‘Su futuro podría quedar destruido’: la lucha mundial por la educación después del cierre por Covid-19
Annie Sabino, de 16 años, intenta hacer sus tareas de la escuela mientras trabaja en el puesto de comida de su familia en Filipinas en enero. Foto: Eloisa López/Reuters

Filipinas – La salud mental de los niños se ve afectada debido a que las escuelas permanecen cerradas

Han pasado 18 meses desde que los niños en Filipinas pisaron por última vez un salón de clases. El país, que ha tenido algunas de las restricciones de Covid-19 más estrictas del mundo para los niños, es uno de los cinco países en todo el mundo que no han reabierto las escuelas desde que comenzó la crisis de Covid-19, de acuerdo con Unicef.

Las familias están exhaustas por las medidas. Dorina Monsanto, quien vive en un ajetreado barrio en Cogeo, un pueblo a las afueras de Manila, tiene seis hijos, de los cuales cuatro van a la escuela.

Los niños tienen dificultades para acceder a las clases en línea. Al principio, el jefe de Monsanto le dio un teléfono, que compartían sus hijas Giselle Marie, de 15 años, y Julianna, de 12 años. Se turnaban para ver las clases, pero las discusiones estallaban cuando, inevitablemente, las dos necesitaban conectarse al mismo tiempo. Su modesta casa, que comparten ocho familiares, incluido un niño ruidoso de dos años, no es un buen lugar para estudiar.

Desde entonces, el teléfono no funciona y las chicas tienen que utilizar el celular de Monsanto. Si ella tiene que salir a trabajar, no tienen forma para acceder a las clases. Incluso cuando está en casa, la conexión de datos es deficiente, ya que todo el pueblo intenta utilizar el internet.

A Monsanto le preocupa que Giselle Marie, cuyas calificaciones bajaron, se haya desanimado en los últimos 18 meses. “Están perdiendo las ganas de aprender. Aunque quieran estudiar, si no son capaces de entender lo que estudian, no sirve de nada. Necesitan un profesor. Yo no puedo ayudarlas porque no aprendí lo que ellas están aprendiendo ahora”, explica.

Los defensores de la infancia en Filipinas advierten que el cierre prolongado de las escuelas ha creado una crisis no solo en la educación, sino también en la salud mental, el bienestar y la seguridad de los niños.

Al menos 1.1 millones de alumnos no se inscribieron en la escuela el pasado año académico, después de que la pandemia llegara y se implementara la enseñanza a distancia. Las organizaciones benéficas señalan que aquellos que quedan excluidos del sistema educativo corren un mayor riesgo de contraer matrimonio infantil y de sufrir otras formas de abuso. El año pasado, el Departamento de Justicia de Filipinas informó que las denuncias de explotación sexual infantil en internet aumentaron un 264% durante los primeros meses del confinamiento.

“Sin una intervención seria y activa, muchos de estos niños (que abandonan sus estudios) nunca retomarán la educación“, señaló Rowena Legaspi, directora ejecutiva del Centro de Derechos Legales y Desarrollo de la Infancia. “Esto supondrá una pérdida importante tanto a nivel individual para ellos y sus familias, así como a nivel social”.

Además del cierre de las escuelas, los niños en Manila y algunas otras provincias también han vivido con duras restricciones que, hasta el mes de julio, les prohibían incluso la entrada a parques y zonas de juegos. Ahora los casos en la región de la capital han comenzado a aumentar de nuevo, provocados por la variante Delta, y se han restablecido las medidas de confinamiento más estrictas.

La policía y los barangay tanods (vigilantes de los pueblos) han hecho cumplir las normas con dureza y, según los activistas, detienen a los niños que se encuentran afuera de sus casas y en ocasiones les imponen castigos humillantes o brutales. Los niños que no tienen hogar, o que no tienen otra opción más que salir a buscar trabajo, son especialmente vulnerables.

Incluso para los niños que han permanecido en casa, el impacto en su salud mental ha sido inmenso. “Imagínate que durante un año y medio has estado confinado en casa”, comentó Shiena Base, de Educo Philippines, una organización de derechos de los niños.

Base comentó que el gobierno debería reabrir las escuelas en las zonas de bajo riesgo en los entornos rurales, donde los niños suelen tener aún menos medios para estudiar en línea.

El gobierno está preparando un programa piloto, en el que participarán alrededor de 120 escuelas en zonas donde se registran pocos casos, para ensayar la reanudación de las clases presenciales.

