La Generación X bebe mucho y de forma arriesgada, ¿habrá algo que logre persuadirnos para detenernos?
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Mi primer trabajo en el periodismo fue editar una revista gratuita llamada Rasp. En 1995, organizamos un concurso para conseguir un suministro de un año de Two Dogs lemon brew, el alcopop australiano. Two Dogs intentó enviarnos 365 botellas, y yo negocié hasta mil, indignada porque una botella al día podía constituir un “suministro”. Es la única vez que me puse exigente. Nadie se presentó al concurso porque no teníamos lectores, ni tampoco personal. Los dos, el diseñador y yo, nos bebimos todo el lote en el lapso de dos meses. Un goteo constante de 4.5% de alcohol, todo el día. Si alguien preguntaba, había un equipo mucho más grande en el piso de arriba que dirigía TNT, un periódico gratuito para australianos expatriados, decíamos que era una tradición británica, que se remontaba a la época medieval, cuando los trabajadores bebían cerveza tipo ale debido al suministro de agua contaminada. “Pero la cerveza medieval tipo ale tendría más bien un 0.5%”, habrían protestado, si no fuera porque ellos también se emborrachaban constantemente, y a la hora de comer todos íbamos al bar, 60 personas en fila india marchando por la calle, como en una excursión de guardería sin pies ni cabeza.

Así que el cliché del periodista borracho resulta ser cierto, pero a principios de los 90 también lo fue para los profesores. Dave Lawrence, de 56 años, coautor de Scarred for Life, del que hablaremos en breve, recuerda su formación como profesor: “Había un bar al otro lado de la calle y, a la hora de comer, todos los profesores se dirigían hacía ahí, y toda la tarde apestaban a alcohol”. No era algo exclusivo de un sector, sino de la generación X. Colin Angus, investigador principal del grupo Sheffield Alcohol Research Group, tiene 39 años. No pertenece a la generación X, que suele definirse como aquellos nacidos entre 1965 y 1980. Pero en su carrera preacadémica en el sector de la venta al por mayor de productos eléctricos, “todo el mundo hablaba siempre de los buenos tiempos de los largos almuerzos con alcohol”.

Llené esa revista con payasadas sobre la bebida: las reseñas musicales, los vox pops, los artículos. Básicamente, todo giraba en torno a la bebida, excepto una vez que hice algo sobre cuál era el anticonceptivo más fiable para las personas que rara vez estaban sobrias (spoiler: no es la minipíldora). En la contraportada, le di a mi padre una columna llamada The Old Imbiber, y aunque no atrajimos a los lectores que buscábamos, algunos australianos expatriados sí leían Rasp, y cada vez que entraba en un bar con personal australiano, lo reconocían, y lo invitaban detrás de la barra a posar con la boca bajo una dispensadora de cerveza. Le hacía muchas cosquillas.

Eso fue solo una anécdota para ti: en la generación X, nunca nos pareció que bebiéramos más que nuestros padres, porque ellos bebían muchísimo, y estaban relativamente libres de tabúes secundarios, como el de conducir bajo los efectos del alcohol. En cuanto a los datos concretos, “hay un gráfico que muestra la proporción de cada generación que bebe cinco o más noches a la semana”, comenta Bobby Duffy, profesor de política pública y director de Policy Institute en el King’s College de Londres, además el autor de Generations: Does When You’re Born Shape Who You Are?. “Un tercio de la generación previa a la guerra bebía cinco noches a la semana. Es el 0.2% de la generación Z (los nacidos entre 1995 y 2012 aproximadamente)”. Es uno de los efectos de grupo más fuertes que puede nombrar: “Es casi religioso”. Pero dentro de esa trayectoria descendente tan constante, surgen complicaciones. Beber cinco veces a la semana no constituye necesariamente un consumo perjudicial. “En términos de consumo de riesgo, existe un gráfico muy sólido de la Office for National Statistics, un aumento que atraviesa el rango de edad que más o menos sigue a la generación X”.

