‘No veo a mi mamá’: El terremoto de Haití deja una nueva generación de huérfanos
Los niños se forman para recibir ayuda alimentaria en un campo de refugiados en Les Cayes, una semana después de que el terremoto sacudió a Haití. Foto: Matias Delacroix/AP

Lilian, de seis años y sola, todavía pregunta cuándo regresará su madre del mercado en las afueras de Les Cayes, en el sur de Haití.

Cuando ocurrió el terremoto del mes pasado, Lilian se encontraba en su casa, vigilada por sus vecinos ocasionalmente, mientras su madre, Genieve, vendía fruta a unas pocas cuadras de distancia. Cuando el suelo comenzó a convulsionarse, se derrumbó una parte del mercado. La caída de concreto golpeó a Genieve y la sepultó bajo los escombros. Su muerte dejó a Lilian sin nadie que la cuide.

“No veo a mi mamá”, repetía Lilian, según Ketia Loraus, de 40 años, una trabajadora social que ha estado siguiendo su caso. “Era desgarrador escucharla decir eso”.

Todavía no se contabiliza en su totalidad la tragedia humana que provocó el terremoto de 7.2 grados de magnitud. Más de 2 mil 200 personas murieron y 30 mil casas quedaron destruidas en pueblos y aldeas que siguen aislados de los trabajadores de ayuda. Hay cientos de desaparecidos, y los supervivientes sospechan que nunca podrán encontrar a muchos de ellos. La tormenta tropical Grace, que llegó dos días después, no hizo más que aumentar la miseria.

En medio de la masacre, un número desconocido de niños como Lilian, cuyo nombre se cambió para proteger su identidad, fueron separados de sus padres y tutores, que murieron o desaparecieron.

“La mayoría se queda en la casa de un vecino, o en un refugio improvisado“, comenta Loraus, en una escuela a las afueras de Les Cayes, un puerto muy afectado por el terremoto.

Loraus trabaja con AVSI, una organización benéfica italiana, para brindar apoyo psicológico a los niños que sobrevivieron a la catástrofe. “Hoy pasaron por aquí al menos 15 niños cuyos padres no han sido localizados“.

En un principio, un vecino, cuya hija pequeña resultó herida en el terremoto y permanece en el hospital, alojó a Lilian, y luego la envió con un tío.

Los trabajadores sociales comentan que es poco probable que las autoridades resuelvan algo rápidamente, puesto que los limitados recursos con los que contaban antes se han agotado por el terremoto. Los rescatistas también han informado que hay más niños solos.

“Estos casos son prácticamente normales ahora, siempre los encontramos”, señala Loraus, mientras un grupo de niños pequeños juega detrás de ella, cantando en círculo. “En los hospitales, están atendiendo a niños sin saber dónde están sus padres. Cuando vamos a los refugios, vemos a niños buscando comida, de nuevo separados de sus familias“.

Los riesgos para los niños solos en Haití son innumerables. Las pandillas callejeras siempre están buscando jóvenes reclutas, mientras que los parientes lejanos que terminan cuidándolos podrían ponerlos a trabajar, a mendigar o a vender en las calles. Las niñas corren un riesgo particular de sufrir violencia sexual.

En Haití, los niños con frecuencia deciden huir solos de las zonas de catástrofe y de mayor inseguridad y pobreza. Después de que el huracán Matthew devastó el sur de Haití en 2016, dejando 546 personas muertas y causando daños valorados en 2 mil 800 millones de dólares, los grupos de defensa de los derechos humanos observaron un notable aumento de niños solos que se trasladaban a Puerto Príncipe, la caótica capital de Haití.

Un centro de refugio en la frontera con la República Dominicana, con la que Haití comparte la isla caribeña de La Española, señaló que llegaron más niños en los meses posteriores a esa catástrofe. El terremoto que azotó la capital en 2010, y que causó la muerte de 220 mil personas, también desencadenó una ola de migración infantil.

La respuesta a los niños vulnerables se complica por los daños sufridos por muchas de las escuelas de la región. En Camp Perrin, un pueblo a 19 kilómetros de Les Cayes, la escuela Immaculate Mary, dirigida por misioneros desde su fundación en 1945 y con 900 alumnos en el momento del terremoto, quedó completamente destruida.

No tenemos idea de cuándo volveremos a abrir, tenemos que reconstruir desde cero“, comenta Jean-Pierre Loubeau, de 60 años, uno de los directores de la escuela, mientras un grupo de voluntarios trabaja para remover los escombros. Después de trabajar frenéticamente bajo un sol abrasador, algunas personas toman un descanso sentándose en los pupitres de la escuela.

Cuando volvamos a abrir nuestros salones de clase, será el momento en que sabremos la magnitud de la cantidad de niños separados de sus familias“, señala Loubeau, quien, al igual que otros maestros, duerme en su carro desde que el terremoto dañó su casa. “Los niños necesitarán un lugar a dónde ir, porque corren un gran riesgo de ser explotados si no lo hacen”.

Las escuelas que sobrevivieron están cerradas por las vacaciones de verano, que se aplazaron al menos una semana para que las comunidades tengan más tiempo para asimilar el desastre. Pero cuando vuelvan a abrir, tendrán que desalojar a los supervivientes que se refugian en los edificios.

“Para los niños que acaban de pasar por esta traumática experiencia del terremoto y las condiciones meteorológicas extremas, es fundamental tener la normalidad y la estabilidad de estar en un salón de clases con sus amigos y maestros”, señaló Bruno Maes, representante de Unicef en Haití, después de que visitó una escuela dañada en Mazenod, cerca de Les Cayes, en los días posteriores al desastre.

Más de 300 escuelas en las tres provincias del sur de Haití afectadas por el terremoto quedaron destruidas o parcialmente dañadas, afectando a 100 mil alumnos y profesores, de acuerdo con la agencia de la ONU.

Mientras tanto, los niños corren el riesgo de pasar hambre. Hay 4.4 millones de personas en el país, de 11.5 millones, consideradas en situación de “inseguridad alimentaria”, y se cree que 1.9 millones de niños se encuentran entre ellas.

“La gente no tendrá a dónde ir, por lo que los niños buscarán la ayuda de las organizaciones benéficas”, comenta Loraus, mientras un camión de ayuda pasa por la carretera frente a la escuela sin detenerse.

Cada vez que hay un desastre natural en Haití, y hay muchos, los niños siempre son los que más sufren.