‘Temí por mi vida’: los aficionados del Liverpool hablan de la final de la Champions League
Una imagen general que muestra a los aficionados del Liverpool de pie afuera del Stade de France, sin poder entrar. Foto: Thomas Coex/AFP/Getty Images

Mark Stringer, 57 años, director de capacitación de sistemas informáticos

Soy un superviviente de la avalancha de Hillsborough en 1989; en aquel entonces tenía 23 años. Estuve inconsciente en el “corral” 4 de las gradas, y me rompí tres costillas. Solo gracias a la terapia de trastorno de estrés postraumático (TEPT), muchos años después, pude recordar lo que pasó cuando recuperé el conocimiento, cómo sobreviví y salí.

Lo que nos hicieron pasar en París me causó más traumas; ahora estoy recibiendo terapia para el TEPT por eso. El momento que lo desencadenó fue cuando nos quedamos atrapados al salir del metro bajo la carretera A1. Sencillamente, no estaba diseñado para albergar a miles de personas. Fue en ese momento cuando temí por mi vida, retenido en esa fila hacia el punto de control que apenas se movía, sin poder regresar y sin poder avanzar. Ahora tengo recuerdos de eso.

Quiero que reprendan a la UEFA por lo que ocurrió y que todos los responsables rindan cuentas. Lo que más me enfada es que pusieron a mi hijo Cian en peligro. Él tiene 17 años, lo he llevado a los partidos de futbol desde que tenía seis; las personas siempre decían que debía ser peligroso, pero en todos estos años nunca había estado en peligro hasta entonces, en la final de la Champions League en París.

También sentí el riesgo de aplastamiento cuando la fila pasó por debajo del puente, y fui consciente de que había pandillas operando entre la multitud. Allí había muchos policías, que creaban puntos de congestión con sus camionetas estacionadas. Me acerqué a ellos diciendo: “Je suis dégoûté (estoy asqueado)”. No sé cómo supe las palabras adecuadas en francés. Pero no dijeron nada, solo rostros inexpresivos.

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Mark Stringer y su hijo Cian en París para la final de la Champions League antes del caos que se produjo. Foto: Cortesía de Mark Stringer

Llegamos al punto de control a eso de las 19:15, pero nadie revisó nuestras entradas. Después, estuvimos dos horas formados en los torniquetes. Cuando la UEFA dijo que se había retrasado el inicio del partido “debido a la llegada tardía de los aficionados”, la reacción en el exterior fue de pura cólera.
Incluso después de entrar al partido, lo único que pensaba era en cómo íbamos a regresar sanos y salvos.

Después fue como una zona de guerra; podías percibir el sabor de los gases lacrimógenos, mis ojos se llenaban de lágrimas. Fue muy intimidante, la gente era asaltada, atacada por las pandillas, y la policía solo se quedaba viendo.

La UEFA y las autoridades francesas promovieron todos los estereotipos negativos sobre los aficionados del Liverpool y nos culparon a nosotros, pero tenían el deber de cuidarnos. Los aficionados al futbol son personas, y durante los últimos 33 años entre los seguidores del Liverpool hay un gran número de personas que son supervivientes de Hillsborough y que cargan con el trauma.

Llevo tres meses sintiendo ansiedad desde París. Todas las noches me despierto a las 3 de la mañana con un sudor frío, pensando en que me iban a aplastar. Quiero que la UEFA y las autoridades francesas tengan que enfrentarse a la verdad y que rindan cuentas.

John Keegan, 42 años, director de una empresa de seguridad contra incendios y contratación eléctrica

Solo después me di cuenta de que alguien había publicado en Twitter ese video de Sonny, mi hijo, después de que nos hubieran rociado con gas pimienta en los torniquetes. Un agente de policía lo hizo cuando no estaba ocurriendo absolutamente nada; parecía premeditado, que tenían autorización para hacerlo y que no habría repercusiones. Cuando Sonny fue grabado diciendo que no quería volver a ir nunca más a un partido de futbol, en ese momento no entendí que lo hubiera dicho. El gas pimienta escuece en los ojos, es horrible en la boca. Sonny es un chico bastante fuerte, pero sus ojos estaban rojos e irritados.

