, y algunas con más de cinco o diez. Las casas tenían porches, tejados de dos aguas, y marcos de madera, del mismo tipo rústico que buscaban los londinenses después de pasar una semana en el campo. El caricaturista Osbert Lancaster llamó a este estilo de arquitectura “Wimbledon Transitional” y en alguna ocasión dibujó un ejemplar. Una mujer parada en el balcón de una casa tipo Tarrant, saludando a su esposo que camina con una pipa en la boca y un perro a sus pies. En el hombro carga su equipo de golf.

Pocas personas conocen mejor Wentworth que James Wyatt. Él creció en Virginia Water en la década de los 70 y es socio de Barton Wyatt, una agencia de bienes raíces con base en la antigua oficina de Tarrant. Su abuelo adquirió la agencia en 1965, mucho después de que Tarrant se endeudó y vendió su compañía; mucho después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército se asentó en el club. (Bajo tierra, los soldados construyeron una serie de habitaciones a prueba de bombas, para que Churchill usara en caso de que Londres se volviera demasiado peligroso; en los campos, una unidad practicaba su lanzamiento de granadas en los arenales). Cuando Wyatt era niño, La Isla atrajo a celebridades como Cliff Richard y Elton John. “Dos de los Bee Gees paseaban con su Rolls Royce descapotable. Un tipo que vivía en la misma calle que mis padres era el bajista de Yes”.

En la década de los 80, los financieros y empresarios se establecieron aquí, contentos con la ubicación cerca de Heathrow y a un par de estaciones de tren de la ciudad. (El tipo de personas, como descubrió el escritor Iain Sinclair cuando husmeó por los suburbios de Londres mientras escribía London Orbital, que “prometían huir del país si elegían a otro gobierno laborista. Y cumplieron su promesa. Wentworth es otro país”). La vanguardia de compradores extranjeros llegó poco tiempo después, Wyatt dijo: “Suecos huyendo de los enormes impuestos”. Augusto Pinochet, el dictador chileno, vivió aquí desde 1998 hasta 2000, bajo arresto domiciliario en un bungalow llamado Everglades. Sus seguidores lo rentaban por 13,800 dolares al mes.

Más extranjeros llegaron en la primera década del milenio: la realeza del medio oriente; rusos como Pyotr Aven, quien dirige uno de los bancos más grandes de su país; los reyes de tres provincias malayas. Es inusual ver a estos propietarios, pues usan sus residencias durante un mes o dos cada año. Las casas se hicieron tan grandes y lujosas que parecen hoteles. Wyatt administra al menos tres casas que gastan alrededor de 69,100 dólares anuales solamente en mantenimiento. Los propietarios instalan salas de masaje, cines, y salones de belleza. “Vi una casa que tenía una habitación para envolver regalos en el sótano, y una mesa enorme en el centro”. Los “isleños” británicos no siempre están contentos con sus vecinos; Nigel Moss me dijo, con resentimiento, que su calle más bien debería llamarse “Russia Row”, porque casi todas las casas son propiedad de los rusos.

Después de que Yan Bin compró el club en 2014, también compró una casa en Wentworth por medio de una compañía accionista: una mansión de 900 metros cuadrados llamada Robinsonwood. Su dueño anterior, un magnate ruso de los gases, la puso en el mercado por casi 25 millones de dólares. No fue una exageración pensar, para Yan Bin, que para maximizar las ganancias, su club debería olvidarse de los dentistas vecinos y enfocarse en los extraordinariamente ricos como él mismo. Después de todo, hay suficientes en La Isla. Para justificar las cuotas, Gibson, el CEO del club, le preguntó a un reportero: “¿Viste las casas cuando llegaste por la mañana?”

