‘Lo odié desde el momento en que lo terminaron’: el feo arte corporal y los arrepentimientos en una clínica de eliminación de tatuajes
Rene Cazzetta, especialista en eliminación de tatuajes, trabaja en un tatuaje de fresa. Foto: Graeme Robertson/The Guardian

En el templo del arrepentimiento, una sonriente profesional puede hacer desaparecer tus errores, si estás dispuesto a pagar una cuantiosa suma. Me encuentro en un edificio de oficinas poco llamativo, cerca de la estación de metro de Monument, en el centro de Londres, observando a los arrepentidos que van para borrar su arte corporal en la clínica Pulse Light, la cual ofrece la más moderna eliminación de tatuajes mediante tecnología láser. A medida que los penitentes de todas las edades, clases sociales y etnias cruzan la puerta, una cosa queda clara: hay muchos tatuajes horribles por ahí.

En una sala de tratamiento impecable, junto a una máquina láser PicoSure que elimina tatuajes y que cuesta 6 mil 500 libras, la profesional senior Cherry Brierly relata las historias de sus clientes. “Tuve un cliente encantador”, dice alegremente. “Tenía un tatuaje en la cabeza. Tenía más de 60 años y se acababa de divorciar. Vino y dijo: ‘Ya no soy yo. Necesito encontrar una nueva esposa'”. El tatuaje decía: “Made in London”. Desapareció en una sola sesión.

Seguramente, los peores tatuajes que Brierly ha eliminado fueron los chistes terribles: “‘Tupac’ escrito en el estómago”, dice. “O ‘Brexit’ en el trasero. O un camello dibujado en un dedo del pie”. Como eliminadora de tatuajes, Brierly tiene una conexión directa con los caprichos volubles de la psique humana. “Un cliente se tatuó prácticamente todo el cuerpo”, comenta. “Todo estaba tatuado. Se había divorciado y era musulmán“. Puesto que algunos musulmanes creen que los tatuajes son algo prohibido, ella opina que fueron su forma de declarar que ya no quería ser musulmán. Solo hubo un problema: redescubrió su fe. “Todo eso ocurrió en seis meses”.

Sin embargo, los tatuajes más comunes que elimina Brierly son diseños tribales que pasaron de moda desde su apogeo en los años 90. Los “tramp stamps” –un tatuaje en la parte baja de la espalda de una mujer– también son tatuajes que elimina rutinariamente, al igual que los delfines, otra reliquia de los años 90. (Samantha Cameron tiene uno en el pie). En los últimos años, Brierly ha tenido clientes que acuden para que les elimine los tatuajes de manga completa, a medida que la tendencia de la década de 2010, amada por los futbolistas y los influencers de las redes sociales, desaparece por sí misma. Además, por supuesto, están los nombres: el desamor siempre es un buen negocio para el sector de la eliminación de tatuajes.

“Somos impulsivos”, responde Brierly cuando le preguntó qué ha aprendido de su carrera. “Muy impulsivos”.
En una sala de tratamiento adyacente, a Candice Smith le están depurando una indiscreción juvenil. “Recuerdo que iba caminando por la calle”, cuenta esta estudiante de trabajo social de 30 años, del este de Londres, “y alguien dijo: ‘¡Tiene una fresa en la pierna! Creo que esa fue la gota que derramó el vaso para mí”.

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René Cazzetta trabaja en el tatuaje de flecha de Roy Sword. Foto: Graeme Robertson/The Guardian

Contemplo la ofensiva baya, en la pantorrilla izquierda de Smith. Es del tamaño de la cabeza de un bebé, mal representada en un color rosa fluorescente vacilante. A decir verdad, está tomando la decisión correcta. “Solo quería un tatuaje pequeño“, suspira Smith. “Pero terminó siendo enorme”. Smith ni siquiera recuerda por qué se tatuó la fresa: no es especialmente aficionada a esta fruta, pero en aquel momento tenía 18 años, era una aspirante a ser una chica de la escena de Camden que tenía tatuajes, la cara llena de piercings y un corte extremo de cabello. “El arrepentimiento surgió cuando crecí“, dice Smith.

Por ello, decidió quitársela con láser para no tener que preocuparse de tener que cubrirla cuando el clima se vuelva más cálido. “A lo largo de los años”, cuenta, “arruinó todos los veranos. Siempre estoy intentando cubrirla con un vestido del largo perfecto, y los vestidos midi no son lo mío. O con pantalones tipo culotte, que en realidad no me gustan, pero me los pongo porque cubren el tatuaje”.

Ya lleva la mitad de un tratamiento de seis sesiones, cuyo costo es de 600 libras, y su tatuaje ha desaparecido en gran medida, aunque sigue siendo visible. (La mayoría de los tatuajes requieren varias sesiones para lograr eliminarlos). “Me sorprendió lo mucho que costaba”, comenta Smith. “Pero sentí que borrarlo valía mucho la pena para mí“. Sorprendentemente, a pesar de todo, no se arrepiente del tatuaje y señala que le sirve como aprendizaje para sus hijos.

