Jon Needham: el hombre que atravesó el infierno cuando era niño y que ahora lucha por todas las víctimas de violación
El agente Jon Needham: 'Sentí que el sistema de justicia no tenía ninguna empatía. No se centra en las personas'. Foto: Sarah Lee/The Guardian

Jon Needham tiene la apariencia de un policía. Alto, ancho e imponente, trabaja en una unidad de gestión de delincuentes frecuentes, donde se ocupa de delincuentes graves y organizados. Por eso, cuando habla, sorprende su amabilidad. “Me incorporé a la policía porque me apasionaba ayudar a la gente”, comenta. “Suena como un cliché decir que quieres marcar una verdadera diferencia, pero lo digo de verdad“.

Needham recibe una remuneración por trabajar con los “nominales”, es decir, con las personas que figuran en la base de datos de la policía (“Así los llama la policía, yo los llamo personas”, dice). Sin embargo, también está transformando la forma en que sus colegas tratan a las víctimas de violaciones y agresiones sexuales.

Hasta que tuvo 45 años pudo contar la historia de los abusos que sufrió cuando fue un niño en una familia de acogida. En 2019 detalló ante un grupo de 70 agentes de su propio cuerpo de policía, el City of London, cómo lo trató el sistema de justicia penal después de acudir a los tribunales. “Quería que los agentes de policía vieran cómo es desde la voz del superviviente. Después de lo que viví, pensé, bueno, si puedo usar eso para ayudar a la gente de forma positiva, sería genial”.

La cifra de personas condenadas por violación está en un mínimo histórico –solo el 1.6% de las 52 mil 210 violaciones registradas por la policía en Inglaterra y Gales en 2020 resultaron en una acusación o una citación– y la confianza en el sistema de justicia penal se encuentra en su punto más bajo, por lo que la labor nunca ha sido más urgente.

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Jon Needham de alrededor de seis años, antes de ser asignado a una familia de acogida. Foto: Cortesía de Jon-Jay Needham

En junio, un informe del gobierno sobre el impresionante descenso de los juicios por violación, los cuales descendieron en un 70% desde 2016-17, llevó a los ministros a disculparse abiertamente con los sobrevivientes de violaciones, diciendo que se sentían “profundamente avergonzados” por el hecho de que el gobierno les hubiera fallado a miles de sobrevivientes. Los nuevos planes prometieron alejar el foco de las investigaciones policiales de la credibilidad de las víctimas, que han sido sometidas a “cacheos digitales exhaustivos”. Esto incluye la confiscación de sus celulares y el uso de mensajes de texto no relacionados con el caso en los tribunales, así como el uso de las notas de orientación y terapia para socavar los casos. En su lugar, el informe afirma que se centrará en el agresor.

El informe constituye un avance, comenta Needham, pero no esperará a que el sistema cambie por sí mismo. Las historias de los supervivientes, como él, tienen que ser parte de la solución.

Needham tenía siete años cuando lo acogieron, después de que su padre fue encarcelado por un delito del que todavía no es capaz de hablar.

“Fue horrible”, cuenta. “Simplemente destruyó a nuestra familia. Mi primer recuerdo es que tocaron la puerta y dos policías parados ahí. Entraron, al minuto siguiente mi padre estaba esposado, y después desapareció durante años. Las víctimas de la delincuencia no solo son las personas que han sido maltratadas o robadas o heridas, son sus familias, y las familias del delincuente: familiares inocentes que tienen que pasar por la tortura de ir a la cárcel a visitarlos”.

Su madre, con cinco hijos y sin dinero, se enfermó mentalmente de forma grave, por lo que le quitaron a los niños y los pusieron en el sistema de acogida.

Sus cuidadores de acogida eran bastante mayores, pero parecían buenas personas. “No son de mi agrado, pero ya sabes, no son tu familia, así que no es una experiencia agradable”, recuerda. Su cuarto era pequeño, con una ventana de guillotina.

Pero había otro cuarto en la parte delantera de la casa, y fue ahí donde Needham cuenta que un chico mucho mayor lo violó, casi todas las semanas, durante aproximadamente un año.

Al hablar sobre los abusos como adulto, Needham se muestra tranquilo y práctico. En aquel entonces, no tenía a nadie a quien contárselo, pensaba que no le creerían, y el chico mayor lo amenazó de forma aterradora sobre lo que le ocurriría si se lo contaba a alguien.