En otras palabras, La Isla cambió igual que el Reino Unido. El país, también, se volvió el domicilio de las personas que formaron sus fortunas en otros lados. Descubrieron que Inglaterra les daba la bienvenida con los brazos abiertos y esquemas fiscales relajados, aún cuando los políticos levantaban barreras para detener a los migrantes de medios bastante más modestos. Los plutócratas llegaron para comprar propiedades en el centro de Londres, mansiones en Escocia, equipos de fútbol o periódicos. Este influjo de dinero disparó los precios, silenció a los vecindarios al llenarlos con las mansiones calladas de propietarios ausentes, e influyó en la política. Alimentó la fijación entre algunos británicos sobre quienes son los dueños del país, sobre los ricos y los no tan ricos que deseaban mudarse ahí, sobre el mundo y el exterior, y sobre el diluido papel del Reino Unido en él.

Versiones de esas ansiedades existen incluso en el capullo de Wentworth. Moss, quien pertenece al comité ejecutivo de de la Asociación de Residentes de Wentworth, me dijo que, desde hace 15 o 20 años, los propietarios se preocupan por la facilidad para entrar a La Isla. En 2018, un escuadrón de policías tuvo que rastrear a 15 personas (“inmigrantes ilegales sospechosos” según un tuit de la policía) que estuvieron dentro de un camión antes de correr hacia Wentworth Estate. Ya hay cámaras de vigilancia en cada una de las 19 entradas al área residencial, para capturar las placas de cualquier vehículo que entre. Ahora los residentes instalan barreras en estas entradas, para tratar de asegurar La Isla con mayor efectividad.

La adquisición del club de Yan Bin provocó una inconformidad similar. Al escalar las cuotas, él buscaba un nuevo tipo de miembros, con lo que abandonó al antiguo tipo. Moss me lo describió como un “choque cultural. Él no se ha esforzado por entender al club. Él pensó que podía hacer lo que quisiera, básicamente”. Tenía derecho a creerlo, dijo Moss: se trata de su club.

Aún así, los golfistas se resistieron, entonces Moss y algunos otros formaron su coalición, llamada “West Feet” (Pies Mojados) por un proverbio chino: “Nunca lloverá sobre tus vecinos sin que tú te mojes los pies”. Se dispusieron a conocer más sobre Yan Bin y a dialogar con sus representantes. “Me pone a pensar”, dijo Moss, “en lo que hubiese pasado si no alzamos la voz”.

Para un grupo de golfistas despechados de Surrey, Yan Bin era un adversario remoto y formidable. Reignwood, su empresa con base en Hong Kong, tiene muchos intereses (golf, aviación, finanzas, petroquímicos) pero la mayoría de sus ganancias provienen de la venta de bebidas energéticas. Esto lo logró, con el mismo estilo que muchos multimillonarios, a través de una combinación de músculos políticos y peleas callejeras (y, según sus críticos, con un incierto sentido de la ética). Intenté contactarlo, pero un ejecutivo de Reignwood rechazó todas las entrevistas. Stephen Gibson, el antiguo CEO, dijo que se sentía mal y rechazó comentar, al igual que Neil Coulson, el actual gerente general del club.

Ninguno de los miembros de Wet Feet ha conocido en persona a Yan Bin. Él asiste todos los años a la ceremonia del torneo PGA anual en Wentworth, pero permanece inaccesible. Un miembro del club me dijo que lo más que ha visto de Yan Bin fue en 2017, cuando Reignwood inauguró un nuevo Four Seasons en Londres. “Algunos de nosotros fuimos invitados a la apertura, donde hubo un concierto de la Orquesta Sinfónica de Londres”. Plácido Domingo cantó un aria; después un ensamble de músicos chinos interpretó algunas piezas. Finalmente, el mismo Yan Bin, un hombre de baja estatura y rostro cuadrado, tomó el escenario para cantar una canción china, acompañado por la orquesta. “No tiene una gran voz, pero lo hizo con entusiasmo. Lo mejor que puedo hacer es comparlo con un karaoke”, dijo el miembro. “Había una gran pantalla detrás de él, con la traducción de las letras. Claramente era un tipo de himno del partido comunista, sobre el vuelo de las banderas chinas”.

