Tour de tangópolis: un baile a través de los ritmos de Buenos Aires
Arte callejero en La Boca, uno de los barrios donde evolucionó el tango, hacia 1880. Fotografía: Bernardo Galmarini / Alamy

Escucha la selección Piazzolla 100 en Spotify de Chris Moss.

En un espacio central en Puerto Madero, el barrio más joven y menos atmosférico de Buenos Aires, hay un monumento extraño. Es una retorcida estructura abstracta, de acero, que a primera vista parece un motor de motocicleta. En realidad es un bandoneón desplegado, el instrumento diabólicamente complicado de origen alemán que produce el sonido inconfundible del tango: el suspiro lastimoso de un corazón roto. 

El compositor, director y músico que hizo al bandoneón mundialmente famoso fue Astor Piazzolla, cuyo centenario se celebrará en 2021, o al menos se recordará, por músicos, bailarines, cantantes y compositores de todo el mundo. “Sus dedos se movían sobre ese instrumento como si fueran serpientes”, dice la leyenda del jazz Gerry Mulligan. Por su parte, Piazzolla dijo que el bandoneón tiene “un sonido aterciopelado, un sonido religioso”. Él era el sumo sacerdote de esa religión. 

El 5 de marzo, el venerable Teatro Colón de Buenos Aires reabrió después de un año con un programa de dos semanas de Piazzolla. Aquí en el Reino Unido, los tributos programados, como la noche “¡Viva Piazzolla!” en la Filarmónica de Liverpool, se han pospuesto o cancelado. Sin embargo, hay eventos virtuales que honran el centenario, como presentaciones mensuales desde Boedo en Buenos Aires, ponencias y clases de baile en Filadelfia y un show gratuito de “cyber jazz” de Piazzolla desde Nottingham. 

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Brindaré por la memoria de Piazzolla con una copa de vino argentino y pondré unos cuantos discos en mi gramófono antiguo. Está bien, exageré, el tango saca a mi melancólico interno. Pero sacaré algunos viniles y CDs, no solo de Piazzolla sino de sus precursores y herederos, y pondré las canciones que cambiaron mi percepción de Buenos Aires. Como no puedo estar ahora en la ciudad, viví ahí desde 1991 a 2001 e iba una vez al año hasta 2019, dependo del tango para que me lleve ahí. 

El colaborador de Piazzolla, el poeta Horacio Ferrer, llamó a Buenos Aires una “tangópolis”. Él se refería a que, desde la banda sonora durante un viaje en taxi hasta los psicodramas de la vida diaria hasta la manera en la que la gente camina y habla, el tango dejó una marca indeleble en la ciudad y su gente. ¿Esto significa que la ciudad del tango puede verse por el visitante virtual? Bueno, sí, pero tienes que entrecerrar los ojos para penetrar más allá de la fachada de la metrópolis moderna y, sugiero, que pongas una canción o dos en tus audífonos para ayudarte a visualizar los fantasmas de la era del tango. 

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Café Tortoni, un local de tango en vivo en Buenos Aires, fundado en 1858. Fotografía: Emiliano Rodríguez / Alamy

Se suele recalcar, a veces con sensacionalismo, que el tango nació en los burdeles. Ciertamente hay canciones, como Margot de Celedonio Flores, que cumplen con esto, y había orquestas en las salas de espera de los burdeles para entretener a los clientes. Pero los expertos del tango están de acuerdo que los orígenes primales del tango están en los arrabales, los distritos de la clase trabajadora junto al río a las afueras de la creciente ciudad en los 1890. El lugar para tener una probada de esto es La Boca, la cual, lejos del centro turístico en colores pastel Caminito (nombrado así por un tango de 1926 de Juan de Diós Filiberto), retiene sus cualidades aliñadas y atrevidas. Muchos tangos se ambientan en el distrito, que como puerto era un crisol para inmigrantes europeos así como argentinos negros. Ángel Villoldo, un argentino de ascendencia africana a quien han llamado el “padre del tango”, tocaba canciones brillantes, a veces subidas de tono, en los bares de La Boca en la primera década del Siglo XX. 

El tango saltó el océano por este tiempo, disfrutó un boom en París, y después regresó a Buenos Aires. Las clases medias argentinas se enamoraron de él. Recintos como el Café Hansen y el cabaret Armenonville aparecieron en los barrios de Buenos Aires, y en 1912, el bon vivant Barón Antonio de Marchi organizó una presentación para una audiencia patricia en el Palais de Glace. Esto le dio inicio a una era de grandes orquestas con directores como Osvaldo Fresedo, Juan Carlos Cobián y Julio de Caro. Fue también la era de los grandes cafés. Los lugares emblemáticos que sobreviven como el Café Tortoni se han mantenido unidos al tango por medio de conciertos íntimos y milongas (noches de baile). Y muchos de los llamados cafés notables tienen fotografías de los grandes del tango en sus paredes. Otros están nombrados en honor a canciones o artistas. 

