Debemos preguntarnos si estamos de regreso a la guerra contra el narco: Oswaldo Zavala
Oswaldo Zavala, autor del libro "La guerra en las palabras". Foto: Cortesía

El narcotráfico es un problema que México vive desde hace décadas. De lo que ocurre dentro de ese mundo poco se conoce de forma directa, pues en su mayoría está basada en lo que las autoridades y gobiernos difunden en torno a los carteles y personajes esenciales.

A esta reflexión llegó el escritor e investigador Oswaldo Zavala, quien de la mano de Debate, sello de Penguin Random House, publicó el libro La guerra en las palabras. Una historia intelectual del narco en México (1975-2020), donde muestra la forma en que el discurso oficial crea a las leyendas del narco respondiendo a las agendas política y antidrogas.

Este tomo está dividido en cuatro secciones e inicia con la primera operación para erradicar los plantíos de marihuana y amapola, continúa con el asesinato del agente de la DEA Kiki Camarena y sigue otros fenómenos como la reinvención de los cárteles de la droga y el ascenso de figuras como Amado Carrillo Fuentes, hasta llegar a la guerra contra el narcotráfico y la pacificación que propuso el presidente Andrés Manuel López Obrador.

El escritor Oswaldo Zavala aseguró en entrevista para La-Lista que es difícil de verificar si un término o concepto proviene directo del narcotráfico porque en su mayoría son de reportes o versiones de las autoridades nacionales y estadounidenses, que, muchas veces, dependen de algunos intereses.

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Portada del libro La guerra en las palabras, distribuido por Debate. Foto: Cortesía Penguin Random House

L-L: ¿En qué momento surgió el libro La guerra en las palabras?

Oswaldo Zavala (OZ): Es parte de un proyecto que vengo reflexionando desde hace muchos años y que comenzó con Los cárteles no existen, en el que examinaba el discurso oficial que penetró en los medios de comunicación y los campos de producción cultural que informan sobre el narcotráfico.

La idea era que todo lo que decimos, pensamos o imaginamos generalmente proviene de fuentes oficiales, no de un conocimiento directo del narcotráfico. Pensaba esa crítica en las novelas, la música, el cine, el arte conceptual y el periodismo en México, pero algo que había quedado pendiente era comprender la historia misma de ese discurso.

Entonces me propuse hacer en este libro una historia sobre el lenguaje oficial que se ha ido construyendo a lo largo de varias décadas, sobre todo a partir de los años 70. No solo no describe el fenómeno del narcotráfico sino impone un sentido político. Es una investigación de archivos, de las bibliotecas presidenciales de EU, hemerotecas, trabajos académicos y periodísticos para tratar de trazar y entender cómo fue cambiando e incluso radicalizando en las siguientes décadas.

L-L: ¿Durante el juicio que le hicieron a “el Chapo” Guzmán qué significado tuvo que no lo nombraran el principal operador del cártel de Sinaloa sino como un subalterno más?

OZ: Parte de lo que encuentro es que los traficantes ocupan de forma intermitente un papel en el discurso oficial mientras le son útiles en las agendas política, antidrogas y de militarización que comparten México y Estados Unidos.

“El Chapo” Guzmán fue un traficante importante para el discurso oficial a partir del sexenio de Vicente Fox, pero sobre todo en el de Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto porque fue presentado como el delincuente más temido y jefe de una organización transnacional con presencia en más de 100 países del mundo. Se exageró muchísimo su presencia para justificar lo que ocurrió con la agenda antidrogas de aquellos años.

Una vez que caen en prisión y ya no son útiles, rápidamente te das cuenta de la exageración y del mito creado en torno a los traficantes. Para empezar no tuvo una gran fortuna a pesar de que revistas como Forbes dijeron que era multimillonario. Resultó ser falso o por lo menos las autoridades no pudieron encontrar grandes sumas de dinero.

Es muy tremendo comparar las cifras reales y las que se les atribuyen. No debería sorprendernos que en esos procesos judiciales emerjan estas contradicciones porque esa es la hora de la verdad, cuando agencias internacionales deben demostrar con datos duros la amenaza del narco.

