Felinos fabulosos: por qué las artistas adoran acariciar, pintar y mimar a los gatos
Altanería ridícula... Retrato de Lily Walton con Raminou, de Suzanne Valadon, de 1922. Foto: Mondadori Portfolio/Mondadori/Getty Images

Cuando el gato Docket de Tracey Emin desapareció en 2002, los carteles de “Gato perdido” que pegó por su vecindario del este de Londres fueron robados y valorados en 500 libras. Su galería, White Cube, alegó que no contaban como obras, aunque algunos historiadores de arte opinaron lo contrario. Independientemente de a quién se le crea, de vez en cuando siguen apareciendo en eBay.

Sin embargo, lo que más me gusta es el autorretrato de Emin con Docket. (Eso y su libro de fotos de gatos hecho a mano, Because I Love Him, una compra artística de ensueño si algún día me vuelvo rica). En la fotografía, Docket mira a la cámara con esa expresión inexpresiva y ligeramente taciturna que caracteriza a los gatos, y sus impresionantes bigotes salen disparados más allá de los dedos de la artista, que enmarcan su cara mientras ella lo acaricia desde arriba. Es una imagen sorprendentemente maternal, y de hecho Emin se ha referido en el pasado al gato, que lamentablemente ya dejó este plano terrenal, como su “bebé”. Se suma a una larga lista de representaciones artísticas de mujeres o niñas que tienen gatos.

Los gatos son un tema de arte visual casi tan antiguo como el arte mismo, hay felinos pintados en la cueva de Lascaux. En la antigüedad, adornaron las tumbas egipcias y los mosaicos de Pompeya. La muy antigua asociación entre los gatos y la fertilidad, y su estatus de diosas-madres desde la antigua Bastet egipcia hasta la griega Hécate, significa que las mujeres y los gatos han sido considerados como seres interrelacionados durante milenios. No es de extrañar, por tanto, que hayan sido tan a menudo emparejados como tema por todos, desde Morisot a Picasso, de Matisse a Kirchner, de Kahlo a Freud. Aparecen en obras de Rubens, Barocci y Lotto, representando la feminidad, la domesticidad y en ocasiones al diablo, o lo que la psicóloga junguiana Marie-Louise von Franz llama la “sombra femenina”, el lado oscuro de la Virgen María, la madre de Dios.

No es de extrañar que los gatos aparezcan con tanta frecuencia en las pinturas: los artistas suelen adorarlos, tal vez porque son tan desafiantes e independientes. Además, es más fácil pintar cuidando a un gato que a un perro: no es necesario pasearlos, aunque pueden llegar a estorbar, como demuestra una preciosa fotografía de la pintora Lois Mailou Jones de pie ante un caballete con un gatito al hombro. Leonor Fini, por su parte, tenía dos docenas de gatos, por lo que no es de sorprender que su pelaje terminara en ocasiones fundido con la pintura de sus lienzos.

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Acompañante exigente … Mujer sentada con un gato de Pierre Bonnard. Foto: Heritage Images/Fine Art Images

Hay algunas fotografías fabulosas de Fini con sus mascotas. En un retrato de Martine Franck de 1961, su salvaje cabello oscuro es un excéntrico contrapunto a la refinada apariencia del gato blanco, mientras que en otra imagen aparece luciendo un vestido de noche mientras se arrodilla para darle de comer a seis gatos en su cocina. La imagen de Dora Maar es quizás la más deliberadamente erótica. Fini viste una especie de corsé escotado, y un gato negro de pelo largo aparece entre sus piernas abiertas en un juego visual que no pasa desapercibido para el espectador.

Como sabe cualquiera que haya tenido uno, los gatos son promiscuos e infieles, deambulan por las calles en las noches de un modo que tradicionalmente las mujeres no podían, y en el arte japonés los gatos y las cortesanas a veces van de la mano. Un netsuke incluso muestra a dos gatos encarnando las figuras de trabajadora sexual y cliente. Maar, por su parte, era una mujer de gatos, y cuando Picasso pintó a su amante con un gato negro en el hombro, podía ser interpretado como un símbolo de su yo sexual y apasionado. Su relación era tempestuosa, y las manos en forma de garra de Maar, al menos para mí, parecen hacer alusión a las de un gato.

Utilicé estas imágenes como una especie de collage de ideas mientras escribía mis memorias, tituladas The Year of the Cat, que tratan sobre cómo la adopción de un gato me hizo pensar de forma diferente sobre la maternidad, pero también contienen una fuerte línea histórico-artística sobre el tema de las mujeres artistas y sus gatos. Una de las primeras pinturas que vi de una mujer con un gato fue en la escuela, obra de la artista Gwen John. En Girl with a Cat (1918-22), la protagonista está sentada con un gato negro posado en sus brazos. La joven mira a lo lejos, con una expresión casi desesperadamente triste. El gato, por su parte, mira directamente al espectador con sus ojos amarillos. John amaba a su gato, Tiger, y cuando desapareció, durmió afuera con la esperanza de atraerlo a casa; al igual que Docket de Emin casi un siglo después, finalmente regresó. El amor que John sentía por su gato, cuando ella era tan infeliz en el amor del tipo más humano, me conmovió desde entonces.

