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The Guardian

Cómo China pasó de celebrar la diversidad étnica a reprimirla

Thomas S. Mullaney

La brutal represión en Xinjiang representa una faceta del enfoque original del partido comunista con las diferencias culturales

"A principios de la década de 1950 ... el PCCh se comprometió a reconocer oficialmente a más pueblos minoritarios que cualquier otro régimen chino en la historia" Un póster de 1952 de Mao Tse Tung. Foto: Alamy

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La detención masiva de musulmanes uigur en China (la más grande de un grupo étnico desde la Segunda Guerra Mundial) no es el resultado inevitable o predecible de las políticas comunistas chinas para las minorías étnicas. He pasado los últimos 20 años estudiando la etnicidad en China y, cuando se observa la presente situación en Xinjiang a través del prisma de la historia, una cosa queda clara: se “supone” que esto no debería suceder. 

A principios de 1950, el Partido Comunista Chino (PCC) se aferraba a la victoria con las uñas. La economía de la posguerra estaba hecha añícos, y el surgimiento de la Guerra de Corea trajo una hegemonía nuclear a sus puertas, en la forma de Estados Unidos. No es el momento que la mayoría de los régimenes eligiría para alargar sus listas de pendientes. Pero el PCC sí lo hizo, al comprometerse a reconocer oficialmente a más minorías que cualquier otros régimen chino en la historia. Mientras que los nacionalistas de Chiang Kai-shek aceptaron a regañadientes la existencia oficial de cinco grupos entre 1930 y 1940, los comunistas reconocieron a 55 (además de los han, que son mayoría), muchos de ellos con menos de 10,000 miembros. 

Se dedicó una cantidad sorprendente de tiempo y capital a celebrar e impulsar a estos grupos. Tal vez la encuesta social más grande en la historia de la humanidad envió a miles de investigadores a comunidades minoritarias, llenando bibliotecas con sus reportajes. Los linguistas crearon sistemas de escritura para las minorías que no los tenían. La escala de la inversión de la Republica Popular China a los grupos designados como “minorías” ha sido paralizante. 

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Esta es la ironía: los comunistas chinos no creen que la “identidad étnica” existe de verdad, o no a largo plazo. Con raíces en el marxismo-leninismo, el partido mantiene (o eso hacía) que la clase es la única dimensión fundamental de la identidad humana. Otras identidades colectivas como nacionalidad, religión y etnicidad son de larga duración, pero al final son simples ficciones efímeras, construidas por aquellos en la cima de la pirámide económica para distraer a los pobres de la búsqueda de camaradería con otros proletarios. 

¿Por qué el partido invertiría en algo que no cree que exista? Para neutralizarlo. 

Mientras que otros países usan la negación como táctica para combatir las amenazas percibidas de diversidad étnica interna, insistir en la singularidad e indivisibilidad de una nación al reconocer tan pocas minorías como sea posible, o incluso ninguna, la estrategia de los comunistas chinos es lo opuesto: reconocer tantas diversidades étnicas hasta que se vuelvan irrelevantes. Guiarlas hacia la extinción. 

Al  aceptar tantas identidades étnicas, el objetivo es anticiparse a las amenazas de nacionalismo local; asegurar que las nacionalidades minoritarias del país jamás aspiren a la autodeterminación nacional o a ser naciones estado. Después de todo, si el estado reconoce y celebra a los grupos minoritariso, ¿qué razón legítima podría usarse para desprenderse y formar una entidad política propia?

Se suponía que tenía que desenvolverse un lento proceso de desintegración, menor que un caldero hirviente y más similar a cocer en fuego lento. Las identidades que en alguna ocasión tuvieron suficiente importancia como para declarar la independencia en su nombre, o incluso morir por ellas, tuvieron que perder importancia para la vida diaria. El objetivo, tñecnicamente, no era asimilacionista. Dentro de cien años (incluso 200 o 500) aún tendría que haber tibetanos, uigures, miaos, etcétera. Pero estos títulos no deben importar, fuera de algunas ocasiones festivas. 

El plan ha sido increíblemente efectivo. Para algunos grupos minoritarios, como los manchú y zhuang, no es raro que los individuos no hablen otro idioma aparte de un mandarín perfecto, Mientras tanto, las provincias de Yunnan, Guangxi y Guizhou (sitios donde alguna vez sucedió la violencia étnica más sangrienta en la historia universal) se transformaron en tierras “coloridas” y “armoniosas” de culturas diversas listas para dar la bienvenida a turistas buscando autenticidad. 