Le compré la entrada para la final de la Champions League como sorpresa por su 11º cumpleaños, que fue el día anterior. Estaba eufórico. Las entradas me costaron 900 libras; todo el viaje costó entre 3 mil y 4 mil libras, con vuelos y hotel y todo. Pero fue la peor experiencia de futbol que he tenido en mi vida.

Al entrar, 10 de los 12 torniquetes de la puerta X estaban cerrados y en la fila vi a un policía golpear a alguien en la cabeza con una macana. Después, nos rociaron gas pimienta. Luego, cuando por fin entramos, los guardias me golpearon y me sacaron justo después del medio tiempo. Había algunos chicos franceses en nuestros asientos; yo no quería problemas, así que permanecimos de pie en los pasillos. Los guardias fueron a decirme que me sentara, saqué mi teléfono para mostrarles nuestras entradas, y uno de ellos me dio un puñetazo en la cara. Después me bajaron al túnel, estaba cubriendo a mi hijo mientras me golpeaban en la nuca. Luego nos echaron.

La experiencia afectó a Sonny; todavía no ha querido acompañarme a Anfield esta temporada. Voy a todos los partidos del Liverpool en casa y, tal como está el futbol ahora, nunca hay problemas, está muy bien organizado, los guardias son educados. En esta época nunca habría imaginado que pudiéramos ser tratados así en un partido de futbol.

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La policía patrulla las puertas e impide que algunos aficionados entren. Foto: Thomas Coex/AFP/Getty Images

Stu McGeagh, 56 años, director de una empresa de gestión informática

No nos quedamos atrapados en el metro ni bajo el puente, como muchos otros, porque buscamos en Google Maps y por casualidad nos llevó a uno de los otros accesos al estadio. Eran alrededor de las 19:30 de la tarde, e incluso a esa hora había gases lacrimógenos en la entrada y pandillas locales corriendo arriba y abajo.

Nos acercamos a los torniquetes, pero estaban cerrados, así que nos incorporamos a la fila. No se movía, y cada vez había más gente detrás; estuvimos una hora y media atrapados ahí, la fila no se movía, cada vez se hacía más densa. No hubo ningún tipo de comunicación, no dijeron nada, ni siquiera nos dijeron cuándo se retrasó el inicio del partido. Mi hijastro Joe tiene 25 años, mide 1.95 metros y sirvió en las fuerzas armadas, e incluso a él le resultaba muy molesto.

Psicológicamente fue difícil, ya que me hizo recordar Hillsborough. Soy un superviviente del corral 4; tenía 22 años cuando ocurrió lo de Hillsborough. Recientemente he seguido la terapia diseñada por la Alianza de Apoyo a los Supervivientes de Hillsborough para ayudarnos a superar nuestro trauma. Me ayudó, el aplastamiento y el peligro desencadenaron los recuerdos, pero pude procesarlos mejor, situarlos en un lugar diferente en mi mente y mantener el control. Si no hubiera recibido la terapia, no sé en qué estado me encontraría.

Les gritaba a las personas que no entraran en pánico, tranquilizándolas. Creo que la razón por la que no hubo muertos ni heridos muy graves se debió a los supervivientes de Hillsborough. Todos éramos conscientes, mientras nos hacían pasar por eso, de que se podía convertir en una catástrofe.

El partido en sí fue tranquilo. Después, al salir, tuve suerte de estar vivo. Tuvimos que caminar por los puentes, y todos esos lugareños estaban ahí con palos, navajas, chocando con la gente; vi a gente que era golpeada con palos, y la policía estaba ahí observando.

No me enteré hasta el día siguiente de que la UEFA nos había echado la culpa de todo, por un supuesto fraude de entradas. Estaba muy enojado, pero no me sorprendió; los aficionados siempre son el blanco fácil. Incluso en la fila en los torniquetes le grité a la gente que recordara todo, diciendo: “Nos van a culpar de esto”. Es una reacción fruto del trauma: no es natural pensar así. Pero tenía razón, sí nos culparon.