‘El fascismo funciona así’: los neoyorquinos sin hogar luchan en medio de los desalojos policiales
Personas en y alrededor de las tiendas de campaña mientras la policía de Nueva York lleva a cabo un desalojo en un campamento de personas sin hogar situado junto a Tompkins Square Park en la ciudad de Nueva York. Foto: Derek French/REX/Shutterstock

Sinthia Vee no está segura del lugar al que fueron a parar sus materiales de arte.

“Es una gran incógnita”, dijo, sentada en el exterior de Tompkins Square Park, en el barrio de East Village de Manhattan, en una reciente tarde soleada. Pronto lloverá.

Vee explicó que estaba sentada en solidaridad con otras personas de la comunidad de las personas sin hogar de Nueva York a las que –como a ella– les acaban de retirar sus campamentos.

Pintora por naturaleza, cuya única idea de su edad es “lo suficientemente mayor como para recordar muchas cosas de los años 80“, Vee ahora estaba preocupada por las bolsas con medicamentos y los materiales de arte que había guardado en su tienda y que ahora habían desaparecido. “Perdí un montón de cosas ese día porque fue una locura y nos cambiamos mucho de lugar”.

Temía que la bolsa con medicamentos, al igual que muchas otras pertenencias de las personas sin hogar que la ciudad está intentando desalojar, hubieran sido arrojadas a una compactadora.

Esta confusión –del lugar a donde fueron las cosas, a donde van las cosas– se ha convertido en una experiencia común para aquellos que intentan sobrevivir a la serie de desalojos de campamentos de personas sin hogar en toda la ciudad bajo su nuevo alcalde demócrata, Eric Adams. Adams se está preparando para cumplir las promesas que hizo durante su campaña sobre cómo abordar el problema de las personas sin hogar mediante la construcción de más albergues.

En los últimos años, la ciudad de Nueva York ha experimentado un aumento de personas sin hogar: solo en febrero, había casi 50 mil personas en los albergues para personas sin hogar, mientras que el número total de personas sin hogar en los albergues fue solo un poco más del doble en todo el año de 2021.

Durante su campaña, Adams dijo que asociaría a la policía con los proveedores de servicios de salud mental para abordar el problema de las personas sin hogar, y que “no hay nada digno en dormir en la calle”. No obstante, los defensores de las personas sin hogar han criticado enérgicamente las tácticas de Adams por considerar que se trata de retomar viejas políticas que no han abordado de forma significativa los problemas subyacentes que causan el fenómeno de las personas sin hogar y que, de hecho, están más orientadas a generar titulares solidarios en los medios de comunicación de la ciudad.

Johnny Grima, que vive en la calle desde que era adolescente, ha estado en el frente de las protestas contra las estrictas medidas de la ciudad contra las personas sin hogar desde que Adams se convirtió en alcalde en enero.

Grima comentó que, aunque todas las administraciones tienen medidas polémicas contra las personas sin hogar, es la retórica “tóxica” de Adams sobre el tema lo que lo hace destacar.

“Creo que el fascismo funciona así, en cuanto se aprieta el cinturón o se produce cualquier tipo de cambio hacia tiempos más difíciles, esos elementos fascistas y opresores dentro de los países intentarán inmediatamente atacar a los más vulnerables”, dijo.

‘El campamento de alguien parece la sala de estar de alguien’

Para las personas sin hogar, no se trata únicamente de la pérdida de sus hogares, sino también de la pérdida de su lugar de pertenencia y seguridad.

Grima se encuentra entre aquellos que han sido maltratados en sus intentos por detener su desalojo.
La primera vez que lo detuvieron, los oficiales llegaron y les dijeron a él y a sus amigos que podían dormir ahí pero que tendrían que quitar sus tiendas de campaña.

“Terminaron llegando a la conclusión de que podíamos dormir en el frío y la humedad siempre y cuando no nos cubriéramos, (y) que no podíamos tener una tienda para protegernos de la intemperie”, añadió.

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La policía llevó a cabo un desalojo en un campamento de personas sin hogar adyacente a Tompkins Square Park el 16 de abril. Foto: Derek French/REX/Shutterstock

A finales de abril, volvería a ser detenido, por tercera vez, por intentar mantener su tienda de campaña durante una redada. “Me lanzaron de cabeza”, dijo. Le hicieron usar un grillete en el tobillo en el hospital, y estuvo esposado a su cama durante horas antes de que lo llevaran a la cárcel, donde permaneció 12 horas.

La alcaldía indicó que no autoriza ninguna detención, no obstante, el Departamento de Policía de Nueva York (NYPD) forma parte del cuerpo especial multiinstitucional que participa en los desalojos.

La policía de Nueva York reconoció las detenciones en un comunicado, afirmando que la mayoría de las personas de la comunidad se han mostrado “cooperativas” y que se ha detenido a un “pequeño número” de personas.

“Ha habido casos en los que individuos que han ocupado espacios públicos para crear campamentos han interferido con los empleados de la ciudad que llevaban a cabo las operaciones de desalojo”, señaló la agencia. “En esos casos, un pequeño número de personas fueron detenidas y recibieron citatorios judiciales”.

