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Entrevista

‘Me dijeron loca cuando me divorcié a los setenta y tantos’: Isabel Allende

La novelista chilena habla de su fundación para mujeres, de que no puede escribir novelas románticas porque le dan risa y lo que aprendió de sus nietos.

Allende ha vendido 75 millones de libros. En 2014, Barack Obama le otorgó la medalla presidencial de la libertad. Fotografía: max & douglas / Camera Press / Photomovie

La escritora chilena, naturalizada estadounidense, Isabel Allende era feminista antes de saber lo que la palabra significaba. A los tres años vio que su padre abandonó a su madre, Panchita, y la dejó sola para criar tres hijos. Panchita regresó a vivir con sus padres a Santiago en donde su padre tomó el control de sus finanzas. Después de la anulación de su matrimonio la excomulgó la iglesia. Isabel fue testigo de cómo le quitaron el poder a su madre y se rebeló ante la autoridad masculina. En su nuevo libro, Mujeres del alma mía, recuerda el resentimiento como “una aberración en mi familia, que se consideraba intelectual y moderna pero para los estándares de hoy en día realmente era del Paleolítico”. Su furia era tal que la madre la llevó al doctor porque sospechaba que tenía cólico o una tenia.

Allende tiene ahora 78 años y dice que se frustraba por Panchita pero también porque no hacía nada por ella misma. “Pensaba que no se podía cambiar lo que Dios había hecho así”, me cuenta. “Cuando me vio lista para salir y pelear se espantó mucho y yo pensé que no me volvería a hablar. También le preocupaba que yo nunca pudiera encontrar marido. En mi generación, en Chile, si a los 23 años no tenías un compromiso formal, te consideraban una solterona”.

Allende terminó casándose tres veces y nunca dejó de pelear por la igualdad. En 1967 fue cofundadora de la revista feminista Paula, en donde se dio cuenta de que podía “canalizar la furia en acción”, y escribió una serie de columnas satíricas sobre la patriarquía llamadas “Civiliza a tu troglodita”. Después se dedicó a escribir novelas para examinar la familia, la historia, el desplazamiento y las vidas de las mujeres. Cuando publicó su primer libro, el bestseller de 1982, La casa de los espíritus, la consideraron una nueva voz del feminismo y en un panorama literario dominado por los hombres. Le siguieron decenas de libros incluyendo La hija de la buena fortuna, Inés de mi corazón y Ciudad de bestias, que se tradujeron  a más de 40 idiomas. En 2014 Barack Obama le otorgó la medalla presidencial de la libertad, el honor civil más importante de EU. Ha vendido 75 millones de libros.

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Allende habla desde su hogar en California, en donde ha vivido desde 1988, se convirtió en ciudadana estadounidense en 1993 y ahora vive con su tercer esposo, Roger Cukras. Detrás de ella se alcanzan a ver las persianas de un blanco prístino que dejan pasar los rayos del sol. El confinamiento no la ha vuelto descuidada. “Me levanto todos los días a las seis. Me tomo una taza de café, me baño, me maquillo como para salir a la ópera, me visto y me pongo tacones, y después subo las escaleras hasta este ático en donde trabajo. No veo a nadie, ni siquiera al cartero, me visto para mi”.

Grrrl Power. En una charla TED: Susan Cohen, Lakshmi Pratury, Isabel Allende y Tracy Chapman. Foto: Jurvetson, de TED/Wikicommons

Allende se casó con Cukras hace dos años, hecho que todavía le sorprende dulcemente. “¿Acaso bromeas? ¡Nunca pensé volver a tener sexo, menos casarme! Me separé de mi anterior marido a los 72 años, y todo el mundo dijo: ‘¿Estás loca? ¿Por qué te divorcias a tu edad?’ Nunca me ha dado miedo estar sola, porque soy autosuficiente. Pero entonces Roger apareció en mi vida. Es muy decente y amable, y no hay muchos de esos”.

La semilla de Las mujeres de mi alma, es una reflexión de lo que significa ser mujer que es en parte autobiográfico, en parte polémico, y se plantó en una ponencia para una conferencia sobre mujeres en la Ciudad de México. “Empecé a pensar en la trayectoria de mi vida como mujer y como feminista”, dice. Además de documentar los primeros años de su familia, el libro contiene reflexiones elegantes y muy iluminadoras sobre la juventud, el envejecimiento y la cosificación; “el feminismo no nos ha salvado de ese servicio”. Por todos lados están los derechos reproductivos y la violencia sexual, y explica su definición de feminismo como “no lo que tenemos entre nuestras piernas sino lo que tenemos entre nuestras orejas. Es una postura filosófica y una rebelión en contra de la autoridad masculina”.

Son muy conmovedoras las reflexiones sobre la relación con sus nietos, que se consideran no binarios. “Cuando me presentan a sus amigos “, escribe, “les pregunto sobre el pronombre que prefieren”. Le digo que eso es raro en alguien de su generación. “Lo es”, coincide. “Pero bueno, las cosas cambian y lo hacen por una razón. Te tienes que adaptar. Cuando la gente joven hace preguntas siempre parecen demasiado, parecen extremas. Pero en esta lucha, pasan cosas maravillosas. Nuevas ideas, nuevo arte, nueva creatividad. Estamos empujando la historia”.

