‘Microbios virulentos en todas partes’: ¿Cómo las personas con ansiedad pueden defenderse del pánico por la reapertura?
Ilustración: Grant Snider/The Guardian

Hace poco tomé mi primer vuelo desde que inició la pandemia. Cuando llegué al aeropuerto, me preparé para un escenario de absoluta masacre: personas por todos lados, todos ellos insistiendo en respirar; microbios virulentos regodeándose en un campo de objetivos desprevenidos.

Como alguien que tiene un historial de ansiedad, respiré hondo, imaginando que sería mi última oportunidad para hacerlo antes del aterrizaje, y entré a la batalla.

Los cubrebocas fueron la única señal de que la pandemia había ocurrido, porque la multitud aumentó en el check-in y en los registros de seguridad. Mantuve mi distancia y me moví rápidamente, haciendo mi mejor esfuerzo para callar la parte de mi cerebro que estaba gritándome para que me lanzara a la ventana más cercana. Si nadie más está preocupado, debes estar bien, me dije a mí mismo, sin creerlo. Y si este es el final, has tenido un viaje decente.

Me dirigía al otro lado de Estados Unidos para ver a mis padres y estaba aterrorizado por el riesgo que representaba el Covid-19 para ellos, aunque todos estábamos vacunados completamente. Elegí un asiento junto a la ventanilla, después de leer en internet que era un poco más seguro, y juré no quitarme el cubrebocas. A bordo, significó lo mínimo de comida y agua y la ansiedad al máximo, una fórmula perfecta para la migraña resultante.

Después de un vuelo de cinco horas, el descenso parecía interminable mientras aumentaban las náuseas. Finalmente aterrizamos, tomé mi maleta y salí corriendo, mis padres se estaban estacionando. Los saludé –por primera vez en 15 meses– vomitando en la banqueta.

Muchas personas afortunadas pueden equiparar mentalmente la reapertura con el regreso a la normalidad, pero la reapertura, por supuesto, no significa que el Covid-19 haya desaparecido. La gente con ansiedad como yo, que hemos tenido el privilegio de trabajar desde casa, estamos profundamente conscientes sobre ese hecho y ahora nos encontramos a nosotros mismos en un aprieto.

La presión social está aumentando para aventurarse. Los centros de trabajo están comenzando a convocar a su personal, los amigos están escribiendo para salir, las familias están planeando reuniones. Pero volver a emerger puede estar lleno de peligro, especialmente para las personas con una gran ansiedad. Por más de un año, nos han condicionado para ver a nuestros compañeros humanos como vectores de enfermedades. Incluso antes de que la variante Delta se afianzara, la pregunta surgía: ¿cómo podemos regresar al mundo sin entrar en pánico?

La visita a casa trajo estas ansiedades a mi cabeza, dado que mis padres pertenecen a un grupo demográfico con mayor riesgo de contraer la enfermedad. Regresé a mis hábitos del inicio de la pandemia limpiando las superficies y lavando mis manos hasta que estuvieran en carne viva.

Quería ver a mis amigos de la infancia, pero primero tenía que informarles con delicadeza que estaba neurótico y que necesitaba que todos nosotros mantuviéramos nuestros cubrebocas y nos quedáramos afuera, a pesar de que todos estábamos vacunados. Después de tales reuniones, me sentía contaminado, como si mi cuerpo estuviera repleto de invasores invisibles que demandaban extinguirse con un baño. Los viajes para ir por comida fueron lo peor. Cuando me paré en una tienda, imaginé partículas de Covid-19 arremolinándose alrededor de mi cabeza y el tictac de un reloj ominoso: quédate aquí por más de 10 minutos, me advertí a mí mismo, y tu familia habrá dado su último respiro.

Sabía que todo esto era irracional. Realmente no creía que alguno de mis amigos estuviera enfermo o incluso en un riesgo particular; no son el tipo de proclamar que ellos “están a salvo” mientras practican con el coro en bicicletas estáticas en sótanos sin ventanas. Sabía que las superficies ya no eran consideradas como una fuente importante de peligro. Los números de casos del área no respaldaban mis temores, y mis propios padres estaban mucho menos preocupados que yo.