Las organizaciones benéficas para la infancia temen que la crisis actual pueda repercutir en las generaciones futuras. “No pude terminar mis estudios. Deseo que mis hijos tengan un futuro mejor“, comentó Monsanto.

India – Los estudiantes más pobres se enfrentan a la brecha en el aprendizaje digital

Sonali Kate, de 12 años, dedicó todo su tercer grado a aprender a cocinar y limpiar para su familia, que vive en el barrio pobre Nargis Dutt Nagar en Bandra, en los suburbios en Mumbai. Se levantaba a las 7 de la mañana, barría su casa de 19 metros cuadrados y se ponía en cuclillas en el estrecho callejón para lavar los platos de la comida de la noche anterior mientras sus hermanos jugaban críquet con otros chicos.

En Maharashtra, donde se encuentra Mumbai, el gobierno estatal retrasó la reapertura de las escuelas este periodo por temor a una tercera ola de casos de Covid-19. Sonali tomará clases en línea con un nuevo teléfono inteligente que le proporcionó una organización benéfica local. Pero se siente nerviosa de regresar a la escuela. “Todo es desconocido”, comenta sobre su material de estudio. “Mi trabajo está incompleto en historia, geografía, matemáticas… en todas las materias. Los otros en clase van muy adelantados”.

Desde 2017, el gobierno de Maharashtra administra puntos de acceso WiFi gratuitos en toda la ciudad, pero las personas que viven en el asentamiento de Sonali no han podido acceder a este ni al WiFi gratuito que se ofrece en las estaciones de tren.

Una encuesta, realizada en agosto de 2020 y que contó con la participación de aproximadamente 250 mil alumnos de mil 100 escuelas municipales que imparten clases a niños que viven en los barrios pobres en Mumbai, reveló que uno de cada tres no asistía a las clases en línea. Entre los encuestados, el 76% no tenía un teléfono inteligente y el 43% no podía acceder a una conexión de internet.

En otros lugares de India, las escuelas están reabriendo con cautela, pero al igual que en Mumbai, decenas de miles de alumnos de comunidades pobres o marginadas se enfrentan a una enorme brecha de aprendizaje después de meses de ausencia o de escaso acceso al internet y a los dispositivos.

El informe anual sobre la situación de la educación (Aser) 2020, publicado en febrero por la organización benéfica Pratham, reveló que la enseñanza digital “no es impresionante” en India. Solo el 62% de los hogares encuestados disponían de teléfonos inteligentes. Los datos de Aser confirmaron que los alumnos más pobres de India serían los más afectados por el cierre prolongado de las escuelas, como consecuencia de las desventajas de aprendizaje más generales, pero también por la pérdida de la nutrición a través de la comida de mediodía gratuita financiada por el Estado en todas las escuelas que no son privadas.

Las escuelas que se encuentran en al menos cinco estados de India, incluida la capital, Delhi, han retomado las clases presenciales con medidas de seguridad que incluyen recesos escalonados para el almuerzo, asistencia opcional y límite de aforo en las aulas.

Sin embargo, no todos los alumnos regresarán a la escuela en estas zonas. En la capital, solo los grados de 9 a 12 pueden elegir asistir. Tamil Nadu, un gran estado del sur, aplica un modelo similar.

En el barrio pobre de Nargis Dutt Nagar, el vecino de Sonali, Almana Shaikh, de 14 años, es el único niño de su hogar que sigue en la escuela, después de que sus dos hermanos la dejaron. “Comprar paquetes de datos (para teléfonos) es difícil”, dice la alumna de 10º grado. Su padre, que se ganaba la vida conduciendo un auto-rickshaw, se ha quedado en casa sumido en una adicción a las drogas. Sus hermanos son aprendices sin sueldo en un garaje, y el sueldo de su madre como trabajadora doméstica apenas alcanza para pagar lo esencial. “En ocasiones falté a clase durante semanas seguidas, aunque recibí un teléfono de una organización de voluntarios”, cuenta Almana.

Los resultados de aprendizaje del año académico digital tampoco son claros: ni Almana ni Sonali recibieron el informe de fin de curso ni sus calificaciones, a pesar de que realizaron exámenes y les dijeron que habían pasado al siguiente grado.

