Barry Gibb de los Bee Gees: ‘Está la fama y la ultrafama que puede destruirte’
Foto: @officialbarrygibb en Instagram

Debajo de su sombrero Stetson, Barry Gibb mira la pantalla de mi laptop. Se encuentra en Miami, en donde ha vivido desde 1974 cuando la carrera de los Bee Gees empezaba y Eric Clapton les sugirió un cambio de escenografía. Se cambiaron en masa a la casa que Clapton inmortalizó en el título de su álbum 461 Ocean Boulevard. Gibb nunca se fue en realidad, aunque todavía tiene una casa en Inglaterra. Le gustaba Miami porque le recordaba a Australia, a donde sus padres emigraron cuando él tenía 11 años.

Vive en una mansión a la orilla del mar en un country club exclusivo que está muy lejos del sufrimiento de la familia Gibb en Australia, del cual hablaremos después. Eso fue gracias a la venta de entre 120 y 220 millones de discos, dependiendo de a quién le crea uno. Su difunto hermano Robin tenía una casa muy cerca de allí en la que Tony Blair causó alboroto cuando pasó unas vacaciones allí cuando era primer ministro. Los “Gibbs múltiples”, como él les dice, también viven por allí. Son cinco hijos y siete nietos. Hay peores lugares en el mundo para pasar la pandemia. “Hemos tratado de aislarnos y hacer las cosas como se debe”, dice. “Cómo se ve en las noticias, el coronavirus está por todo Miami”.

Hasta donde puede apreciarse por Zoom, Gibb está en bastante buena forma para haber cumplido 74 años de edad y celebrar el mismo día 50 años de casado. Conoció a su esposa Linda, una ex miss Edimburgo, tras las bambalinas de Top Of the Pops a finales de los 1960s. 50 años de matrimonio son raros en la aristocracia del rock, pero Linda parece ser toda una figura. Todos los hermanos Gibbs batallaron con su fama. Maurice era famoso por su amor a la Coca Cola con escosés que se convirtió en un problema de alcoholismo que lo persiguió hasta que entró a un programa de rehabilitación a principios de los 90s. Robin era muy afecto a las anfetaminas. Andy, el hermano más joven, tuvo gran éxito como solista, catapultado a la fama gracias a sus hermanos, pero murió a los 30 años por su adicción a la cocaína. Parece ser que el hecho de que Barry sobreviva sin mayores daños se debe a su esposa. “Mis hermanos tuvieron que enfrentar sus demonios solos, pero yo estaba casado con una dama que no iba a aguantar eso”. “Si llevaba drogas a la casa acababan en el excusado. Nunca me dejó ir hacia allá. Tenía que lidiar con mis hermanos que sí estaban allá, pero tuve suerte”.

Parece estar de mejor humor que la última vez que lo vi, y se entiende. Eso fue hace siete años. Estaba a punto de irse de gira mundial él solo, pero apenas había pasado un año de la muerte de Robin a causa del cáncer y se notaba que todavía le dolía su muerte y se preguntaba por qué no le había dicho Robin de su enfermedad, y le molestaba no haberse despedido en buenos términos. Lo mismo pasó con Maurice, explica, “no se hablaban” cuando murió repentinamente en un operación en 2003, y con Andy, en su última conversación, había intentado un poco de amor rudo con la esperanza de sacudir sus adicciones, pero a los pocos días murió. “Jesús”, suspira en algún momento. “Eran todos mis hermanos”.

Ahora ya está más reconciliado con su pasado. No, dice, no fue difícil hacer una revisión de la carrera de los Bee Gees para un nuevo documental How Can You Mend a Broken Heart: “Tuve que enfrentar las pérdidas de mis hermanos, de mi madre y de mi padre. Pero aprendí que la vida sigue, y uno con ella”.

Se ve muy entusiasmado por el nuevo álbum que grabó, en donde recorre el catálogo de los Bee Gees en compañía de algunas estrellas de country que van desde Dolly Parton hasta Alison Krauss. Dice que las sesiones son “la emoción de su vida” aunque su hijo Stephen tuvo que convencerlo  de que cualquier persona estaría interesada en trabajar con él, y eso nos dice ciertas cosas. Hay que recordar las críticas despiadadas que le hicieron a los Bee Gees antes del éxito de Saturday Night Fever y que nunca logró sacar de su psique. Los días de los comediantes que se burlaban de sus dientes y de sus voces de falsetto quedaron muy atrás. Las críticas a la música disco se consideran ahora una aberración propiciada por la homofobia y el racismo. How Can You Mend a Broken Heart está lleno de grandes nombres que rinden homenaje al talento como letristas de los Gibb: Chris Martin, Noel Gallagher, Mark Ronson, Justin Timberlake. Pero todavía de repente le quedan algunos sentimientos de marginación. Se veía realmente sorprendido con la gran recepción que tuvo en Glastonbury en 2017, cuando le tocó el horario de las leyendas del domingo, y a pesar de que estuvo como invitado especial de Coldplay un año antes. “No puedo creer que esté escuchando esas canciones ahora”, dice con emoción, “o que alguien quisiera escucharlas ahora. Ya pasó mucho tiempo”.  

