Se puede entender por qué a Harry no le gusta la prensa sensacionalista, pero ellos no causaron la muerte de Diana
El príncipe Harry explica la razón por la que escribió sus memorias: 'No quiero que se repita la historia'.

Al ver cómo el príncipe Harry exteriorizaba sus sentimientos ante el entrevistador Tom Bradby durante más de una hora y 40 minutos resultó imposible no sentir compasión.

La serie Happy Valley estaba en la cadena BBC1 en la noche del domingo, mientras que Harry el Infeliz estaba en la cadena ITV, sentado en una agradable habitación de su espaciosa casa en California, hablando sobre la misión de su vida de frenar a la prensa británica, una cruzada que estaba convencido de que el mundo entero compartiría. ¿Pero cómo?

Resulta fácil comprender por qué el duque de Sussex tiene una opinión tan negativa de los periódicos británicos, aunque no parece ampliarla a todos los demás medios de comunicación que impregnan las noticias del mundo, y tampoco distingue entre la información periodística y las opiniones de los columnistas, que, como ocurrió recientemente con Jeremy Clarkson, pueden ser sumamente ofensivas. Tampoco reflexiona sobre el hecho de que entre las multitudes que acuden a los eventos reales –y que llenarán las calles afuera de la Abadía de Westminster y todo Whitehall y el Mall cuando su padre sea coronado en mayo– se encuentran muchos de los lectores de dichos periódicos que tanto desprecia.

Ellos son los que quieren leer las noticias y chismes reales; si los medios de comunicación no se los proporcionaran ni alimentaran su entusiasmo, la institución se debilitaría. Como creyente confeso en la monarquía, es de suponer que Harry no quiere eso.

A lo largo de la historia, todos los miembros de la realeza han tenido que mostrarse a sus súbditos para demostrar que todavía están ahí. Como escribió Lord Salisbury, el futuro primer ministro, en la revista Saturday Review en 1871, cuando la reina Victoria se recluía durante una década tras la muerte del príncipe Alberto y perdía el apoyo de la población como consecuencia: “La reclusión es uno de los pocos lujos que las figuras reales no pueden permitirse. La lealtad necesita una vida de publicidad casi ininterrumpida para mantenerse”. La multitud, se dijo, “quiere el oro por su dinero”. Como solía decir la difunta abuela de Harry: “Tenemos que ser vistos para que nos crean”.

Es comprensible que Harry haya quedado marcado de por vida por lo que le ocurrió a su madre. Parte de lo que hizo la prensa sensacionalista en las décadas de 1980 y 1990, en una época de frenética competencia comercial, fue francamente deplorable.
Sin embargo, en general, y en parte como consecuencia de esa experiencia, la prensa británica se ha mostrado más moderada en los últimos años. Los paparazzi siguen entre nosotros, pero su mercado actual es continental y estadounidense: muchos de los titulares mostrados en el reciente documental de Netflix procedían de la prensa sensacionalista de los supermercados estadounidenses, y las fotografías de las filas masivas de fotógrafos fueron tomadas en otras ocasiones, en eventos ajenos a la realeza.

Harry simplemente se equivocó al decirle a Bradby que la muerte de su madre tras un accidente automovilístico en el túnel de Pont de l’Alma en 1997 fue causada directamente por los paparazzi. En efecto, estos seguían a toda velocidad la limusina Mercedes en la que viajaban Diana, princesa de Gales, y su acompañante, Dodi Fayed, no obstante, iban en motonetas muy detrás de ellos. La razón principal de su muerte fue que el chofer Henri Paul estaba intoxicado por el alcohol y las drogas, ya que no tenía previsto trabajar ese día hasta que su jefe, el padre de Dodi, Mohamed Al Fayed, le ordenó que llevara a la pareja a través de París en un potente auto que él no tenía experiencia en conducir. Diana podría haber sobrevivido si se hubiera puesto el cinturón de seguridad.

En aquel momento yo era redactor de asuntos europeos de The Guardian en Bruselas y me enviaron a París en el primer tren de esa mañana para ayudar en la cobertura del periódico. Mientras tomaba un taxi desde la Gare du Nord hasta la oficina de The Guardian en la capital francesa, el conductor me dijo: “Solo un idiota entra en ese túnel a esa velocidad. Tiene una curva y una inclinación difícil. Tenía que estar loco”. Cinco horas después del accidente, un taxista parisino sabía aquello que una década más tarde tardaría ocho meses en dictaminar una investigación británica (que yo también cubrí). Si los comentarios de Harry en la entrevista con ITV desencadenan una nueva ola de teorías conspirativas, no habrá hecho ningún favor a la memoria de su madre.

¿El Palacio de Buckingham filtra historias perjudiciales? Bueno, hubo un breve periodo hace 20 años en el que el querido padre de Harry permitió que su asesor Mark Bolland hiciera campaña de forma activa a favor de la rehabilitación de Camila, pero en general es difícil obtener de las fuentes de palacio cualquier información que no sea la más anodina. Simplemente no se puede llamar al rey Carlos o al príncipe Guillermo para una plática sincera, en privado o extraoficialmente.

La prensa sensacionalista sí cubre intensamente a la realeza y, de hecho, en la mayoría de los casos acierta. Ellos fueron los primeros en darse cuenta de las diferencias entre Carlos y Diana y, de hecho, entre los dos hermanos después de la boda de Harry con Meghan Markle; ambas fueron noticias importantes y, además, ciertas.

¿Preferiría Harry volver a la deferencia de la prensa en la década de 1930, cuando no informó sobre la floreciente relación amorosa de Eduardo VIII con Wallis Simpson hasta que era casi un hecho consumado? La lección de aquella experiencia es que la deferencia no funciona cuando se está gestando una verdadera crisis, e incluso entonces la noticia fue ampliamente difundida en todo el mundo mientras los británicos permanecían en la ignorancia.

Harry parece incapaz de distinguir estos matices mientras retrocede hacia el centro de atención. Parece que desea una disculpa pública y la reconciliación, al tiempo que se esfuerza por conseguirlo de la forma en que es menos probable que ocurra. Es de suponer que hasta entonces podrá hacerse la víctima. ¿Pero cuántas veces más podrá hacerlo?

Stephen Bates cubrió la realeza para The Guardian durante 12 años. Entre sus libros figuran Royalty Inc: Britain’s Best-Known Brand y The Shortest History of the Crown.