Por su parte, Angus tiene cuidado a la hora de señalar los límites de su propia investigación: “La Secretaría de Hacienda de Reino Unido sabe exactamente la cantidad de alcohol que se vende, así que se puede obtener fácilmente una cantidad per cápita de litros de alcohol puro al año. Sabemos que el consumo alcanzó su punto máximo en 2004, pero si se quiere saber quiénes consumieron más alcohol, es más difícil, porque a secretaría no le importa”. Los investigadores se basan en las cifras autodeclaradas, que tienden a excluir a los bebedores empedernidos, a los que no les interesan sus encuestas, pero también restan importancia al consumo de alcohol de todo el mundo, ya que preguntan por una semana “típica”, y la mayoría de la gente no recuerda sus borracheras y piensa: “Sí, eso es absolutamente clásico en mí”. “Si sumamos lo que todo el mundo dice que bebe, obtenemos el 60% de la cantidad de alcohol que sabemos que se vende“, concluye Angus, “y eso está bastante bien; hay otros países en los que es más bien el 30%”.

Así que el aumento constante hasta ese pico de 2004 plantea la pregunta: ¿cada generación bebía más, o nos encontrábamos ante un grupo de bebedores empedernidos? Una característica que se ha pasado por alto es que se debió principalmente a los consumidores de vino, que en 1950 eran tan escasos que eran básicamente raros, y 50 años más tarde eran, unidad por unidad, iguales a los consumidores de cerveza. En un periodo más corto, 30 años, la proporción entre bares y hogares se invirtió; a principios de los 70, el 70% del consumo se efectuaba en los bares, y a principios de los 00, el 70% se efectuaba en casa. “No es falso”, dice Angus con cautela, “decir que los hombres tienden a beber cerveza en los bares y las mujeres a beber vino en casa”. Por tanto, el aumento del consumo de alcohol parece centrarse en las mujeres de la generación X. Pero, dejando de lado el género, ¿por qué ese aumento de la generación X en primer lugar?

Muchos de nosotros recordaremos los años 90 por la liberalización, reglamentaria y comercial, del alcohol. Los supermercados se embarcaron en agresivas reducciones de precios, los productores de vino siguen contemplando a los gigantes británicos de las tiendas de comestibles con una combinación de desprecio y miedo, al tiempo que crecía el mercado de la bebida en el hogar, mientras que, más adelante en la década, se levantaron los límites de los horarios de apertura de los bares. Hubo mucho “pesimismo en los círculos de la política del alcohol”, recuerda Angus, “cuando Tony Blair dijo: ‘Voy a relajar las leyes de concesión de licencias y mágicamente vamos a conseguir una cultura europea de consumo de alcohol en los cafés‘. Nunca adquiriríamos la cultura de la bebida de otro país”.

En realidad, casi nadie aprovechó la posibilidad de beber las 24 horas del día que permitió el New Labour. Sin embargo, todo parecía muy fácil: que te sirvieran sin importar tu edad, tomar una copa a cualquier hora, todo tan barato como las papas fritas. Sin embargo, la mayor parte de esto también es cierto ahora (en Inglaterra, al menos; Escocia en 2018 y Gales en 2020 se embarcaron en la fijación de precios mínimos), y los patrones de consumo de los millennials son muy diferentes.

Para entender la cultura, hay que remontarse a los años 70 y 80, los años de formación de la generación X. Dave Lawrence y Stephen Brotherstone son autores de Scarred for Life (el tercer volumen saldrá pronto). En teoría, cabría esperar que este compendio de los temas televisivos y mediáticos de la época sería muy nostálgico y cariñoso. Pero eso es porque no recuerdas esa época. La aplastante sensación de declive económico fue una constante en la televisión: Brotherstone destaca el documental Tees Street Isn’t Working, realizado en 1985, sobre una calle en Birkenhead en la que ni una sola persona tenía trabajo, excepto el tipo que trabajaba en el Jobcentre.