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El fallecido Astor Piazzolla, con su bandoneón. Fotografía: Eugene Maynard / Redferns

El tango canción (canciones de tango con letra) data de este periodo. Su principal practicante, Carlos Gardel, compuso música para las palabras de poetas liricistas como Alfredo Le Pera y Pascual Contursi. Los éxitos como Volver, Mi Buenos Aires Querido, Por Una Cabeza, son himnos nacionales alternativos para muchos porteños. Hay una estatua y arte callejero que celebra a Gardel en Abasto, donde pasó casi todos sus días cuando no estaba de gira. Su mejor monumento está sobre su tumba en el cementerio Chacarita, mientras que la necrópolis de Recoleta tiene mausoleos elegantes de mármol, Chacarita hospeda a leyendas del tango. Los fanáticos de Gardel a veces pasan para poner flores y un cigarrillo encendido entre los dedos de su estatua. Las canciones de Gardel sobre bares locales, amistad, vida de barrio, apostar y beber jugaron un papel importante para llenar de tango la ciudad, demostraron que a cualquier tema se le puede poner música, triste, vivaracha, o como sea. 

Un poco después, el tango pasó por un periodo evolutivo. Artistas carismáticos como Aníbal Troilo, otra superestrella del bandoneón, y el pianista Osvaldo Pugliese añadieron capas de complejidad musical, mientras que mujeres cantantes como la travesti Azucena Maizani, la glamorosa Ada Falcón, la desdichada Rosita Quiroga y la peronista sin pelos en la lengua Nelly Omar, que después entraron a la lista negra del gobierno militar, cambiaron las hegemonías masculinas. En Buenos Aires, hasta los nombres de las calles son sexistas, pero en los 90 cuando Puerto Madero se convirtió en el barrio 47 de la ciudad, se decidió honrar a las mujeres con nombres de calles. Maizano y Quiroga tienen sus propias calles ahora. 

Al momento de la Segunda Guerra Mundial, la era dorada del tango estaba prácticamente terminada. En 1944, Enrique Cadícamo escribió una canción sobre el Palais de Glace que serpentea con nostalgia. 

Pero Piazzolla, quien tocó en la banda de Troilo, tenía otras ideas. Él creó un “nuevo tango” que animaba los ritmos del tango con jazz y toques neoclásicos. A él no le faltaba sentimiento, su Adiós Nonino es descaradamente granizado. Pero él introdujo experimentación, armonías cromáticas, atonalidad, disonancia y un ritmo contemporáneo. Inspirado en Vivaldi él escribió un ciclo de cuatro estaciones en Buenos Aires. Él compuso una “pequeña ópera” llamada María de Buenos Aires. Él escribió obras sinfónicas, usó guitarras eléctricas y colaboró con vibrafonistas y autores famosos como Borges. Inicialmente, los conservadores que preferían su tango con medias y trajes polvosos consideraron que sus ideas eran pretenciosas y hasta traicioneras. Pero al final se los ganó y, en junio de 1983, él tuvo su propia gala en el Colón que el diario local La Nación describió como la “apoteosis de Piazzolla”. 

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Si las canciones de Gardel evocan a Buenos Aires de una manera literal, las composiciones de Piazzolla conjuran una ciudad más fantasiosa. Las obras sublimes como Milonga del Ángel, Escualo y Vuelvo al Sur contienen toques de ideas sobre la ciudad, las estatuas de ángeles en los cementerios, los bailarines en las plazas, las calles empedradas del sur, pero nunca con crudeza o torpeza. Una vez, en San Telmo, vi un trío tocando Libertango, la más famosa de las canciones de Piazzolla, gracias al cover de 1981 de Grace Jones, y la música creó una banda sonora absolutamente perfecta para el barrio como lo vemos hoy. El pasado y presente que colindan, los tangueros junto a los rockeros y metaleros, y el tango como artefacto cultural más que una experiencia real de la mayoría de la gente. 

Cuando regrese a Buenos Aires, veré una banda de tango en el Centro Cultural Torquato Tasso, tomaré paseos temáticos de tango y compraré discos en los mercados y disquerías. Le pagaré mis respetos a Piazzolla. Hay un busto de él en Recoleta y una estatua en el resort de Mar de Plata del lado del Atlántico, su lugar de nacimiento, pero el bandoneón de acero es el homenaje más adecuado. Él era un artista apasionado y argumentativo que disfrutaba hacer enfurecer al establishment y llevó por la fuerza el tango de los salones de baile a las salas de concierto. Él era un escritor sublime y un compositor de canciones, suites, conciertos y música para películas. Pero lo que más disfrutaba era estar en el escenario, al frente de un quinteto o un octeto, jalando los extremos de su bandoneón mientras su ceño se desfruncía y dejaba que los ángeles, y los demonios, cantaran. Él demostró, a través de su virtuosidad, que el humilde acordeón posee la expresividad emocional de un violín o piano. También probó que no necesitas ser un buen bailarín, o siquiera bailarín, para amar y vivir el tango. Como alguien que prefiere sus ritmos latinos sentado, le debo todo a Astor Piazzolla.

Chris Moss es un escritor de música y viajes. Él compiló las Rough Guides de Astor Piazzolla y Tango Nuevo, y escribió sobre el centenario de Piazzolla en la edición actual de la revista Songlines.