‘La gente está cansada de ser ignorada mientras los ricos se vuelven más ricos’: Bernie Sanders
'¿Por qué, con toda esta nueva tecnología, no vemos una mejora en el nivel de vida?'... Bernie Sanders en un mitin sobre sindicalización en Richmond, Virginia. Foto: Julia Rendleman/Reuters

Ambos son sensaciones políticas insólitas que durante mucho tiempo quedaron relegadas a la marginalidad: Bernie Sanders, un senador estadounidense octogenario que inspiró a un ejército de electores mucho más jóvenes que él; y Mick Lynch, un extrabajador del sector de la construcción incluido en la lista negra e hijo de inmigrantes irlandeses que, como líder del Sindicato del Transporte Ferroviario y Marítimo (RMT), saltó a la fama nacional cuando humilló a unos periodistas de televisión hostiles pero poco informados. “Creo que Lynch está poniendo el dedo en la llaga”, dice Sanders.

El líder de facto de la izquierda estadounidense ha puesto su considerable influencia política al servicio de una nueva campaña –Enough Is Enough (Ya basta)–, iniciada para luchar contra la creciente crisis del costo de la vida en Gran Bretaña, que fue fundada parcialmente por Lynch y el RMT. La campaña sin duda ha tocado una fibra sensible: en una reciente manifestación en Clapham, en el sur de Londres, muchas de las personas que esperaban formados alrededor de la cuadra fueron rechazadas por falta de espacio. “‘Ya basta’, curiosamente, es una expresión que utilizamos mucho aquí”, explica Sanders. “La gente está harta de trabajar frecuentemente más horas a cambio de salarios bajos; harta de que sus hijos tengan un nivel de vida inferior al suyo; y harta de que los multimillonarios se vuelvan cada vez más ricos mientras ellos se quedan atrás”.

“¿Por qué, con toda esta nueva tecnología que existe, no ven una mejora en el nivel de vida? ¿Por qué no hay más igualdad, en lugar de menos igualdad? ¿Por qué el nivel de vida empeora, en lugar de mejorar? Lynch se lo pregunta, Enough Is Enough se lo pregunta – y está tocando un punto sensible, porque las personas están cansadas de ser ignoradas mientras los ricos se vuelven más ricos”.

Sanders conoce muy bien el terreno de la política, pero fue algo que solo logró realmente a los 70 años. Nacido en el seno de una familia judía de clase trabajadora en Nueva York, se convirtió en alcalde de Burlington, Vermont, a los 40 años, y posteriormente se convirtió en miembro de la Cámara de Representantes y en senador. Como político independiente desde hace mucho tiempo, aunque con frecuencia se ha aliado con el partido demócrata, Sanders ha defendido causas que los demócratas dominantes han rechazado desde hace mucho tiempo, como la atención médica universal, la abolición de las cuotas estudiantiles, los derechos de los trabajadores y el movimiento antibélico. No obstante, su espectacular ascenso –cuando dejó de ser una figura marginada para convertirse en uno de los principales candidatos a la candidatura presidencial demócrata en 2016– estuvo impulsado por dos factores principales.

Uno de ellos fue la crisis financiera, la cual expuso las desigualdades e inseguridades que cayeron de manera desproporcionada sobre las espaldas de los estadounidenses más jóvenes. La otra la constituyeron las expectativas creadas por la elección de Barack Obama en 2008, que, para millones de estadounidenses que tenían un nivel de vida estancado, se vieron finalmente defraudadas. Aunque ni su candidatura de 2016 ni la de 2020 prosperaron, lograron impulsar un movimiento que revitalizó a la izquierda estadounidense y la transformó en una fuerza política importante en el partido demócrata y en otros ámbitos.

Esto lo lleva a centrar su atención en una pasión perenne, y en el tema del que desea hablarme: las perspectivas del movimiento obrero estadounidense. Hablamos por teléfono, pero él pronuncia todas sus emocionantes frases con el ímpetu de todo un mitin. El tema central de todas sus respuestas es la política de clases. Esto no es una novedad en la política progresista en el lado británico del Atlántico, entre vítores en un reciente mitin de Enough Is Enough, Lynch proclamó: “La clase obrera está de vuelta”, pero durante mucho tiempo fue considerada como algo ajeno en unos Estados Unidos que promovían el mito de la ausencia de clases. Esto fue un mito políticamente conveniente en un país en el que, según indica Sanders, tres hombres ricos tienen más riqueza que la mitad más pobre.

No obstante, el senador de Vermont, nacido en Brooklyn, tiene una nueva misión: desplegar su influencia política para unir las luchas de los movimientos obreros estadounidenses y británicos. El miércoles, Sanders presentará su característica oratoria en un mitin del RMT en el centro de Londres.