Nacido en 1954, en la provincia de Shandong, Yan Bin emigró a Tailandia en la década de los 80, después de luchar durante varios años de pobreza, estableció la compañía que más tarde se convirtió en Reignwood; seis años después, volvió a casa con dinero, un nombre tailandés alternativo (Chanchi Ruayrungruang), y contactos. En 1995, se unió a un proyecto en conjunto con una compañía tailandesa llamada TCP Group para fabricar y vender la bebida energética Red Bull en China.

La receta del Red Bull es propiedad de TCP Group, que le otorga la licencia a otros para fabricar y comercializar la bebida fuera de Tailandia, y obtiene regalías e ingresos de las ventas. La bebida está calibrada conforme al gusto local: más gaseosa en algunos países, o más medicinal en otros. En la mayor parte del mundo, la licenciataria es Red Bull GmbH, una compañía austriaca, que diseñó la distintiva lata azul y plateada. En China, la movida brillante de Yan Bin fue posicionar a Red Bull como un producto exclusivo, al vender latas pesadas y doradas con un precio alrededor de un dólar, o el doble de una lata de Coca-Cola.

Su éxito fue espectacular. “En China, a veces le dan Red Bull a las mujeres embarazadas para estimular el parto”, según una fuente cercana dentro de la industria de bebidas energéticas. “Los niños beben Red Bull antes de sus exámenes”. En 2019, Red Bull ganó 3.1 mil millones de dólares en ingresos para Ridgewood. Los estimados de la fortuna de Yan Bin varían demasiado: el Bloomberg Billionaires Index la calculó en 2.9 mil millones de dólares en 2019, mientras que la China Rich List anual de Hurun Report la puso en 16.2 mil millones el año pasado. Él acude a sus reuniones vestido de smoking con una pipa en la mano, y suele viajar en helicóptero por todo Beijing. En la década de los 90 y a principios de los 2000, China tuvo un crecimiento desenfrenado”, dijo una persona que conoce los negocios de Reignwood. “Yan Bin es considerado un héroe de ese éxito económico”.

A principios de este siglo, Yan Bin construyó su primer club de golf, Pine Valley: 54 diseñados por Jack Nicklaus, en un resort de 2,500 hectáreas cerca de Beijing, una propiedad tan lujosa que parece que su dueño pidió que construyeran algo similar a Versalles, pero más grandioso. La membresía llegó a costar 300,000 dólares, según un antiguo director de Ridgewood. Él dijo que Yan Bin considera al golf como una oportunidad para hacer networking: “Le gusta hacerse amigo de las autoridades y las celebridades”. En Facebook, la hija de Yan Bin publicó una extraña y recursiva imagen de ella misma con Donald Trump, de una reunión mucho antes de que se convirtiera en presidente. Parece que están en la oficina de Trump, porque la pared detrás de ellos está llena de imágenes de revistas enmarcadas con él en la portada. Trump tiene su mueca tradicional y un pulgar arriba; ella sostiene una foto de una reunión anterior cuando ella y su padre lo conocieron en esa misma habitación.

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Yan Bin en Wentworth con el ganador del BMW PGA Championship Danny Willett en 2019. Fotografía: Ross Kinnaird / Getty Images

En el camino, Yan Bin cultivó una relación cercana con el Partido Comunista. Reignwood promueve las políticas exteriores de China al organizar foros sobre la iniciativa de la franja y la ruta, el dominador plan de infraestructura chino. Él pertenece al comité nacional de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, un órgano que asesora al partido. Estas conexiones lo han aislado de la interferencia política. Aún cuando el gobierno presionó al golf durante la última década, llamándolo un juego corrupto y decadente, y cerrando campos en todo el país, Pine Valley tuvo éxito.

Pero los vínculos de Yan Bin con el partido fueron inútiles en una disputa legal por su principal fuente de ingresos: Red Bull. En 2013, Red Bull GmbH también consiguió una licencia china, para vender su propia versión de la bebida con la lata azul y plateada. Poco tiempo después, según la fuente dentro de la industria de las bebidas energéticas, TCP Group se dio cuenta de que le faltaba dinero. Su proyecto en conjunto con Reignwood era muy exitoso, pero TCP Group no estaba obteniendo todos los dividendos que les debían. Y Yan Bin había establecido otras compañías para fabricar productos Red Bull. En los números que le proporcionaban a TCP Group, Reignwood aseguraba producir alrededor de 1.5 mil millones de latas al año. Pero en total, sospechaban que las ventas eran tres veces más grandes.