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Hay que dejar claro que este plan no es benigno o pacífico. La ocupación del Tibet en 1951, la supresión de la rebelión Amdo de 1958, y muchos otros episodios demuestran la extensión sanguinaria hasta la que el Estado ha llegado y llegará para mantener el control. La violencia étnica era frecuente durante la Revolución Cultural en 1966, mientras que los fanáticos maoistas vandalizaron mezquitas, dinamitaron templos tibetanos, y atacaron a quienes vestían con prendas étnicas, vestigios de la “vieja China” que buscaban destruir. 

Sin embargo, tan violentos como fueron estos momentos, fueron breves y episóidicos. Cada vez, el estado retomó la estrategia previa de celebración y neutralización. 

¿Qué sucedió? ¿Cómo la detención masiva, la destrucción sistemática de mezquitas, y el encarcelamiento tras las primeras muestras de religiosidad musulmana se convirtieron en políticas de estado en Xinjiang? Hay tres razones principales: la desigualdad creciente, las fuerzas desatadas con el experimento de China con el capitalismo, y el crecimiento de los chivos expiatorios étnicos, impulsados por el resentimiento rampante de los han. 

El juego etnopolítico del Partido Comunista siempre ha dependido de la reducciñon del golfo entre ricos y pobres, no en su expansión. Dentro de la mayoría de los chinos han, así como varios aspectos básicos del “sueño chino” salen del alcance (pues incluso los graduados de universidades prestigiosas viven en departamentos hacinados en las afueras de ciudades donde no les alcanza para vivir, por ejemplo), también crecen el resentimiento y la intolerancia. No es poco común encontrar personas señalando, en línea, las políticas de acción afirmativa y la celebración de las minorías. Aunque el partido lleva mucho tiempo vigilando el nacionalismo han (o “chauvinismo” como le dicen), la simple escala del malestar han está más allá de los planes de Beijing. 

Mientras tanto, cuando las regiones minoritarias continúan rezagandose al respecto de las provincias han costeras, y cuando los trabajos lucrativos locales se destinan a migrantes internos han, un pequeño subgrupo suele encontrar su camino de regreso a los siempre presentes, desestabilizantes, potenciales de la identidad étnica: separatismo, autodeterminación étnica, transnacionalismo y otras cosas que le quitan el sueño a los miembtros del partido. Incluso para quienes no tienen ambiciones separatistas (por mucho, la mayoría de las minorías) las fuerzas capitalistas han transformado la identidad étnica en una forma de comodidad: un producto que, en algunos locales, es un única “coshecha de efectivo”. El capitalismo hizo que la identidad étnica fuera más volatil, pero también más resistente a la desintegración esperada por el gobierno. 

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Este es el combustible, acumulado durante muchos años de sequía, que inició el incendio forestal en el Siglo XXI. El 11 de septiembre de 2009, las protestas que se convirtieron en disturbios en Ürümqi, Xinjiang, y el ataque a la estación ferroviaria de Kunming 2014: estos eventos proporcionaron la justificación para la represión brutal de Beijing contra los uigures musulmanes en nombre de su “guerra del Pueblo contra el terrorismo”. Dispararon un debilitamiento, o tal vez un abandono, de las políticas étnicas que le sirvieron al partido durante medio siglo, y en las que invirtieron una fortuna para construir. 

¿Las cosas se tranquilizaran como antes? Es dudoso. El rostro del PCC en la etnopolítica parce fundirse con otras fuerzas poderosas. La apuesta de billones de dólares en infraenstrucutra en China (la Iniciativa de la Franja y la Ruta) se dirige en línea recta a través del noroeste, donde se encuentra Xinjiang. Los migrantes climáticos necesitarán muchos lugares a donde ir cuando el agua marina comience a llenar el multitudinario delta del Río de las Perlas, entre otras regiones. Mientras tanto, el enfoque de “un país, dos sistemas” de Hong Kong está muerto de facto, y la RPC parece terriblemente cerca de contemplar la invasión militar de Taiwán. Si el partido abandona el modelo de las “56 nacionalidades de China”, tan solo se añadiría una política añeja a una lista que de por sí ya es drástica. 

Entonces, de nuevo, la situación de Xinjiang “supuestamente” no tenía que suceder. Probablemente augura el final de las políticas de diversidad étnica en China. ¿Qué las puede reemplazar? Los prospectos son muy oscuros.

-Thomas S Mullaney es profesor de historia china en Stanford.

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