‘Cada pequeña cosa en mi vida es preciosa’: Ken Watanabe sobre el cáncer, su infancia y los clichés de Hollywood
'No era extremadamente ambicioso'... Ken Watanabe. Foto: Hiroki Kabayashi/The Guardian

Hay algo incongruente en ver a Ken Watanabe con una sudadera de color café claro. Él es sinónimo de trajes nítidos a la medida. Es como ver a James Bond en pants. “¡Hola!”, exclama desde un acogedor rincón de su sala de estar, con fotos familiares cubriendo un mueble de caoba oscura a sus espaldas. “¡Buenas tardes! ¿O buenos días?”, pregunta desde su casa en Karuizawa, una ciudad turística en Honshu, Japón, mientras conversamos por video. Acaba de terminar una sesión de fotos con su escandaloso border collie, Dan, que ladra cerca, desesperado por ser incluido.

Incluso con ropa casual, el actor japonés irradia la misma presencia imponente que desprende en la pantalla. Él es una de las pocas estrellas modernas de Asia oriental que ha logrado pasar a Hollywood, algo que hizo con su papel en la epopeya histórica de 2003 El último samurái. A sus 62 años, luciendo una barba incipiente, sigue teniendo un aspecto extraordinariamente juvenil.

Watanabe se consolidó trabajando dentro de los burdos patrones que Hollywood elaboró para retratar a los hombres de Asia oriental, pero de alguna manera logró trascender los trillados estereotipos. En El último samurái, interpretó a Katsumoto, el guerrero epónimo, que tiene las líneas más divertidas; en El origen interpretó a Saito, un hombre de negocios ridículamente adinerado que se convierte en una parte crucial del equipo de espionaje corporativo que hackea los sueños; y en Batman inicia interpretó al villano barbudo que resulta ser un señuelo para Ra’s al Ghul, el verdadero malo.

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‘Nunca había actuado en inglés’… Watanabe y Tom Cruise en El último samurái. Foto: Warner Bros/Allstar

En cada ocasión, Watanabe eclipsó a sus coprotagonistas con su ilimitado carisma y seriedad, lo cual no es poca cosa, considerando que entre ellos se encontraban Christian Bale, Leonardo DiCaprio y Tom Cruise.

Lo vuelve a hacer en su nueva serie de HBO Max/Starzplay, Tokyo Vice. Ansel Elgort es el protagonista, interpretando al periodista estadounidense de la vida real Jake Adelstein, sin embargo, Watanabe se roba todas las escenas en las que aparece. En el papel del canoso detective Hiroto Katagiri, se convierte en un mentor para el excesivamente entusiasta escritor mientras se desenvuelve en su nuevo trabajo como reportero de crímenes para uno de los periódicos más importantes de Japón.

Al principio, Watanabe no estaba seguro del proyecto. “Los yakuza japoneses contra la policía es una historia que ya se ha contado antes”, comenta, mientras su asistente interviene de vez en cuando para traducir (el actor alterna entre el inglés y el japonés). “Pero me gustó que fuera desde la perspectiva de un joven periodista estadounidense; eso fue diferente. Cuando supe que Michael Mann iba a dirigir el piloto, definitivamente quise hacerlo”.

Este extraño thriller policíaco explora el sórdido submundo de Tokio durante los años 90, cuando las bandas de yakuzas tatuados luchan por la supremacía y las seductoras expatriadas trabajan en llamativos clubes de anfitrionas. Aparte de las travesuras ilícitas, Watanabe cree que la serie se adentra en el núcleo de lo que caracteriza a los japoneses. “Mantienen sus sentimientos ocultos. Son bastante modestos y tímidos. Pero todos tenemos un lado brillante y otro oscuro en nuestras personalidades”. Katagiri existe en un punto intermedio. “No hay blanco o negro para él. Es un buen esposo y padre que es muy amable, pero como detective es muy fuerte y da un poco de miedo”.

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‘Me considero una persona afortunada’… Watanabe y su border collie, Dan. Foto: Hiroki Kabayashi/The Guardian

Katagiri es un hombre con una fuerte moral rectora: noble y honorable. Watanabe suele encarnar al bueno, interpretando al valiente general Kuribayashi en Cartas desde Iwo Jima, al bondadoso teniente Yoshida en Detective Pikachu y a Katsumoto, el noble líder de una pandilla de rebeldes en El último samurái. “Lo más difícil fue el idioma”, comenta sobre la tercera película. “Nunca había actuado en inglés. Intenté que el idioma fuera correcto para poder enfocarme en la actuación. Pero en realidad, actuar es lo mismo, independientemente del idioma que utilices”.

El extenso drama de Edward Zwick sigue siendo uno de los más grandes éxitos de taquilla en Japón, pero los críticos han acusado a la película de perpetuar el complejo del salvador blanco. El personaje de Cruise, el capitán del ejército estadounidense Nathan Algren, es capturado por Katsumoto, aunque termina luchando en su bando.