TCP Group se negó a renovar la licencia y, cuando el proyecto siguió promocionando la bebida, los demandaron. Probablemente molestos por las complicaciones, TCP Group continuó operando directamente en China, con el lanzamiento de otro Red Bull (en una lata dorada, idéntica a la que vendía Yan Bin). “Estamos en una situación surreal donde tres compañías venden Red Bull aquí”, dijo la fuente dentro de la industria entre risas cuando conversamos en noviembre. Un mes después, la suprema corte de China falló en contra de Yan Bin, y dijeron que utilizó ilegalmente la marca registrada de Red Bull. Lo más probable es que no podrá volver a vender la marca que le generó su fortuna.

En general, el episodio me recordó a algo que Ni Songhua, un antiguo vicepresidente de Reignwood, le dijo en una ocasión al Financial Times. Yan Bin, dijo, “es muy bueno para hacer que las personas confíen en él y hagan sus proyectos. Pero cuando llega la hora de pagar, entonces se vuelve muy frío, y te das cuenta de que el acuerdo no es lo que pensabas”.

Wentworth apareció en la lista de compras de Yan Bin cuando comenzó a husmear en el extranjero, buscando cosas que comprar. En un momento, cerca del 90% del flujo económico de Reignwood provenía de Red Bull, entonces la diversificación se volvió esencial. Una de las primeras grandes compras de Reignwood en el extranjero fue un complejo de departamentos de lujo en Singapur en 2013, por un estimado de 400 millones de dólares. (Cada departamento por encima de la planta baja tiene un ascensor para autos, de modo que puedes estacionarte junto a la sala). El mismo año, Reignwood adquirió el edificio de Cold Exchange en Londres, un mercado del Siglo XVIII que después convirtió en oficinas. Después, además de Wentworth, Reignwood se hizo del antiguo cuartel general de Port of London y gastó casi 700 millones de dólares para convertirlo en un hotel de lujo.

Hasta hace una década, “eran las empresas del estado chino las que invertían en el exterior”, dijo Sarah Hall, profesora en la University of Nottingham, quien estudia los movimientos de la globalización financiera. Estos fondos se vertían principalmente en sectores como el energético y el de minería. Entonces los magnates chinos comenzaron a gastar. En el Reino Unido, siguieron la ruta inaugurada por los inversionistas del medio oriente, seguidos por los rusos, al comprar bienes raíces comerciales, y servicios tecnológicos y financieros. Prestaron especial atención a marcas populares o prestigiosas: la cadena de pubs Greene King, el club de futbol Wolverhampton Wanderers, Loch Lomond Distillers. En 2018, en el más destacado de tales ejemplos, el gobierno chino adquirió la Royal Mint Court, frente a la Torre de Londres, y anunciaron la mudanza de su embajada a ese edificio. El interés de Yan Bin por estos sitios históricos como Corn Exchange y Port of London concuerda con este patrón, igual que la adquisición de Wentworth.

Es tentador buscar en estas adquisiciones el deseo de China de imponer su supremacía sobre los antiguos bastiones del poder occidental. Ciertamente hay algo de simbolismo en la ubicación de la embajada china dentro del mismo edificio que en alguna ocasión recibió los cargamentos de plata que China pagaba obligatoriamente al Reino Unido al final de las Guerras del Opio. O, del mismo modo, en el supuesto deseo de Yan Bin de clonar a Wentworth en oriente. Y ciertamente estos desarrollos suelen envolver algunas secciones de la política y los medios con trivialidades. El domingo en el Mail, Nigel Farage dijo que se trata de un “proyecto neocolonial”, y mostró su preocupación por que estas escuelas enseñen “una versión sanitizada de la historia y la política chinas”, en lugar de, supuestamente, una versión similar de la historia y política británicas. Pero China y los multimillonarios chinos apenas implementan con premura las creencias de otras grandes potencias del pasado: que el capital debe ser irrestricto, que le importa poco la historia y el sentimentalismo. Simplemente sucede que, en este siglo, hay dinero no solo en el petróleo o los minerales, sino también en las mismas instituciones erigidas por aquellos que ganaron dinero en una época pasada.

