‘Me di cuenta que me había convertido en masoquista y dejé Twitter’
‘Desconectarme de los elogios me hizo ser apática respecto al trabajo. ¿Qué sentido tenía?’ Foto: Proporcionada por Laura Snapes

En marzo de 2009, tecleo “twitter.com” y me registro para los próximos 12 años de mi vida. Tengo 20 años y estoy en mi primer año de universidad. Tengo tres amigos y odio este lugar. Pero, en Twitter, puedo hablar con los “verdaderos periodistas musicales”, mi tan anhelada gente del futuro. Dos años después, me mudo a Londres para trabajar en NME. Mi torpeza social hace que la vida en una nueva ciudad sea como dragar el Támesis con mallas holgadas. En Twitter, sin embargo, me he transformado en un magnífico imán del caos. Incluso en las noches tristes y de borrachera de los viernes, mi reino del tamaño de un teléfono brilla.

La vida real mejoró, a menudo gracias a Twitter. Me llevó a John, quien todavía es mi novio 10 años después, y a muchos de mis amigos más cercanos. Gracias a ser una mujer en un campo dominado por los hombres, la ocasional reseña viral y el poco talento para la discreción, terminé con 60 mil seguidores. No me lo tomé tan en serio, pero ganar mi primer concurso de popularidad fue como ganar Miss Mundo, si tuviera mala postura y pulgares desenfrenados. La visibilidad trajo consigo mejores trabajos y me dio una plataforma para tomar represalias contra los muchos infelices de la música. El botón de silencio calló a las personas que respondían y a los trolls, y no había buscado mi nombre en años, desde que John comparó ese hábito siempre molesto con la autolesión, una exageración que, sin embargo, sonaba cierta.

Pero no me di cuenta de que seguía siendo una masoquista. No consideraba que mis artículos estuvieran completos si no tenían una reacción. Twitter, repleto de compañeros, importaba más que una sección de comentarios generales. Dejé que la aprobación extinguiera mi autodesprecio y me convencí de que las críticas rebotaban en una piel ya encallecida por haber pasado mi adolescencia en los foros de mensajes, donde me decían que me parecía a “la gangrenosa hermana mayor de Lily Allen”. Evidentemente no eran comentarios fáciles de ignorar: la crítica más pegajosa generó pulgas cerebrales que duraron semanas.

A menudo leía que era bueno dejar Twitter, lo que me parecía un consejo parecido a levantarse a las 4:30 de la mañana para hacer yoga con calor: en teoría, claro, pero en realidad soy muy feliz aquí en la jaula de las ratas. No fue hasta que Twitter me hizo sentir especialmente desanimada, una mezcla de subidas y bajadas y las críticas que vienen con el hecho de ser medianamente prominente y tremendamente falible, que me di cuenta de lo mucho que dependía de él para mi autoestima.

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Una tarde de este año, bajando en espiral por la hélice del odio hacia mí misma tras estar de acuerdo con un tuit indirecto dirigido hacia mí, desactivé mi cuenta. No puedes borrarla fácilmente, tienes que completar un periodo de desactivación, seguramente porque Twitter sabe que es adictivo. Estaba segura de que regresaría al día siguiente. Pero me mantuve desconectada.

No hubo un alivio inmediato. De hecho, me sentí peor después de detener los chorros de dopamina que habían regado intermitentemente mi podrido paisaje interno. Una noche, mientras lloraba durante mi cena, John me hizo delinear mi propia imagen. En resumen: mis mejores esfuerzos siempre fracasan y debo castigarme para ser mejor. Estaba horrorizado. Creí que todo el mundo se sentía así. Evidentemente, los únicos fragmentos de Twitter que me tomaba en serio reflejaban esa opinión.

Esta revelación iluminó otros comportamientos autodestructivos. ¿Cómo me ayudaría a mí misma si ni yo creía que valía la pena? Comienza el proyecto Autoestima: Primer nivel.

Leí el excelente libro Tiny Habits, del científico del comportamiento BJ Fogg. Aprendí que las personas cambian solo como resultado de sentirse bien; no puedes autoflagelarte para lograrlo. Yo particularmente me autoflagelo cuando estoy estresada; aprender a descansar fue un comienzo. Después de publicar mi próximo gran artículo, me descubrí revisando en Twitter para ver si a alguien le había gustado. Pero, después de atiborrarme de comentarios una mañana, una nueva guardia neuronal intervino. “Snapes”, dijo ella, “estás vetada”. No volví a revisar las respuestas sobre ese artículo y les conté a mis amigos sobre mi patético logro. Imagínate el meme del chico mariposa de anime: ¿es esto… actuar para mi propio beneficio? Si dejaba este comportamiento, me preguntaba, ¿qué más podría afrontar?

Hubo una fase de adaptación. Desconectarme por un tiempo de los elogios me hizo ser apática respecto al trabajo. ¿Qué sentido tenía? Tuve que redescubrir por qué hago lo que hago. No extrañaré las pesadillas de conectarme a Twitter, aunque no doy por sentado que, como alguien que tiene un trabajo en nómina, puedo dejar de fumar sin experimentar la ansiedad de “desaparecer” que podría sentir un colega independiente. Mi concentración mejoró. Es bueno abandonar la endeble conciencia que puede disfrazarse de informarse en las redes sociales. Sé que exaltar la vida fuera de la red corre el riesgo de parecer como un regaño. Sigo envidiando a los tuiteros diligentes. Si pudiera divertirme racionalmente ahí, estaría que mando mi cerebro en aquel infierno con ustedes.

También es reconfortante ser reservada por primera vez en mi vida adulta. No voy a detallar qué circunstancias concretas me llevaron a dejarlo, porque alguien en Twitter se burlaría de mí por ser una niñita llorona. ¡Conozco las reglas! Pero el intento ferviente de ser más amable conmigo misma me ha enseñado que en ocasiones tienes que tratarte a ti misma como una niñita llorona, para preguntarte: ¿cuál es la causa precisa de la angustia que hay detrás de este lamento incipiente? ¿Necesita la niña un descanso? ¿Un respiro de los horrores de la vida cotidiana? No puedo ofrecer esto último, pero puedo confiscar la lupa.