El geek del clima que intenta borrar su huella de carbono
El profesor David Reay en el terreno que compró hace tres años para eliminar su huella de carbono y la de su esposa. Foto: Murdo MacLeod/The Guardian

Las ranas que saltaban por su campo de ovejas fueron una señal segura para el profesor David Reay de que la tierra quería permanecer pantanosa. Durante siglos el terreno fue objeto de pastoreo y mantener seca una zona concreta fue una batalla constante. “Las ranas seguían apareciendo, como si dijeran: ‘¿dónde está mi estanque?’ Así que lo que quiero hacer como parte de esto es devolverles parte de su estanque”, comenta Reay, que está creando lo que espera sea una granja de carbono pionera en el Mull of Kintyre, una remota península de la costa oeste de Escocia.

Reay, profesor de gestión del carbono, compró su granja hace tres años. Está situada en el pueblo de Glenbarr, en el lado oeste de la península, que es más conocido por haber inspirado la canción de Paul McCartney del mismo nombre. El sueño de Reay era comprar un terreno que le permitiera eliminar de la atmósfera la huella de carbono de toda su vida y la de su esposa.

Su terreno se encuentra entre mares tormentosos y nubes bajas. La granja ya muestra su lado rebelde: aparecen ramos de juncos entre las hierbas desordenadas y las barrancas están llenas de helechos, cardos y aulagas, a pesar de que las ovejas las pastorearon el invierno pasado. Tiene más de un kilómetro de playas y caletas, completadas con una familia de nutrias.

Reay utiliza muestras del suelo para medir meticulosamente la cantidad de carbono que puede albergar esta tierra, del mismo modo en que lo hacen los científicos en el Ártico. Es un autoproclamado “loco por el carbono”: no ha volado en 17 años, conduce un carro eléctrico, tiene paneles solares, un aislamiento eficiente del tejado y cuando llegue el momento quiere tener un entierro ecológico en lugar de ser incinerado. “Simplemente tiene sentido en términos de carbono”, comenta. “Con la incineración pierdes un montón de cosas buenas en el aire que podrías depositar en los árboles y la tierra”.

Reay convertirá la granja de ovejas en una zona boscosa de hoja mixta con grandes pantanos húmedos y praderas ricas en flores silvestres. Por el momento, hay 100 ovejas, y ya se han cercado algunas partes de la granja. Reay irá reduciendo el número de ovejas a lo largo de cinco a diez años y, finalmente, la granja quedará libre de ganado.

Reay planea convertir la granja de ovejas en una zona boscosa de hoja mixta con pantanos húmedos y praderas ricas en flores silvestres que espera eliminen 90 toneladas de dióxido de carbono de la atmósfera cada año durante los próximos 50 o 100 años. Foto: Murdo MacLeod/The Guardian.


La captura de carbono en el suelo es uno de los mayores retos de la humanidad, y aunque han aumentado las “soluciones basadas en la naturaleza” y los programas de plantación de árboles, todavía desconocemos muchos aspectos. Existen algunas granjas de carbono en Australia y, aunque muchos agricultores regenerativos y rewilders en el Reino Unido probablemente están incrementando el carbono en el suelo, Reay no conoce a ningún otro cuyo objetivo principal sea medirlo.

Después de los océanos, el suelo es el mayor almacén activo de carbono, pero un tercio de la tierra del planeta se encuentra gravemente degradada, según un estudio respaldado por la ONU, una situación provocada en gran medida por la agricultura intensiva. Se trata de averiguar cómo puede funcionar la agricultura del carbono en una escala muy pequeña, lo cual podría tener implicaciones más amplias. “Es muy bueno ser resistente”, dice Reay.

‘Como un queso suizo’

Los planes de Reay significan que la granja de 30 hectáreas debería absorber un promedio de 90 toneladas de dióxido de carbono de la atmósfera cada año durante los próximos 50 a 100 años. Una persona promedio en el Reino Unido emite alrededor de cinco toneladas de carbono al año, por lo que a lo largo de su vida son aproximadamente 400 toneladas. La mayor parte de las reservas de carbono de la granja de Reay se encuentra en el suelo, y la forma de medirlo es desenterrando gran parte de él. “Cuando terminé se parecía a un queso suizo”, comenta.

Reay estableció una rejilla y extrajo nueve muestras en varios lugares, cavando 30 cm en el suelo con un tubo y aspirando la muestra, que posteriormente llevó a un laboratorio donde los investigadores calcularon el porcentaje de carbono en el suelo en determinadas profundidades.

Una vez que se determina la “densidad aparente” del suelo, es decir, la cantidad de tierra que hay en cada centímetro cúbico, se puede calcular cuántos gramos de carbono contiene.

