Los artistas favoritos de Hitler: ¿por qué las estatuas nazis siguen en pie en Alemania?
Miembro del partido nazi… una escultura de Adolf Wamper de 1953. Foto: © DHM Fotograf Thomas Bruns, 2020

Una fotografía de 1940 muestra a tres nazis conquistadores en París con la Torre Eiffel como telón de fondo. A los pocos años, uno de estos hombres, Adolfo Hitler, murió por su propia mano; otro, Albert Speer, escribió sus memorias en la prisión de Spandau, después de haber evitado la condena de muerte en los juicios de Núremberg. Pero el tercero, Arno Breker, estaba vivo y libre, haciendo esculturas en la nueva Alemania Occidental que, en su grandilocuencia e iconografía, recordaban a las que realizó durante el Tercer Reich.

Albert Speer (izquierda) y Arno Breker (derecha) con Adolfo Hitler en 1940. Foto: Roger-Viollet/Rex Features

Breker tipificó la tesis de una nueva y destacada exposición en Berlín, en la que los artistas y escultores favoritos de Hitler sobrevivieron al Tercer Reich y llenaron los espacios públicos de la nueva República Federal de Alemania con obras de arte apenas diferentes de las que realizaron entre 1933 y 1945.

En 1957, por ejemplo, Breker recibió el encargo de realizar la escultura instalada en el exterior del Wilhelm-Dörpfeld-Gymnasium, una escuela en Wuppertal. El resultado fue una figura de bronce más grande que la figura real de Palas Atenea, la diosa griega de la guerra y la sabiduría, con casco y preparada para lanzar su lanza. “La iconografía es exactamente la misma que la de la época nazi”, comenta el curador de la exposición, Wolfgang Brauneis.

Los líderes del Tercer Reich habían enaltecido a Breker. En 1944, apareció en una lista de 378 aristas “Gottbegnadeten” o “divinamente dotados” a los que Hitler y el jefe de la propaganda nazi, Joseph Goebbels, eximieron del servicio militar. En 1936, Hitler nombró a Breker escultor oficial del Estado, proporcionándole un amplio estudio y 43 ayudantes. Se le encargó la creación de dos esculturas de atletas para los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín. Otras tres esculturas, El partido, El ejército y Los caballos, se expusieron de forma destacada en la entrada de la Nueva Cancillería del Reich de Speer en Berlín.

Desde 1937 hasta 1944, Breker fue uno de los cientos de artistas alemanes cuyas obras se expusieron en la Große Deutsche Kunstausstellung en Múnich, una exposición diseñada para mostrar lo que los nacionalsocialistas consideraban el tipo de arte correcto. Gran parte de las obras elogiaron el sacrificio alemán en la Primera Guerra Mundial o las esculturas heroicas neoclásicas, como el Prometeo de Breker.

Goebbels yuxtapuso este supuesto gran arte con su opuesto. Ordenó otra exposición del llamado Entartete Kunst (arte degenerado) en el Instituto de Arqueología de Múnich. Reunió 650 pinturas, esculturas y grabados de 112 artistas, principalmente alemanes y con frecuencia judíos, como Georg Grosz, Emile Nolde, Otto Dix, Franz Marc y Paul Klee.

‘Palas Atenea’ de Arno Breker, 1957. Foto: Thomas Bruns/© DHMFotograf Thomas Bruns, 2020

Después de la guerra se podría haber pensado que el estatus de Breker como creador de imágenes para los nazis lo habría convertido en persona non grata en la nueva república alemana. Por el contrario, se benefició de una antigua red de nazis: su Palas Atenea en Wuppertal fue posible gracias a la intervención del arquitecto Friedrich Hetzelt, también “divinamente dotado”.