Peter Malvan, defensor de las personas sin hogar en el Safety Net Project del Urban Justice Center, comentó que a pesar de que muchas personas tenían sus pertenencias organizadas y limpias, sus pertenencias no se libraron de ser tiradas a la basura.

“El campamento de alguien parece la sala de estar de alguien”, dijo. “Todo eso estaba destrozado”.

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Tiendas de campaña en Tompkins Square park en la ciudad de Nueva York, noviembre de 2021. Foto: Anadolu Agency/Getty Images

Mike Rodríguez, cuyo campamento fue retirado durante la ronda inicial en la zona debajo del puente BQE en Brooklyn, comentó que ya había ordenado sus pertenencias y las de su compañero cuando recibió el aviso.

Sus pertenencias, al menos las que decidieron conservar, no fueron desechadas por las autoridades.
Sin embargo, a Rodríguez le molesta, porque había cosas que él y su compañero, Parker Wolf, querían conservar pero tuvieron que tirar, como gorros de invierno, suéteres y tenis.

Conservaron sus tomas de corriente, cereales, mantequilla de cacahuate y gelatina y algunas prendas de vestir.

La alcaldía indicó que, debido a que cada campamento es notificado con antelación, las autoridades retiran las pertenencias cuando llegan al lugar y no ha sido desalojado.

Para aquellos cuyas pertenencias son tiradas a la basura, como Grima y Ver, la única opción consiste en llamar al 311 para reportarlo.

“Solo tienes que reconstruir de inmediato e intentar seguir viviendo”, dijo Grima.

Dos días después de la detención de Grima, la alcaldía anunció un aumento de 171 millones de dólares del presupuesto para añadir más refugios y camas.

Sin embargo, muchos defensores señalan que el hecho de que Adams se centre en los refugios como una solución no supone un cambio para la comunidad, ya que los refugios no son una respuesta para ellos.

Hasta el 29 de marzo, 12 días después del inicio de las medidas drásticas, los oficiales de la ciudad habían visitado 244 lugares y desalojado 239.

Solo cinco personas aceptaron las ofertas de traslado a un albergue.

Esto se debe a que la mayoría de las personas sin hogar no consideran que los refugios sean seguros y algunos comentan que el propio personal puede ser hostil y abusivo. “El personal puede decir lo que quiera, te insultan, te menosprecian, te amenazan”, explicó Grima. “Se lo hacen a las personas mayores y a los discapacitados”.

Malvan coincidió con estas experiencias. Señaló que las personas son “pasadas” de un albergue a otro por “defenderse”, y que han sido golpeadas por el personal de seguridad.

La alcaldía, en respuesta a las preguntas sobre los presuntos abusos, respondió que están “comprometidos a dar prioridad a la seguridad de los clientes, el personal y los miembros de la comunidad”.

La población sin hogar también fue especialmente vulnerable durante la pandemia, y el hecho de alojarlos en albergues durante ese tiempo, medida que los CDC desaconsejaron, los puso en mayor riesgo, al igual que a los ciudadanos, señaló Malvan.

En los refugios, hacían que las personas vivieran con otras 20 en un mismo cuarto, con solo 60 cm de separación, añadió. Los hacían salir de los refugios entre las 9 de la mañana y las 4 de la tarde, por lo que pasaban sus días en la calle.

“Es como si en realidad hubieran creado una situación en la que la pandemia se pudiera extender más y afectara a todos”, comentó.

La población sin hogar de la ciudad de Nueva York que se encontraba fuera de los refugios se vio significativamente menos afectada por la pandemia en comparación con la que se encontró en los refugios durante el primer año de la pandemia.

La población en los refugios registró 12 veces más casos confirmados de Covid-19 en comparación con aquellos que se encontraban fuera de los refugios, y 17 veces más muertes. La comunidad afroamericana sin hogar fue la que presentó el mayor número de casos, tanto dentro como fuera de los refugios.

Vista desde las alturas

Vee, Gima, Rodríguez y Wolf proceden de distintas generaciones y de diferentes partes del país, pero llegaron a la misma encrucijada de una política de personas sin hogar que ha trastocado sus vulnerables vidas.

Todos ellos tienen diferentes aspiraciones. Vee espera tener algún día su propia exposición de arte.
Gima quiere tener un momento #Me Too para los albergues en el que se expongan sus condiciones.

“Espero que luchemos desde la calle porque no va a surgir de arriba”, dijo.

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Un cartel en una protesta contra el desalojo de campamentos de personas sin hogar en el barrio de East Village el 8 de abril. Foto: John Nacion/NurPhoto/REX/Shutterstock

Rodríguez y Wolf dedican sus días a desechar metales para ganarse la vida y comprar su comida, mientras buscan trabajo.

Cuando empezó a llover en una nublada tarde de abril, se protegieron bajo el puente BQE y quedaron rodeados de montones de objetos desechados: cajas de cartón, una carriola rota, carritos de supermercado y un solitario cartón de leche.

Rodríguez observó a su alrededor, preparándose para trabajar.

Tendría que empezar a limpiar los objetos que había bajo el puente.

“Después de todo”, señaló hacia uno de los rascacielos que se elevaban sobre el puente, y se encogió de hombros, “esos tipos pagan 3 mil dólares al mes por la vista, ¿no?