Cuando piensa en su niñez en Chile, Allende recuerda la sociedad patriarcal que tenía “mucho éxito” cuando presentaba a las feministas como perras enojadas que no se rasuraban las axilas. Y muchas mujeres absorbieron la idea. Aunque no querían perder los derechos que sus madres y abuelas se habían ganado con muchos esfuerzos, no querían que las llamaran feministas. Lo que yo decía entonces, y lo sigo haciendo, es: “No te gusta la palabra, no la uses. Cámbiala. No importa. Sólo haz el trabajo”.

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Para ella el trabajo implica ayudar a otros, reconocer el privilegio que uno tiene en términos de educación, tecnología y salud, y entender que estas cosas pueden desaparecer fácilmente. “En una pandemia las primeras personas en perder sus trabajos son las mujeres”, dice. “Se quedan en casa cuidando a los niños porque no hay escuela. A veces se encuentran en una situación en la que el abusador está en la casa, y no hay recursos porque todo está cerrado, y ellas van a ser las últimas en recuperarse. Las mujeres tienen que estar muy alerta, vigilantes, porque pueden perder todo”.

Allende definitivamente sabe sobre pérdidas. En 1973, su primo, el presidente Salvador Allende, fue derrocado por Pinochet en un violento golpe de estado en donde lo mataron. Ella pasó a la lista negra del gobierno y huyó con su esposo y sus dos hijos a Venezuela en donde se quedó 13 años. En 1991 sufrió todavía más cuando su hija Paula Frías cayó en coma a causa de porfiria y murió un año después a los 29 años. Allende escribió después una memoria, Paula, pero dice que después de su publicación ella “se quedó atorada. No podía escribir, no podía hacer nada. Sentía todo este vacío”.

Para distraerla de su pena, su esposo y una amiga decidieron llevarla de viaje a la India. Allí tuvieron un problema con el coche en Rajasthan. Mientras esperaban que lo arreglaran Allende se puso a hablar con las mujeres de la localidad y aunque no tenían un idioma común, se comunicaban. Cuando llegó el momento de partir, una joven mujer le dio una bolsa llena de trapos. “Ella insistió en que lo abriera y dentro había un bebé recién nacido”, recuerda. “Debía haber tenido un día de nacido, su cordón umbilical todavía no cicatrizaba”. El chofer intervino y le regresó el bebé a la mujer y se apresuró a llevar a Allende al coche. “Cuando le pregunté que por qué me quería regalar a su hijo”, me dijo, “el chofer me dijo: ‘Es una niña. ¿Quién quiere una niña?’ Y eso me hizo click en el corazón”.

Cuando regresó a casa creó la Fundación Isabel Allende. “La misión era ayudar a niñas como esa, como la bebé que no pude ayudar. Y a madres como esa que sienten que su única opción es regalar al bebé”. La fundación se enfoca en salud, educación, independencia económica y protección en contra de la violencia. Desde 2016 también ayuda a refugiados, particularmente a los que están en la frontera sur de EU. Todos las ganancias de su memoria Paula se destinaron a la fundación, que obtiene una parte de la venta de ese libro desde entonces.

Allende dice que durante años quiso escribir una novela romántica, pero nunca podía porque no creía en los personajes masculinos que creaba. “Empezaba a escribir y me daba risa y no puedes escribir eso mordiéndote la lengua”, dice. “Tienes que creer que hay vírgenes con ojos verdes y grandes pechos que atraen a un rico y atractivo CEO que está desilusionado del amor. Nunca he visto que eso suceda, así es que no lo creo”. Cuando crea un personaje masculino en sus libros con una intención romántica, dice, “lo mato como en la página 112, porque pronto me doy cuenta de que no lo soporto. Si no te gusta para tu propia vida, ¿para que se lo impones a tu protagonista?”

Cuando escribió La casa de los espíritus, no tenía un gran  plan. “No tenía un modelo a seguir, y no sabía si alguien iba a leer mi libro, ni siquiera si lo iban a publicar. Lo escribí por impulso. Con mucha inocencia”. Para entonces, su primer matrimonio se venía abajo y estaba trabajando como administradora en una escuela en Caracas. Escribía de noche, los fines de semana y durante las vacaciones. El libro empezó como una carta a su padre agonizante y terminó siendo la ficción de la vida de su familia.

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Veinticinco libros  y 40 años después, Allende ya aprendió a planear, aunque sólo un poco. “Mi plan es que si estoy viva el 8 de enero voy a empezar un nuevo libro. Aunque eso no significa que cada año empiece un libro porque tal vez no he terminado uno anterior”. Dado que estamos hablando a mediados de enero, ¿significa esto que ya está escribiendo un nuevo libro desde la semana pasada? “Sí”, asiente con la cabeza. ¿Me puede adelantar algo? “Claro que no”, se ríe. Lo que sí me dice es que no tiene una idea antes de empezar. “La mitad del trabajo es estar presente”, dice. “Te presentas y abres la mente y el corazón, y algo pasa. Lo que he aprendido en años de escribir es a ser paciente. Puedo escribir de todo menos de política y futbol. Así es que si me doy tiempo, y me relajo, sucederá. Si estoy tensa e invocando a la musa, la musa no llega.

The Guardian
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