Leí los 27,000 cómics de Marvel y lo disfruté muchísimo, esto es lo que aprendí
La historia sin fin… Douglas Wolk leyó seis décadas de cómics para su libro 'All of the Marvels'. Foto Compuesta: Alamy/Lisa Gidley

Esto no debería ser demasiado difícil, pensé, siempre y cuando siga siendo disciplinado. Todo lo que tengo que hacer es leer 27 mil cómics y después escribir sobre ellos. Acababa de firmar un contrato para escribir All of the Marvels, un libro sobre la lectura de cada una de las historias de superhéroes que Marvel ha publicado desde 1961 en forma de una sola narración gigantesca. La historia de Marvel es omnipresente –sus personajes están en todas partes, en las películas, en la televisión, incluso en las botellas de champú y en las bolsas de ensalada– pero también es desconocida. Afirma ser una única gran historia: cualquier episodio puede hacer referencia a cualquier otro anterior y ser compatible con él. Pero ni siquiera las personas que cuentan la historia la han leído en su totalidad. Así no es como se pretende que se experimente este universo.

Sin embargo, no leí seis décadas de historias en orden. Eso habría sido insoportable, y constituye uno de los dos errores que suelen cometer los lectores curiosos de Marvel. Es un camino seguro hacia el aburrimiento y la frustración, ya que la diversión reside en seguir tus caprichos. El otro error consiste en tratar de seleccionar los grandes éxitos, es decir, los números individuales más importantes. Cuando los tomamos de forma aislada, son cumbres sin escalas. Su poder dramático proviene de su contexto.

En cambio, me dedicaba a picotear, viendo lo que me parecía más divertido ese día: la densa trama de Spider-Woman de los años ochenta, después el monstruoso y enorme dragón Fin Fang Foom, seguido de un montón de cómics románticos de los años 70 que ofrecieron a los veteranos dibujantes de cómics (que fueron reclutados para el mundo de los superhéroes) la oportunidad de regresar a sus raíces, concretamente, a dibujar mujeres jóvenes con ropa muy a la moda y llorando.

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Al rescate… ‘La Invencible Chica Ardilla’. Foto: Marvel Comics

Leí las historias en el sillón, en el autobús, en la caminadora. Las leí en números amarillentos que compré cuando salieron por primera vez, que conseguí en ventas de garaje cuando era niño o que saqué de una caja de descuentos en una convención ya como adulto. Los leí en ediciones de tapa blanda y brillante de la biblioteca y como joyas prestadas de amigos. Leí algunos de un montón de números atrasados que alguien abandonó en la mesa junto a la mía mientras trabajaba en un Starbucks. También leí muchísimos en una tableta digital.

No tenía la intención de leer ninguno en el festival Burning Man en el desierto de Nevada en el verano de 2019. Los únicos cómics que llevaba eran ejemplares –para regalar– del número 75 de Fuerza-X de 1998, en el que el equipo acude al mismo evento, públicamente rebautizado como el festival “Exploding Colossal Man”. Sin embargo, alguien había instalado un santuario conmemorativo para Stan Lee, la figura de Marvel de toda la vida, y en su base había una caja con la siguiente etiqueta: “Léeme”. Contenía algunos números maltratados pero intactos de hace 50 años de El Asombroso Hombre Araña, Thor y Tales of Suspense. ¿Qué podía hacer, no leerlos?

Y lo disfruté muchísimo. Los mejores cómics de Marvel, viejos y nuevos, eran tan sorprendentes, emocionantes e imaginativos como el entretenimiento popular. También había mucho material inmaduro y retrógrado, que salía a toda prisa para servir a un público de niños crédulos o nostálgicos sedientos de sangre. Con frecuencia era consciente de que me estaba atiborrando de algo que solo había sido creado como aperitivo, satisfaciendo la peor parte del impulso coleccionista: la parte que lucha por ser íntegra (¡igual que el Beyonder en Secret Wars II!) en lugar de ser placentera.

Afortunadamente, cuando llegué al momento de sumergirme demasiado, una útil transformación ya se había apoderado de mí. Me di cuenta de que era capaz de encontrar algo que me gustara en casi cualquier número: ejemplos del singular uso del lenguaje de un determinado creador o extrañas referencias culturales que no podrían haber ocurrido en ningún otro momento. Puede que hubiera sido el síndrome de Estocolmo, lo admito. Pero cuando hace poco alguien me preguntó si realmente había leído todos los números de NFL SuperPro, una serie afortunadamente de corta duración sobre un jugador de fútbol americano que tenía superpoderes, le respondí: “¡Por supuesto! Y el número 10 incluye tanto una parodia del movimiento mitopoético masculino de principios de los 90 y un personaje cuyo poder es, literalmente, lanzar dinero a los problemas: las monedas salen volando de sus manos”.

La etapa la lectura duró más de lo que pensé. Resulta que mi cerebro no puede soportar tanta telenovela hiperviolenta y de colores llamativos en un solo día. Tal vez el momento culminante fue luchar con el reflexivo y exquisitamente dibujado, aunque problemático título de 1974-1983, Master of Kung Fu, que introdujo el personaje de Shang-Chi, que recientemente llegó a la gran pantalla. La serie, un thriller de espionaje tenso e introspectivo cuyo antagonista es Fu Manchú, se convirtió, con el tiempo, en algo más impresionante y –por sus representaciones racistas– en algo que daba pena.

