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Si los franceses desconfían de las vacunas es porque desconfían de sus políticos

Aunque es fácil exagerar el problema, los franceses parecen ser las personas más reticentes de todo el mundo a ponerse la vacuna.

"El grado de escepticismo sobre las vacunas refleja una crisis en la democracia". Olivier Veran, ministro de Solidaridad y Salud, está vacunado contra Covid en el hospital Melun, Francia. Fotografía: Luc Nobout / vía ZUMA Press / REX / Shutterstock

En la tierra de Louis Pasteur, pionero de la microbiología, la gente le saca la vuelta a la vacuna. O al menos eso es lo que indican las encuestas de la última década, lo cual deja a Francia entre los países que más dudan sobre la vacunación, junto con Bosnia-Herzegovina, Japón y Mongolia.

Francia es por mucho el único lugar afectado por la “reticencia a la vacuna”, como la describe la Organización Mundial de la Salud, OMS. El fenómeno ha ido ganando terreno en el oeste, y más ampliamente en el mundo desarrollado, por una simple y paradójica razón; gracias a los beneficios de la inmunización y de los mejores niveles del cuidado de la salud, la noción de una epidemia que ponga en peligro la vida de la gente parecía hasta ahora distante, lo que dio lugar a darse el lujo de temer a las vacunas en sí mismas.

Dicho esto, el fenómeno del escepticismo francés se merece un escrutinio más cercano.

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En gran parte, el escepticismo por las vacunas en Francia es un enigma histórico. Desde que se inventaron las primeras vacunas en 1796, algunas personas pensaban que era algo inútil o más peligroso que la enfermedad que iban a combatir. Este es el caso de Reino Unido, Alemania, Canadá y EU, entre otros. En los días de Pasteur, muchos se oponían a la vacunación, empujados por un concepto de higiene, de oposición a las pruebas en animales o por simple hostilidad hacia los avances en bacteriología. Uno de los mayores oponentes a la vacunación fue Henri Rochefort, un periodista cuya columna registraba las muertes que supuestamente causaba la vacuna de la rabia. En la academia de medicina de París, un prestigioso doctor aseveró: “¡Pasteur no cura la rabia, la extiende!”

La hostilidad en Francia se formó lentamente. La primera liga antivacunas se estableció hasta 1954, poco después de que el gobierno impusiera la vacunación intensiva de inyecciones de BCG para combatir la tuberculosis. La contraparte británica se creó casi un siglo antes. Tampoco se realizaron las manifestaciones antivacunas que se dieron en los países de habla inglesa a finales del siglo XIX. Hasta finales de la década de los 90, los franceses antivacunas sólo eran una pequeña minoría y no atraían la atención del público.

Es más, no había señales en Francia de las primeras fuentes de oposición a las vacunas. No había razones religiosas, como en los Países Bajos. No había una tradición de medicina alternativa que fomentara el regreso a lo natural, como en Alemania. No había una hostilidad política hacia un gobierno intrusivo como Italia o Serbia. La gran amenaza de las grandes farmacéuticas pudo haber movilizado grupos anticapitalistas, pero la postura en favor de la ciencia del partido comunista y la extrema izquierda prevalecía.

Dos recientes crisis políticas generaron el cambio en la opinión pública francesa. Una se debe a la postura vacilante ministerial sobre la hepatitis B. En 1994 el entonces ministro de salud recomendó fuertemente la vacunación. Pero cuando se dio el cambio de gobierno, sus sucesor suspendió la campaña lo que dio lugar a la sospecha, sin argumentos, de que la vacuna provocaba enfermedades autoinmunes como la esclerosis múltiple.  Este retroceso coincidió con el escándalo de Wakefield sobre la vacuna MMR en Reino Unido.

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En 2009 otra controversia sacudió la confianza de la gente. La OMS advirtió sobre la posible pandemia de la H1N1 o fiebre porcina y el gobierno compró grandes cantidades de la vacuna que era cara. Al final la epidemia ni se quedó y pocas personas se vacunaron: sólo el 9% al igual que en Reino Unido, en comparación con el 65% de Suecia. Los médicos generales y sus pacientes se indignaron cuando el gobierno excluyó a los médicos familiares de la campaña de vacunación. Entonces, en un intento por disipar la preocupación  por una autorización de marketing bastante precipitada, las autoridades empeoraron las cosas. Como paso de “precaución” se lanzaron dos vacunas, una que contenía un adyuvante, y otra sin él, que estaba diseñada para los niños y las mujeres embarazadas.

Ese tipo de mensajes crearon un doble nudo que dio lugar a la preocupación de la gente. Al leer entre líneas, parecía que el público tenía que confiar en los ministros y en los doctores aunque claramente el gobierno no confiaba en los médicos generales. El fiasco del H1N1, propiciado por las advertencias alarmistas de la OMS y de una enfermedad menos agresiva de lo que se pensaba, que provocó 312 muertes en Francia, explica en gran parte por qué la gente tiene sus reservas en cuanto a la política de vacunación.

La experiencia reciente combina con la fuerza política. Las dudas de Francia también reflejan la desconfianza en los legisladores más que en los servicios de salud o en general en la ciencia. Cuando se les preguntó si pensaban que las vacunas eran “seguras”, los franceses, de alguna forma expresan qué tanto confían en la gente que los anima a vacunarse, en otras palabras en los medios y en los políticos.

Desafortunadamente, los franceses en la actualidad tienen una percepción muy oscura de la “élite”. El grado de escepticismo por la vacuna refleja la crisis en la democracia que se ha gestado desde hace 30 años y que salió a la luz con las protestas de los gilets jaunes, chalecos amarillos.

Para como están las cosas, Francia va con retraso en la población vacunada en contra del Covid-19. Las razones son múltiples, pero entre ellas está la reticencia a la vacuna.  Paradójicamente, tomaron medidas de publicidad y salud dirigidas a los que no quieren vacunarse, poco menos de la mitad de la población, y pasaron por alto  a la mayoría que sí quiere vacunarse. Este es un error de juicio: la confianza en la vacuna cae cuando los ciudadanos sienten que el estado no está seguro, como pasó en Francia con la vacunación para la hepatitis B.

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No debemos olvidar que es fácil exagerar el problema. Los franceses en general aceptaron una legislación en 2018 que obligaba la vacunación de los niños en contra de 11 enfermedades. Parecen tener dudas sobre las diferentes vacunas de Covid-19, pero esta temporada la vacuna de influenza se aplicó masivamente. Yo no me preocuparía  porque el escepticismo francés afectara la guerra contra el Covid.19 pero si sigue la crisis democrática es muy probable que estas posturas prevalezcan.

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