Crecer en una cultura diferente no significa que no puedes amar también la Navidad
'Cuando sea mayor, pensé, quiero tener regalos y una comida asada y un árbol': Yas Floyer envolviendo regalos en su casa en Enfield, Londres. Foto: Karen Robinson/The Observer

Es Nochebuena. Las luces del árbol están apagadas, las agujas de pino caen sobre los regalos amontonados debajo. El aire frío se cuela por los cristales de la ventana y me tapo las orejas con el edredón. Cuando empiezo a quedarme dormida, escucho el suave chasquido de la manija de la puerta y unos pasos que entran en la habitación. Me quedo inmóvil, contengo la respiración y aprieto los ojos.

Un susurro al final de la cama y después las pisadas se retiran. A la mañana siguiente, me despierto y encuentro un calcetín –bueno, no exactamente un calcetín, es una funda de almohada– lleno de regalos. Entre los regalitos hay una bolsa de monedas de chocolate que voy rompiendo, desechando las láminas de oro y plata a medida que avanzo. Fue mi primer calcetín. Tenía 19 años.

Fue a mi suegra a quien se le ocurrió meterse en la habitación de una joven adulta en aquella primera Navidad que pasé con mi ahora esposo y su familia. Ella se llama Snezana, que significa Blancanieves en serbio. Sus padres emigraron al Reino Unido antes de que ella naciera. Estuvo allí cuando mi esposo y yo nos conocimos en la universidad, hace dos décadas, y aún nos cuenta la historia de cómo vio una chispa entre nosotros y que estaba convencida de que yo sería la esposa de su hijo.

Para ella, la Navidad representa honrar a quienes amas, y para ella era importante tejerme en el tapiz de su familia, ya que considera que cada nuevo miembro de la familia es un regalo. No es de extrañar, por tanto, que se alegre enormemente de hacer que esta época del año sea lo más mágica posible. Sin embargo, al crecer en una familia musulmana en los años 90, la Navidad era algo que yo experimentaba a distancia. Simplemente no era para nosotros.

Mi familia la consideraba una celebración religiosa, y por eso nos absteníamos de participar en los festejos. La Navidad ocurría en la televisión. Ocurría en las largas caminatas de regreso a casa desde la escuela, cuando el invierno convertía el mundo en una paleta de grises que hacía resaltar las decoraciones multicolores de las ventanas de las casas de los demás. La Navidad eran los oropeles de los salones de clase, las tarjetas aplastadas en el fondo de mi mochila debajo de mi lonchera.

De niña no tenía el concepto de FOMO (temor a dejar pasar algo), pero lo sentía como una piedra caliente en mi estómago. No hacía falta que nadie me dijera que Santa Claus no era real. Sabía que no lo era porque, a pesar de todo lo que las películas querían hacerme creer, ser una niña buena y desearlo con todas mis fuerzas no resultaba en una visita del grandulón. Hubo una vez, no obstante, cuando tenía nueve años, que mi padre nos sorprendió a mis hermanos y a mí con la guardia baja y nos llevó a Toys R Us a última hora de Nochebuena.

Recorrimos los pasillos demasiado iluminados en pijama, mientras por los altavoces de la tienda sonaba Christmas Wrapping, de Waitresses, en busca de ese juguete perfecto. En el camino de regreso, nos sentamos en silencio a chupar los caramelos de grosella negra para la tos que mi padre solía dejarnos comer como golosina en el auto o, en esta ocasión, que nos daba para distraernos de la tumultuosa pelea que se produjo entre mis padres justo antes de que nos metiera en el auto. Aquel viaje de compras navideñas fue una anomalía. Las peleas, sin embargo, no lo eran tanto. Todavía hoy, la grosella negra sabe a Nochebuena.

La casa dúplex de la urbanización en la que crecí estaba muy lejos de las casas decoradas del Papá Noel de Raymond Briggs. En la escuela primaria, sentada con las piernas cruzadas junto a mis compañeros de clase en el frío suelo barnizado del pasillo de la escuela, el libro cobraba vida a través de una cinta de video, y yo miraba absorta, fotograma tras fotograma granulado, perdiéndome en la alegría de la historia. No había nada en lo que veía que pareciera contradecir mi sistema interno de creencias, y no podía entender por qué no se me debería permitir tener algo de esta alegría para mí. Cuando sea mayor, pensé, quiero tener regalos, una comida asada, un árbol y nieve al otro lado de la ventana.