En los 10 cm superiores del suelo del terreno en el que estamos, hay aproximadamente un 5% de carbono; en el bosque es un poco más alto, entre el 15 y el 20%, porque existe más materia orgánica rica en carbono, como las hojas muertas, que se incorpora al suelo. Cuanto más profundizas en la tierra, menos carbono hay.

El último ciclo de muestreo duró seis meses, y Reay repetirá el proceso cada cinco años. Espera que, con el tiempo, los niveles de carbono aumenten hasta un 15 o 20% en los 10 cm superiores del suelo en toda la granja. “Un pequeño cambio de unos pocos centímetros de carbono en toda la granja es una enorme cantidad adicional de carbono que se extrae de la atmósfera y se mantiene en el suelo“, afirma.

Cuando las ovejas dejen la granja, bloqueará los desagües que han eliminado las zonas pantanosas y los estanques de la tierra. Los lirios ya ocupan las zonas más húmedas, creando hábitats más diversos e interesantes que también albergarán más carbono. El suelo seguirá siendo la mayor reserva de carbono, pero la mayor parte del aumento en los próximos 50 años se producirá en la superficie, debido a los árboles.

Pinos silvestres recién plantados. Reay pretende llenar el terreno con 50 mil árboles autóctonos mixtos mediante una mezcla de plantación y regeneración natural. Foto: Murdo MacLeod/The Guardian.


‘Tiene que ser resistente’

La tierra en esta zona de Escocia probablemente perdió la mayor parte de sus árboles durante la limpieza de las Highlands, que comenzó en el siglo XVIII cuando los campesinos fueron obligados a abandonar sus tierras para dar paso a otras más grandes y rentables. Reay pretende plantar 50 mil árboles autóctonos mixtos, algunos por regeneración natural y otros por plantación. Ya plantó 500 y fue meticuloso con su ubicación. “Tienen un cuidado de lujo”, comenta.

“Son una especie de jugadores de la liga local comparados con los de la Premier League en términos de clases de rendimiento, pero lo que son es, en mi opinión, más sustentables”, comenta. En la colina cercana a la casa de Reay se encuentran los rígidos bloques de una plantación de abetos sitka no autóctonos, un elemento habitual en el paisaje escocés. En la granja de Reay no habrá abetos sitka, porque, a pesar de su fantástico potencial de secuestro de carbono, no ofrece muchos otros beneficios.

“Tenemos que lograr los objetivos de París. Pero si lo hacemos a costa de la biodiversidad, y a costa del sustento de la gente, como el ganadero de ovinos con el que trabajamos, y lo hacemos a costa de todo lo demás, como la producción de alimentos, entonces será completamente insustentable, no vale la pena. Prefiero fracasar en el cero neto que tomar ese camino. Incluso como geek del carbono que no ve el tema del carbono con claridad, tiene que ser sustentable, tiene que ser resistente”, explica Reay.

Seguramente, Reay es un entusiasta de muchas cosas, pero su afecto por este trozo de tierra es evidente. “Es una de esas situaciones en las que casi quiero vivir eternamente solo para verla, porque nunca llegaré a verla en su madurez”, dice. “Muchos de los árboles que estamos plantando no alcanzarán su madurez hasta que yo tenga el equivalente a 130 años o algo así. Así que me decepciona no poder verlo”.

Quiere convencer a los estudiantes universitarios de que lo visiten y conozcan lo que hace con la promesa de ofrecerles cerveza y pizza.

Actualmente, no hay ninguna casa en la granja, así que Reay acampa en una de las playas con Ginny, su labrador negro. Quiere construir una casa ecológica en una pequeña pendiente del terreno, escondida del resto del mundo, con vistas al Atlántico. Puede visitar el terreno desde su casa cerca de Linlithgow, no lejos de Edimburgo, algunas veces al mes, pero en los próximos años espera mudarse aquí de forma permanente. “Me encanta. El carbón es lo mío y estar aquí, en Kintyre, es el mejor trabajo del mundo”.

La finca ya cuenta con ramos de juncos y barrancos con helechos, cardos y aulagas, y sus playas y caletas albergan una familia de nutrias. Foto: Murdo MacLeod/The Guardian.

Cuando le pregunto a Reay qué lecciones ha aprendido, inmediatamente responde que fue “revelador” descubrir que se necesitarán 12 años para absorber todas sus emisiones y las de su esposa. “En el gran plan de las cosas, esta no es la respuesta… Realmente esperaba que lo fuera. Pensé que tal vez a alguien se le había escapado un gran truco para secuestrar carbono en los suelos”.

“Cuando uno hace cuentas, no hay manera de hacer esto para todos en Escocia o en el mundo. Simplemente no hay suficiente tierra. Así que va a ayudar. Pero me di cuenta de que la naturaleza, las soluciones basadas en la naturaleza, la plantación de árboles y los suelos, definitivamente es parte de la solución, pero no hay manera de que pueda hacerlo todo”.
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