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Cultura

‘Sepulcros de vaqueros’ es una nueva vía para acercarse (o alejarse) de Roberto Bolaño

Tal vez las novelas cortas posthumas del escritor chileno son la ficción más autobiográfica que escribió, pero quienes lo lean por primera vez deberían acercarse primero a sus dos obras maestras.

Roberto Bolaño en marzo de 2003, año de su muerte. Fotografía: Raphael Gaillarde / Gamma-Rapho / Getty Images

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Los ejecutores testamentarios del archivo de Roberto Bolaño nos tienen justo donde quieren. Como vendedores que saben que estamos suficientemente enganchados como para seguir comprando productos cada vez de menor calidad, cada par de años se inventan algo nuevo de los cuadernos, papeles sueltos y archivos de la computadora que Bolaño dejó después de su muerte en 2003, y lo añaden al final de su cuerpo de obras. Parece que no falta mucho para que nos ofrezcan Bolaño: Las listas del mandado completas o Gauchos en la biblioteca prohibida: Borradores de email selectos. Pero no es que rechacemos estos restos de un barril aparentemente sin fondo. Como prácticamente todo lo que el incomparable chileno escribió, el trío recién desenterrado de novelas cortas poco importantes, Sepulcros de vaqueros, es amigable, exótico, brillante y glamurosamente sugestivo.

Una desventaja de la continua publicación de obras posthumas, algunas de ellas claramente inacabadas, es que los nuevos lectores pueden tomarlas como punto de inicio y, al no entender la emoción en torno al autor, terminan por alejarse de Bolaño. A falta de un código de colores para separar lo canónico de lo suplementario, debemos conducir con audacia a los curiosos hacia las dos obras maestras, 2666 y Los Detectives Salvajes, o hacia las colecciones de cuentos cortos, o hacia las mejores novelas cortas no posthumas como La literatura nazi en América o Estrella distante. Una vez que se vuelvan adictos, podrán escarbar las profundidades del barril como el resto de nosotros.

Hasta cierto punto, el valor e interés de Sepulcros de vaqueros depende de la familiaridad previa con el expansivo e hiperconectado metaverso de la ficción de Bolaño. Por sí misma, la historia que da el título a la compilación se siente un poco escueta; el hecho de que está narrada por Arturo Belano, el alter ego de Bolaño en Los Detectives Salvajes y en otros textos, es un calentador significativo de la atmósfera.

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De hecho, Sepulcros de vaqueros podría ser la ficción más autobiográfica que escribió Bolaño. Con un retrato característicamente nostálgico de la juventud de Belano en Chile y México, ofrece representaciones familiares de los placeres de comprar (o robar) libros, atracciones vagas a elusivas mujeres amantes de la poesía y amigos que de pronto desaparecen para siempre. “El gusano”, un cuento corto de Llamadas telefónicas, aparece aquí como un capítulo. El clímax de la novela llega con el regreso de Belano a Chile en 1973, para defender al gobierno socialista de Salvador Allende del golpe militar de Pinochet. (Bolaño sí que le sacó jugo a este particular episodio autobiográfico, hasta perdí la cuenta de cuántas veces aparece en su ficción).

Tanto “Sepulcros de vaqueros” como la tercera novela, “Patria”, se escribieron a mediados de la década de los 90. Entre ellas se encuentra “Comedia del horror de Francia”, que Bolaño escribió un año antes de su muerte por problemas hepáticos (cuando también se apuraba para terminar 2666). La novela despega con la misma especulación que Bolaño presentó por primera vez en una pieza recopilada en el maravilloso volumen de textos de no ficción Entre paréntesis, sobre la sugerencia de André Bretón, líder de los surrealistas, que su movimiento necesitaba volverse underground. En la historia, un poeta adolescente (personaje arquetípico de Bolaño) recibe una llamada telefónica desde París invitándolo a unirse al Grupo Surrealista Clandestino, que durante una década ha conducido sus operaciones a través de una red de desagües por debajo de la capital. Es divertida, pero termina abruptamente, como si nos despertaran de un prometedor sueño.

Patria, una novela corta de 20 fragementos vagamente conectados, presenta a un siniestro piloto que escribe poesía facista en los cielos de Chile, y que también apareció en Estrella distante (y antes de eso en Literatura nazi en América). Arturo Belano se convierte en Rigoberto Belano. Todo es fluido, onírico, como una visión de peyote en un cuarto de espejos. Justo como las historias de Bolaño se manifiestan a través de varios libros, absorben otras historias dentro de ellas: películas, sueños y novelas imaginarias se escabullen de la narrativa principal, se desenvuelven y te hipnotizan durante algunas oraciones y páginas y culminan sin alguna conclusión particular. El enfoque distintivamente no funcionalista de Bolaño a la literatura, como si él fuera la apoteosis de una tradición alienígena, es exactamente lo que representa: pocos grandes escritores han adoptado con tanta devoción los métodos revolucionarios del surrealismo).

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Un elemento principal en el complejo que engancha a los Bolañistas es la voz: no importa lo que diga, o qué significa al final el torrente de palabras, cuando te habla con tanta seducción (como en en las traducciones dependientemente transparentes de Natasha Wimmer). Las muletillas y los distintivos se presentan aquí: símiles que rompen con la razón y la lógica (“el horizonte era del color de la carne, como la espalda agonizante de un hombre”); alternativas compulsivas entre paréntesis (sustitutos o reemplazos); brillantes tretas psicodélicas (“parecía un lunático imitando a un lunático”).

Los personajes, las ciudades ficticias y los poetas reales que aparecen en otras novelas centellean brevemente y después desaparecen. Sepulcros de vaqueros es una recámara menor en el laberinto de la ficción de Bolaño, pero tiene bastantes puertas.

The Guardian
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