El joven de 22 años que se gana la vida vendiendo huesos humanos
Jon Pichaya Ferry en su estudio en Bushwick, Nueva York. Foto: Lexi Brown

En un pequeño y luminoso estudio en Bushwick, una caja de color café descansa sobre una mesa de café de madera. En su interior hay una cabeza humana. “¿Quieres empezar?”, pregunta Jon Pichaya Ferry, sacando un cúter del bolsillo de sus pantalones de mezclilla negros ajustados.

Dentro hay una forma abultada envuelta en una fina esponja de color aguamarina, que él rompe para revelar la mandíbula de un cráneo. Saca el resto del cráneo; ensambla las dos partes y lo coloca en la tapa de un ataúd en la esquina de la habitación, junto a una lata de Red Bull.

Ferry comenta que el cráneo es probablemente de origen indio, señalando la nuez de betel que mancha sus molares. Pronto será inspeccionado, fotografiado y registrado en una base de datos antes de unirse a los 80 cráneos alineados cuidadosamente en una vitrina. Cada uno de ellos tiene una etiqueta de color azul bebé en el pómulo con un número de registro y la palabra “JonsBones”, el nombre de la empresa de Ferry. Cinco esqueletos ensamblados cuelgan arriba de los cráneos; frente a ellos hay más de un centenar de espinas dorsales, clasificadas como un muestrario de pintura de oscuro a claro, los diferentes ángulos de sus sacros son un recordatorio de las posturas únicas de las personas a las que alguna vez pertenecieron.

Ferry, de 22 años, vende huesos humanos. Desarrolló su obsesión a los 13 años, durante su infancia en Tailandia. Su padre le regaló el esqueleto de un ratón que, “en lugar de ser espeluznante, oscuro y raro”, impulsó su pasión, y con el tiempo comenzó a articular esqueletos de animales. Después de mudarse a Nueva York a los 18 años para estudiar diseño de productos en Parsons, Ferry creó JonsBones como un negocio de esqueletos de animales. Un viaje a la tienda de curiosidades Obscura Antiques and Oddities, donde vio un cráneo humano en un estante, despertó su interés por los huesos humanos; el propietario, Mike Zohn, le explicó que eran los restos de la industria de la osteología médica.

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Una colección de cráneos humanos. Foto: Lexi Brown

JonsBones ahora cuenta con ocho empleados, medio millón de seguidores y más de 22 millones de “me gusta” en TikTok, plataforma en la que Ferry publica videos sobre su tema favorito, el comercio de huesos de uso médico. Ahí responde las preguntas de sus seguidores, incluidas las relativas a la procedencia de los huesos. En un video, explica que los estudiantes de medicina los compraban a empresas de suministros médicos, señalando una caja de madera con huesos que tenía la etiqueta “Millikin & Lawley”. Hasta los años 80, era habitual que los estudiantes compraran sus propios esqueletos para sus estudios de anatomía.

No todos los usuarios se muestran convencidos: “Yo… creo que eso es decir que el pollo proviene del supermercado”, escribe uno.

“Es muy difícil trabajar con el público”, suspira Ferry.

El día de mi visita, Ferry está revisando las propuestas de los posibles vendedores. Recibe alrededor de 30 al mes a través de un formulario en su página web. Inspecciona cada fotografía en busca de signos –cortes, herramientas– que demuestren que se trata de huesos de uso médico, y después decide si quiere adquirirlos, siempre y cuando sus propietarios no vivan en Georgia, Tennessee o Luisiana, donde las leyes limitan la venta de restos humanos.

Durante gran parte de la historia moderna, los doctores en formación estudiaron la anatomía humana utilizando esqueletos reales. Como escribe Scott Carney en su libro The Red Market, la rápida expansión de la industria médica en el siglo XIX hizo que la demanda de cuerpos superara rápidamente la oferta. Estos se obtenían de las personas pobres y marginadas: presos ejecutados, cadáveres no reclamados y de aquellos cuyas tumbas eran robadas por los saqueadores de cadáveres.

