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Políticas públicas

‘¿Feminista y prodiversidad? Presente’: Katia D’Artigues

Conforme avanza la ciencia está cada vez más cercano el día en que madres y padres podrán elegir tener o no un hijo o hija con discapacidad. Cuando esa posibilidad sea real, la humanidad perderá mucho, dice D’Artigues, columnista y analista de política.

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¿Se puede ser feminista, estar a favor del derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y, al mismo tiempo, ser una activista por la aceptación de la diversidad en su más amplio sentido (incluyendo la discapacidad)? Sostengo que sí. Aunque implica enfrentar dolorosas realidades y muy pronto, muchas posibilidades científicas que apuntan a la paulatina desaparición de la discapacidad. 

Lo pondré personal: me duele, sí, la creciente desaparición en el mundo de personas con trisomía 21 (95% de los detectados no nacen), pero también creo que la mujeres que no quieren ser madres por cualquier razón tienen el derecho a terminar su embarazo (si están decididas lo harán por cualquier medio) y no deben ser criminalizadas. Debe ser una libertad que está indisociada de la responsabilidad. Un Estado laico, que en México peligra pasito a pasito, debería garantizarlo.

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En México, por cierto, el aborto es legal por distintas causas, estado por estado. Si bien sólo en la Ciudad de México y Oaxaca es por la voluntad de la mujer hasta las 12 semanas; en todos es permitido por violación; en 24, cuando está en peligro de muerte la vida de la mujer, y en 16 estados ya sea por “salud” de la mujer o “alteraciones congénitas o genéticas graves en el producto”… que muchos consideran inmediatamente el hecho de tener un par más en el cromosoma 21, el más común de las más de 3 mil diferentes alteraciones cromosómicas que se pueden dar en los seres humanos. En dos estados, Michoacán y Yucatán, una de las causas legales de aborto es por causas económicas para su manutención. Es decir: es una realidad hoy.

Hay, sin embargo, una diferencia que podría parecer sutil, pero no lo es: lo que es doloroso para mí es que una mujer que quiera ser madre decida no hacerlo por el miedo a la diferencia de una persona con discapacidad.

No mentiré al decir que tener un hijo con discapacidad, con síndrome de Down que es lo que vivo, es todo un reto. Sí, tiene sus momentos muy dolorosos, pero lo son, sobre todo, por la discriminación de la sociedad hacia ellos y por la falta de oportunidades. Las personas con Down tampoco son todas iguales y mientras algunas pueden incluirse más fácilmente en la sociedad, otras no tanto y otras muy poco. La mitad sí nacen con problemas cardíacos y además tienen muchas más posibilidades de desarrollar enfermedades.

Pero también se puede vivir como un regalo del que aprendes muchas cosas vitales; eso lo he visto en mi experiencia y en la de cientos de familias. Es un camino con flores. 

Lo que me preocupa y ocupa es que no hemos podido, como sociedad, realmente abrazarlos. Aceptarlos. Y esto se hará mucho más difícil en la medida en muchas más mujeres decidan que no nazcan: uno no puede respetar, aceptar y eventualmente amar lo que no conoce.

También tiene otras consecuencias: a menor cantidad de personas con síndrome de Down también habrá menos presupuesto para incluirlas a ellas, para la investigación científica de avances que podrían potencializar sus vidas. Es una serpiente que se muerde la cola: si esto se reduce, se para el avance, se mantienen los prejuicios y sus posibilidades reales de inclusión.

Pero lo que más me causa admiración y al mismo tiempo una enorme inquietud son las posibilidades de la ingeniería genética. Que, como en Gattaca: Experimento Genético (una película de Andrew Niccol de 1997) haya un futuro –que no está lejano– donde los cada día menos padres y madres que decidan serlo ‘manden a hacer’ a sus hijos o hijas como quieran. Y que se desarrolle algo así como una ‘raza superior’ genética, que incrementará, aún más, la desigualdad. Una suerte de darwinismo de laboratorio que elimine toda posibilidad de discapacidad salvo en casos de accidentes. ¿Alguien decidirá tener a un hijo o hija con discapacidad? Quizá no. ¡Y nos perderemos, como humanidad, de tanto!

El texto original fue publicado en Yo También.

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