Zimbabue – Los padres tienen dificultades para pagar el aumento de las cuotas escolares

Bajo el sofocante calor de septiembre, un grupo de niños disputa un balón de plástico en una polvorienta calle de Mbare, uno de los municipios más antiguos de Zimbabue

Tanaka Maunganidze, de nueve años, esquiva a sus oponentes en dirección a una portería improvisada. Cuando mete un gol, sus amigos estallan de alegría.

Con una camiseta negra y un pants gris, Tanaka es la estrella del equipo y deslumbra a los transeúntes que observan el juego de los niños.

Esta es su rutina diaria desde que cerraron las escuelas de nuevo en marzo de este año, cuando Zimbabue entró en la tercera ola letal de contagios de Covid-19. Desde el comienzo de la pandemia, las escuelas han estado cerradas durante 12 meses en total.

De acuerdo con Unicef, el coronavirus afecta el aprendizaje de 4.6 millones de niños en Zimbabue.

Para Tanaka y sus amigos, jugar futbol los ha mantenido lejos de los problemas en este barrio de la capital, Harare, dominado por la droga y la delincuencia.

A pocos pasos del partido, Virginia Chitakunya, de 42 años, vendedora de ropa, seca los zapatos de sus hijos mientras se prepara para la reapertura de las escuelas.

El gobierno les dio a los padres menos de una semana para prepararse para la reapertura y el aumento de las cuotas escolares significa que muchos no podrán permitirse enviar a sus hijos de vuelta.

“Nunca estuve lista para la reapertura de las escuelas y mis ahorros no son suficientes para pagar las cuotas de mis tres hijos que van a la escuela. Tendré que ir y suplicarle al director de la escuela que me deje idear un plan para pagar”, comenta Chitakunya.

En un buen día, esta madre de cinco hijos gana 10 dólares, que no son suficientes para mantener a la familia, y mucho menos para pagar las cuotas escolares.

“El dinero nunca será suficiente para nosotros aquí; solo tengo que asegurarme de que mis hijos regresen a la escuela. Necesito desesperadamente que regresen porque quedarse en casa destruirá su futuro. Aumentaron las cuotas, pero tengo que arreglármelas para pasar este curso”, explica.

Aunque la mayoría de los padres de Mbare no logren que sus hijos regresen a la escuela este curso, creen que la reapertura de las clases salvará a sus hijos del consumo de drogas endémico en este municipio asolado por la pobreza.

Además de la pobreza, el consumo de drogas, como la metanfetamina, representa un peligro para las familias y eleva la frecuencia de las enfermedades mentales en el país.

Debido al cierre prolongado de las escuelas, miles de adolescentes más han quedado embarazadas y otras se han casado prematuramente, informa el gobierno.

Kelvin, el hijo de Chitakunya, de nueve años, comenta que ansía el comienzo de la escuela el 6 de septiembre. Aunque le encanta el futbol, como a los niños que juegan en la calle, Kelvin se ha apegado a sus libros.

“Mi madre no podía pagar clases particulares, así que leía mis libros en casa. Quiero ser abogado, así que tendré que trabajar muy duro para conseguirlo“, comenta con una sonrisa. Mientras los padres luchan por pagar una educación decente para sus hijos, los profesores también exigen un aumento de sueldo antes de regresar al trabajo.

“Los alumnos están a punto de perder su derecho a la educación porque el gobierno no está dispuesto a pagarle a los profesores un salario digno. Estos alumnos no pueden permitirse el lujo de pagar las cuotas o incluso que el gobierno intervenga y elimine las cuotas escolares, ya que los ingresos de los padres se han visto reducidos por la inflación”, señala Obert Masaraure, presidente del sindicato Amalgamated Rural Teachers Union.

Aunque los que pudieron pagarlo recurrieron a clases particulares durante los cierres, el aprendizaje a distancia se vio perjudicado por el aumento de los precios del internet. Muchos niños, como los de Mbare, estarán muy rezagados en comparación con sus compañeros cuando reabran las escuelas.

Para ayudar a los niños a ponerse al corriente, el gobierno amplió el curso un mes. Pero para lograr que Tanaka y su amigo salgan del campo de futbol y entren a clase, sus padres tienen que enfrentarse a la dificultad del pago de las cuotas escolares.

Burkina Faso – Las clases por radio permiten continuar con el aprendizaje

Mariam, una niña de 14 años que vive en la región del Centro Norte de Burkina Faso, disfrutaba ir a la escuela antes de que el Covid-19 azotara al país africano occidental la primavera pasada. Su escuela cerró y ella se preguntó qué sería de su educación. Esta niña, que forma parte del creciente número de niños desplazados internamente en Burkina Faso, vivía entre las personas más vulnerables y pobres del semiárido Sahel. Sin embargo, finalmente pudo retomar su aprendizaje a través de la radio y de un programa de educación a distancia que el gobierno de Uagadugú planea ampliar para más niños en todo el país.

