Más allá de las creencias: ¿conduce la fe religiosa a una vida más feliz y saludable?
Feligreses participan en las oraciones de Eid al-Fitr al final del Ramadán, mezquita de Lakemba, Sídney. Foto: Steven Saphore/AAP

En sus Pensées, publicados de forma póstuma en 1670, el filósofo francés Blaise Pascal pareció establecer un argumento infalible a favor del compromiso religioso, que él consideraba como una especie de apuesta. Si la existencia de Dios era siquiera mínimamente posible, afirmaba, entonces la ganancia potencial era enorme –una “eternidad de vida y felicidad”– por lo que dar el salto de fe era la opción matemáticamente racional.

La apuesta de Pascal supone implícitamente que la religión no tiene beneficios en el mundo real, pero sí algunos sacrificios. Pero, ¿y si hubiera evidencia de que la fe también podría contribuir a un mayor bienestar? Diversos estudios científicos sugieren que así es. Unirse a una iglesia, sinagoga o templo parece incluso prolongar la esperanza de vida.

Estos hallazgos podrían parecer ser la prueba de una intervención divina, sin embargo, pocos de los científicos que examinan estos efectos reivindican milagros. En cambio, les interesa comprender el modo en qué mejora la capacidad de las personas para afrontar el estrés de la vida. “Las tradiciones religiosas y espirituales dan acceso a distintos métodos de afrontamiento que tienen ventajas características”, señala Doug Oman, profesor de salud pública de la Universidad de California en Berkeley. “Desde el punto de vista psicológico, las religiones ofrecen un paquete de ingredientes diferentes”, coincide la profesora Patty Van Cappellen, de la Universidad Duke en Durham, Carolina del Norte.

El estudio de los beneficios de las prácticas religiosas para prolongar la vida puede, por tanto, ofrecer estrategias útiles para que cualquier persona –de cualquier religión o de ninguna– lleve una vida más sana y feliz. Es posible que uno se sorprenda a sí mismo negando con la cabeza con escepticismo, pero la base de pruebas que vincula la fe con una mejor salud se ha ido gestando desde hace décadas y en la actualidad abarca miles de estudios. Gran parte de estas investigaciones adoptaron la forma de estudios longitudinales, que implican el seguimiento de la salud de una población durante varios años e incluso décadas.

Cada uno de ellos descubrió que los indicadores del compromiso religioso de una persona, como la frecuencia con la que asistía a la iglesia, estaban sistemáticamente asociados a una serie de resultados, entre ellos un menor riesgo de padecer depresión, ansiedad y suicidio y la reducción de las enfermedades cardiovasculares y la muerte por cáncer.

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Las personas que rezan suelen tener una visión más positiva de la vida, y las personas que rezan por el bienestar de los demás suelen vivir más tiempo.
Foto: Kumar Sriskandan/Alamy

A diferencia de otras áreas de la investigación científica que sufren la infame “crisis de la repetición”, estos estudios han analizado poblaciones de todo el mundo, con resultados notablemente congruentes. Y la magnitud de los efectos es considerable. La Dra. Laura Wallace, de la Booth School of Business de la Universidad de Chicago, por ejemplo, analizó recientemente los obituarios de más de mil personas en Estados Unidos y se fijó en si el artículo incluía la afiliación religiosa de la persona, señal de que su fe había sido un elemento importante de su identidad.

Cuando publicó sus resultados en 2018, informó que aquellas personas marcadas por su fe vivieron 5.6 años más, en promedio, en comparación con aquellos cuya religión no había sido registrada; en una segunda muestra, observando específicamente un conjunto de obituarios de Des Moines en Iowa, la diferencia fue incluso mayor: alrededor de 10 años en total. “Es comparable a evitar riesgos importantes para la salud, como fumar”, afirma Wallace. Por hacer otra comparación: reducir la hipertensión añade unos cinco años a la esperanza de vida de una persona.

Efectos de salud de esta magnitud exigen una explicación, y científicos como Wallace se han dedicado a estos casos. Una explicación obvia es que los creyentes llevan una vida más limpia que las personas no religiosas: los estudios demuestran que los fieles tienen menos probabilidades de fumar, beber, consumir drogas o practicar sexo sin protección en comparación con las personas que no acuden a misa con regularidad (aunque, por supuesto, hay notables excepciones).