'La gente está cansada de ser ignorada mientras los ricos se vuelven más ricos': Bernie Sanders - bernie-sanders-alcalde
Sanders como alcalde de Burlington en 1981. Foto: Donna Light/AP

Los movimientos sindicales de Estados Unidos y Gran Bretaña son significativamente menos fuertes que la mayoría de sus homólogos occidentales. En Estados Unidos, los sindicatos llevaban mucho tiempo sufriendo las consecuencias del “temor rojo” y de las leyes antisindicales denominadas “derecho al trabajo”, pero se vieron seriamente debilitados durante el gobierno de Ronald Reagan, cuya administración, en 1981, despidió a más de 11 mil controladores aéreos en huelga con el fin de enseñarles una lección a otros trabajadores. En la actualidad, poco más de uno de cada 10 trabajadores estadounidenses está sindicalizado. El sindicalismo británico no experimentó una derrota tan completa, sin embargo, el número de trabajadores sindicalizados –aproximadamente una cuarta parte de la mano de obra– se encuentra a la mitad del nivel máximo registrado en 1979.

¿Cree Sanders que ambos movimientos sindicales están aprendiendo la lección? “Creo que lo que estamos empezando a observar aquí en Estados Unidos es una aceleración importante de la organización sindical”, responde. “Estamos observando un mayor número de trabajadores que se organizan en sindicatos, que se presentan ante la Junta Nacional de Relaciones Laborales (NLRB) para obtener su certificación, un número mayor que desde hace mucho tiempo”.

Lo que le ha hecho sentirse especialmente optimista son las luchas de los trabajadores en los desiertos sindicales de Starbucks y Amazon. Hace poco, Sanders se unió a los trabajadores de Starbucks que estaban en huelga en un piquete en Boston. Después de que la cadena de café despidiera a más de 85 organizadores sindicales en los últimos meses –la NLRB ha presentado múltiples denuncias contra la empresa–, su apoyo ha impulsado el perfil nacional de la lucha. “En Starbucks y Amazon, cientos de personas se están uniendo a los sindicatos, en Amazon, se enfrentan a Jeff Bezos, la segunda persona más rica del planeta. Observamos luchas en los campus universitarios, en los hospitales, en las enfermerías, estamos presenciando una organización sin precedentes en comparación con lo que hemos observado en los últimos años”.

Sin embargo, aborda una aparente contradicción: “Mientras las clases medias disminuyen y los ricos se vuelven cada vez más ricos, hay más apoyo al movimiento sindical en Estados Unidos, las personas se sienten mucho más fuertes con respecto a los sindicatos que en el pasado”. Y tiene razón: el año pasado, el 68% de los estadounidenses dijeron a los encuestadores que aprobaban los sindicatos, lo que supone la cifra más alta desde 1965, mientras que las encuestas en el Reino Unido han demostrado que la mayoría de los británicos en edad laboral apoyan la actual ola de huelgas. Sin embargo, eso no se ha traducido en que la mayoría se una a un sindicato. ¿Por qué?

“En Estados Unidos, las empresas dificultan mucho la posibilidad de que los trabajadores ejerzan su derecho constitucional a crear un sindicato”, explica Sanders. “(El miércoles pasado), la NLRB determinó que Starbucks despidió a trabajadores y que cambió de horario a los trabajadores de la tienda que estaban formando sindicatos, lo cual es ilegal. Estamos viendo cómo las empresas amenazan a los trabajadores con irse a China. Existe una oposición corporativa masiva a que los trabajadores creen sindicatos en el país”.

Destaca otro formidable obstáculo: “Tenemos medios de comunicación en el país que ciertamente no son afines a los sindicatos, que en muy raras ocasiones hablarán de los beneficios de los sindicatos, como mejores condiciones de trabajo, salarios, pensiones, etcétera, etcétera. Los medios de comunicación evidentemente son propiedad de un grupo de grandes empresas que no hablan de cuestiones de clase, de cuestiones económicas. Todo eso contribuye a que los trabajadores tengan más dificultades para sindicalizarse”.

No obstante, existe una tradición de militancia entre los trabajadores estadounidenses, a pesar de los intentos de erradicarla, sobre todo en los años 50 bajo el macartismo. Durante la Gran Depresión de los años 30, las olas de huelgas se extendieron por toda la sociedad estadounidense. ¿Sanders encuentra un paralelismo? “Sí, lo encuentro. En los años 30 se produjo un aumento masivo de la sindicalización y de la afiliación, y los trabajadores lucharon con valentía, organizaron plantones y se enfrentaron a poderosos intereses. Lo que estamos observando actualmente es una frustración real en términos de inflación que contabiliza los salarios, con el trabajador estadounidense promedio ganando menos que hace casi 50 años, tomando en cuenta las ganancias de productividad, un poco peor que en ese entonces. ¡Eso una locura!”.

