Lo que sucedió en Washington DC está pasando en todo el mundo
Seguidores del presidente de EU., Donald Trump, irrumpen en el Capitolio, sede del Congreso estadounidense, en Washington, este 6 de enero de 2021. Foto: Michael Reynolds/EFE.

Apenas un día después de que las mujeres afroamericanas defendieron nuevamente la democracia de EU en Georgia, los hombres blancos atacaron el símbolo de esa democracia en Washington DC. El primer ataque lo hicieron desde adentro un grupo de congresistas republicanos que se negaban a aceptar la victoria electoral de Joe Biden. El segundo ataque empezó afuera, con una manifestación en favor de Trump  y un mitin con la consigna “Stop the Steal”, y terminó adentro con una multitud de manifestantes que lograron atravesar el extrañamente débil acordonamiento de la policía y entraron ilegalmente al Capitolio.

Llevo casi 30 años estudiando la extrema derecha internacional y nunca los había visto tan envalentonados como en los últimos años. Para ser claros, esto no es sólamente a causa de Donald Trump o EU. El año pasado los manifestantes antivacunas trataron de tomar el Reichstag, el parlamento alemán, y también se enfrentaron a un frente policíaco bastante débil. Y en los países bajos, los granjeros furiosos, normalmente encabezados por la Farmers Defence Force, se han dedicado a destruir oficinas de gobierno y a amenazar políticos desde 2019. Incluso antes, en 2006, los grupos de extrema derecha irrumpieron en el parlamento húngaro y se enfrentaron a la policía durante varias semanas en las calles de Budapest, y en muchos sentidos ese fue el comienzo de la radicalización y del regreso al poder del actual primer ministro Viktor Orbán.

¿Cómo es que llegamos aquí? Lo primero, y más importante, es el largo proceso de cobardía, fracasos y oportunismo con poca visión de la derecha convencional. Ya en 2012, en la víspera del ataque terrorista del templo Sikh de Wisconsin por un neonazi de renombre, yo escribí, “la retórica extremista que proviene de los que se llaman a sí mismos patriotas respetuosos de la ley tienen que tomarse con más seriedad”. Le recomendé a los líderes republicanos que “fueran más cuidadosos al escoger sus compañías e insinuaciones”. Lo que sucedió, sin embargo, fue lo contrario: se normalizaron las ideas y las personas de extrema derecha, no fueron condenadas al ostracismo.

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Al igual que muchas otras cosas, Donald Trump se convirtió en el mayor catalizador de este proceso que no inició él. La radicalización de la derecha de EU precede por décadas a Trump. Precede incluso al Partido del Té, que en realidad ayudó a llevar a la extrema derecha al corazón del partido republicano. Obviamente, el racismo y sus llamados han sido clave para el partido desde que comenzaron su infame “estrategia sureña” en los 1970s y que llevaron a los sureños blancos al partido republicano. Pero las cosas van más allá. La radicalización no sólo es ideológica, es antisemítica.

Durante las pasadas décadas los políticos de derecha y los expertos han adulado al electorado de la extrema derecha definiéndolos como la “gente real” y declarando que esta ruidosa minoría es una supuesta víctima de la mayoría silenciosa. Aunque el proceso en realidad sea más amplio, en EU ha cobrado mucha fuerza ya que cuenta con el amplificador de voz de los medios conservadores, como los programas de radio y Fox News, y la formidable infraestructura de la derecha religiosa. Tuvieron tanto éxito que incluso antes de que Trump ganara la presidencia, una mayoría de evangelistas blancos creían que “la discriminación de los blancos es ahora tan grave como la de los no blancos”. Un año después, una encuesta demostró que la mayoría de los evangelistas blancos piensan que los discriminan más que a los musulmanes en EU.

Sin embargo, el discurso de la “victimización blanca” ya no es sólamente un fenómeno de la derecha. Cada vez que las acciones de la extrema derecha toman por sorpresa a los medios convencionales y a los políticos, los compensan y en lugar de denunciar o ignorar a los “racistas”, los defienden o los exaltan. Desde hace años, los periodistas y los políticos le han restado importancia al racismo y  fomentado el cuento de la “ansiedad económica”. Los racistas se convirtieron en “los olvidados” o simplemente en “el pueblo” incluso en países en donde la extrema derecha  apenas sobrepasa el 10% del voto nacional.

Sin lugar a dudas, algunos políticos de derecha y los expertos creen en su propia propaganda, pero la gran mayoría sabe muy bien que el electorado de extrema derecha constituye apenas una minoría de la población y que los blancos, evangélicos o no, no enfrentan, desde donde se vea, nada parecido a la discriminación que viven los musulmanes, o cualquier otro grupo de personas no blancas, o no cristianas. Y si no lo creen, entonces hay que preguntarles: ¿en verdad crees que los manifestantes habrían llegado al Capitolio si fueran afroamericanos o musulmanes?

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La mayoría de los políticos y los analistas en un principio tal vez adularon a estos grupos por razones de oportunidad, esperando ganar el apoyo de la extrema derecha. Pero la extrema derecha se volvió más audaz, y violenta, y la derecha convencional se asustó cada vez más. Muchos políticos convencionales y otras élites ya no se atreven a hablar en contra de la extrema derecha porque temen que ese grupo los amenace política o personalmente.

La creciente audacia y violencia política de las pandillas de extrema derecha y de las multitudes podría ser un llamado de atención para todos los que la habilitaron. No se pueden controlar. Ellos te controlan. Y aunque no representan a la mayoría de la población que mantiene sus puntos de vista de extrema derecha, o apoya a los candidatos de extrema derecha y a los partidos, en el fondo, comparten un punto de vista similar. Y con esta visión no hay cabida para matices o compromisos. Eres aliado, bajo sus términos, o enemigo. No hay piedad con los enemigos, ni siquiera con los antiguos aliados. Se lo pueden preguntar al gobernador de Georgia Brian Kemp, o al secretario de estado, Brad Raffensperger.

Es ahora el momento en que los periodistas democráticos liberales, los políticos, y los expertos finalmente tomen a la extrema derecha por lo que es en realidad: una amenaza para la democracia liberal. Una amenaza formidable, de seguro, pero también una amenaza que sólo puede tener éxito con la ayuda de lo convencional, que son las coaliciones oportunistas o la cobardía de la falta de respuestas. No estamos en 1930. La gran mayoría de los estadounidenses y de los europeos apoyan la democracia liberal. Pero se han convertido en la mayoría silenciosa, ignorada y abandonada por sus representantes.

Es hora de enfrentarse a la extrema derecha y apoyar la democracia liberal. Es hora de callar el racismo y los discursos antidemocráticos y comportamientos de la extrema derecha. Es hora de rechazar clara y abiertamente la narrativa tóxica de la victimización de los blancos. Obviamente tenemos que reconocer los problemas de la población blanca, en especial la de granjeros y trabajadores, pero no a costa de las personas que no son blancas o de la democracia liberal.