“Fueron muy buenos porque nos permitieron mantener nuestro nivel de estudio”, comenta Mariam. Su materia favorita son las matemáticas. Ahora que el país se prepara para reabrir el mayor número posible de escuelas a partir del 1 de octubre, espera que las clases por radio le hayan proporcionado suficientes conocimientos básicos para facilitar su regreso al salón de clases. “Gracias a este programa, creemos que podremos regresar a la escuela en octubre”, comenta. Su profesor, Armand, señala que las clases por radio ayudaron a evitar que niños como ella, muchos de los cuales huyeron de la violencia yihadista, abandonaran por completo su educación. “Fue una buena oportunidad”, comenta. “Gracias a este programa, los niños desplazados pudieron aprender algo (durante los cierres)“.

Las clases transmitidas por radio ya se impartían en Burkina Faso antes del año pasado: el país tiene una larga historia de aprendizaje por audio que se remonta a la “radio rural” de los años 70, cuando los agricultores aprendían sobre los últimos métodos agrícolas a través de las ondas.

Pero este programa se amplió considerablemente desde la pandemia y ahora forma parte del plan de 11 millones de libras del Ministerio de Educación para garantizar una mayor “continuidad educativa”. La medida fue muy bien recibida, no solo por la continua ansiedad que provoca el Covid-19, sino porque el país sigue enfrentándose a los violentos ataques que cierran las escuelas desde hace seis años.

Dabla Touré, especialista en educación de Unicef, que apoya al ministerio en la implementación de las clases, comentó que era fundamental que continuaran. “Es evidente que para algunos (el nuevo ciclo escolar) significará una oportunidad para regresar a los salones de clase. Por otro lado, existe un gran número de alumnos que están… por el momento fuera de la escuela y que probablemente se quedarán así. Y al ver cómo se desarrolla la situación de seguridad en esas regiones (del país), este número podría aumentar en esas partes, como en otras“.

Incluso antes de la pandemia, algunas zonas de Burkina Faso tenían dificultades para mantener a los niños en los salones de clase, ya que los grupos armados realizaban un ataque tras otro contra las escuelas, los alumnos y los maestros. En enero y febrero de 2020, más de 330 mil alumnos se quedaron sin clases, de acuerdo con el Ministerio de Educación. La situación no ha mejorado mucho desde entonces. A finales de mayo, 2 mil 244 escuelas seguían cerradas, afectando a más de 300 mil alumnos y casi 12 mil 500 profesores.

En este contexto de agitación, las clases por radio resultan “imprescindibles”, señala Issoufou Ouedraogo. Es un especialista en educación que trabaja para Save the Children, que fue enviado en comisión de servicio al Ministerio de Educación de Burkina Faso para aconsejarlo sobre cómo mantener el aprendizaje de los niños.

La educación a distancia no puede sustituir a la enseñanza presencial, comenta. “En cambio, podemos utilizarla como una alternativa en lugares donde no es posible la educación (presencial), tal como lo hicimos durante el Covid-19“, señala. “Por ejemplo, tenemos algunas zonas que están bajo el control de grupos armados. En estas zonas, se cerraron las escuelas y los profesores fueron reubicados. Muchos estudiantes se encuentran ahí sin ningún tipo de educación”.

Ouedraogo reconoce los defectos del programa: muchas de las familias más pobres, sobre todo entre los 1.3 millones de desplazados de Burkina Faso, no tienen radio. En la turbulenta región del Sahel, donde se encuentra el mayor número de escuelas cerradas del país, los equipos comunitarios respaldados por Save the Children han distribuido radios y han asesorado a las familias sobre cómo aprovechar al máximo las clases.

Sin embargo, tanto Ouedraogo como Touré coinciden en que, aunque no es lo ideal, las clases son mejor que nada: una forma de mantener el “hábito de aprender” hasta que una escuela pueda, quizás, reabrir sus puertas. Sin duda, esa ha sido la experiencia de Mariam y Armand. Pero ahora sus ojos miran al futuro. “Mi esperanza para el nuevo año escolar es que los niños puedan regresar a la escuela como antes“, comenta Armand.

*Se han modificado los nombres para proteger las identidades.