Considerando que empresas como Starbucks han logrado reprimir durante mucho tiempo la sindicalización, ¿por qué se ha producido una oleada de actividad? “Te diré por qué, desde mi punto de vista: muchos de los trabajadores de Starbucks son jóvenes. Muchos de ellos tienen títulos universitarios y ven a su alrededor: sus sueldos no son acordes a la inflación, no pueden pagar una vivienda o la atención médica o la deuda estudiantil, se están quedando cada vez más atrás en comparación con sus padres, y se están levantando contra el propietario de Starbucks –Howard Schultz– diciendo: ‘¡Vales 4 mil millones de dólares! ¿Cuál es tu inconveniente en permitirnos sindicalizar a los trabajadores?“. Y su respuesta sencillamente es intentar despedir a los trabajadores e intimidarlos. Hasta cierto punto, se trata de una lucha generacional multirracial –principalmente de jóvenes, pero no exclusivamente– que se enfrenta a un multimillonario”.

Starbucks ha negado todas las acusaciones de tomar represalias. Un vocero comentó anteriormente a The Guardian que “estas personas ya no trabajan en Starbucks por haber violado la política de la tienda. El interés de un socio en un sindicato no los exime de las normas que siempre hemos mantenido. Seguiremos aplicando nuestras políticas de forma consistente en el caso de todos los socios”.

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Protesta a favor de la guerra de Vietnam en mayo de 1970 que desembocó en el motín Hard Hat Riot. Foto: Stuart Lutz/Gado/Getty Images

No obstante, la relación entre el movimiento obrero estadounidense y los jóvenes progresistas no siempre ha sido, cuando menos, armoniosa. En los años sesenta y setenta, el movimiento obrero estadounidense estuvo dirigido por el hosco explomero George Meany, ferviente partidario de la guerra de Vietnam, que se deleitaba en denunciar a los manifestantes estudiantiles como “kookies” (chiflados). El momento más grave se produjo con el denominado Hard Hat Riot de 1970, cuando cientos de trabajadores del sector de la construcción y oficinistas atacaron físicamente a los estudiantes que protestaban en Nueva York. ¿Existe esta vez una esperanza de solidaridad entre los sindicalistas y la emergente izquierda joven estadounidense?

“Ese tipo de unidad es algo en lo que estamos trabajando mucho”, explica Sanders. “He realizado ya tres mítines con dirigentes sindicales progresistas –con Sean O’Brien, el nuevo presidente de los Teamsters, y Sarah Nelson, la presidenta de la Association of Flight Attendants– en Chicago, Filadelfia y Boston. Lo que observamos en estos mítines es que los sindicalistas se unen a los progresistas más jóvenes, y la unidad de estas fuerzas, los jóvenes que luchan por la justicia económica y racial junto con un movimiento sindical, tiene un potencial increíble. Para responder la pregunta: es absolutamente imperativo que los unamos, y estamos intentando hacerlo”.

Cuando los trabajadores estadounidenses lucharon contra los patrones en la década de 1930, contaron con la ventaja de la simpatía y la fuerza política del presidente, Franklin D. Roosevelt. Joe Biden ha prometido en repetidas ocasiones ser “el presidente más pro–sindical de la historia”, aunque su carrera ha estado ligada desde hace mucho tiempo a la clase dirigente y a las facciones “centristas” del partido demócrata. Sanders comenta que conoce al presidente “razonablemente bien” y destaca la plataforma política de 110 páginas que su equipo elaboró conjuntamente con el equipo de campaña de Biden en 2020, con grupos de trabajo que abarcan áreas que se extienden desde la atención médica hasta el medio ambiente.

“Lo que el presidente reconoció es que existía, y existe, un movimiento de trabajadores, de jóvenes, que están hartos del statu quo, y yo creo que, cuando elaboramos el Plan de Rescate Estadounidense (para ayudar a Estados Unidos a superar la pandemia), fue una de las piezas legislativas más significativas para los trabajadores en la historia moderna. Cuando elaboramos la legislación Reconstruir Mejor (un enorme paquete de medidas relacionadas con la política social y la crisis climática), contó con el apoyo del presidente para crear un programa de transformación multimillonario, y un par de senadores conservadores lo sabotearon, pero él dijo: ‘Apoyaré los trabajadores del país y lucharé contra los grandes intereses monetarios'”.

