Damien Hirst incendiará su arte, y no es el primero
Un pirómano retorcido... una efigie incendiada en el festival Burning Man. Foto: Andy Barron/Andy Barron/AP

Quizás Damien Hirst no esté encurtiendo animales en estos días, pero su última hazaña, The Currency, ha causado un deleite y un desprecio equivalentes. Después de haber creado minuciosamente 10 mil pinturas con puntos en 2016, Hirst ahora combina tres de las cosas más irritantes del arte –el autosabotaje, los NFT y las cantidades demenciales de dinero– ofreciendo a cada comprador un ultimátum: elige entre la versión digital o la física y la otra será quemada hasta las cenizas. Como las personas solo quieren ver el mundo arder, cada vez más compradores eligen quedarse con el NFT.

Para algunos, esta cremación ha suscitado la inspiración; para otros, se trata de miles de piezas de puntillismo que se dirigen sin sentido a la incineradora. En cualquier caso, Hirst no es el primero en jugar con fuego; desde que existe el arte, han existido los incendios provocados. Es probable que desde que el Homo erectus descubrió el elemento y los neandertales se volvieron artísticos, las llamas hayan reclamado cosas valiosas.

Damien Hirst incendiará su arte, y no es el primero - Damien-Hirst
En el punto… Damien Hirst con algunas de sus obras intactas. Foto: Bolton & Quinn

Desde luego, la mayoría de los incendios relacionados con el arte son accidentales. A causa de los materiales inflamables y los estudios peligrosos, el mundo del arte ha sufrido más que su parte justa de infiernos. La Escuela de arte de Glasgow se incendió dos veces en la última década, mientras que en 2004 el incendio del almacén Momart en Londres destruyó obras de arte británicas valoradas en aproximadamente 30 millones de libras, incluyendo, irónicamente, obras de Hirst.

“Un suceso como el incendio de Momart sirve para revelar la manera en que el arte tropieza metafóricamente con la alfombra”, explica el doctor Jared Pappas-Kelley, autor de Solvent Form: Art and Destruction. Argumenta que todos los objetos de arte albergan su propia destrucción latente en su interior.

La reacción del público ante ese incendio fue diferente a la simpatía demostrada tras los incendios de Glasgow. “Después del incendio de Momart se produjo una respuesta casi alegre. Algunos lo consideraron como un merecido castigo cultural”. El de Hirst fue uno de los primeros grandes nombres a los que se aferró el público. Pappas-Kelley sugiere que esto provocó un “schadenfreude respecto a los YBA” (Jóvenes Artistas Británicos) en general.

Aunque la mayoría de estos incendios, y las reacciones, están fuera del control de los artistas, otros se convierten en pirómanos accidentales. Tom de Freston, que le daba los últimos toques a una colección de obras junto con el escritor sirio Ali Souleman, vio cómo su propio soplete incineraba todo su estudio. “Por diversas razones, decidí quemar como una especie de ritual varias pinturas… encendiendo la llama para poder crear”, explica. El fuego “se extendió muy, muy rápido” y 12 años de trabajo quedaron destruidos en otros tantos minutos.

Sin embargo, se forjó algo nuevo entre las llamas. Hubo “un periodo de dolor y luto… pero al mismo tiempo, al día siguiente, se contemplaba el espacio quemado y se veían posibilidades en todas partes”.

Esto condujo a una especie de alquimia, en la que De Freston convirtió la ceniza en nuevas pinturas y valoró las piezas quemadas sin posibilidad de reparación como “asombrosos objetos esculturales” que guardaban una historia secreta debajo del místico carbón. Un incidente parecido le ocurrió a la erudita de arte de arte Jes Fernie, que había organizado el traslado de la escultura Ultrasauros de Heather e Ivan Morison a Colchester, aunque la noche anterior al viaje del dinosaurio se incendió. “Me sentí bastante disgustada y molesta y preocupada por saber qué demonios iba a hacer”, comenta Fernie. Sin embargo, al igual que con De Freston, surgió un lado positivo. “Entonces pensé que, en realidad, me interesa mucho más esto ahora que se quemó, ¿de qué se trata?”. Esto dio lugar a la fundación del Archive of Destruction, una línea de tiempo de arte destruido construida sobre la base de que hay algo “interesante en algo que existió y que después ya no existe o se transforma de alguna manera”.

Este potencial de transformación es lo que ha llevado a artistas como Hirst a quemar su obra a propósito. John Baldessari es famoso por haber incendiado su propia obra; 10 grandes cajas de ceniza quedaron guardadas en un estante para el resto de su carrera. “Para ser creativo también debe existir la destrucción con bastante frecuencia”, comentó después. “Es como la idea del ave fénix que resurge de las cenizas”.

FOTO: Dinero para quemar… restos de la supuesta hoguera de 1 millón de libras que encendió KLF. Foto: Murdo Macleod/The Guardian

Otros han incorporado el sacrificio como parte de su arte desde el principio. En su Homenaje a Nueva York, Jean Tinguely creó una especie de artilugio de Rube Goldberg a gran velocidad, un montaje de llantas, tambores, juguetes y una tina que se incendió en el jardín del MoMA (Museo de arte moderno).

Alfredo Jaar creó un museo de papel en Skoghall, una pequeña ciudad sueca, antes de incendiarlo al cabo de 24 horas. Una vez más, surgió algo nuevo: la indignación de la comunidad propició que volvieran a invitar a Jaar a diseñar un centro cultural permanente. El año pasado, Urs Fischer incineró gigantescas esculturas de velas para ofrecer un espectáculo a cámara lenta en el que se derritieron durante meses hasta convertirse en charcos amorfos de cera.

