Nunca pensé en mí como una persona de ajedrez. Después llegó el Covid-19 y encontré catarsis en el juego
Foto: Michal Jarmoluk en Pixabay.

En abril, meses antes de que la serie de Netflix Gambito de dama causara sensación y obsesión con juegos de ajedrez, empecé a jugar ajedrez en una app en mi teléfono. Esto fue algo extraño para mí, ya que nunca pensé en mí como alguien que sería buena para el ajedrez. Cada vez que jugué contra alguien, perdí casi de inmediato, y salí sintiéndome frustrada y tonta. Supongo porque me gustaba pensar que era porque soy una persona más intuitiva que usa el lado derecho del cerebro, no una planeadora o conspiradora. Así que evité el ajedrez por casi toda mi vida. Pero algo en abril, con el Covid-19 y Nueva York en confinamiento, me lanzó al campo de batalla. 

Antes nunca me dí cuenta de que es un campo de batalla. Jugar ajedrez es como lanzarse a un episodio de Juego de Tronos. Mientras estaba en la cama por la noche, sin poder dormir, ansiosa y asustada por la plaga que arrasaba la ciudad, que tomaba la vida de miles y luego de decenas de miles, yo avanzaba por el tablero como una salvaje con su lanza. A veces, en mi imaginación, yo era Boudicca, la legendaria reina celta pelirroja que fue a la guerra contra los invasores romanos. Amaba escuchar el sonido de la app cuando mi pieza aterrizaba, después de tomar un adversario. El ajedrez es combate. Es emocionante.

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Jugar ajedrez me recuerda a mi hermano Danny, que murió de un ataque epiléptico en 2005, a los 46. Siento que conocí mejor a Danny en los últimos meses que cuando estaba con nosotros. Danny fue campeón de ajedrez en la preparatoria. Todos los días regresaba de la escuela y se sentaba en su cuarto con sus amigos Eric o Hugh y jugaban juegos intensos de ajedrez con un reloj de ajedrez. Los escuchaba golpear el reloj y gritarse, a veces argumentativamente, a veces felizmente. Yo pensaba que solo eran raros. Ellos eran raros. Eran chicos brillantes, nerds, intelectuales. En el funeral de Danny, que fue en Florida (donde nacimos y crecimos, aunque pasó la mayor parte de su vida adulta en Los Ángeles, trabajaba en la industria filmográfica), muchos hablaron de como Danny era el chico más listo que conocían. 

Pero no siempre es fácil ser tan listo. Danny tuvo una vida difícil, y ahora puedo ver que la preparatoria probablemente fue muy dura para él. Él era diferente. Era flaco. Tenía un terrible problema de acné. Peleaba constantemente con mi padre, que era demasiado crítico con él, muchas veces sin alguna buena razón (en muchas maneras, ellos eran muy parecidos). El ajedrez, como lo veo ahora, fue el escape de Danny. En el ajedrez no tenía que ser el niño difícil que era, era un caballero, un rey. Él ganaba. Él era poderoso. Lo logró con su cerebro maravilloso.

Después de jugar ajedrez por unos meses, primero contra la aplicación y después contra los jugadores anónimos con los que te puedes conectar online, sentí que estaba lista para jugar con una persona en la vida real. ¡Empecé a ganar! Bueno, algunas de las veces. Así que le pedí a mi hija, que tiene 20 y vive conmigo, que se siente para un juego. Me venció en cuatro movimientos. ¡Quedé impactada! ¿Por qué yo era tan mala? Pero también sentí algo de orgullo, y pensé en lo graciosa que le habría parecido la situación a Danny. Él es el primero que me enseñó a jugar ajedrez, aunque se impacientó rápido con mi inutilidad. Ahora, seguido jugamos juntas, mi hija y yo, y a veces le cuento de mi hermano Danny, recuerdo todas las cosas que me enseñó. Es una buena forma de pasar la cuarentena. 

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Nancy Jo Sales es una escritora para Vanity Fair y la autora de American Girls: Social Media and the Secret Lives of Teenagers.