Lawrence recuerda entre risas su propia experiencia de búsqueda de empleo a mediados de los 80: “Recibí una carta en la que me decían: ‘Tuvimos tantas solicitudes para este trabajo que tuvimos que hacer un sorteo para enviar los formularios. Lamentablemente, usted no tuvo suerte'”. El recuerdo popular de los 80 es el neón y el Bucks Fizz, pero su realidad era la sensación de que nada ni nadie volvería a funcionar, a la espera del fin del mundo. Y no olvidemos la amenaza nuclear, que no solo impregnó la cultura popular, como argumento en todo, desde Judge Dredd hasta Only Fools and Horses, sino la educación general. “Tuvimos una clase de geografía en la que aprendimos el daño que se produciría si una bomba cayera en el centro de Liverpool”, cuenta Lawrence. “Todos sabíamos en qué círculo concéntrico estaríamos”. Brotherstone recuerda haber tenido su primer ataque de pánico en relación con la guerra nuclear a los 13 años.

Solía pensar que esto era solo cosa mía y de otras personas cuyas madres eran muy de Greenham. Pero éramos todos, y entonces nuestro despertar sexual se cruzó con la crisis del SIDA, que se presentaba como una muerte negra que los sexualmente activos bien se merecían. Llegamos a la edad de beber, entonces, con un comprensible grado de nihilismo que se trasladó a los despreocupados años 90. Una generación que había abandonado la esperanza se despreocupó aparentemente al azar; la búsqueda del olvido se encontró con una época en la que todo estaba bien y nada importaba (¿recuerdan la post-ironía?), y se produjo una gran cantidad de caos.

Entra la tercera ola del feminismo: mi postura fue contundente al respecto, y lo sigue siendo. Un punto crítico de la emancipación fue que no éramos las liberadoras de las mujeres de la caricatura, combatiendo la lucha por otras, las mujeres oprimidas, estábamos luchando por nosotras mismas, por el derecho a ser infractoras, a ser ingobernables. Chrissie Giles, editora de salud mundial de la Agencia de Periodismo de Investigación y presentadora del podcast Smoke Screen, compara el entorno en el que crecimos, ella tiene 41 años, yo 48, con “el movimiento por la templanza en Estados Unidos”. La mujer buena era aquella que no bebía y que era el contrapunto del hombre, que sí bebía. Una mujer que bebía en exceso estaba loca, era mala, estaba triste. ¿Qué le pasaba?“.

Deshacerse de eso fue realmente fundamental para reivindicar un destino, uno en el que no fueras la conductora designada de tu hombre legítimamente borracho, del mismo modo en que tampoco eras la encargada del sexo, tenías tus propios deseos sexuales, que a veces también eran incontrolables; uno en el que no solo existías para controlar los excesos de los hombres o ser presa de ellos. Fue un punto álgido en la división entre el feminismo libertino y el que se rige por las normas, que se produjo al mismo tiempo, no creo que por casualidad, que la exuberante cultura de las “marimachas” encarnada por Sara Cox y Zoë Ball.

“‘Marimacha'”, comenta Giles, “no es una abreviación de ‘señorita’. Es un alargamiento de ‘macho'”. Si había que elegir entre la actuación masculina y la contención femenina, muchas de nosotras elegíamos la actuación. En aquella época existía un pánico moral en torno a la embriaguez femenina: hubo una famosa foto de una chica desmayada en una banca, recuerda Angus. “Se le conoce afectuosamente entre los círculos de investigación sobre el alcohol como Bench Girl. Se utilizó para ilustrar historias sobre el consumo de alcohol durante unos 15 años”, explica. “Desde el punto de vista de los daños causados por el alcohol, ese nunca fue el problema. El problema era que la gente de mediana edad consumía tranquilamente demasiado en casa“.

Al mismo tiempo, esta emancipación se convirtió en una oportunidad de publicidad: los bares, que solían ser espacios sagrados, masculinos, con ventanas vaporizadas y alfombras quemadas, donde se miraba a las mujeres, se convirtieron en lugares adaptados a las mujeres, con sofás y grandes ventanas. Todos salían ganando; los All Bar Ones y los Fox and Firkins no ahuyentaban a los hombres, ya que les gustaba estar en lugares donde había mujeres. ¿Quién lo diría? En la publicidad se produjo un cambio sincopado; Carol Emslie, directora de consumo de sustancias en la Universidad de Glasgow Caledonian, lo describe como un “paso de la sexualización de las mujeres para vender alcohol a los hombres, a la asociación del alcohol con la sofisticación, el empoderamiento y la amistad femenina” (Emslie dirige una campaña en las redes sociales #dontpinkmydrink. Después de que ella lo menciona, me doy cuenta de que esto está en todas partes: ginebra rosa, prosecco rosa, incluso las bebidas que no son rosas están envasadas en rosa).