La incorporación del fuego no solo provoca una nueva apreciación, sino que incluso puede añadir valor.

El año pasado, alguien conocido por la cuenta de Twitter @BurntBanksy gastó 95 mil dólares en una impresión de Morons (White) –una obra de Banksy que llevaba la inscripción: “No puedo creer que ustedes, idiotas, realmente compren esta mierda”– antes de quemarla y vender el video como, lo adivinaron, un NFT. “La idea, en su sentido más puro, era tomar algo que tiene ‘valor’ y destruirlo”, explicó un representante de Injective Protocol, la empresa detrás de @BurntBanksy. El NFT se vendió a un precio cuatro veces superior al original, financiando una nueva empresa de criptomonedas llamada Burnt Finance, la cual –si te sientes caritativo– podría ser considerada como una quema simbólica de lo viejo para dar paso a lo nuevo.

Esto concuerda con lo que Hirst pretende lograr; aunque puede parecer más valiente quemar tu propia obra, resulta menos osado cuando eres consciente del valor que crea. “Él es increíblemente astuto en cuanto a conocer las reglas del juego”, comenta Fernie. “Él está intentando crear una moneda (como el título de la obra). Sabe que su valor está en declive: está utilizando la maquinaria de la mercadotecnia y las relaciones públicas para aumentar la moneda de su identidad.” Con 20 millones de dólares más después de la hazaña, es probable que tenga dinero para quemar.Más allá del beneficio económico, todas estas quemas planeadas se basan en una verdad simple y elemental: el fuego es atractivo. Para Pappas-Kelley, las llamas aportan un “poco de alboroto” e involucran al público: “En teoría, nadie es neutral en estos incendios específicos: o bien tú lo provocas, o intentas apagarlo, o contemplas el espectáculo”, señala. “A la gente le sigue interesando un tipo de experiencia física visceral de la destrucción“, opina Fernie. Es la razón por la que las personas siguen abrigándose a temperaturas bajo cero para ver cómo le prenden fuego a Guy Fawkes; la razón por la que Burning Man lleva el nombre de su efigie del final del festival; o la razón por la que los vapeadores no son tan sexys como los cigarros. Tan fuerte es la atracción emocional del fuego y su capacidad para destruir algo de valor que también es una fuente de tabú. La quema de obras de arte evoca al Bullingdon Club encendiendo billetes de 50 libras frente a indigentes o a Burberry quemando ropa que valía 28.6 millones de libras. La incineración es un despilfarro, un pecado medioambiental, reservado para los privilegiados. Incluso @BurntBanksy batalló con la quema de la impresión de Morons, negándose a faltarle el respeto usando líquido inflamable: “No quería adulterar la pieza de ninguna manera… Recuerdo haber dicho en el video que parece que esta cosa no estaba hecha para ser incendiada”.

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En llamas… un Banksy calcinado. Foto: BurntBanksy/Twitter

Tal vez el momento inigualable de esta inflamable historia del arte, que conjuga la intención, el valor, la interpretación y el tabú, es el de The KLF, The K Foundation Burn a Million Quid. El incendiario y delirante dúo fue a la isla escocesa de Jura con un millón de libras en efectivo que quemaron en un cobertizo para lanchas en desuso. El video también fue destruido, aparte de una copia transmitida posteriormente por la BBC.

Incluso ahora, a los críticos les resulta difícil digerir todo esto. “Existe algo diferente entre la quema de arte –el potencial del valor– y la quema de dinero… existe cierta angustia cuando uno piensa en lo que podría hacer con ese millón de libras”, señala Pappas-Kelley. “Existe ese ‘que coman pasteles’ en ello”.

“Está relacionado con el privilegio”, señala Fernies, quien recuerda que sus propias creaciones artesanales con billetes reales de 1 libra cuando era niña horrorizaban a su familia. Los propios KLF se arrepienten del acto; pero incluso en este caso, se creó algo nuevo: The Brick, una escultura creada a partir de las cenizas y exhibida en el Barbican.

Aunque la mayoría de nosotros no tenemos un millón de libras para quemar, ¿alguna vez es una buena idea quemar tus propias cosas? Lamentablemente, el fuego no es un método para hacerse rico rápidamente. Como señala Fernie, un “niño de 15 años con un cerillo” incendiando algo es una “propuesta completamente diferente” a la de los artistas exitosos, mientras que @BurntBanksy comenta que “la gente al azar que quema arte” desde su proeza no ha logrado inspirar el mismo entusiasmo. “Cualquiera puede crear fuego con papel”, señala.

No obstante, más allá del valor artístico o económico, existe un factor emotivo. El hecho de quemar algo tiene una cualidad catártica, que se materializa en el cliché televisivo de quemar con mal humor la foto de un ex. Aunque es posible que los NFT formen parte del desplazamiento del mundo del arte hacia lo digital, Fernie argumenta que la quema personal de posesiones sigue siendo una práctica viva: “Uno de mis hijos acaba de terminar sus exámenes A-level y fue a la casa de una persona y realizó un ritual de quema de todas sus notas de la revisión. Sinceramente, fue brillante, todos los arrojaron al fuego”.

El 9 de septiembre, Hirst comenzará a quemar sus pinturas, hasta llegar a la quema final que se llevará a cabo durante la semana de la feria de arte Frieze de Londres, en octubre. Nos prometieron que él mismo asistirá a la quema final, lo que nos dará la oportunidad de ver cómo el creador quema obras de arte de dos mil dólares cada una. No aprobamos el robo, pero podría resultar inteligente llevarse un poco de la ceniza, podrías llevarte una fortuna.