Dos de las primeras pinturas de Picasso sobre mujeres y gatos tienen un efecto emocional similar. En su Mujer con gato, de 1900, la protagonista se inclina hacia delante en su cama hacia el pequeño gato que sostiene en sus brazos, como si intentara consolarse en él. En cambio, su Desnudo acostado con gato de 1901, a veces llamado Loca con gatos, me parece despiadado en la representación de su vulnerable sujeto. En mi libro analizo el mito de la “señora loca de los gatos”, que tiene su origen en el miedo a la brujería, y la forma en que ha sido utilizado para estigmatizar a las mujeres solteras y sin hijos. Esta imagen, pintada en un manicomio, me resultaba demasiado incómoda como para incluirla, pero la retuve en mi mente mientras escribía.

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Fanática… Leonor Fini y su gato persa, enfrente de su retrato del bailarín Raymond Larrain. Foto: Keystone-France/Gamma-Keystone/

Las pinturas de gatos de Suzanne Valadon son mucho más alegres. Otra amante de los felinos –solía alimentarlos con caviar– Valadon pintó en varias ocasiones a su gato Raminou, así como a otros gatos. Aunque los trata con el respeto que se debe a un sujeto adecuado para una pintura, existe una alegría en la forma en que transmite sus expresiones frías. La artista logra captar la arrogancia ridícula que constituye básicamente la esencia del gato. Sus imágenes de mujeres con gatos son incluso mejores, siendo Jeune Fille au Chat, de 1919, mi favorita, quizás porque la chica que aparece en ella parece tan feliz de sostener al animal, mientras que el propio animal parece simplemente tolerar la interacción, haciéndome recordar la naturaleza distante de mi propio gato Mackerel.

Para ver a la propia Valadon con su gato –en este caso blanco– debemos recurrir a la pintura que Marcel Leprin hizo de ella, en la que luce una expresión formidable. Aunque no tenga garras, al igual que los animales que tanto amaba, Valadon, hija de una lavandera que asombró a Degas por su talento cuando le enseñó sus dibujos, era rebelde y una mujer con la que no se podía jugar, muy lejos de la modesta bailarina que interpretaba cuando modelaba para Renoir.

Que los artistas hombres utilicen gatos como medio para dar un carácter erótico al desnudo femenino cosificado no sorprenderá a nadie. En La Paresse, de Félix Vallotton, una mujer desnuda está tumbada en una cama, con la mano extendida para acariciar al gato. En una fotografía de Masaya Nakamura, solo vemos la curva de su trasero y sus pies en punta mientras un gato negro mira en dirección a sus genitales. Preferiría mucho más la representación más humana de Pierre Bonnard de una mujer de aspecto irritado, sentada completamente vestida en la mesa con un plato de comida mientras el “exigente gato” de su título la hostiga. O mejor aún, el Autorretrato con un gato de Lotte Laserstein, de 1928, en el que su mirada directa parece desafiar al espectador mientras el animal, de aspecto disgustado, que ella sostiene en su regazo parece dispuesto a abalanzarse si es necesario. Es como si ambos te desafiaran a decir algo: llama a Laserstein señora loca de los gatos bajo tu propio riesgo.

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Utilizar gatos para dar un carácter erótico al desnudo femenino… La pereza de Félix Vallotton, de 1896. Foto: Heritage Images

Se podría decir que los gatos y los artistas tienen algo en común: ambos grupos han sido históricamente difamados y se han negado a adherirse a las normas que la sociedad intenta imponerles. Las mujeres artistas, por supuesto, han sido especialmente marginadas, y la forma en que una puede compaginar una carrera creativa con la maternidad sigue siendo una cuestión perenne, una de las muchas que planteo en mi libro. Emin, que no tiene hijos, ha comentado que le habría molestado dejar su estudio por ellos si los hubiera tenido. Sería grosero sugerir que un gato puede ser una especie de hijo sustituto, si la propia Emin no lo hubiera hecho explícito.

Siglos después de la caza de brujas, el amor que las mujeres –en particular las que no tienen hijos– sienten por los gatos sigue siendo objeto de burla y estigmatización. Por este motivo, me encantan las fotografías de Brooke Hummer, quien pidió a varias mujeres amantes de los gatos que posaran imitando pinturas históricas, con estilos que abarcan desde el colonialismo del siglo XIX hasta el surrealismo. Estas imágenes divertidas y festivas subvierten el estereotipo vergonzoso de las mujeres amantes de los gatos.

Mi favorita es una imitación de una pintura medieval de la Virgen con el Niño, pero en lugar de un bebé, la Virgen María sostiene un gato atigrado. Ríete si lo deseas, parece decir ella, pero el amor gatuno es amor de verdad.