Si la emancipación a través del alcohol es algo real, también lo es la solidaridad femenina: Giles hace un sutil y dulce comentario. Todas hemos estado en los baños de algún club y alguien nos pregunta “¿estás bien? ¿Tienes a alguien contigo?”. Esa sensación de que te cuidan. No sé cómo es eso para los hombres”.

Hay otro factor: lo odioso de la comparación. O, para decirlo de forma más sencilla, la generación X nunca fue tan extrema, es solo que los millennials, o la generación sensata, nos están haciendo quedar mal. En general, beben menos y son más propensos a renunciar a la bebida. La generación Z bebe aún menos, aunque podría decirse que hay que darles una oportunidad: los mayores de ellos tienen poco más de 20 años y los más jóvenes solo 13. A nivel internacional, las diferencias son menos marcadas porque los picos fueron más antiguos: en Francia e Italia, el consumo de alcohol llegó a su punto máximo en los años 60, en España, en los 70, y en varios países se alcanzó el máximo en los 80. Era bastante inusual alcanzar un pico a principios de los años 00.

El por qué las generaciones posteriores han dejado de beber es una pregunta para otro día, aunque Melissa Oldham, de 30 años, investigadora de la UCL que trabaja en la investigación sobre el alcohol y el tabaco, nos dará el puntapié inicial: “Una de las explicaciones es que se ha producido un cambio de actitud, que podría ser en parte una reacción a las anteriores generaciones de bebedores empedernidos“. Hay hipótesis que giran en torno a la economía y la costumbre: los años como estudiante no son tan despreocupados cuando estás bastante endeudado, por lo que es posible que la gente no adquiera el hábito de las borracheras, que posteriormente no adoptarán en la edad adulta. Otro aspecto que señala Oldham es que “La gente es muy cínica: dicen que los millennials simplemente se drogan o fuman hierba. Pero no es así: hemos observado un descenso en el consumo de todas las drogas“.


Ya sea que estuviéramos marcados por el thatcherismo, impulsados por la emancipación, curtidos por nuestros hábitos, o todas estas cosas y más, no hay duda de que los bebedores empedernidos de la generación X están ahora sumamente fuera de moda y cada vez más alejados de ella. Pero, ¿cambiará esto realmente nuestro comportamiento? El impacto de las redes sociales, TikTok e Instagram, en particular, son paraísos de la vida limpia, repletos de modelos de conducta moderados y eslóganes que hacen proselitismo de la sobriedad, es más complicado que observar y hacer. Incluso si no fuera por las cámaras de eco (mis feeds, por ejemplo, no presentan mucha depuración física, ya que estoy principalmente en Twitter, con el resto de mi generación), aconseja Oldham, “los resultados de las redes sociales están tan mezclados que no se puede decir mucho de ellos”.

Emslie, que señala que “el aumento del precio del alcohol en Escocia redujo el número de muertes”, confía en que la reducción de la publicidad también tiene un efecto, y que un enfoque triple funcionaría. La acción del gobierno, de organizaciones como la asociación escocesa de fútbol femenino, que no acepta propaganda de las empresas de alcohol, y de campañas de base como la de los Soberistas, podría llevarnos a un lugar donde nos cuestionemos si “realmente queremos asociar el alcohol a todos los aspectos de nuestras vidas“.

Pero, aunque los argumentos contra el consumo de riesgo son fuertes y frecuentes, no estoy segura de que, a nuestra gran edad, sea posible que los impactos de los incentivos desnormalicen el consumo social regular y entusiasta.

Las modas cambian. ¿Pero podemos hacerlo nosotros?