A su lado, la profesional René Cazzetta programa el láser con la configuración correcta. Cazzetta es una presencia sonriente y entusiasta que tiene más de una década de experiencia en la eliminación de tatuajes con láser. Los tatuajes como el de Smith, explica, suponen un reto, porque el rosa es especialmente difícil de eliminar. “La forma en que funciona la eliminación de tatuajes”, señala Cazzetta, “se basa en que el láser descompone la tinta en partículas muy pequeñas, y la sangre que fluye debajo de la piel se lleva la tinta”. El láser funciona en todo tipo de pieles que tienen tinta negra, pero puede provocar pigmentación –un cambio permanente en el color de la piel– en el caso de los tatuajes de color sobre la piel negra.

El rosa, el amarillo y el blanco son los colores más difíciles de eliminar; un profesional puede lograr decolorarlos considerablemente, pero quedará un rastro. “Perderán intensidad”, comenta Cazzatta, “y se verán como un moretón”. Algunos clientes deciden cubrir estos restos decolorados con un nuevo tatuaje; otros simplemente quedan contentos con que apenas se note su antigua tinta. Los clientes que acuden a la clínica buscan con mayor frecuencia eliminar sus antiguos tatuajes y sustituirlos por obras de artistas más talentosos que el que hizo el tatuaje original.

Con las tintas más oscuras, el láser puede ofrecer resultados fenomenales: el tatuaje simplemente desaparece, como si nunca hubiera estado ahí. Cazzetta, que tiene muchos tatuajes, conoce esta experiencia personalmente: se tatuó el nombre de un exnovio en su cuerpo y después lo borró con láser tras la ruptura. “Quería unirme a todos mis clientes en sus experiencias”, dice secamente. “Sentía que me estaba perdiendo algo”. Como el nombre de su exnovio estaba escrito con fina tinta negra, desapareció pronto. “Lo eliminaron en el espacio de 12 semanas”, sonríe Cazzetta.

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Cazzetta trabaja en el tatuaje de Rotceh Pérez. Foto: Graeme Robertson/The Guardian

Le encanta el reto de un tatuaje como el de la fresa de Smith. “Cada tatuaje puede ser extremadamente diferente de otro”, comenta. “Algunos tatuadores aplican una tinta más barata, que es más difícil de eliminar. Yo llevo una década en esto. Y aun así, a veces, cuando entra un cliente, pienso: ‘Está bien, ¿cómo voy a hacer esto?’”. Se trata de un trabajo especializado que requiere que los profesionales sepan cómo programar el láser de la mejor manera posible para cada color de pigmento y tipo de piel. ¿Cuál es el tatuaje más difícil que ha eliminado? Un lunar, “porque era una tinta que estaba muy profunda en la piel“.

Para prepararse para la sesión, Smith aplicó una crema anestésica sobre el tatuaje, algo imprescindible para todo aquel que contemple la posibilidad de eliminar un tatuaje con láser. Sin ella, dice Brierly, “el dolor es horrible. No voy a mentir. Es una sensación que no se puede describir. Como si te quemaran con aceite caliente”. La crema “quita el dolor”, comenta Brierly. “La crema te permite aguantar el dolor. No pasa nada. Todavía puedes sentirlo, pero no se parece en nada a cómo sería sin ella. Sin ella, es horrible”.

El tratamiento en sí dura menos de dos minutos: Cazzetta ataca al tatuaje con un láser PicoWay, que parpadea y se parece un poco a un soldador. (Los profesionales alternan entre las dos máquinas, la PicoSure y la PicoWay, según el tipo de tatuaje que se desea eliminar). “La única forma en que puedo explicarlo”, dice Smith, “es que se siente como si alguien estuviera estirando una banda elástica y dándote golpes con ella, sin parar”. Al final de la sesión, su fresa quedó más descolorida: una mancha de una baya, en lugar de una suculenta fruta.

Al cabo de unas pocas horas en la clínica, se hace evidente que existen muchos tatuajes que no son lo que el cliente tenía en mente. “Sabía lo que quería”, dice el estilista Roy Sword, con enojo. “Lo dibujé y sabía exactamente el lugar donde lo quería”. Sin embargo, su tatuador –Sword prácticamente escupe cuando dice su nombre– no hizo un buen trabajo. “Me molesta no haber regresado con la mujer que hizo mis otros tatuajes”, dice este hombre de 45 años, del sur de Londres. “Debí haber seguido con ella”. Hoy se va a quitar dos flechas tatuadas en las muñecas, que son demasiado grandes. “Las odié en cuanto las terminaron“, dice.

