Las acusaciones de Harry no se limitan únicamente a una pelea real a golpes, sino que muestran los peligros reales del poder hereditario
El príncipe Harry y el príncipe Guillermo en el servicio del Día del Recuerdo en Londres, noviembre de 2019. Foto: James Veysey/Rex/Shutterstock

Cuando mi hermana pequeña era muy pequeña, una vez la empujé por las escaleras. Afortunadamente, aún era lo suficientemente pequeña como para rebotar. Pero fue el principio, no el final, de las peleas. Nos pellizcábamos y abofeteábamos en la parte trasera del auto en largos e interminables viajes, por una fracción de pulgada de invasión en el espacio para recargar los codos de la otra.

Nos peleábamos por los juguetes y los juegos y por quién se llevaba la mayor parte del budín; después, por la ropa y los chicos y por quién era más popular en la escuela (está bien, era ella). Nos peleábamos como se pelean todos los hermanos y ni siquiera puedo recordar ahora de qué se trataban la mayoría de las peleas, pero en el fondo probablemente se trataba de lo mismo que la mayoría de las peleas entre hermanos, es decir, sobre quién era más querida. Por suerte, en nuestra familia nunca fue obvio quién era la favorita, lo cual puede ayudar a explicar por qué actualmente nos queremos hasta morir; por qué cuanto más grandes nos hacemos, más unidas estamos, a través de los años de crianza de nuestros propios hijos y ahora en los años de cuidar a nuestros padres. Pero como dije, tuvimos suerte.

El príncipe Guillermo y el príncipe Harry no la tuvieron tanto, lo cual puede explicar por qué –según el nuevo libro de este último, Spare: En la sombra, un título sombríamente revelador como pocos– hace tres años los hermanos llegaron a pelearse incluso cuando ya eran hombres adultos.

La pelea aparentemente tenía que ver con la esposa de Harry, Meghan, y él escribe airadamente sobre su hermano mayor llamándola “difícil”, “grosera” y “desagradable”, repitiendo los rumores que comenzaban a circular sobre ella en algunas partes de la prensa. Sin embargo, la situación parece haber escalado violentamente después de que Harry acusara a Guillermo de actuar como un heredero: el elegido, en torno al cual parece girar todo lo demás. No hay hermano vivo que no reconozca, en cierto nivel, ese sentimiento. Pero el giro en este caso es que el resentimiento está inexorablemente incrustado en una monarquía hereditaria desde su nacimiento. Su fuerza, pero también su debilidad, reside en que ejerce el poder a través de una familia, con todas las emociones primordiales y potencialmente destructivas que ello conlleva.

Les gusten, los detesten o simplemente deseen no volver a saber nunca más de ellos, los duques de Sussex han suscitado en las últimas semanas cuestiones de genuino e incómodo interés público. Han supuesto un importante reflejo para el país al explorar la reacción, pública y privada, que suscita un matrimonio real mestizo. También han aportado algunas verdades incómodas sobre la larga y en ocasiones sucia relación entre la realeza y los medios de comunicación, en la que se permite a regañadientes cierta intromisión a cambio de que la nación mantenga a la familia en el estilo privilegiado al que se ha acostumbrado. Sin embargo, este libro lleva al príncipe a un terreno más turbio, en el que el lavado de la ropa sucia en público ya no está obviamente vinculado a la consecución de cambios, y en el que lo político deja paso a lo intensamente personal.

Los detalles de la supuesta pelea de los hermanos en una casa de campo del palacio son al mismo tiempo casi ridículamente banales (¡me empujó al recipiente del perro!) y desgarradoramente tristes. Eran tan jóvenes cuando perdieron a su madre, pero al menos aún se tenían el uno al otro, y ahora parece que ni siquiera tienen eso. Es evidente que Harry sigue deseando reconciliarse –en los avances de otras entrevistas promocionales que serán transmitidas este fin de semana, habla de que quiere recuperar a su padre y a su hermano–, pero cada revelación sin duda hace que eso sea menos probable. La tragedia del joven príncipe es que cuanto más lucha por lo que parece querer, que es ser tan importante para su familia como lo es su hermano mayor, más se aleja de su alcance.

En efecto, Guillermo no sale bien parado de todo esto, y desde su infancia la función de Harry en términos dinásticos brutales ha sido absorber las críticas que de otro modo podrían recaer sobre su hermano mayor. El objetivo de la monarquía es su propia supervivencia, lo que significa que su instinto generalmente es proteger al heredero a toda costa, mientras que el repuesto –el hermano menor– inevitablemente se vuelve más prescindible. Harry nació como el suplente, el plan B, e incluso entonces solo hasta que su hermano tuviera hijos. A diferencia de siglos pasados, oponerse a este orden de cosas casi feudal no va a hacer que lo encierren en la Torre, sin embargo, se trata de una relación entre hermanos forjada en los confines de una familia que todavía considera razonable hacerse reverencias los unos a los otros. Si hay una lección que se pueda extraer de toda esta miseria, además de la totalmente obvia de que existe algo profundamente nocivo en el poder hereditario, podría decirse que es una lección para los padres. Lamentablemente, no solo los niños que nacen en medio de un inmenso privilegio pueden sentirse como si fueran repuestos.

La siempre sabia psicóloga Dorothy Rowe escribió en una ocasión que las relaciones entre hermanos consistían en última instancia en “ser validado o invalidado como persona”, ya que en ellas aprendemos nuestras primeras lecciones permanentes sobre la rivalidad y el resentimiento, la victoria y la vergüenza, el amor y el odio. Ya son bastante intensas cuando lo único por lo que te peleas es por quién le robó las medias a quién, por no hablar de las vastas reservas de poder que encarna una corona. Lo que los hermanos anhelan por encima de todo es la justicia, o quizás más precisamente, la sensación de que el otro no lleva demasiada ventaja en la eterna y aterradora guerra por la atención de los padres. Para un niño, sentirse el menos querido es algo catastrófico, y las cicatrices son profundas. Por el bien de los repuestos de todo el mundo, espero que Harry encuentre la paz que tan evidentemente busca.

Gaby Hinsliff es columnista de The Guardian.