Reseña de ‘Matrix Resurrections’, drenada de vida por la maquinaria de Hollywood
No es el indicado… Keanu Reeves en 'Matrix Resurrections'. Foto: AP

Dieciocho años después de lo que creíamos que era la tercera y última película de Matrix, The Matrix Revolutions, Lana Wachowski dirige una cuarta parte: The Matrix Resurrections. Pero, a pesar de algunos toques ingeniosos (un nombre muy divertido, por ejemplo, para un café de realidad virtual), nos encontramos con que el cadáver de la franquicia sigue ahí dentro. Se trata de un reboot demasiado pesado que no ofrece ninguna razón convincente para su existencia que no sea la de extraer una cuarta fuente de ingresos de los fanáticos de Matrix, sumisamente enganchados a los nuevos contenidos, y no presenta nada que se acerque a las impresionantes secuencias de acción en “tiempo bala” que hicieron famosa a la película inicial.

La primera película de Matrix fue un brillante y profético thriller de acción de ciencia ficción que en 1999 nos presentó a Keanu Reeves como un hacker informático con el nombre en clave de “Neo”, que se encuentra con la aparente actividad de un estado policial cuyo funcionamiento apenas sospecha. La carismática rebelde Trinity (Carrie-Anne Moss) lleva a Neo hasta la misteriosa figura de Morfeo (Laurence Fishburne), quien le ofrece a nuestro reticente héroe una de las opciones más famosas del cine moderno: la pastilla azul o la pastilla roja. La primera permitirá que Neo regrese a su casi conformidad letárgica, la segunda le revelará de forma irreversible la verdad sobre toda la existencia. Toma la pastilla roja y descubre que todas nuestras vidas existen en un mundo ilusorio fabricado digitalmente, mientras que las máquinas que nos dominan ordeñan nuestros cuerpos en estado de coma para obtener su energía en gigantescas granjas.

En 2003 apareció una secuela vivaz e infravalorada, The Matrix Reloaded, y más tarde, en ese mismo año, The Matrix Revolutions, en la que la idea se agotó de forma definitiva: la horrible verdad era que la monótona “realidad” en la que los rebeldes luchaban en su tediosa guerra intergaláctica contra estas máquinas se parecía a Battlefield Earth, la nefasta película de ciencia ficción protagonizada por John Travolta.

Sin embargo, la pastilla roja y la pastilla azul fue un meme irresistible otorgado al discurso político en los inicios de la era digital. Seguramente, Inception, de Christopher Nolan, estuvo influenciada por Matrix, y cuando el barón de los medios digitales de Succession, Lukas Matsson, interpretado por Alexander Skarsgård, compara despectivamente a los usuarios de las redes sociales con los esclavos romanos, hace referencia a las ideas promovidas por la película original. El documental de Jeff Orlowski The Social Dilemma, sobre la servidumbre de las redes sociales, viene con imágenes similares a las de Matrix, y Mark Zuckerberg está intentando crear un nuevo mundo digital llamado Meta.

Además, Lilly Wachowski, codirectora de la película original, ha hablado de forma intrigante sobre el mundo de Matrix y su relevancia para la política disidente de género.

La cuarta película comienza de forma ingeniosa mostrándonos a un Neo demacrado y deprimido de mediana edad, trabajando bajo su nombre normal Thomas Anderson: es un programador de juegos premiado pero agotado. Sin embargo, hay extrañas irrupciones dentro de su realidad alternativa: una activista llamada Bugs (Jessica Henwick) intenta contactarlo, junto con un agente gubernamental renegado (Yahya Abdul-Mateen II) que ha asumido la persona de Morfeo. Mientras tanto, el odioso empresario multimillonario de Thomas, Smith (Jonathan Groff), parece ser una versión paralela del siniestro agente Smith interpretado por Hugo Weaving en las películas iniciales. Sin embargo, el psicoanalista de Thomas (Neil Patrick Harris) se encarga de asegurarle que todo esto es solo su imaginación. ¿Pero lo es? ¿Y Thomas sigue profundamente enamorado de Trinity, a quien ve todos los días en su café local?

Reseña de 'Matrix Resurrections', drenada de vida por la maquinaria de Hollywood - 1-57
FOTO: De vuelta al negro… Keanu Reeves y Carrie-Anne Moss. Foto: AP

En cierto sentido, Matrix Resurrecctions tiene cierto encanto como historia de amor de la mediana edad, y normalmente las franquicias de acción que reaparecen le dan a su envejecido protagonista masculino una coprotagonista femenina más joven. Aquí no: es una alegría ver que Moss regresa, pero es una lástima ver que le dan pocas cosas interesantes que hacer. Matrix es una idea que resulta más emocionante cuando empieza a desmoronarse: cuando hay un fallo. Pero la franquicia se ha convertido en una narración sin fallos: básicamente conocemos todo sobre la ilusión y la realidad del “Battlefield Earth” que existe en el exterior, lugar en el que estamos abandonados: un enorme y desalentador paisaje urbano crepuscular en ruinas que brilla en sus bordes rocosos, como el interior verniano de un volcán. Y en esta cuarta película no se resuelve realmente la naturaleza del razonamiento de las máquinas y sus motivaciones, a pesar de algunas ideas nuevas y juguetonas sobre si algunas de ellas son desleales a su bando. El personaje de Lambert Wilson, The Merovingian, un veterano de la Guerra de las Máquinas, regresa despotricando agradablemente sobre la superioridad del arte, la música y las conversaciones pre-digitales.

En realidad, Resurrections no hace mucho por eliminar el anticlímax que flotaba como una nube sobre la sala de cine al final de la tercera película en 2003. Esta película está diseñada para iniciar una posible nueva saga, pero no existe una verdadera vida creativa en ella. Donde la película original fue explosivamente innovadora, esta no es más que otra pieza de IP, un algoritmo de falta de originalidad.