Cuando un capo es detenido o asesinado, alguien debe ocupar su lugar. En el discurso oficial es que se reemplaza un capo con otro y casi como una telenovela continúa indefinidamente. Recordemos que “El Chapo” reemplazó a Amado Carrillo Fuentes y éste, a su vez ,lo hizo con Miguel Ángel Félix Gallardo. Tienes casi un reparto teatral de actores secundarios que parecen protagonistas, pero que rápidamente quedan en desuso del propio político.

L-L: Antes en los cárteles hubo ciertos códigos que después desaparecieron al atentar contra la población y las familias. ¿Estas dinámicas agravaron el lenguaje en el narcotráfico?

OZ: Es muy difícil determinar cuál es la verdadera participación de la violencia que estamos viviendo. Estamos ante una bruma de información que nos impide conocer a ciencia cierta quiénes son los actores de la violencia, quiénes están haciendo qué exactamente.

Lo que hace el discurso oficial es darnos una explicación veloz y estandarizada donde si hay un tiroteo, rápidamente se culpa al traficante. Un planteamiento que deberíamos hacernos es que en un país con tanta impunidad, y con un sistema policial bastante dudoso, debería ser difícil creer lo que dicen las fuentes oficiales de que toda esta violencia es producto de traficantes haciéndose la guerra.

Encontré que muchas de las palabras usadas para hablar de ese mundo, y que vemos dramatizadas en series como Narcos o películas como Sicario, si uno se pone a buscar su origen, la mayor cantidad de veces encontrarás que tienen un origen oficial. Las propias instituciones son las que hablan de ese modo y las encargadas de hacerlas circular, aparecer en el imaginario y que se atribuyan al narcotráfico.

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Imagen del interior del libro “La guerra en las palabras” en donde se analiza la difusión en torno a lo que se sabe del narcotráfico. Foto: Cortesía Penguin Random House

Por ejemplo el caso de “Jefe de jefes”. Este personaje en la serie de Narcos: México está en una mesa redonda y dice: “Por el ‘Jefe de jefes'”. Esa frase aparece siempre atribuida a los traficantes, pero en nuestro país, hasta donde he podido investigar, tiene su primera aparición en el libro Desperados, de Elaine Shannon, que gira en torno al caso de Camarena.

Ahí también señaló que un agente de la DEA le contó una anécdota que, a su vez, le fue contada por un policía judicial. Caro Quintero llegó a intimidar a un oficial de la policía y le ofrece la disyuntiva de “plata o plomo”. Es curioso ver cómo la periodista la da por válida, comienza a circular y se acepta como si la hubiera dicho realmente Rafael Caro Quintero sin que nos conste que realmente la dijo.

En el caso de “Jefe de jefes” pasó lo mismo. En el momento en que el corrido de los Tigres del Norte aparece en 1997, el corrido habla de lo parece que es un traficante aunque nunca está nombrado al 100 por ciento. Dos años antes quienes hablaban de los gran jefes del narco son nuevamente los agentes de la DEA que hacen una campaña casi mediática, de propaganda, filtrando información de Amado Carrillo Fuentes, que según ellos era el Cártel de Juárez.

Digo según ellos porque esto es información que no es verdaderamente verificable porque vienen de reportes de la DEA que tienen informaciones que no tienen base muchas veces. Son cosas que ellos dicen, pero no puedes comprobar. Hay un documento del organismo al que tuve acceso donde estos agentes dicen: “Bueno, ya están muertos los otros jefes, entonces el jefe máximo debe ser Amado Carrillo Fuentes porque es el único que queda vivo y estos son sus colaboradores”.

Es interesante ver cómo a partir de estas filtraciones de pronto un corridista que está leyendo las noticias termina recogiendo esa frase y escribiendo este corrido del que pasó algo curioso. Cuando salió, un mes después Amado Carrillo se muere. No alcanza a vivir el reinado del “Jefe de jefes” y ahora se utiliza retroactivamente de narcotraficantes anteriores. Es interesante ver cómo ahora todos son “Jefe de jefes”.

L-L: ¿El boom que hubo en torno a la creación de series y películas del narcotráfico hizo que la sociedad se volviera violenta?

OZ: No creo que haya una relación verificable ni demostrable entre el discurso y la violencia. Es decir, que por haber equis cantidad de series sobre un personaje de pronto la gente naturalice o normalice la violencia, además que es una forma de culpar a los consumidores de productos culturales y de pensarlos como de escasa inteligencia.