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Después del anuncio del aumento de las cuotas de Wentworth, en 2015, Wet Feet contrató a un grupo de abogados para escribir una letra dirigida al club. La carta argumentaba que el club rompía los derechos contraculturales de los miembros y de su comunidad con Wentworth Estate, cuyos residentes siempre tuvieron derecho a ser miembros, en caso de desearlo. “No digo que estos problemas no eran absolutamente válidos”, dijo Moss. “Pero sabíamos que nunca íbamos a ganar. Hubiera tomado años y cientos de miles de libras completar el proceso frente a la corte, y para entonces ya hubiera sucedido el éxodo de los miembros del club y Yan nos hubiera ganado a billetazos”.

Pensaron que era mejor protestar al tomar ruidosamente el buen camino moral. Con la ayuda de una empresa de relaciones públicas (un recurso que no suele estar al alcance de los manifestantes) Wet Feet llenó los periódicos con detalles de su protesta. Michael Fleming, vestido con un blazer, asistió a la embajada china para entregar una petición en contra de Reignwood. (“Casi nos arrestan al entrar. Pero logramos entregarla. La puerta se abrió muy poco, menos de un pulgar, y tomaron la carta”. No hubo respuesta).

Wet Feet reclutó a Philip Hammond, su representante local y secretario del exterior del Reino Unido en aquel entonces, quien prometió buscar una reunión con Yan Bin e intervenir. (Según Moss, Hammond logró reunirse con Ni Songhua en un par de ocasiones). También amenazaron con ejercer un poco de la desobediencia civil estilo Gandhi. “En práctica, podemos dificultar la organización de un evento como el PGA”, dijo un residente a la BBC. “Obviamente hay muchas personas listas para bloquear las calles si es necesario”.

Los miembros de Wet Feet piensan que la campaña de prensa (en particular una larga y vergonzosa historia publicada en el South China Morning Post de Hong Kong) obligó a Yan Bin a ceder un poco. Pero tal vez simplemente tenía demasiadas preocupaciones en ese momento: la demanda de Red Bull, una deuda de 202 millones de dólares que financió la compra de Wentworth, el aumento de los costos en su futuro Four Seasons, y un plan para comprar una parte del hotel Standard High Line en Nueva York.

La tregua llegó en marzo de 2016. A través de Ni Songhua, uno de los vicepresidentes, Reignwood aceptó algunas concesiones. Los miembros existentes continuarían con su cuota anual, aunque más alta de lo normal. O podían hacer un adelanto de 27,000 dólares de la cuota obligatoria de 117,600 dólares, pagada durante un plazo de tres años, y el pago de una cuota anual menor. No obstante, los nuevos miembros tendrían que pagar la nueva cuota obligatoria de 173,000 dólares (esa cifra ya alcanzó los 207,600 dólares).

Fleming decidió que ya no podía pagar las cuotas de Wentworth y se unió al West Hill Golf Club, donde paga alrededor de 3,300 dólares al año. “Ya no podía ver a Wentworth como antes”, dijo. “Se sentía como si el corazón del club estuviera destruido. No quise quedarme a ver cómo sucedía”.

No obstante, uno de los miembros más vocales de Wet Feet, optó por pagar la cuota obligatoria, y su organización se disolvió. ¿Por qué? Le pregunté. Después de todas las energías gastadas, ¿por qué pagar?

