Cuatro años después de su toma de posesión, ¿por qué AMLO sigue haciendo campaña?
El presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador durante un mitin de apoyo a la propuesta de reforma electoral en Ciudad de México, en noviembre. Foto: Luis Antonio Rojas/The New York/eyevine

Cuatro años después de asumir el cargo, el presidente populista de México parece haber regresado a lo que mejor sabe hacer: avivar a su ardiente base política.

Aunque la Constitución le impide postularse a la reelección en 2024, el presidente Andrés Manuel López Obrador parece estar decidido a que un sucesor de su propio partido continúe con el movimiento que lo llevó al poder en una victoria arrolladora en 2018.

Esta semana, ofreció una impresionante demostración de fuerza política para dicho movimiento, atrayendo a cientos de miles de simpatizantes a las calles de Ciudad de México el domingo en una marcha que culminó con un discurso en la céntrica explanada del Zócalo de la capital.

“Han pasado cuatro años y el pueblo quería expresarlo”, dijo el presidente, conocido popularmente como AMLO, en una conferencia de prensa el lunes. “No somos uno, no somos 100, cuéntennos bien”.

Sin embargo, la demostración de fuerza política se produjo en un momento crítico para López Obrador y su gobierno, que se enfrenta a crecientes críticas por parte de grupos de derechos humanos y de la oposición, así como a luchas internas dentro del partido gobernante Morena.

Y aunque mantiene un alto índice de aprobación, aún está por ver si su futuro sucesor puede inspirar un fervor similar al de AMLO, uno de los políticos más populares y polarizantes de la historia de México.

Por primera vez desde que asumió el cargo, la oposición mexicana parece haber encontrado finalmente su base después de años de desorden, fusionándose contra la propuesta de AMLO de reformar el sistema electoral del país, que los críticos han calificado como un ataque contra la democracia de México.

A principios del mes pasado, decenas de miles de personas marcharon por la Ciudad de México en defensa del Instituto Nacional Electoral, la que posiblemente constituye la mayor marcha de la oposición desde que el presidente tomó posesión de su cargo, y un punzante reproche a las afirmaciones del mandatario de que sus adversarios son una pequeña élite.

“Fue una clara señal de que la oposición, aunque fragmentada, está ahí”, comentó Tony Payan, experto en México del Baker Institute for Public Policy de la Universidad de Rice. “La gente tiene una idea muy clara del hecho de que el país debe tener un sistema electoral que sea libre y justo”.

El presidente y sus partidarios afirmaron que la marcha del domingo no fue una respuesta directa a la protesta de la oposición, sino una celebración de sus logros en el cargo.

“El propósito era celebrar los cuatro años de gobierno”, señaló Allan Pozos, quien ayudó a movilizar a los manifestantes desde el baluarte de Morena en Iztapalapa, una alcaldía de clase trabajadora en la Ciudad de México. “No para enfrentar a la derecha, sino para dar un mensaje de que estamos aquí, que estamos contentos con el gobierno que tenemos”.

La marcha tuvo un ambiente de carnaval, con partidarios animando al presidente, grupos de mariachis dando serenatas a la multitud, y López Obrador, vestido con una simple camisa blanca, en ocasiones rodeado de multitudes de seguidores que lo adoran.

No obstante, muchos críticos consideraron que se trataba de una descarada estrategia política, sobre todo si se toma en cuenta que algunos de los manifestantes fueron transportados en autobús desde todo el país por gobiernos locales o políticos del partido del presidente, Morena, a pesar de que AMLO prometió que no se gastaría “ni un centavo” del dinero público en la marcha.

Elizabeth García Vilchis, responsable de redes sociales de la oficina de prensa del presidente, rechazó tales afirmaciones por considerarlas racistas e insultantes para los partidarios de AMLO, que pertenecen principalmente a la clase trabajadora de México.

Sin embargo, para algunos analistas, las acusaciones de que se está utilizando dinero público para fomentar el apoyo al presidente y a su partido evocan la época despótica del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó México de forma ininterrumpida durante 71 años hasta el año 2000.

Durante décadas, varios presidentes del PRI llevaban autobuses llenos de personas a las marchas que se llevaban a cabo en Ciudad de México, a menudo con promesas de que recibirían alimentos o dinero, al tiempo que utilizaban a los poderosos sindicatos del país para aumentar la participación en las elecciones.

“Morena ha tomado esa parte de la tradición política mexicana y en lugar de enterrarla, en lugar de reformarla, esa forma de hacer política sigue viva”, señaló Genaro Lozano, politólogo y columnista del periódico de tendencia derechista Reforma. “Prometieron una forma diferente de hacer política y creo que en ese sentido fracasaron”.

No obstante, más allá de la cuestionable política partidista, los analistas opinan que las marchas en pugna son un indicio de la profunda polarización de México que no ha hecho más que aumentar desde la elección de López Obrador, una división que el presidente y su partido han intentado fomentar y, en mayor medida, explotar.

“En los últimos años, México ha transitado por un camino de poderosa polarización”, dijo Lozano. “La división más fuerte en este momento en México no es la de izquierda y derecha, sino la de pro-AMLO y anti-AMLO”.