Los más famosos fueron Burke y Hare, cuyo trabajo secundario de asesinar a los inquilinos de su casa de huéspedes en Edimburgo y vender sus cuerpos al departamento de anatomía de la universidad propició la Ley de Anatomía del Reino Unido de 1832, que limitó el robo de cuerpos al permitir que los médicos pudieran acceder a los cadáveres no reclamados en morgues y hospitales.

Ante la escasez de cuerpos, los doctores británicos se dirigieron a las colonias, específicamente a la India, donde la ciudad de Calcuta se convirtió en la capital del comercio de huesos humanos. Surgieron empresas de suministros médicos como Clay Adams, Kilgore International y Adam, Rouilly, que vendían los huesos que se importaban a Europa y a los estudiantes de medicina de Estados Unidos. En 1944, la mayoría de los esqueletos ensamblados en la fábrica de Clay Adams en Manhattan procedían de la India; la revista Life informó que el abastecimiento se vio facilitado tras la hambruna de Bengala de 1943, que mató a millones de personas.

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Jon Pichaya Ferry en su estudio en Bushwick, Brooklyn. Foto: Curtis Brown

En 1978, el periódico Times of India señaló que las catástrofes solían aumentar la oferta, así como el “vandalismo en los cementerios”. El comercio aportaba más de un millón de dólares al año a la ciudad de Calcuta. Sanker Sen, propietario de la empresa Reknas, comentó al periódico Philadelphia Inquirer, mientras bebía unos martinis, que compraban los cadáveres no reclamados de las morgues, que procesaban y vendían a empresas como Adam, Rouilly y Kilgore International.

Estas empresas de suministros médicos limpiaban la procedencia de estos huesos, convirtiéndolos en productos de marca. Ferry demuestra este hecho abriendo un cráneo pediátrico para mostrar una etiqueta de Reknas (3, Fancy Lane, Calcuta) que aparece en su interior. “¿Conoces Whole Foods?” bromea Ferry. “¿Cómo compran, envían, ponen su etiqueta y después lo llaman Whole Foods? Eso también ocurrió en la industria de los huesos”.

En 1985, la industria finalmente colapsó cuando la India prohibió el comercio de restos humanos después de que un comerciante de huesos fuera detenido por exportar mil 500 esqueletos de niños.
Estos huesos cayeron en desuso, pero no dejaron de existir, y con frecuencia los heredan las familias cuando muere un médico. La gente encuentra literalmente esqueletos en sus armarios, y ahí es donde entra Ferry. Él facilita su rentable reincorporación a la esfera de la enseñanza de la medicina, donde cree que todavía pueden beneficiar a la humanidad, con sus variaciones únicas que los modelos anatómicos no siempre pueden reproducir. Los huesos están aquí nos guste o no, argumenta, así que podríamos darles un buen uso.

Los compradores de Ferry son principalmente instituciones de enseñanza de medicina, así como operaciones de búsqueda y rescate, que utilizan huesos humanos para entrenar a los perros de búsqueda de cadáveres. Sin embargo, todos los huesos aparecen en la página web de JonsBones para que cualquier persona pueda comprarlos: 7 mil 500 dólares por un esqueleto articulado, 80 dólares por una pelvis.

“Creo que todos tienen derecho a estudiar los huesos”, comenta.

No obstante, el carácter turbio de los orígenes de los huesos –tanto en lo que se refiere a las raíces históricas del comercio como a su continua explotación de los restos de personas marginadas durante el siglo XX– es preocupante para muchas personas, entre ellas Sam Redman, profesor de historia de la Universidad de Massachusetts Amherst y autor de Bone Rooms, un libro que detalla la forma en que se recolectaron los cráneos de personas indígenas y no blancas y se utilizaron para apoyar las teorías de clasificación racial.

Redman considera que la osteología médica es una extensión de esta tradición más amplia, ya que los restos de individuos marginados fueron recolectados con tal perversidad que muchos de ellos se incorporaron al comercio general de huesos. “No existe una forma ética de comprar y vender restos humanos“, señala. “Porque hay un claro vínculo entre el legado de esto y el racismo y el racismo científico, y el colonialismo”.