Se encogió de hombros. Están conscientes, dijo, de que si extendían su campaña, eventualmente perderían cualquier simpatía que el público tuviera por ellos, al final los verían como un coro de gruñones privilegiados. Y después de todo, él vive en el área residencial, dijo. ¿Dónde más iba a jugar golf? “Lo veo como una decisión de estilo de vida … No aceptar las concesiones sería como cortarme la nariz y escupir sobre mi rostro”.

Hablamos en su casa, y yo me pregunté cuántos más como él hay: miembros que de hecho pueden pagar la cuota obligatoria pero que simplemente no les gustó la idea de que llegara abruptamente una corporación china a cobrarles. Pero no tuve tiempo para completar ese pensamiento; él prometió mostrarme el club, entonces fuimos en su auto. Era diciembre y llovía, y aunque acababa de terminar el confinamiento, aún había reglas por el Covid-19, fue la peor manera de explorar Wentworth. (Durante la pandemia, el club tomó cientos de miles de libras del erario público para mantener a su staff).

Vagamos por el club con cubrebocas. Vi el Burma Bar, que Reignwood convirtió de un agujero estilo Siglo XIX en un lugar anodino pertenece, como bromean los miembros, “a un Premier Inn exclusivo”. Reignwood también se deshizo de las placas conmemorativas de madera que decoraban los muros y pasillos; después de las quejas, comisionaron reemplazos que se ven nuevos y (no hay otra forma de decirlo) baratos. Es irónico por el precio de la cuota obligatoria, dije. Mi guía sonrió con tristeza.

Después de la tregua, la turbulencia de Wentworth cedió, pero solo un poco. Reignwood mejoró algunas cosas del club, y los Wet Feet lo admitieron (lo más destacado es la instalación de un amplio sistema de ventilación subterráneo que seca los campos. También parecía, por un tiempo, que a Reignwood le preocupaban otras cuestiones, no sólo el litigio de Red Bull en China, sino también problemas en el Reino Unido. En 2017, Reignwood despidió a Ni Songhua, quien los demandó, asegurando que le negaron las acciones que le prometieron en los proyectos europeos de Yan Bin. Reignwood contrademandó a Ni, alegando, entre otras cosas, que “se rehusó a rendir cuentas de su gestión” de 32,000 botellas de vino, con un valor cercano a los 6.6 millones de dólares. Antes de que el asunto pudiera resolverse, Ni falleció.

Después, dos años más tarde, Gibson se vió obligado a abandonar su posición. Cuando se dio cuenta que lo reemplazó la hija de Yan Bin, Gibson, un hombre blanco, demandó a Wentworth por discriminación racial, y exigía más de un millón de dólares en daños. En noviembre del año pasado, Gibson me confirmó que tenía una “importante audiencia legal” pronto, pero se rehusó a dar más detalles. Extrañamente, en LinkedIn aún aparece como “CEO de Reignwood Investments UK Ltd y Wentworth Club Ltd”.

A pesar de estos contratiempos, es difícil no concluir que Yan Bin, al llegar a un acuerdo con Wet Feet, les ganó todo. Para empezar, acabó con la racha de coberturas negativas en los medios. Su cuota obligatoria sigue en pie, y hay personas que la pagan (del tipo que puede pagar 207,600 dólares). Con los miembros más antiguos, puede aumentar la cuota anual, como lo ha hecho hasta ahora, desde 13,800 dólares por persona en 2017 a los casi 18,000 dólares de ahora.

Y tendrá muchas razones para hacerlo. Tiene un préstamo financiero, y Wentworth chorrea dinero por todos lados: en 2018 tuvieron pérdidas por actividades ordinarias de 22 millones de dólares después de impuestos, y otros 12 millones en 2019. Una circular reciente le advirtió a quienes no pagan la cuota obligatoria de un aumento en las tarifas en 2022. Mientras pueda quedarse con el club, y le interese, Yan Bin puede hacer lo que quiera con él. Aún después de todo, es increíblemente rico. Su fortuna le permite ser paciente, entonces simplemente ha retrasado su victoria. Pero la victoria llegará, según el miembro de los extintos Wet Feet. “No hay dudas sobre eso. Ya está escrito”.