“No lo consideré así”, dice Watanabe. “Simplemente pensé que teníamos la oportunidad de representar a Japón de una manera que nunca antes habíamos podido. Así que pensamos que estábamos haciendo algo especial”.

En todo caso, lo considera un punto decisivo. “Antes de El último samurái, existía ese estereotipo de los asiáticos con lentes, dientes saltones y una cámara”, comenta, evocando imágenes de la abominable interpretación de Mickey Rooney como el Sr. Yunioshi en Diamantes para el desayuno. “Era una tontería, pero después de que saliera (El último samurái), Hollywood intentó ser más auténtico cuando se trataba de historias asiáticas“.

Ahora que los ejecutivos de la televisión y el cine por fin se dan cuenta de la importancia de la representación en la pantalla, parece estar de moda un atractivo interés amoroso de Asia oriental (véanse Crazy Rich Asians, Last Christmas, Quizás para siempre, The Good Place y Love Life). Sin embargo, durante muchos años, los actores de Asia oriental se vieron reducidos a interpretar a compañeros ñoños, luchadores de kung fu o villanos del estilo de Fu Manchú. Y no, nunca se quedaron con la chica.

Sin embargo, Watanabe sí lo hizo. Interpretó al protagonista romántico de Memorias de una geisha, una suntuosa superproducción dirigida por Rob Marshall, y en la película Bel Canto, un sentimental drama de rehenes en el que se enamora de Julianne Moore. ¿Qué sintió al ser un galán de Hollywood? “No creo mis personajes de esa manera, así que no era consciente de que me estaban considerando así”, responde.

Del mismo modo, cuando El último samurái supuso para Watanabe una nominación al Oscar a mejor actor de reparto –lo cual lo convirtió en el cuarto hombre de origen japonés en ser nominado en esa categoría–, no era consciente de su importancia. “Después me di cuenta de que solo son cinco personas cada año, en todo Hollywood, las que son nominadas. Fue un honor increíble”.

Watanabe nació en la ciudad de montaña de Koide, Niigata, a unos 65 kilómetros al norte de donde vive actualmente. Sus padres eran profesores y le encantaba ir a esquiar con su hermano mayor. Durante muchos años estudió la trompeta y tocó diligentemente con la banda de su preparatoria, con la esperanza de convertirse en músico. No obstante, cuando Watanabe tenía 13 años, su padre, profesor de caligrafía, se enfermó gravemente y la familia no pudo seguir pagando las clases de música. Su sueño era ir a la escuela de música, comenta, “pero tuve que renunciar a mis aspiraciones musicales. Me di cuenta de que no tenía talento como músico. Pero todavía quería encontrar una forma de ser creativo, así que decidí intentar actuar”.

Se mudó a Tokio y se inscribió en la venerada escuela de arte dramático que dirige la compañía teatral En. “No era extremadamente ambicioso”, explica. “Solo necesitaba una salida para expresarme. Pero los otros actores de mi clase estaban tan enfocados; no quise quedarme atrás”.

Tras aparecer en la obra Shimodani Mannencho Monogatari, dirigida por el aclamado director de teatro Yukio Ninagawa, Watanabe no tardó en incursionar en la televisión y el cine. Uno de sus papeles más populares llegó en la serie histórica de 1987 Dokuganryū Masamune (Dragón tuerto Masamune), en la que protagonizó al samurái Date Masamune. (Watanabe ha interpretado a muchos samuráis en el transcurso de los años, incluso le dio voz a un robot samurái llamado Drift en la muy desacreditada película de 2017 Transformers: El último caballero).

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‘Los japoneses mantienen sus sentimientos ocultos’… Watanabe en su hogar. Foto: Hiroki Kabayashi/The Guardian

La actuación resultó ser adictiva. “Esa sensación de que todas las células de mi cuerpo se convierten en otra persona, no sé si se le puede llamar diversión, pero es algo que no puedo dejar de hacer y de lo que no me canso”.

No obstante, en 1989, justo cuando su carrera despegaba, Watanabe fue diagnosticado con leucemia mieloide aguda (AML). Tenía 29 años. Se vio obligado a abandonar el rodaje de Heaven and Earth, una película épica de samuráis de gran presupuesto, mientras recibía quimioterapia. Al final se tomó un año de descanso, leyendo libros sin parar mientras se recuperaba. “Solo quería recuperarme y vivir la vida”, explica. “Realmente no pensaba en actuar, porque mi mente estaba más ocupada con lo que me iba a pasar… Las cosas han progresado ahora, pero hace 30 años, la probabilidad de recuperarse era mucho más reducida, así que era más serio”.