Los abusos duraron un año, hasta que su padre salió de la cárcel y Needham se fue a vivir con él. “Teníamos colchones, una tostadora, una tetera y una lavadora y eso fue todo lo que tuvimos durante un año, pero para mí era fantástico. Pensé ‘esto es mejor que la casa de acogida’, fue como una aventura: teníamos un jardín trasero”.

Aprendió por sí mismo a tocar la guitarra y fue a la escuela de música, pero dejó sus estudios y tocó en bandas. A lo largo de sus 20 años trabajó en diversos empleos, desde el mantenimiento de propiedades hasta el comercio minorista, pero nunca se ciñó a una sola opción. “Pasé muchos años en una situación sin rumbo fijo”, dice. “No creía que pudiera hacer nada ni que valiera la pena”.

Cuando un amigo le sugirió que sería un buen policía, al principio pensó que era imposible: era disléxico y no tenía ninguna preparación. Pero después de solicitarlo, y fracasar varias veces, consiguió entrar a la policía en 2009. “Se sintió increíble, casi como una validación, aunque sabía que el entrenamiento sería difícil”, comenta. “Pero sufrí mucho el síndrome del impostor, e incluso ahora tengo una sensación de preocupación y me pregunto si es real”.

Recientemente obtuvo un premio de reconocimiento como comandante por tratar con graves delincuentes frecuentes, después de haber recibido un premio de reconocimiento como comisario en 2018 por su profesionalismo y valentía al tratar con un delincuente violento. “Sí me hace sentir que por fin pertenezco y merezco estar aquí. Lo estoy entendiendo”, dice.

Needham no reveló lo que le ocurrió cuando era niño cuando entró a la policía –aún no se lo había contado a nadie–, pero, tras ingresar a la policía, aumentó el sentimiento de que tenía la responsabilidad de denunciar a su abusador. “Me sentí culpable de no denunciarlo durante años”, cuenta. “Pensé: ‘Este tipo debe haberlo hecho de nuevo‘”. Así que descolgó el teléfono.

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Jon Needham comenta sobre su ingreso a la policía: ‘Sufrí mucho el síndrome del impostor, e incluso ahora tengo una sensación de preocupación y me pregunto si es real’. Foto: Sarah Lee/The Guardian

Dos agentes fueron a su casa. “Realizaron una declaración en video –fue la primera vez que conté la historia por completo– y olvidaron apretar el botón de grabación. No es una crítica a los agentes, pero ahora lo menciono en mis conferencias a los agentes, asegúrense de conocer el equipo y de saber que está funcionando”. Añade que, para los supervivientes, tener que revivir continuamente su trauma no hace más que agravar el daño. “Cuando decides denunciarlo, de alguna manera te preparas mentalmente, se produce un efecto de adrenalina. Si bajas de esa montaña rusa y después tienes que volver a subirte, te traerá recuerdos y puedes sufrir TEPT”.

El agente encargado de la investigación del caso llamó a Needham en varias ocasiones para preguntarle si estaba seguro de querer ir a juicio. “Parecía que intentaba convencerme de que no lo hiciera”, comenta. “Estoy seguro de que no era el caso, pero así lo sentí. Así que le dije: ‘Sí, estoy decidido’. ¿Por qué lo iba a denunciar si no pensaba llevarlo a cabo?”.

Cuando llegó el día de su comparecencia ante el tribunal, Needham volvió a ver a su agresor por primera vez desde que salió de la casa de acogida. Se negó a usar una pantalla o a declarar por videoconferencia. “Le dije al agente: ‘Quiero ver al tipo a los ojos. Pase lo que pase, me sentaré ahí y lo miraré y le diré al jurado lo que me hizo'”.

Needham llevaba ya varios años trabajando en la policía y estaba acostumbrado a los fuertes interrogatorios, aunque el abogado de la defensa le pareció especialmente agresivo. “Sentí que me estaban juzgando”, comenta.

“Constantemente intentan hacer que te equivoques en cada cosa. Me preguntó por las casas de acogida de la zona y si había visitado alguna de ellas, intentando confundirme deliberadamente. El abogado fue muy arrogante, muy intimidante. Recuerdo que estaba parado ahí, temblando; estaba petrificado”.