Creo que lo que pasa es que el discurso nos hace percibir que estamos en un país extremadamente violento. Justifican ese discurso que dice que el país está tomado por narcotraficantes y que hay que combatirlos y aceptar que el ejército esté en las calles y que cualquier delito o acto de criminalidad es culpa de los narcos y no de las fuerzas armadas.

Eso me parece lo más peligroso y perverso del discurso oficial porque termina legitimando los actos criminales del gobierno y la política militarista de nuestro país. Al hacerlo, omitimos una pregunta más importante, ¿cómo someter a examen la lógica criminal de un gobierno que envía al ejército a asediar a su propia población?

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7 de abril de 2022. Imágenes de actos de erradicación de amapola por parte de elementos del Ejército. Foto: Sedena

L-L: ¿Tras la guerra contra el narcotráfico qué significado tiene la política de “Abrazos, no balazos” y este cambio al discurso bélico que se usaba en los años previos?

OZ: Creo que el presidente Andrés Manuel López Obrador tuvo muy clara la necesidad de interrumpir la lógica de guerra de los gobiernos anteriores. Desde su campaña proponía que el tema del narcotráfico fuera considerado un problema de salud pública y no militar, además que el tema de la pobreza y desigualdad fuera central para impedir que los jóvenes sintieran una atracción por esa vida criminal.

Ahora, han pasado muchas cosas en estos últimos tres años y en el balance me parece que el presidente, aunque claramente intentó revertir esta tendencia del ejército, como lo vimos en el operativo para detener a Ovidio Guzmán en el que ordenó la retirada para no sacrificar vidas inocentes, vemos que el gobierno de EU tiene presencia y presión para llevar a nuestro país a esta lógica del combate al narcotráfico.

Entre otras cosas vimos la detención del general Salvador Cienfuegos, se acusó de corrupción al gobierno mexicano, se insiste en que no se hace suficiente y algo que me parece terrible y lamentable es que haya tanta gente que no quiere esta lógica de pacificación y que lo que quiere son más balazos.

Creo que el presidente parece estar cediendo a esa presión y, desafortunadamente, volvieron los operativos sobre todo en Tamaulipas, Sinaloa, en Jalisco, Michoacán, Guanajuato y que parece que el ejército parece recobrar esta lucha contra el narcotráfico.

AMLO ha aceptado el crimen y mientras se dice esto, el militarismo se expande sin precedentes porque el ejército controla las fronteras, el aeropuerto de la CDMX, el AIFA y veo con mucha preocupación que el ejército está ejerciendo con opacidad e impunidad.

Me parece urgente preguntarnos si seguimos en la política de “Abrazos, no balazos” o estamos transitando gradualmente de regreso a los balazos. Creo que quisiéramos los mexicanos escuchar con claridad del mismo presidente a dónde va su política de seguridad y si de verdad está todavía válida la consigna o si no es más que un discurso vacío y estamos de regreso en la guerra contra el narcotráfico.

L-L: ¿Cuál es el mayor riesgo de que haya este monopolio del lenguaje por parte de las autoridades y que éstas estén involucradas en escándalos como el de Salvador Cienfuegos?

OZ: Siempre hay un nivel de criminalidad en todas las modernas y es una discusión que siempre debe estar activa en nosotros, así como una sensibilización en derechos humanos y contar con un sistema judicial que someta, investigue y procure justicia en todos los casos.

Se percibe al narcotráfico como un fenómeno central que está corrompiendo al gobierno en México, pero ese es un discurso que proviene de las propias instituciones. No tanto de este sexenio, pero si recuerdas en el sexenio de Felipe Calderón ellos fueron los primeros en decir que partes del gobierno habían sido capturadas por el narco, que estaban corrompidas y que controlaban partes de la policía y el ejército y que por esa debilidad había que hacer la guerra y militarizar para extirpar ese cáncer.

Creo que a la fecha eso sigue siendo cierto. Dudo y descreo de cuando se habla de narcopolítica o narcoestado. Pienso que estamos ante efectos de una agenda que habla de estas cosas para seguir validando y justificando el despliegue del ejército y la agenda antidrogas.