Esta vida más sana puede ser el resultado de la propia enseñanza religiosa, que suele fomentar los principios de moderación y abstinencia. Sin embargo, también podría deberse al hecho de que las congregaciones religiosas son un grupo autoselectivo. Si uno tiene la fuerza de voluntad suficiente para levantarse de la cama un domingo por la mañana, por ejemplo, es posible que también tenga el suficiente autocontrol para resistirse a las demás tentaciones de la vida.


No obstante, resulta importante señalar que los beneficios de la religión para la salud se conservan incluso cuando los científicos han controlado estas diferencias de comportamiento, lo que significa que también deben contribuir otros factores. La conexión social encabeza la lista. Los sentimientos de aislamiento y soledad son una grave fuente de estrés en sí mismos y agravan los demás retos a los que nos enfrentamos en la vida. Incluso algo tan sencillo como ir al trabajo se convierte en algo mucho más difícil si no puedes llamar a un amigo para que te eche un aventón cuando no funciona tu automóvil.

La respuesta crónica al estrés puede generar cambios fisiológicos como una mayor inflamación que, con el paso de los años, puede dañar los tejidos y aumentar el riesgo de padecer enfermedades. En consecuencia, tanto el tamaño de la red social de una persona como su sensación subjetiva de conexión con los demás pueden predecir su salud y su longevidad. Un influyente estudio realizado por la profesora Julianna Holt-Lunstad, de la Universidad Brigham Young, sugiere que la influencia de la soledad es comparable a la de la obesidad o la falta de ejercicio físico.

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El matemático del siglo XVII Blaise Pascal, autor de los Pensées y de la famosa apuesta. Foto: Alamy


Las religiones, por supuesto, suelen estar construidas en torno a una comunidad de creyentes afines que se reúnen periódicamente y comparten un conjunto de creencias. Y muchos de los rituales específicos también contribuirán a un sentimiento de comunión con los demás. A los cristianos, por ejemplo, se les anima a rezar en nombre de otras personas y esto parece aportar sus propios beneficios para la salud, según un nuevo estudio realizado por la profesora Gail Ironson de la Universidad de Miami.

Ironson ha pasado décadas estudiando las formas en que las personas con VIH afrontan su infección y la influencia de estos factores psicológicos en los resultados de la enfermedad. Tras examinar datos que abarcaban 17 años de vida de 102 pacientes con VIH, descubrió que las personas que rezaban regularmente por los demás tenían el doble de probabilidades de sobrevivir hasta el final del estudio, en comparación con las personas que rezaban con mayor regularidad por sí mismas. Y lo que resulta más importante, la relación se mantenía incluso después de que Ironson hubiera tomado en consideración factores como la adherencia a los medicamentos, el abuso de sustancias o la carga viral inicial del paciente.

Además de fomentar la conexión social, la religión puede ayudar a las personas a cultivar emociones positivas que son buenas para nuestro bienestar mental y físico, como la gratitud y el asombro. Diversos estudios demuestran que la práctica regular de contar las bendiciones puede ayudar a desviar la atención de los problemas, evitando así caer en espirales de pensamientos negativos que amplifican el estrés.

En la iglesia cristiana, es posible que se nos anime a agradecer a Dios en nuestras oraciones, lo cual fomenta el cultivo de esta emoción protectora. “Es una forma de reevaluación cognitiva”, explica Van Cappellen. “Te ayuda a reevaluar tu situación desde una perspectiva más positiva”.

El asombro, por su parte, es la maravilla que sentimos cuando contemplamos algo mucho más grande e importante que nosotros mismos. Esto puede ayudar a las personas a dejar de lado el pensamiento autocrítico y meditabundo y a ver más allá de las preocupaciones cotidianas, para que dejen de causar tanto impacto en el bienestar.

Por último, pero no por ello menos importante, las creencias religiosas pueden crear un sentido de propósito en la vida de una persona, la sensación de que su existencia tiene una razón y un significado. Las personas que tienen un sentido de propósito suelen tener un mayor bienestar mental, en comparación con aquellas que sienten que sus vidas carecen de dirección, y –una vez más– esto parece tener efectos indirectos en la salud física, incluida la reducción de la mortalidad. “Cuando las personas tienen un conjunto de valores fundamentales, esto ayuda a establecer objetivos.