El problema es que, para las personas con cerebros como el mío, la pandemia parece de alguna forma distinta de los números de casos. Se siente como una novela de fantasía: como un mal nebuloso hubiera descendido sobre la tierra, y fuera a donde él decida, riéndose como un maníaco. Cuando la amenaza parece ser tan abstracta, se vuelve difícil imaginar que estamos a salvo solo porque las estadísticas locales han mejorado.

Las precauciones contra el Covid-19, ya sean utilizando cubrebocas o quedándose en casa, se han convertido en rituales para evitar la oscuridad, ofreciendo una medida de consuelo solamente durante su ejecución, con el temor de que el incumplimiento de las reglas provoque mágicamente una infección, independientemente de si hay en realidad patógenos cerca.

Todo esto se junta en un problema central para las personas con ansiedad: la incertidumbre. Sí, intelectualmente todos estamos conscientes de que las vacunas han cambiado el panorama. Pero antes de que emerja de la hibernación, quiero que un experto proclame que el peligro es cero, que las fuerzas del bien han terminado por completo la propagación de ese mal, el cual, por supuesto, nunca será el caso. Por tanto, se trata de quedarnos en casa para siempre o de determinar qué nivel de riesgo estamos dispuestos a tolerar.

En ese sentido, la reapertura será un tipo de ejercicio psicológico mundial.

Me diagnosticaron trastorno obsesivo-compulsivo cuando era niño, y lo he afrontado a través de terapia cognitivo-conductual, usando un proceso conocido como prevención de exposición y respuesta (EPR). En este procedimiento, un paciente trabaja con un terapeuta para crear una “escalera” de comportamientos que provocan ansiedad, comenzando con los más sencillos, tal vez pasando una hora sin lavarse las manos, y creciendo hacia los más difíciles, tal vez pasando un día sin lavarse, o ensuciándose las manos de forma deliberada. La meta es aumentar gradualmente la tolerancia del paciente sobre estas actividades y la incertidumbre asociada, sin el esfuerzo inútil de tratar de probar que no hay riesgo: tal vez sí lo hay, puede pensar el paciente, pero puedo vivir con él.

La reapertura será, en cierta forma, un EPR a una escala enorme. Con ansiedad o no, todos nos sentiremos un poco fuera de nuestro elemento durante las primeras interacciones con el mundo exterior. Nuestras primeras exposiciones podrán ser visitas con uno o dos amigos vacunados, después tal vez un restaurante al exterior sin tanta gente. Mientras el tiempo pasa y los casos suben y bajan, subiremos nuestras escaleras individuales, tan despacio o rápido como nos sintamos seguros.

El mundo en este momento me recuerda a cómo percibía el océano cuando era niño: atractivo y hermoso pero despiadado, con una contracorriente que podía arrastrarme lejos en cualquier momento. No tengo prisa por compartir aire con extraños.

Mi propia escalera, si la hiciera a mi modo, probablemente comenzaría con una máscara de gas y una botella de Lysol en cada mano.  Tal como está, he comenzado a quitarme ocasionalmente mi cubre bocas durante las caminatas al aire libre. Degustar el aire sin filtrar por primera vez en un año ha sido una revelación, tal vez incluso vale la pena la breve sensación de inminente fatalidad cuando hace eco el sonido de una toz proveniente de una casa cercana. No visualizo el Coachella, o incluso TGI Friday’s, en mi futuro inmediato. Pero se ha estado volviendo más fácil encontrarme con mis amigos en lugares de reunión bien especiados al aire libre, y pronto espero ser capaz de dejar mi parámetro en casa.

Mi propia escalera, si me saliera con la mía, probablemente comenzaría con una máscara de gas y una botella de Lysol en cada mano. Tal como están las cosas, comencé por quitarme el cubrebocas de vez en cuando durante los paseos al aire libre. Probar aire sin filtrar por primera vez en un año ha sido una revelación, tal vez incluso valga la pena la breve sensación de muerte inminente cuando el sonido de una tos resuena en una casa cercana. No veo Coachella, ni siquiera TGI Friday’s, en mi futuro inmediato. Pero cada vez es más fácil encontrarme con amigos en lugares de reunión al aire libre bien espaciados, y pronto espero poder dejar mi criterio en casa.