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Entrevista

Urgen leyes porque las trabajadoras sexuales no tenemos derechos: Elena Reynaga

La secretaria ejecutiva la Red de Mujeres Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe es contundente: no hay políticas públicas que brinden atención y seguridad a este grupo vulnerable.

Foto: Kat Jayne/Pexels

Hace casi tres décadas que Elena Reynaga decidió buscar un cambio positivo para las trabajadoras sexuales. Esa decisión la expuso, su familia se desentendió de ella, fue mal vista por la sociedad y ningún hombre quería andar con ella de lado. Hoy encabeza la Red de Mujeres Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe (RedTraSex), con el objetivo de lograr algo a favor de las personas que son estigmatizadas por desarrollar este oficio.

Desde Buenos Aires, en su natal Argentina, Elena se coordina con organizaciones en 14 países de la región para hacer más visible las problemáticas que enfrentan las mujeres trabajadoras sexuales; la carencia de políticas públicas que les permitan bienestar para ellas y sus familias, protejan sus hasta ahora inexistente derechos; y las libren de la informalidad que hoy las atan a la violencia física e institucional.

“El trabajo sexual en América Latina no está penado, pero tampoco regulado, y ese vacío legal hace que nosotras trabajemos en la máxima clandestinidad”, y que las expone por igual a los abusos de la autoridad y a las extorsiones del crimen organizado.

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Su lectura es contundente: en Latinoamérica no hay leyes que las protejan, que les permitan tener un futuro y vida como la del cualquier trabajador. Admite que ha habido cambios, se han dado pasos, pero estos han costado muchos años y trabajo con las propias trabajadoras sexuales para que entiendan sus derechos y estén dispuestas a alzar la voz para exigirlos.

L-L: ¿Cuáles son temas prioritarios para el trabajo sexual en América Latina?

Una de nuestras prioridades, de la red y las organizaciones de 14 países que la componemos, es parar la violencia institucional. Hicimos una investigación en 2017 para poder denunciar ante el mundo lo que hace la policía contra nosotras y cuánto daño hace la clandestinidad. El trabajo sexual en América Latina no está penado, pero tampoco regulado, por lo tanto ese vacío legal hace que nosotras trabajemos en la máxima clandestinidad y que la policía termine chantajeando y abusando de estas mujeres.

L-L: ¿A que se refiere con esto de la clandestinidad y cómo afecta esto a las trabajadoras sexuales?

Cuando hablamos de la clandestinidad, hablamos que el trabajo sexual no está reconocido como un trabajo, y por lo tanto no hay ninguna política pública al respecto, y no tenemos ningún derecho laboral y social. No tenemos derecho a nada. Por eso es urgente una ley para reconocerlo.

Así como en América Latina dicen las leyes de los países que el trabajo sexual no está penado, pero sí el proxenitismo. ¿Pero que es esto? La ley dice: Toda persona que se beneficie de la prostitución ajena es un proxeneta”. Los dueños de los prostíbulos son proxenetas, pero cuando se hace un operativo a quien se llevan detenida, le sacan la foto, le discriminan, siempre es a la mujer, no al dueño del lugar.

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Cuando se tiene que mostrar que la policía trabaja por el orden, la moral y las buenas costumbre, esas hipocresías que se dicen, las más perjudicadas son las trabajadoras sexuales; al dueño nunca se le castiga o es juzgado por la sociedad. La clandestinidad hace que la mujer tenga que pagarle a esta gente, pero a cambio no obtiene ningún beneficio.

Pagamos impuestos, pero ese pago no se vuelven políticas para nosotras, porque vivimos en gobiernos terriblemente hipócritas, que terminan discriminando la pobreza. Les conviene más la clandestinidad porque genera negocios para algunos. Esto es como la droga, mientras se siga prohibiendo que la gente siembre una plantita de mariguana, otros sacan barcos llenos de mariguana.

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L-L: ¿Cuáles son los puntos que se ha negado a abordar la región en torno al trabajo sexual?

El tema del reconocimiento. Nosotros tenemos un abolicionismo que tiene mucho poder, que pide eliminar el trabajo sexual y castigar al que lo demanda. No estamos de acuerdo, porque cualquier persona puede hacer con su dinero lo que quiera, y ningún gobierno tiene que decirle a un ciudadano lo que puede hacer o no con su salario.

La hipocresía de los gobiernos que siguen mirando hacia otro lado, no es que no conozcan la realidad de las trabajadoras sexuales, pero siguen mirando hacia otro lado. Y también tenemos un movimiento feminista abolicionista que cada día es más fuerte y también está en los gobiernos, en las dependencias ligadas a la mujer, y tiene esta gran confusión de que debe eliminarse por la trata de personas.

Una cosa es el tráfico de personas y otra el trabajo sexual independiente, que es toda persona mayor de edad que trabaja en este oficio por voluntad propia, eso es trabajo sexual.

También vivimos en sociedades terriblemente hipócritas. No quieren hablar del trabajo sexual, y hay que abordar el tema de por qué la gente paga por sexo. La sociedad no quiere hablar de las cosas que tiene que hablar, que no es libre en su sexualidad.