La siguiente clienta de Cazzetta también es una persona que no consiguió el tatuaje que tenía en mente. “Tenía toda esta idea de cómo quería que fuera”, dice Gem Clay, una joven de 26 años que trabaja en una tienda de Lego y que viajó a Londres desde Maidstone para pasar el día. “Pero el artista no lo hizo como yo pensaba que lo haría. Era mi primer tatuaje y me sentí muy tímida y dije: ‘Está bien, me encanta'”. El tatuaje en cuestión es una hoja de arce color naranja en la parte superior de su brazo. Clay le añadió después una rosa, pensando que así le gustaría más, pero ahora también se arrepiente de haberlo hecho y quiere eliminar ambos.

Esto, dice Brierly, es un error común. “Mi consejo para todas las personas es que si no les gusta un tatuaje, no lo cubran. Simplemente elimínenlo. Porque se agrava. Algunas personas lo cubren dos veces y luego lo cubren todo con tinta negra, y después lo eliminan”. Es mejor tratar un mal tatuaje como una receta que no se puede salvar: tirar toda la comida y empezar de nuevo, en lugar de intentar salvarla con complementos.

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Gem Clay con su indeseado tatuaje de una rosa. Foto: Graeme Robertson/The Guardian

Clay acudió para hacerse una prueba de parche, un requisito legal previo antes de reservar una cita. Cazzetta utiliza el láser en una parte del tatuaje, una pequeña hoja. El láser inunda la habitación con un brillo fluorescente. El efecto sobre el tatuaje es extraordinario: la tinta verde casi parece espumosa, convirtiéndose en un amarillo turbio. Clay se estremece cuando el láser desplaza la tinta verde hasta la superficie de su piel: como es su primera sesión, olvidó aplicarse una crema anestésica. “Probablemente sea el tatuaje más caro que me haga“, dice, “y me lo van a quitar“.

El insaciable entusiasmo de los británicos por los tatuajes significa que la clínica Pulse Light está, por el momento, en pleno apogeo. A menos que el tatuaje sea particularmente grande, la mayoría de los clientes entran y salen en 15 minutos. El proceso con láser en sí mismo no dura mucho tiempo, en algunos casos solo unos segundos, y después se venda la zona para evitar infecciones y favorecer la cicatrización.

Algunas personas acuden a la clínica para eliminar sus tatuajes por motivos profesionales. Los miembros del ejército, los auxiliares de vuelo y los maquilladores de los centros comerciales de lujo tienen prohibido exhibir sus tatuajes. “En ocasiones, a los clientes no les gusta”, dice la modelo venezolana Rotceh Pérez, de 30 años, “y tienen que borrarlo con Photoshop. Pero a mí no me gustaba tanto el tatuaje como para conservarlo”. A la modelo le están eliminando un ángel de las costillas: esta es su cuarta sesión, y solo quedan algunos restos de tinta.

Pérez se hizo el tatuaje cuando tenía 16 años. “En aquel momento lo consideré como una especie de protección”, dice. A sus padres, como era de esperar, no les hizo ninguna gracia. “Por supuesto, se enojaron”, cuenta. Ahora lo entiende. “Haré lo mismo con mis hijos”, comenta. “Les diré: ‘Por favor, no se hagan un tatuaje hasta que tengan al menos 25 años. Entonces podrán decidir'”.

No todos tienen la excusa de la juventud. Sin embargo, una pandemia mundial tampoco es peor. “Por aquel entonces tenía coronavirus”, cuenta Tom (nombre ficticio), un londinense de 25 años que se dedica a las relaciones públicas y que prefiere mantenerse en el anonimato, por razones que se aclararán más adelante. “Estaba encerrado en casa con la mujer con la que salía en ese momento. Y fue una decisión improvisada. Creo que estaba sufriendo por estar en la casa durante 12 días”.

La entonces pareja de Tom le tatuó la palabra “gravy” (una salsa típica del Reino Unido) en el brazo izquierdo con una aguja. “Sinceramente, ni siquiera puedo recordar toda la conversación (que condujo a ello)”, dice Tom. “Creo que más bien tenía que ver con la frase ‘It’s all gravy‘. Después me di cuenta de que todo el mundo pensaría que soy un chico del norte, porque a los chicos del norte les encanta el gravy”.

Cazzetta hace desaparecer su gravy. “¿Ves ese blanqueamiento?”, comenta despreocupadamente. “Es porque el láser está caliente y llega a la tinta y la calienta. Y entonces el vapor sube y blanquea la piel hasta dejarla blanca. Se le pasará al cabo de unos minutos”. Tom se escabulle hacia el centro de Londres una vez más, con su gravy diluida.

Al salir de la clínica, no puedo evitar desear que existiera un PicoSure para todos nuestros errores. ¿Un novio horrible? Hazlo desaparecer con unos rayos de luz concentrados. ¿Trabajas en una profesión que odias? Láser a esos jefes para que queden en el olvido. Tus arrepentimientos se arreglan casi al instante; desaparecen, como si nunca hubieran ocurrido. Hasta que llegue ese día, la eliminación de tatuajes es una opción para nuestros errores de juicio más visibles. Eso sí, no olvides la crema anestésica.