A pesar de que fue despedido como profesor de artes visuales en Berlín después de que lo nombraron simpatizante de los nazis en 1948, Breker siguió prosperando profesionalmente, diseñando esculturas para el ayuntamiento de Dusseldorf. También creó bustos de líderes políticos, entre ellos Konrad Adenauer, el primer canciller de la República Federal. Es cierto que cuando el Centro Pompidou en París organizó en 1981 una retrospectiva dedicada a Breker, se produjeron protestas de activistas antinazis. Sin embargo, cuatro años más tarde, su reputación póstuma se vio reforzada cuando el castillo de Nörvenich se convirtió en un Museo Arno Breker que todavía se puede visitar.

El caso de Breker no es inusual. La exposición del Deutsches Historiches Museum incluye más de 300 obras de arte, tapices, murales, esculturas, creadas por artistas nazis o simpatizantes después de 1945. Entre ellas se encuentra la obra de Hermann Kaspar, a quien Speer encargó el diseño de mosaicos, frescos, suelos, frisos e incrustaciones de madera para la Nueva Cancillería del Reich. Lo que más le gustó a Hitler fue la incrustación del enorme escritorio en el estudio del Führer que, según recordó Speer en sus memorias, representaba la máscara de Marte, dios de la guerra, detrás de la cual se cruzaba una espada con una lanza. “Bueno, bueno”, supuestamente le comentó Hitler a Speer. “Cuando los diplomáticos sentados frente a mí en esta mesa lo vean, aprenderán a tener miedo”.

Después de la guerra, Kaspar recibió un gran número de encargos estatales, entre ellos el tapiz del escudo de armas nacional en la sala del Senado del parlamento bávaro. Sin embargo, lo más sorprendente es que Kaspar terminó las obras que comenzó bajo el Tercer Reich. Inició su monumental mosaico mural para la sala de congresos del Deutsches Museum en Múnich en 1935, y lo terminó en 1955.

El éxito de Kaspar en la posguerra confirma un comentario que realizó el gran filósofo judío alemán Max Horkheimer cuando regresó del exilio estadounidense a la Universidad de Fráncfort a finales de la década de 1940. “Ayer asistí a una reunión de la facultad y la encontré exageradamente amistosa como para hacerte vomitar”, escribió. “Todas estas personas se sientan ahí como lo hacían antes del Tercer Reich. Como si nada hubiera pasado… están representando una Sonata Fantasma que deja a Strindberg de pie“.

Decoración del escritorio de Hitler… una pintura en el techo de 1965 realizada por el artista encargado por los nazis Hermann Kaspar. Foto: DHM, Fotograf Eric Tschrnow, 2020

Brauneis concuerda con esta valoración: “En Alemania Occidental y Austria, si no es que en Alemania Oriental, muchos de los artistas más exitosos fueron nazis“. La sonata fantasma continuó como si el Holocausto no hubiera ocurrido. La exposición de Brauneis pretende hacer visible un capítulo olvidado en la historia de Alemania.

La versión oficial, después de todo, es que la Alemania Occidental no fue un refugio para los nazis y que después de 1945 surgió una nueva estética radical. De hecho, una exposición paralela en el museo cuenta la historia de Documenta, la muestra de arte contemporáneo que se realiza en Kassel cada cinco años. Cuando el presidente federal Theodor Heuss inauguró la primera Documenta en 1955, los artistas que prosperaron en la época nazi no tuvieron permitido exponer sus obras ahí, ya que se les consideró inadecuados para la imagen modernista y antinazi de la joven república.

Brauneis argumenta que la historia oculta que él revela debilita esa imagen halagadora. “La verdad es que estos artistas ‘divinamente dotados’ tenían estrechos vínculos con el programa político-cultural de la República Federal“.

Pensemos en Willy Meller. Creó esculturas para el estadio olímpico de Berlín y otras para el centro de vacaciones nazi de Prora. Después de la guerra, Meller prosperó profesionalmente, al crear esculturas para el servicio postal alemán y un águila federal para el Palacio Schaumburg en Bonn, que entonces era la residencia oficial del Canciller Federal. Meller incluso esculpió una obra titulada La mujer de luto para la sala memorial de Oberhausen en honor a las víctimas del nacionalsocialismo, que se inauguró en 1962. “Cuando se desveló La mujer de luto“, cuenta Brauneis, “nadie pareció darse cuenta de que le habían encargado a un artista ‘divinamente dotado’ una escultura para un centro consagrado a registrar los crímenes nazis“.