Hablando es como fuimos derribando mitos, porque antes “prostituta” era sinónimo de drogadicta, madre desobligada, “robamaridos”, todo lo más miserable se le podía decir; primero soy mujer, soy mamá, soy abuela, soy tía, soy hija, no soy un monstruo. Empoderarnos y entender nuestros derechos nos permite empezar a dar la cara y denunciar nosotras mismas las aberraciones que hemos sufrido con nuestros propios gobiernos, con nuestra policía y en los centros de salud.

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L-L: ¿Cuáles son los países que tienen más adelantado este tema, y en qué sentido?

El país que reconoce el trabajo sexual como trabajo desde los 90s es Uruguay, que hizo una ley que nosotras no comulgamos porque le termina dando el poder a los dueños y es muy discriminatoria para la trabajadora sexual. Tiene que ir una vez por mes al centro de salud para que le miren la vagina, nosotras detestamos que nos obliguen, no nos negamos a ir al chequeo médico, pero no queremos que todos los meses nos miren la vagina. En todo caso que sea una revisión integral, que hagan una mamografía, me vea el corazón, me vea mi salud mental, no solamente la vagina.

L-L: ¿Y esa es la “mejor” ley que hay hasta el momento en América Latina?

No. La mejor iniciativa de ley que hubo la presentamos en Argentina, pero se trabó en la Comisión de Trabajo y perdió estado parlamentario. También hay esfuerzos en muchos países, por ejemplo, en México, hubo una propuesta el año pasado que agarraba la regulación del trabajo informal y se le hicieron algunos arreglitos y se presentó, pero obviamente la echaron para atrás.

Para hacer un proyecto de ley primero hay que llamar a las implicadas, a las protagonistas de la historia, no se puede hacer un proyecto de ley para regular algo si no se sienta a hablar con la población afectada. También las compañeras tienen que aprender cómo se hace un proyecto de ley, que a veces no se puede pedir todo, hay que saber negociar y para eso nosotras las preparamos y las empoderamos para que puedan sentarse a dialogar con las autoridades.

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L-L: ¿Cuál es la expectativa que tiene sobre una ley para el trabajo sexual y en qué país de la región cree que se dará?

Hay dos países en los que tengo fe, pero depende del movimiento. Uno es Argentina, lamentablemente nos agarró la pandemia, pero creo que es posible, tal vez no este año, pero espero que antes de que termine el gobierno actual se va a lograr el tema del reconocimiento del trabajo sexual. Tenemos que lidiar con el abolicionismo porque en Argentina y en México tenemos dos de los abolicionismos más feroces, más agresivos y violentos. El que nos dice a las mujeres que nuestro cuerpo nos pertenece y nosotras decidimos sobre él, pero parece ser que el cuerpo no es nuestro, quien quiere decidir sobre nuestra vagina es ese abolicionismo.

Estamos en una reunión, se levantan, nos insultan, nos descalifican, nos gritan, ese es el abolicionismo, no es alguien que debata. Tienen que entender que hay un movimiento de trabajadoras sexuales, hay miles de mujeres en América Latina que están reclamando una ley que reconozca el trabajo sexual como tal.

L-L: ¿En que países de la región ha notado avances?

Colombia fue el primer país latinoamericano que reconoció el derecho a las trabajadoras sexuales a formar sindicatos. Hubo un juicio que se llevó hasta la corte y ésta le dijo al gobierno “reconoce” este trabajo y por lo tanto, el gobierno le dio la personería jurídica que ya va a cumplir como 10 años. Después fue Guatemala y después Nicaragua; y hace un año y medio fue Perú. Este año ya está todo preparado para presentar en Chile, República Dominicana y Paraguay, digo preparar porque hay que tener cierta cantidad de compañeras que estén dispuestas a firmar, a dar sus documentos, para las trabajadoras sexuales ser visible no es poca cosa.

L-L: ¿Y en México ha observado avances es estos temas?

En México a mí me da mucha bronca no tener una organización fuerte. En Brasil tenemos un movimiento grandísimo y muy fuerte de trabajadoras sexuales, cosa que no pasa en México, porque por muchos años se ha hecho un trabajo asistencialista, pero no las han empoderado, por formarlas en términos políticos para que esa gente sepa los derechos que tiene, lea la constitución de su país, reclame, tenga voz, pida rendición de cuentas a su gobierno, para que no siga votando siempre por lo mismo.

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Hay gente, hay mafias en México que no le conviene que el trabajo sexual esté regulado, hemos tenido compañeras que han empezado muy bien, que la empezamos a formar y todo y venían muy bien, después se terminaron descarriando porque hay otros factores de afuera que no les interesa que el movimiento de trabajadoras sexuales, que no existe en México, sea fuerte. Imagínate, en Argentina somos una población de 40 millones, México está por encima de los 100 millones, calculo que debe haber por lo menos 3 o 4 millones de trabajadoras sexuales ¿Sabes la fuerza que tendría una organización así? ¿Las cosas que podrían lograr?

A mi no me pagan fortunas ni nada por el estilo, tuve que renunciar a muchas cosas de mi vida personal, en 27 años he tenido novios pero no he tenido pareja porque nadie quiere andar a lado mio, pero a mi no me importó, yo renuncié a todo eso.

No es tan fácil convencer a las compañeras de que si realmente queremos una ley, tenemos que trabajar todas juntas.

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