Y cuando se establecen esos objetivos y se persiguen, se produce un mayor bienestar psicológico”, explica el profesor Eric Kim, de la Universidad de Columbia Británica, que ha investigado los beneficios para la salud derivados de tener un propósito en la vida. Al igual que el asombro y la gratitud, esos sentimientos positivos pueden actuar entonces como amortiguadores del estrés.

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Voluntarios clasifican productos en el almacén de un banco de alimentos en Kingston upon Thames, Surrey, en febrero de este año. Las personas que dedican tiempo a ayudar a los demás parecen vivir más tiempo. Foto: Vickie Flores/EPA

Estos son efectos promedio, que no siempre consideran la enorme variedad de experiencias de las personas. Mientras que algunos cristianos pueden considerar a Dios una figura benévola, a otros se les puede haber enseñado que es sentencioso y castigador, y esas opiniones pueden marcar una gran diferencia en los efectos sobre nuestra salud. En sus estudios sobre pacientes que padecían VIH, Ironson descubrió que las personas que creían en un Dios vengativo mostraban una progresión más rápida de la enfermedad –medida por el descenso de su recuento de glóbulos blancos– en comparación con aquellas que creían que era una figura misericordiosa.

En última instancia, la fe de la mayoría de las personas surgirá de convicciones reales; parece poco probable que mucha gente adopte una determinada visión religiosa únicamente por los beneficios que aporta a la salud. Pero incluso si tú eres agnóstico, como yo, o ateo, esta investigación podría orientar tu estilo de vida.

Puedes empezar por considerar las técnicas contemplativas, que tienen muchas más modalidades que la respiración consciente y las técnicas de exploración corporal que han resultado ser muy populares. Por ejemplo, los científicos se interesan cada vez más por la “meditación de la bondad amorosa“, en la que se dedican unos momentos a albergar pensamientos cálidos sobre amigos, desconocidos e incluso enemigos. Esta práctica se inspiró en el principio budista de mettā, pero también se asemeja a la práctica cristiana de la oración de intercesión.

Cuando se practica con regularidad, estos métodos aumentan los sentimientos de conexión social y empatía de las personas, con los consiguientes beneficios para su salud mental. Y lo que resulta más importante, también cambia las acciones de las personas hacia los demás en la vida real, por ejemplo, fomentando un comportamiento más prosocial.

Para incorporar mayor gratitud a tu vida, mientras tanto, puedes llevar un diario en el que enumeres las cosas que aprecias cada día y adoptar el hábito deliberado de dar las gracias a las personas que te han ayudado; se ha demostrado que ambas estrategias mejoran la respuesta de la gente al estrés y mejoran el bienestar general. Y para cultivar el asombro, puedes dar un paseo regular por la naturaleza, visitar un edificio magnífico de tu ciudad o ver una película que te llene de asombro.

Si dispones de tiempo y recursos para mayores compromisos, también podrías dedicarte a una actividad de voluntariado para una causa que signifique mucho para ti, una tarea que puede ayudarte a potenciar tu sentido de propósito y que también podría mejorar tu vida social.

El trabajo de la doctora Wallace ha demostrado que la simple cantidad de voluntariado que alguien realiza podría explicar, de forma independiente, parte del aumento de la longevidad de las personas religiosas, pero no es necesario que las acciones caritativas estén vinculadas a una fe concreta para que uno pueda obtener esos beneficios. “Si las personas son capaces de comprometerse con causas que realmente iluminan sus valores intrínsecos, y después encuentran una comunidad que les ayuda a alcanzar sus objetivos, esa es otra forma en la que el marco de la religión puede llevarse a un contexto no religioso”, explica el profesor Kim.

El reto consiste en asegurarse de que se incorporan todos estos comportamientos a la rutina, de modo que se lleven a cabo con la misma regularidad y devoción que normalmente se reservan para las prácticas espirituales. “El poder de la religión es que te ofrece este paquete de ingredientes prefabricados y organizados para ti”, explica Van Cappellen. “Y si no eres religioso tienes que crearlo por tu cuenta”. No es necesario dar un salto de fe para ver esos beneficios.