“Creo que, emocionalmente, no estaba preparado para ello, porque nunca estás preparado para estas cosas. Al final, me sentí traumatizado”.

Después de un juicio que duró una semana, el jurado fue liberado y necesitó dos días para regresar: el resultado fue en desacuerdo. Seis meses más tarde, regresó a los tribunales. Comenzó a sufrir ataques de pánico. “En cierto modo fingía que no los tenía, ya sabes, porque estoy en el servicio de policía, quería ser fuerte”. Pero al prestar declaración, se derrumbó. “Lloré como un bebé, sé cómo suena… el juez lo suspendió durante un rato, y después volvió a entrar y terminó mi declaración. Después, pensé: dejé todo lo que tenía en esa sala, e hice todo lo que pude, psicológicamente, emocionalmente, físicamente. Y si no obtengo un fallo, entonces el sistema no está funcionando”.

El caso llegó a un jurado en desacuerdo por segunda vez. El hombre que, según él, lo atacó salió libre.

“Llevaba días caminando de arriba a abajo por mi sala de estar y no podían tomar una decisión. Fue una pesadilla, incluso ahora se me pone la piel de gallina al pensarlo”.

La salud mental de Needham colapsó. “Me fui a casa y me quedé en mi cuarto durante tres meses. Prácticamente no hacía más que temblar, saltar al escuchar ruidos, ya sabes […] No salía, no comía, dormía todo el día y me quedaba despierto toda la noche. Durante seis meses estuve muy enojado, preguntándome qué había fallado, qué pude haber hecho para convencerlos. Sentí que no me creían, como si fuera un criminal, como si cada parte de mi vida estuviera bajo el microscopio. Me sentía mortificado”.

Le diagnosticaron TEPT, firmó su baja laboral correspondiente a tres meses y comenzó el largo proceso de recuperación. “Recibir terapia fue lo mejor que hice en mi vida: Solo hablé y hablé con esta pobre señora. Fue una persona maravillosa, increíble”.

Desde aquel juicio final, Needham reconstruyó su vida. Conoció a su esposa alemana, ingeniera, en 2014, en un club de blues donde tocaba, y ella lo ayudó a volver a reír. “Ella apoya enormemente el trabajo que hago y aprecia que sea abierto sobre mi pasado”, dice. “Le dije cuando nos conocimos que miro hacia adelante, no hacia atrás. No puedes manejar un carro si ves por el espejo retrovisor”. También tiene una relación positiva con su hija de una relación anterior.

Además, fue mentor de jóvenes de 13 a 15 años con la organización Prince’s Trust. “Empezaron llamándome ‘el federal'”, cuenta. “Al final del curso, ya los tenía vistiéndose con kits y uniformes de policía forense, completando simulacros de investigaciones de escenas del crimen, preguntándome sobre cómo alistarse y llamándome oficial Needham o señor”.

A finales de julio pasó 24 horas encerrado en una celda para recaudar fondos para Survivors Trust. Con el apoyo de la organización benéfica, ahora está desarrollando una red de embajadores de víctimas supervivientes entrenados, disponibles para visitar los 43 cuerpos de policía en Inglaterra y Gales, para darles voz a los supervivientes y proporcionar una perspectiva vital a los oficiales que trabajan en casos de abuso sexual.

“No logré cerrar la herida en el juicio, pero me alegro de haberlo hecho”, dice. “Sentí que el sistema judicial no tenía empatía. No se centra en las personas. Para mí, se sintió más bien como si se tratara de terminar con la carga de casos que tenían. Yo no era más que otro número de caso en sus papeles. Y eso es lo que intento cambiar, espero que el trabajo que ahora hago tenga más impacto que una condena”.

“He pasado por el sistema, he pasado por el infierno y he regresado. Me escondí en mi cuarto durante tres meses, tuvieron que sacarme a rastras. Pero puedo contar mi historia, sobre cómo pasé de eso hasta llegar a donde me encuentro hoy”. Señala que la reciente revisión gubernamental en materia de violaciones significa que “estamos recibiendo apoyo de las altas esferas. Ha sido una batalla contra la corriente, pero ahora tenemos impulso”.

Hace una pausa para respirar y deja escapar una breve risa. “Me apasiona tanto que voy a seguir adelante hasta que consigamos el sistema que necesitamos”, asegura. “Ahora que empecé a hablar, nadie me callará”.