Ahora que soy adulta y tengo mi propia familia, mi actitud y mi relación con la fe han cambiado, se han ampliado y se centran en la inclusión. No soy la única que puede ver que la Navidad se ha convertido más en un acontecimiento laico que en uno religioso, siendo la familia real las únicas personas que conozco que asisten regularmente a un servicio religioso en la mañana de Navidad.
Crecer en ausencia de obligaciones festivas me ha permitido disfrutar de ciertas ventajas, por ejemplo, no siento la presión de tener que ver a todos nuestros parientes cercanos el mismo día. Estar con los seres queridos durante la época festiva es una bendición, no una obligación, y por eso nos reunimos con nuestra familia durante las vacaciones de Navidad, pero pasamos el día en relativa calma, solo nosotros cuatro.

Al recorrer el hashtag #duvetknowitschristmas, creado por el periodista Rhodri Marsden, queda brillantemente resumida la realidad de volver a la casa de la infancia como adulto, quizás con tu propia familia a cuestas, y la gracia de algunos de los arreglos para dormir cuando el espacio es reducido. Entre mis fotos favoritas está la de una bolsa de dormir en el armario de la aspiradora.

Otro efecto secundario positivo de no haber crecido celebrando la Navidad es que muchas de las primicias navideñas de mis hijos son también las mías. Cuando mi esposo y yo tuvimos a nuestro primer hijo, él quería que tuviéramos un árbol de verdad, como aquellos con los que él creció. Me sentí en conflicto. Siempre había deseado tener un árbol de verdad, pero me preocupaba el aspecto medioambiental. Sin embargo, un árbol de verdad me parecía la forma más atrevida de participar en la temporada, aunque sabía que mi madre lo odiaría. Para mí era importante combinar las tradiciones y que nuestros hijos conocieran aspectos de nuestros dos orígenes, así que celebramos tanto el Eid al-Adha (Fiesta del sacrificio) como la Navidad.

Al igual que muchas otras culturas, el Islam se rige por el calendario lunar, por lo que las celebraciones comienzan con la aparición de la luna nueva la noche anterior al día mismo. El Eid al-Adha es un día tradicionalmente ajetreado en el que es posible visitar varias casas, llevando comida para compartir y regalos en efectivo para los niños. En lugar de pasar la Nochebuena comprando regalos de última hora, envolviéndolos apresuradamente y dedicando todos los esfuerzos al día siguiente, ahora pasamos nuestras Nochebuenas visitando a amigos cercanos de la familia, intercambiando regalos y comida que nos hemos preparado unos a otros, antes de sentarnos a comer pizza y ver una película al atardecer.

En la actualidad, puedes conseguir calendarios de Adviento para el Ramadán, que cuentan hasta el Eid al-Adha, por lo que existe una sensación de polinización cruzada cuando se trata de combinar celebraciones.
Cedí en lo que respecta al árbol de Navidad y desde entonces conozco empresas como London Christmas Tree Rental, que te permiten rentar árboles y después plantarlos al aire libre cuando crecen demasiado. Aunque a mi madre no le entusiasmó mucho la noticia de que tenía un árbol (demasiado grande para la sala de mi casa), incluso ella tuvo que admitir que era precioso y me ayudó a barrer las agujas de pino cuando llegó el momento de quitarlo.

Como no crecí con mis propias costumbres festivas, me he tomado la libertad de tomarlas prestadas de otros, como la tradición islandesa de Jólabókaflóðið, que se traduce a grandes rasgos como “inundación navideña de libros” y consiste en regalar libros en Nochebuena y quedarse despierto para leerlos.

El 24 de diciembre, a altas horas de la noche, entro sigilosamente en la habitación de mis hijos y coloco con cuidado los calcetines que les hice junto a sus camas para que los vean al despertarse. Después vuelvo a bajar las escaleras para terminar de leer mi libro mientras el árbol y las luces de las velas esculpen profundos conjuntos de sombras a mi alrededor.

Además de aprender de otros países, tomo cosas prestadas del cine, una poderosa fuente de nostalgia que atraviesa todas las culturas y tradiciones. Una Nochebuena de hace unos años me enfermé gravemente, por lo que pedimos pizza para cenar y pusimos una película. Esto es lo que veía en Navidad cuando era pequeña, les dije a mis hijos. Comimos directamente de la caja y nos reímos con Bill Murray en Los fantasmas contraatacan.

Sin darnos cuenta, había nacido una tradición. Desde entonces, siempre pedimos pizza en Nochebuena mientras vemos un clásico festivo. Crear recuerdos navideños cada año con mi familia me llena de gran satisfacción, pero encontrar formas de entrelazar mi infancia con mi presente, a través de libros y películas y muchas otras influencias culturales, me ha permitido tener una apreciación más profunda de la alegría que se puede tener en esta época del año.

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