Solo un fracaso militar absoluto frenará las ambiciones de Putin en Ucrania
'Cualquiera que sea la victoria que Rusia llegue a reclamar, es poco probable que se parezca a lo que pensaba hacer en primer lugar'. Foto: Marcus Yam/Los Angeles Times/Rex/Shutterstock

En la última semana se observaron indicios cada vez más claros de que Rusia ha reconocido que no puede lograr su objetivo de conquistar Ucrania mediante la fuerza militar. Los indicios, vinculados a las conversaciones de paz en Ucrania, de que Rusia estaba desistiendo de su intento de cercar Kiev coinciden con la declaración anterior de que sus objetivos bélicos estaban limitados a conquistar la parte oriental del país. E incluso antes de eso, tanto Rusia como Ucrania habían afirmado que las negociaciones de paz estaban entrando a una fase de discusiones sustanciales en lugar de que Rusia se limitara a presentar ultimátums.

La afirmación de Rusia de que está reduciendo sus operaciones alrededor de Kiev y centrando su ofensiva en el este del país es una de esas raras ocasiones en las que una declaración del Ministerio de Defensa ruso realmente coincide de forma evidente con la verdad. La brecha de la realidad no surge de lo que Rusia está haciendo, sino del motivo por el que afirma que lo está haciendo. Rusia planteó esta retirada de unidades de los alrededores de Kiev como algún tipo de concesión, para “impulsar la confianza mutua” respecto a las conversaciones de paz. Pero ya era evidente que su ofensiva en esa zona se había estancado, y en algunos casos había retrocedido, debido a la tenaz resistencia ucraniana. La reorientación hacia las operaciones en el este y la rotación de las maltratadas unidades rusas del flanco norte de Ucrania es el reconocimiento por parte de Moscú de que -tal como previeron muchos analistas militares antes del actual conflicto- simplemente no dispone de las fuerzas desplegables que necesitaría para conquistar toda Ucrania siguiendo múltiples ejes de avance.

De hecho, Rusia tiene que arreglárselas con los recursos humanos que tiene solo para mantener sus operaciones actuales. La acumulación de tropas previa al ataque violento contra Ucrania vio cómo llegaban unidades de lugares tan lejanos como el Ártico y el lejano oriente. Ahora que muchas de estas unidades han quedado destruidas en los combates en Ucrania, Rusia está recurriendo a todas las fuentes posibles de cuerpos adicionales, incluyendo la incorporación de mercenarios y el reclutamiento en Siria.

Pero, aunque la evidencia del éxito de Ucrania en defenderse de al menos algunas de las ofensivas rusas puede significar que el país en su conjunto no se encuentra en peligro inmediato de ser invadido, permanece el riesgo del futuro de Ucrania como nación soberana. Rusia tiene un largo historial de iniciar guerras de forma desastrosa, pero después logra lanzar suficiente personal y material al conflicto para aplastar a sus oponentes mediante la simple acumulación. El peligro es que Rusia pueda continuar una guerra de desgaste, sin importar el costo en términos de bajas entre las tropas mal entrenadas o el daño causado a la propia economía rusa, durante más tiempo del que Ucrania pueda mantener el interés y el apoyo de Occidente.

Y, mientras tanto, Rusia continuará diseñando catástrofes humanitarias con el objetivo de presionar al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, para que realice concesiones que terminen los combates. La capital en sí misma seguirá estando bajo amenaza. El hecho de suspender los intentos de avanzar y tomar más territorio en los alrededores de Kiev no significa que Rusia dejará de organizar ataques con misiles de largo alcance y artillería contra los pueblos y las ciudades ucranianas desde las zonas que ya controla.

Esa presión rusa será tanto directa, presentándole a Zelenski la espantosa decisión de continuar los combates a costa de vidas inocentes o de hacer concesiones para poner fin al sufrimiento, como indirecta, en caso de que los patrocinadores occidentales de Zelenski modifiquen su consejo -y su apoyo- porque no consideran que Ucrania debería resistir más ante la catástrofe humanitaria.


Zelenski ya ha indicado que el estatus “neutral” de Ucrania sería un resultado que aceptaría con el objetivo de poner fin a los combates. Sin embargo, esto en sí mismo está lleno de peligros. Sabe tan bien como cualquier persona que “neutral con garantías de seguridad” constituía precisamente el estatus de Ucrania hace una década, y que eso no impidió que Rusia tomara Crimea y comenzara su guerra en el este de Ucrania. Por lo tanto, para que tengan algún significado, las mismas palabras tendrían que ocultar un estatus internacional y un conjunto de apoyos extranjeros para Ucrania radicalmente diferentes a los de 2014. Y siempre existe el peligro de que un alto al fuego temporal -alentado por un Occidente con aversión al conflicto- pueda evolucionar hasta convertirse en una división permanente del país, consolidando las ganancias territoriales de Rusia.

El optimismo por la resistencia a la ocupación por parte de la población ucraniana en las zonas controladas por Rusia, y en las que todavía podría conquistar en su ofensiva oriental, oculta una cruda realidad. La triste realidad es que Moscú tiene un índice de éxito muy alto en cuanto a aplastar movimientos de resistencia e insurgencias, en gran parte mediante la aplicación de una barbarie ilimitada contra la población civil que los sustenta. Así pues, si Rusia decide ocupar el territorio que ya tiene en su poder, lo único que podría desplazarla son nuevas y mucho más sustanciales ofensivas militares ucranianas, algo que quizás no esté al alcance de las posibilidades de Kiev.

Al final, muchas cosas dependen de lo que la propia Rusia defina como “victoria”. Ya reinventó sus objetivos bélicos originales porque no los pudo lograr. La expectativa de que los ucranianos solo eran rusos frustrados que esperaban ser liberados de una pandilla neonazi imaginaria que había tomado el poder en Kiev quedó pulverizada por su primer encuentro con la realidad sobre el terreno en Ucrania. En lugar de que todo el país caiga rápidamente en manos de Rusia, Moscú debe luchar por cada centímetro de territorio ucraniano.

Por ello, independientemente de la victoria que pueda llegar a reclamar, es poco probable que se parezca a lo que Rusia pensaba hacer en un principio. Pero eso tiene poca importancia cuando ha instaurado tal control sobre la opinión pública en su país que gran parte de su población piensa que está librando una guerra defensiva; en efecto, una declaración de éxito de Rusia no depende en absoluto de la realidad del resultado de la guerra. El problema a largo plazo es que si Vladimir Putin sale de esta guerra convenciéndose a sí mismo de que Rusia logró algo más que una derrota sustancial, no existe nada que lo disuada de proseguir con sus planes de guerras de conquista para reafirmar el control de Moscú sobre los territorios y pueblos que, según afirma, son independientes por error.

Es posible que Rusia necesite tiempo para reconstruir su ejército y reorientar su economía de cara al nuevo régimen de sanciones, pero lo único que cambiará la ambición de Putin es un fracaso evidente e indiscutible que no puede ser explicado mediante el juego de manos de redefinir lo que Rusia quería de la guerra. Ahora, al igual que al principio de la guerra, Occidente tiene la responsabilidad de ayudar a Ucrania a crear ese fracaso.

Keir Giles trabaja en el programa de Rusia y Eurasia de Chatham House, y es autor de Moscow Rules: What Drives Russia to Confront the West.

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