En ocasiones, al hablar con Ferry, me sorprende una especie de lucha ética cuando intenta establecer un marco responsable para su actividad. Es como si, al decidir que ciertas cosas no son correctas, las demás cosas cuestionables pudieran ser correctas en contraste. Podrá vender huesos en línea, pero no en TikTok; venderá huesos de uso médico, pero no lo que él llama huesos “tribales” o “arqueológicos” (porque “no sabemos cuáles fueron los últimos deseos del individuo”); venderá un torso, pero no romperá una columna vertebral.

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La pared de las columnas vertebrales en el estudio de Jon Ferry. Foto: Lexi Brown

Ebay prohibió la venta de restos humanos en 2016, pero es posible comprar huesos en Instagram, o en una tienda de “historia natural” como Bone Room, en Berkeley, California, que presume haber vendido artículos al artista inglés Damien Hirst. De hecho, Ferry comenta que en los cuatro años transcurridos desde que compró su primer cráneo, los precios han aumentado, pasando de alrededor de 500 a 800 dólares a entre 2 mil y 3 mil dólares. “Se ha convertido en algo más aceptado públicamente”, señala.

Pero un límite que no puede establecer es si está tratando con piezas o con personas: “Estas piezas son seres humanos. Y deberían ser tratadas con el mayor respeto y dignidad posibles”, explica. “Así que dentro del contexto de la colección, tratamos estas piezas con honor, con dignidad, con respeto en términos de cómo las exponemos”. El tratamiento digno de los restos de una persona no abarca, sin embargo, el reentierro: “No creo en la destrucción de piezas de la historia”.

No obstante, el énfasis en la historia e incluso el valor de los restos humanos oculta a la persona que fue. “El problema es que, en todo este debate, hemos olvidado quiénes eran las personas”, señala Scott Carney. “Cuando convertimos a un ser humano en una mercancía, ahí es donde se empiezan a producir enormes faltas éticas… Y Jon se encuentra en el lado equivocado de esa ecuación”.

‘La próxima gran avalancha de huesos’

Aun así, dentro de algunos años, Ferry preferiría pasar de las ventas a un museo, donde cualquier persona pudiera ver su colección histórica, que estaría respaldado por una tienda de regalos. JonsBones ya lanzó su primera línea de joyería: vértebras de plata de ley que se curvan alrededor de una arracada, pequeñas calaveras que cubren un anillo. Por el momento, sin embargo, no le importan las críticas, siempre y cuando faciliten una conversación.

“Hago esto porque creo sinceramente que es lo mejor que podemos hacer por estas piezas en este momento”, explica. “Realmente estamos haciendo lo que podemos para tratar estas piezas con respeto, dignidad y así preservarlas para las generaciones futuras”.

Y continúa: “El día que se proponga una solución mejor será el día que dejaré de hacer lo que estoy haciendo”.

Para muchos, incluidos Carney y Redman, existe una solución. En Estados Unidos, la Ley de Protección y Repatriación de Tumbas de Nativos Americanos protege los restos culturales y biológicos de los nativos americanos, en un intento de reparar el saqueo de sus lugares sagrados de entierro ancestral. En cuanto a otros restos humanos, Redman comenta: “Puede y debe haber posibilidades continuas de devolución respetuosa en los casos en que sepamos o podamos determinar la ascendencia, o de volver a enterrarlos de forma respetuosa… Hay un camino a seguir”.

Sería casi imposible identificar con precisión la procedencia de los huesos de uso médico, despojados de su ADN e identidad. No obstante, casi todas las culturas tienen alguna forma de práctica funeraria reverencial. Aunque el estudio anatómico de los huesos humanos reales supone un auténtico beneficio, mientras existan programas de donación por voluntad propia, ¿puede ese beneficio justificar el reciclaje de los huesos obtenidos en injusticias no tan antiguas?

Se encontrarán más esqueletos en los armarios de las personas; Ferry anticipa lo que él denomina con entusiasmo “la próxima gran avalancha de huesos”, a medida que muera la generación de médicos que compraron sus cajas de huesos durante el apogeo de la industria en los años sesenta y setenta. Algunos de ellos volverán a entrar en el mercado, pero conforme aumente la concientización, tal vez algunos de ellos finalmente descansarán.