Watanabe tuvo una recaída en 1991. Esta vez, estaba decidido a retomar su carrera. “Sabía que la gente me apoyaba y esperaba que regresara”. Esto lo motivó a mejorar, sin embargo, fue una experiencia agotadora. “La primera vez, no sabía qué estaba pasando, qué tipo de tratamiento estaba disponible y cuán exitoso iba a ser. Todo era nuevo para mí. Pero la segunda vez, ya había pasado por eso, así que solo pensaba en tener que hacer todo de nuevo. Eso en verdad me deprimió; el simple hecho de pensar en ello me agotó”.

Incluso después de que le dieran el alta médica, Watanabe siguió sufriendo graves problemas de salud. Justo antes de comenzar a filmar El último samurái, descubrió que había contraído hepatitis C por una transfusión de sangre que recibió como parte de su tratamiento contra la leucemia. Posteriormente, en 2016, mientras se encontraba en un descanso de su actuación en una producción de Broadway del musical de Rodgers y Hammerstein El rey y yo, Watanabe fue diagnosticado con cáncer de estómago.

Afortunadamente, lo detectaron a tiempo y pudieron operarlo para extirparlo. “Cuando lo supe, me preocupaba más ser capaz de recuperarme lo suficientemente rápido como para regresar a los escenarios. Eso es todo lo que pensaba. En realidad no pensaba en si iba a tener éxito o a fracasar con el cáncer”.

Watanabe se muestra sorprendentemente optimista cuando habla de sus luchas por su salud. “Cuando tengo estas enfermedades, es verdaderamente difícil, pero en realidad me considero una persona afortunada. Todo lo que experimento, incluso mis enfermedades, se convierte en una parte de mí que me ayuda como actor. Por eso, en ese sentido, no fue algo malo. Es lo que soy. Cuando tenía 20 años, fui protagonista de una importante serie de televisión japonesa; a los 40, pude participar en El último samurái; y a mis 50 años hice El rey y yo, así que me considero muy afortunado por haber tenido todas estas oportunidades”.

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Trascendiendo los estereotipos trillados… con Marion Cotillard en El origen. Foto: Melissa Moseley/Warner Bros/Allstar

Sus enfermedades le han enseñado a valorar lo que tiene, comenta Watanabe. “Cada pequeña cosa en mi vida, aprendí a tratarla como algo más valioso”.

Se divorció de su segunda esposa, la estrella de la serie Pachinko Kaho Minami, en 2018 tras 13 años de matrimonio. Mientras estuvieron juntos, adoptó al hijo de Minami de su anterior matrimonio. Watanabe tiene otros dos hijos –Dai y Anne, ambos actores– con su primera esposa, Yumiko Watanabe, y cinco nietos. ¿Tiene a alguien especial en su vida ahora? Sonríe y hace un gesto con la mano como si se fuera a ir. “¡Claro que sí!”, se ríe. Su mano se levanta de nuevo, pero esta vez levanta el pulgar mientras asiente enérgicamente. “¡Es un secreto!”, añade, de forma conspiradora.

Se muestra mucho más efusivo al hablar de K–port, la cafetería que creó en 2013 para ayudar a la comunidad de la ciudad de Kesennuma. Watanabe quedó afligido tras la devastadora triple catástrofe de 2011, cuando un terremoto y un tsunami azotaron la costa noreste de Japón y provocaron el accidente nuclear en Fukushima. Murieron más de 19 mil 700 personas. Kesennuma sufrió graves daños.

“Fui a 22 lugares diferentes”, cuenta. “Tenían campamentos instalados para todas las personas que habían perdido sus hogares. Por lo que había vivido, por haberme enfrentado a la muerte, podía entender un poco lo que era ese sentimiento de devastación. Tuve un sentimiento muy fuerte dentro de mí de que quería hacer algo por esas personas. Después de hablar con ellos, me di cuenta de que podía crear un café donde las personas se pudieran reunir”.

Watanabe visita Kesennuma con regularidad, cada vez que está en Japón, aunque tuvo que suspender sus viajes durante la pandemia. El actor ayuda a elaborar los platillos del menú del K–port y en ocasiones incluso les sirve a los clientes.

En su tiempo libre, le gusta cocinar, leer y mantenerse al día con su equipo de béisbol favorito, los Hanshin Tigers. Tras haber disfrutado de una carrera tan revolucionaria, ya no se pone metas como actor: se contenta con dejar espacio para que lo sorprendan. “Me di cuenta de que el hecho de que alguien me ofrezca un papel en el que nunca había pensado es algo increíble”.

¿Se arrepiente de algo? Me muestra una gran sonrisa. ” ¡De muchas cosas! Pero una vida sin remordimientos no es realmente divertida ni interesante. Reflexiono sobre mis errores y aprendo de ellos”. Con eso, lanza un rápido saludo y nos despedimos. Dan necesita que lo saquen a pasear y hay oportunidades inesperadas, más maravillosas de lo que puede imaginar, esperándolo, a la vuelta de la esquina.