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Y pues sí, los Bee Gees siempre fueron marginados. En videos de la TV Australiana de principios de los 60s se veían más como un acto de variedad anticuado que como una banda de rock’n’roll: un adolescente flaco y alto con sus hermanitos gemelos que contaban chistes y se asomaban a la cámara entre canciones. Sabiendo cómo son los adolescentes uno podría pensar que Barry sentía que sus hermanitos de 10 años lo dejaban en ridículo pero aparentemente no. “Nunca los vi como mis hermanitos”, dice frunciendo el ceño. “No era así. Todos amábamos lo que hacíamos y sólo lo hacíamos. No había nada más divertido que cantar en armonía de tres”.

Además, desde que los descubrió un DJ en una actuación en un intermedio de las carreras de Brisbane, ellos eran los proveedores de la economía familiar. “No teníamos dinero y en un show ganábamos 10 dólares”, dice. “Teníamos que ganar dinero y sólo así podíamos hacerlo. Seguro rentamos 20 casas durante los siete años que estuvimos en Australia. Creo, sin temor a exagerar, que mi padre no pagaba la renta. Éramos una de esas familias que huye a media noche con las maletas”.

Para 1965 ya usaban botas Beatle y escribían sus propias canciones, pero no podían colocar un solo éxito. En lo que podría llamarse una solución bastante radical al problema, los hermanos anunciaron a sus padres que toda la familia tendría que regresar a Inglaterra para seguir con su carrera. Como si hubiera estado programado, dejaron Australia unos días antes de que su último sencillo, Spicks and Specks, llegara al número 1 y su disquera mandó un bote para que los persiguiera, pero los Gibb se escondieron en su cabina y se negaron a salir.  Cuando llegaron a Reino Unido, vieron otra banda, “igualitos a los Beatles”, parados en el muelle de Southampton. Podían haberlo tomado como un buen augurio, pero no funcionó así. “Bajamos del barco y allí en la niebla estaba este grupo. Quién sabe qué hacían allí”. Y se ríe. “Nos dijeron: ‘Regresen a Australia, aquí no pasa nada. Ya no firman con grupos’”.

Esa fue una de las predicciones más desalentadoras de la historia pero al mes, los Bee Gees tenían contrato con la compañía de Brian Epstein NEMS. Dos meses después, su sencillo New York Mining Disaster 1941 fue un éxito trasatlántico. La banda que no llegó a ningún lado en Australia tenía unos letristas con dones de otro mundo. Todavía eran adolescentes cuando sacaron dos baladas que se convirtieron en la pauta de la modernidad y en un tipo de pop idiosincrático. Estas eran To Love Somebody y Words que coexistieron con temas como Barker of the UFO y Mrs Gillespie ‘s Refrigerator.

Tuvieron mucho éxito. En el documental Maurice Gibb dice que a los 21 años ya tenía seis Rolls-Royces, pero cuando lo menciono, Gibb sólo voltea los ojos. “Maurice”, dice, en el tono de hermano mayor que tiene que aguantar a sus hermanos, “era el maestro de la exageración. Nunca dejó de serlo. Nunca perdió la costumbre. Maurice tenía un Rolls-Royce, pero amaba exagerar todo lo que le pasaba”.

Sin embargo, dice, la fama de los Bee Gees era tan grande y llegó tan rápido que cualquiera hubiera batallado para controlarse. “Está la fama y está la ultrafama y puede destruirte. Puedes perder la perspectiva, estás en el ojo del huracán y no sabes que estás allí. Y no sabes lo que significa el mañana, y no sabes si estás grabando un éxito o no. Y éramos unos chicos, no se les olvide”.

En cuanto se volvieron famosos los Bee Gees empezaron a pelearse, o más bien, Barry y Robin. Ninguno de los hermanos tenía un rol definido en la banda y terminaron discutiendo por el líder. “Los mejores tiempos de nuestras vidas fueron antes de volvernos famosos”, dice. “No había competencia, no importaba quién cantaba qué cosa. Cuando conseguimos nuestro primer número Massachusetts, Robin era la voz principal y creo que nunca lo supero. Creo que pensaba que sólo él podía ser la voz principal. Y el grupo no era así”, dice con firmeza, como hermano mayor. “Todos contribuimos con canciones. El que tiene la idea, la canta”.

