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The Guardian

La convivencia pacífica en Israel no se ha roto, siempre ha sido un mito

Nimer Sultany

Como palestino de Israel, he sido durante mucho tiempo un ciudadano de segunda clase, al que se me han negado los derechos básicos.

"En el contexto del gobierno de Israel sobre nosotros, la coexistencia es una ficción que oculta una realidad de vidas separadas y desiguales". Foto: Mati Milstein / NurPhoto / Rex / Shutterstock

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El martes, en mi ciudad natal de Tira, que se encuentra dentro de las fronteras de Israel anteriores a 1967, las tiendas estaban cerradas y las calles vacías. Se declaró una huelga general en protesta por las políticas de Israel, sean éstas la limpieza étnica en Sheikh Jarrah, el asalto a la mezquita de al-Aqsa o el ataque contra Gaza.

A medida que se incrementa el número de muertos palestinos, los observadores lamentan la ruptura de la coexistencia dentro de Israel entre ciudadanos palestinos y judíos. Sin embargo, en mi experiencia como ciudadano palestino en Israel, en primer lugar, no se puede hablar de tal coexistencia. La convivencia implica un trasfondo de igualdad, libertad y respeto mutuo. Sin embargo, en el contexto del dominio de Israel sobre nosotros, la coexistencia es una ficción que oculta una realidad de vidas separadas y desiguales.

Como la gran mayoría de los palestinos dentro de Israel, crecí en una comunidad árabe separada y fui educado en un sistema escolar árabe separado, desde el jardín de niños hasta la secundaria. Como estudiante de derecho, no pude alquilar un piso en la ciudad de Rishon LeZion debido a mis antecedentes, por lo que necesité la ayuda de un amigo judío de mi familia, quien firmó el contrato de arrendamiento en mi lugar para engañar a los prejuiciosos. Ya graduado como abogado, de joven necesité tratamiento médico después de que varios agentes de policía con cachiporras me agredieran en octubre de 2001. Los residentes de mi ciudad natal protestaron contra la confiscación de tierras, incluida la que pertenecía a mi familia. Cada vez que viajaba al extranjero para estudiar, me identificaban racialmente en el aeropuerto.

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Siempre me ha parecido desconcertante que tantos argumenten que el problema radica simplemente en la ocupación israelí de Cisjordania y Gaza desde 1967. Pero los hechos son visibles para todos los que quieran verlos. El sistema político y legal de Israel es desigual desde su fundación. Claramente omite el principio formal de igualdad de la declaración de derechos; permite a cientos de comunidades judías excluir a los no judíos de su residencia; su ley constitucional declara que los asentamientos de colonos judíos son un valor supremo para el Estado; y sus líderes afirman repetidamente que Israel no es un Estado de todos sus ciudadanos porque es un Estado judío. Los tribunales de Israel son parte del problema ya que sancionaron la colonización de nuestras tierras y nuestra subordinación general, nuestra exclusión de los derechos básicos.

Tira solía ser una ciudad agrícola. Tras décadas de confiscación, demolición de viviendas, encarcelamiento y discriminación en la educación, el empleo y el bienestar mi ciudad, como prácticamente todas las ciudades palestinas de Israel, se convirtió en un gueto con escuelas deficientes y altos índices de pobreza y delincuencia. Casi el 50% de las familias palestinas en Israel viven por debajo del umbral de la pobreza, y aunque constituimos, en 2009, alrededor del 20% de la población, representamos el 50% de la población encarcelada. Tira se convirtió en un centro para el crimen organizado en el que la guerra de pandillas y las cuotas de protección son muy frecuentes. Las consignas del Estado de derecho en Israel suenan huecas para quienes viven en medio de la inseguridad constante y la anarquía.

Un informe reciente de Human Rights Watch destaca, con razón, las políticas de “judaización” del Negev y Galilea como parte de un sistema de apartheid. Pero esta política también es evidente en otras partes del país, incluidas las llamadas ciudades mixtas que ahora son escenario de disturbios. “Mixto” es otra frase que oculta la realidad de los muros de hormigón que separan los barrios palestinos y judíos en Lod y Ramala. No hay convivencia cuando la judaización de estas ciudades mixtas y la expulsión de ciudadanos palestinos se invoca habitualmente en las elecciones municipales. Con la ayuda de la Administración de Tierras de Israel, los colonos de Cisjordania y los fanáticos religiosos establecieron un asentamiento solo para judíos en Lod. La constante amenaza de demolición de viviendas en los barrios palestinos de Lod y la aldea no reconocida de Dahmash cerca de Lod, tampoco son ejemplos de coexistencia.

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La minoría palestina ha experimentado este tipo de políticas durante décadas y ha protestado contra ellas todo ese tiempo. Estas protestas a menudo se enfrentan con una violencia policial mortal, sin responsabilidad por las irregularidades de la policía. En los últimos días, la gente de mi ciudad ha estado compartiendo videos de arrestos policiales de hombres jóvenes y de brutalidad policial no provocada, prácticas que recuerdan la actividad policial en Jerusalén Este. Benjamín Netanyahu aseguró públicamente a la policía que no se preocupara por las investigaciones y las comisiones de investigación. La incitación ha provocado ataques de colonos armados y grupos organizados de ultraderecha en Lod y otros lugares. La consigna de “muerte a los árabes” de estos grupos es conocida para los ciudadanos palestinos en los estadios de futbol de todo el país.

El desplazamiento forzado, la confiscación de tierras, un estatus jurídico inferior y el encarcelamiento son realidades compartidas por todos los palestinos, ya sea “dentro” de Israel o en los territorios ocupados. Es simplemente erróneo afirmar que se ha roto una convivencia preexistente. Los palestinos dentro de Israel protestan contra las políticas israelíes en Sheikh Jarrah y el bombardeo del campo de prisioneros de refugiados densamente poblado que es Gaza porque ven la unidad y la continuidad en el sistema colonial de opresión sobre todos los palestinos. Nuestra protesta reclama la unidad de una lucha anticolonial por la igualdad y la libertad.

Nimer Sultany es conferencista de derecho público en la Universidad Soas de Londres.

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