En la lista de Gottbegnadeten de los nazis… Richard Scheibe en su trabajo en Berlín, 1955. Foto: Museo Georg Kolbe, Foto Fritz Eschen

De hecho, Brauneis señala que cuando la prensa o los críticos de arte objetaban las obras de arte encargadas públicamente en Alemania Occidental, sus quejas rara vez estaban relacionadas con las credenciales nazis de los artistas. Más bien, lo que unió a críticos, prensa y público por igual fue la hostilidad hacia el arte moderno en la esfera pública.

Es como si la sombría dialéctica establecida por Goebbels en Múnich en 1937, por un lado, el arte alemán heroico y neoclásico sancionado por los nazis y, por el otro, el arte moderno creado por judíos y extranjeros “degenerados” que con frecuencia quemaban los funcionarios nazis, todavía estuviera desarrollándose en las primeras décadas de la existencia de Alemania Occidental.

Finalmente surgieron las voces disidentes. Pero lo que es particularmente sorprendente es la cantidad de obras de posguerra de estos artistas nazis que sobreviven, apenas percibidas, en los espacios públicos en Alemania. Raphael Gross, presidente del Deutsches Historisches Museum, recuerda que cuando vivió en Frankfurt pasaba todos los días por delante de una escultura cuando se dirigía al trabajo en el parque Rothschild de la ciudad. “Hasta hace poco, no sabía que la habían encargado durante el Tercer Reich y la habían instalado después de la guerra”.

El parque, que lleva el nombre de la familia Rothschild, la cual compró la propiedad en 1837, pasó a manos de los nazis y su palacio quedó destruido en un bombardeo de la RAF en 1944. En la actualidad, el parque alberga una estatua llamada Der Ring der Statuen, que representa siete figuras alegóricas desnudas, obra de Georg Kolbe, encargada en 1941 pero que no se erigió hasta 1954.

Es extraño que un parque que solo después de la guerra volvió a tener el nombre judío que los nazis le habían quitado pueda exhibir en la actualidad una escultura de uno de los artistas favoritos de Hitler. En 1939, Kolbe creó un busto que retrata al dictador español Francisco Franco, el cual recibió Hitler como regalo de cumpleaños. Kolbe, para ser justos, fue uno de los pocos artistas del Tercer Reich que expuso sus obras tanto en la muestra de arte degenerado de Múnich como en la Große Deutsche Kunstausstellung, sancionada por los nazis, al otro lado de la ciudad.

¿Cuál debería ser el destino de estas esculturas, tapices y murales realizados por nazis y simpatizantes? ¿Deben ser destruidos, retirados de la vista del público o simplemente contextualizados con etiquetas útiles? Sugiero a Gross y Brauneis que no debería descartarse la primera opción. Después de todo, existe una rica historia de destrucción de arte público. En 2003, un levantador de pesas dio un martillazo a la estatua gigante de Saddam Hussein en Bagdad. Durante el denominado Leninfall en 2014, se derribaron algunas de las 5,500 estatuas de Lenin en Ucrania. Cuando se arrojó el año pasado la estatua del comerciante de esclavos Edward Colston al muelle de Bristol, el historiador David Olusoga escribió en The Guardian: “(E)sto no fue un ataque a la historia. Esto es historia. Es uno de esos raros momentos históricos cuya llegada significa que las cosas no pueden volver a ser como antes”.

Gross y Brauneis creen que la cuestión resulta menos clara en el caso de Alemania. “Debemos estudiar caso por caso”, comenta Gross. “No puede existir una regla general”. Brauneis argumenta que en algunos casos basta con notas explicativas. “En ocasiones, en lugar de destruir el pasado tenemos que aprender sobre él y después convivir con él aunque sea incómodo”.

Divinamente dotados. Los artistas favorecidos por el nacionalsocialismo en la República Federal se exhibe en el Deutsches Historisches Museum en Berlín hasta el 5 de diciembre.