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Así es que los Bee Gees se separaron en 1969, y se volvieron a unir unos años después, sólo para ver que su celebridad se iba desvaneciendo. Para 1972, estaban tan dudosos de su audiencia que llamaron a su álbum A quien corresponda. Para tratar de salvar sus carreras se mudaron a EU y siguieron la recomendación de su disquera, “hagan discos para divertirse, hagan música para bailar, diviértanse”. Cualquiera que sepa algo de música pop sabe lo que pasó después: Jive Talkin, You Should Be Dancing,  y la música de la película Saturday Night Fever. Se vendieron 45 millones de álbumes, dominaron totalmente las listas y radio de EU, se sucedieron los éxitos de primer lugar.

Gibb dice que se dieron cuenta de lo importantes que eran cuando se embarcaron en otro proyecto: un intento de hacer una película musical con el disco del Sgt Pepper de Los Beatles. “Quisimos salirnos del proyecto, pero no funcionó, y de repente Fever se convirtió en el álbum que todos bailaban a la hora de la comida. ¿Qué estaba pasando? Se empezaron a vender millones de copias a la semana. Entre los tres sólo teníamos una Winnebago cuando empezó la película, pero dos o tres semanas después, cada uno tenía una WInnebago. Esa era la medida del éxito”.

Una combinación del resultado de la música disco y la fatiga de las estaciones de radio de EU de tener que tocar a los Bee Gees canción tras canción los hizo desplomarse antes de que Barbra Streisand les pidiera que trabajaran con ella en su siguiente álbum. Gibb dice que estaba “aterrado” cuando llegó la oferta. “Nunca sabes si algo va a resultar bien. Sólo lo deseas y rezas”. Pero en 1980, Guilty vendió 15 millones de copias, y la carrera de los Gibb en los 1980 se volvió de letristas para otros. Irónicamente, la radio no tocaba canciones de los Bee Gees, pero todos los hits que escribieron para otros,Heartbreaker de Dionne Warwick, island in the Stream, de Kenny Rogers y Dolly Parton, Chain Reaction  de Diana Ross, y todas sonaban exactamente a canción de los Bee Gees.

Llegaron a trabajar con Michael Jackson, pero los resultados nunca se publicaron. “Bueno, nos sentábamos en mi sala durante días, sólo pasándola bien, no escribíamos nada en realidad. Y salimos con una,  All in My Name, pero nunca fuimos suficientemente serios al respecto. Yo creo que Michael sólo quería escapar del ambiente legal en el que estaba atrapado. Estaba visitando a gente con la que creía que podía conectar porque en realidad no sabía quienes eran sus amigos. Pero entonces empezó a estar todo el tiempo en la casa y yo me tenía que levantar temprano. Tengo 12 años más que él y tenía que llevar a mis hijos a la escuela. En algún momento le dije: ‘Michael, si tienes que ir a algún lado, tienes que hacerlo’, y se ríe. “Muy amablemente le tuve que decir a MIchael Jackson que se fuera porque yo no podía hacer nada”.

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La muerte de Maurice en 2003 acabó con la carrera de los Bee Gees. GIbb dice que Robin estaba desesperado por seguir, pero tuvo que reconsiderar. “No podemos seguir diciéndole a la fuerza a todos que somos los Bee Gees sin Mo”,  y eso provocó otro desencuentro. “Estaba muy necio queriendo que siguiéramos siendo los Bee Gees. Yo creo que él sabía que estaba enfermo al menos dos años antes de que se pusiera muy grave. Y creo que espiritualmente no quería volverse un inválido. No quería que nadie supiera que tenía algo mal así es que lo escondió, al menos de mi. Y cuando me di cuenta de lo que estaba mal entendí por qué estaba tan necio, por qué quería seguir, sin importar qué. Entonces lo entendí”.

Gibb pensó en retirarse después de la muerte de Robin, dice, pero se dio cuenta de que era el último Bee Gee, y era su trabajo mantener viva la música. “Me importa que viva la música y hago todo lo posible para que eso suceda. Esa es mi misión”.

Así es que se fue de tour y empezó a hacer álbumes de nuevo. Y, en algún punto, cambió de idea con respecto al legado de los Bee Gees. Antes de irse me cuenta una historia de su hija oyendo Stayin’ Alive en el radio del coche. “Subieron el volumen y abrieron la ventana y la gente en la calle empezó a bailar”, dice. “No hay explicación de cómo pasan las cosas pero esta música penetró tanto en la cultura que no creo que se pueda olvidar ”.

The Bee Gees: How Can You Mend a Broken Heart estará a partir del 13 de diciembre en Sky Documentaries y estará disponible en DVD y para descarga digital a partir del 14 de diciembre.