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Gozosamente perverso… ‘Los Thunderbolts’, una pandilla de supervillanos que hacen cosas muy buenas por muy malas razones. Foto: Marvel

O puede que haya sido el redescubrimiento de la legendaria serie que duró 16 años del escritor Chris Claremont sobre Uncanny X-Men, cuya extraña creatividad y compasión por su elenco de mutantes y marginados convirtieron al cómic en el equivalente de la carrera de David Bowie. Además, tuve la alegría de leer con mi hijo la serie tan cautivadora y tierna de Ryan North y Erica Henderson, La Invencible Chica Ardilla. Su protagonista tiene “la velocidad y la fuerza proporcional de una ardilla”, sin embargo, su verdadero poder es su habilidad para la resolución creativa y no violenta de conflictos, una cualidad poco común en un superhéroe.

Mi peor momento fue, sin duda, la semana y media que pasé encerrado en un departamento de Nueva York, obligándome a leer 30 años de aventuras sangrientas de mi personaje menos favorito, The Punisher, quien hasta ahora ha matado a más de mil traficantes de drogas, guardias de seguridad y similares. (Los conté).

También desarrollé mi fascinación por la serie de 1961 Linda Carter, Student Nurse, que duró muy poco. No es buena, bajo ningún punto de vista razonable, pero es extraordinaria como ejemplo de los títulos olvidados de Marvel de los años 60 que trataban sobre mujeres jóvenes y comunes, y sobre cómo la línea de superhéroes absorbió sus personajes y su estilo. Su protagonista volvió a aparecer una década después, en el reparto de la aún más breve Night Nurse, y de nuevo en la década de los 2000 como una enfermera que dirige una clínica médica secreta para superhéroes heridos. Durante un tiempo, también salió con Doctor Strange, el Hechicero Supremo, que vivía en el Greenwich Village de Nueva York y que aparecerá en los cines este año, en Doctor Strange in the Multiverse of Madness.

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Desconcertantemente profético… ‘Dark Reign’ era una historia sobre un monstruo totalitario que ascendía al poder en Estados Unidos. Foto: Marvel

Para el final guardé un buen postre: el último título que taché de mi hoja de cálculo fue Thunderbolts, la serie de larga duración, en constante mutación y gozosamente perversa, que trata sobre un equipo de supervillanos disfrazados de héroes, que hacen cosas muy buenas por muy malas razones.

Como esperaba, poco a poco fui comprendiendo la grandiosa y accidental estructura de la historia de Marvel y el modo en que reflejaba su época. Una vez que percibes a Iron Man como una reflexión de 60 años sobre el complejo militar-industrial de Estados Unidos, no puedes dejar de percibirlo, desde los protestantes que se manifestaron en la fábrica de armas de Tony Stark en la década de 1970 hasta la tecnología de drones que despliega en la década de 2000. Me di cuenta de la curiosa historia de Pantera Negra, de cómo el magnífico concepto de Wakanda, su hogar africano, evolucionó a partir de docenas de guionistas y artistas que improvisaron sobre los inventos de los demás durante décadas: desde la utopía afrotecnológica de la primera aparición de esa nación ficticia en 1966, pasando por la intriga política introducida en la década de 1970, hasta las facciones regionales que debutaron a finales de la década de 1990.

También fue más largo el proceso de escritura de lo que había imaginado: resulta que no es sencillo conseguir un control sólido sobre una historia de más de medio millón de páginas. Después de terminar la primera versión, terminé desechándola casi por completo y volviendo a empezar. Lo que hizo que todo encajara al final fue el darme cuenta de que podía ser un guía turístico para los lectores.

La última etapa del proceso de redacción fue dolorosamente lenta, durante los horribles meses en los que la pandemia coincidió con la presidencia de Donald Trump. No obstante, mi inmersión en las historias de Marvel se convirtió en un lente útil, incluso en ese momento. Resultó evidente que Dark Reign, con sus tramas interconectadas que aparecieron en 2009, fue desconcertantemente profético, tanto sobre la apariencia que podría tener un monstruo totalitario que asciende al poder en Estados Unidos (en este caso, el ultrarrico, mediático y mortalmente cruel Norman Osborn, alias el viejo archienemigo de Spider-Man, el Duende Verde) así como sobre lo que podría derrotarlo (la reunión de una coalición fracturada, aquí en la forma de los Vengadores, así como algunos reportajes brillantes).

Me niego a afirmar que existe una especie de canon de temas esenciales que todo el mundo puede disfrutar. No existe algo así. Lo que sí puedo hacer es ofrecer vías de acceso a la montaña de Marvel, y sugerir puntos de vista desde los que esa enorme historia puede ofrecer la satisfacción para la que fue diseñada: un número de 1966 de Los Cuatro Fantásticos que muestra la frenética creatividad de Jack Kirby y Lee en su época dorada; un cúmulo de décadas de cómics de Thor y Loki que ofrecen una ingeniosa meditación sobre la ficción, el mito y las mentiras; un conjunto de números de la época de la guerra de Vietnam que trazan la evolución de la relación de Marvel con la política. ¿Quieres saber cuáles son mis personajes favoritos? No te lo diré, porque no importa. Lo que me importa es darte las herramientas para que encuentres los tuyos.

All of the Marvels de Douglas Wolk es publicado por Profile Books.