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En un debate de candidatos presidenciales con Joe Biden en febrero de 2020. Foto: Brian Snyder/Reuters

Esto difiere de algunas de las narrativas más pesimistas sobre Biden de la izquierda estadounidense, la cual todavía se recupera de las dos derrotas de Sanders en la nominación presidencial. Pero su optimismo no surge precisamente de la ingenuidad respecto a Biden, sino de una firme creencia en la capacidad de las luchas desde los niveles inferiores para obligar a los poderosos a actuar en favor de los intereses de los trabajadores. “Estamos presenciando un movimiento progresista de personas en todos los estados de este país que está comenzando a trascender la política incremental, preguntando: ‘¿Cómo es posible que todos los países ricos de la Tierra –incluido el Reino Unido– tienen atención médica universal, mientras que nosotros tenemos un sistema disfuncional? ¿Por qué en otros países la educación universitaria es gratuita, cuando en este país es escandalosamente costosa?”.

Le planteo que sus campañas aprovecharon el descontento, aunque lo magnificaron y le dieron una dirección. “Lo que mi campaña hizo fue plantear las cuestiones, y la clase dirigente descubrió repentinamente que había millones de personas insatisfechas con el statu quo que querían un cambio transformador”, responde. Sanders menciona el ejemplo del presidente que se comprometió la semana pasada a condonar hasta 10 mil dólares de la deuda estudiantil. “¿Fue tanto como deseaba? No, pero ¿constituye un avance significativo para aliviar la terrible carga que sufren los jóvenes? Sí, ayudará mucho”.

Otro ejemplo es la recientemente aprobada Ley para la Reducción de la Inflación, que, entre otros aspectos, reduce los precios de los medicamentos de venta con receta y promueve las energías limpias. “Nuevamente, no alcanzó el nivel que exigimos en la campaña, pero, en muchos de esos temas, se ha implementado una parte de lo que exigimos”.

¿Qué sigue para la izquierda estadounidense? El optimismo juvenil de este senador de 80 años parece no tener límites. Lo próximo, responde, será hacer crecer el movimiento obrero y ligarlo al movimiento progresista. “Tal vez lo saben o no, pero, cuando llegue enero, en términos políticos, existirá una presencia progresista subyacente más fuerte en la Cámara de Representantes que en cualquier otro momento de la historia moderna. Estamos observando logros a nivel político, a nivel de organización, así que estamos progresando”.

Sin embargo, todo esto depende de obligar al presidente a salir de su zona de confort. Sanders sigue siendo uno de los políticos más populares de Estados Unidos, y sus campañas alentaron a una izquierda estadounidense fortalecida a atreverse a soñar con alcanzar un poder político total. ¿Qué lecciones podría aprender una futura campaña de sus iniciativas, que transformaron el debate político en Estados Unidos, pero no le aseguraron la presidencia?

Sanders suelta una risa que cualquier persona reconocerá, la risa de “no quiero hablar de esto en este momento”. “Esa es una pregunta extensa, ¡una pregunta muy extensa!” Una vez más, destaca los logros característicos de su campaña, recalcando que “una parte importante de la sociedad no está contenta con el statu quo, que está harta de la desigualdad de ingresos y de riqueza y que desea que haya cambios fundamentales en nuestro sistema económico y político”. No obstante, es evidente que cree que la hostilidad de la clase dirigente lo perjudicó. “Cuando te enfrentas a la clase dirigente política, a la de los medios de comunicación y a la de las empresas… no es algo fácil de hacer. Necesitamos tiempo y desde luego no tuvimos ese lujo”.

También me pregunto si reconoce que Enough Is Enough surgió en gran medida debido al vacío que dejó un liderazgo laborista que abandonó cualquier pretensión de realizar un cambio transformador. Sanders se muestra diplomático. “Creo que no es diferente a lo que estamos observando en el partido demócrata en este caso, no estoy comentando sobre el partido laborista; no sé lo suficiente”, responde. Al referirse a los partidos tradicionales de centro–izquierda que tienen dificultades en los países desarrollados, añade: “Como la clase trabajadora se encuentra cada vez más alejada del proceso político, esos partidos no les están aportando resultados. Por eso los demócratas tienen que decidir: ¿son el partido de la clase trabajadora o de la élite?”.

El legado de Sanders, sin duda, consiste en haber reunido focos de descontento que, de otro modo, estarían fragmentados y desilusionados, en un movimiento muy visible y articulado con demandas sólidas. Tal vez –solo tal vez– pueda ayudar a lograr el mismo truco ayudando a unir los movimientos laborales cada vez más asertivos que hay a ambos lados del Atlántico.