Las nuevas paternidades se ejercen entre peinados, guisos y consejos
Foto Arte: Majo Vázquez/ La Lista

Son las 5:30 de la mañana y suena el despertador. Es hora de hacer el desayuno y empacar el lunch. También, es momento de ir a recoger la leche y despertar al resto de la familia, que debe que movilizarse al trabajo o la escuela.

Antes de salir de casa es indispensable hacer la lista de las compras para la hora de la comida y repasar que nadie olvide sus pertenencias en la mesa o en la cocina: la mochila, el suéter, la maqueta, las llaves, las credenciales o la cartulina. Cuando todo está en orden y aún no han dado las 7 a.m arranca la carrera al colegio…

Esta es la típica mañana de millones de madres en México, pero también es una mañana común y corriente para Alejandro Beltrán o Luis Carretto. Ambos son padres que reconocieron que las labores del hogar o de la crianza no tienen género y que acordaron desempeñarlas por el bienestar de la familia.

Sin embargo, no siempre fue fácil, cuando se anunció la llegada del primer bebé y acordaron con sus respectivas esposas que ellas traerían el sustento a la casa debieron prepararse para la tarea que les esperaba.

Entre recetas de cocina, consejos de la suegra, tutoriales, empatía y particularmente complicidad con las y los hijos Alejandro y Luis derribaron los roles de género.

Ensayo y error

Alejandro es papá de Eliseo, tiene 39 años y maneja un negocio propio en Iztapalapa; sin embargo, las actividades que más horas le consumen –semanalmente– son las de cuidar de su hijo, quien tiene 5 años, y ordenar la casa.

Cuando recién se casó “solo sabía preparar atún a la mexicana” y nunca imaginó que ampliaría su repertorio en tan poco tiempo. Organizar la rutina y tomar la batuta fue algo retador, según comenta en entrevista.

“Lo más difícil fue cocinar. Yo no sabía nada. Nunca me había metido a la cocina a preparar ni una sopa. En principio fue preguntarle a la suegra, a mi mamá, a mi esposa. Pero poco a poco fui aprendiendo guisos para la familia. Al principio, consultaba demasiado a mi esposa y honestamente esperaba a que ella me indicara el menú, pero después entendí que esa también era parte de mi responsabilidad”, relata.

Alejandro ha recibido comentarios o críticas sobre el rol que desempeña en su familia. Le han sugerido que “salga a trabajar” o que su esposa “permanezca en la casa”, pero no le toma mucha importancia, porque se siente feliz con la decisión familiar y en especial se dice afortunado de compartir con Eliseo el día a día.

“Llevamos mucho años así, prácticamente desde que nació. Cuando él aún era un bebé, mi esposa me dejaba leche materna para alimentarlo y en otros periodos ella trabajó solo dos días y yo cinco. Nos hemos ido turnando y eso es parte de la dinámica. No siempre va a trabajar a ella y no siempre voy a estar en el hogar, pero hasta el momento nos ha funcionado”.

Además, explica que “intercambiar tareas” fue un muto acuerdo luego de comparar las oportunidades económicas a las que ambos tenían acceso. “A ella se le abrieron las puertas y nunca fue una opción dejar a nuestro hijo en la guardería, o con terceras personas, así que tomó la oportunidad para que nos fuera mejor a los tres”.

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Alejandro y Eliseo pasan prácticamente todo el día juntos y su actividad favorita es salir a dar la vuelta.

Hace relativamente poco le diagnosticaron Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TADH) a Eliseo. Así que Alejandro sumó a sus compromisos una visita semanal a la terapeuta y una visita mensual al hospital.

Para hacer más atractivas estas excursiones, organiza “un picnic” con Eliseo cada que les toca consulta especial. “Llevamos comida y cuando sale de su visita pasamos a comer. A él le gusta mucho ir a los parques, porque siempre está en movimiento y no se siente cómodo encerrado; ahí puede correr y divertirse. También el objetivo es que no rechace su tratamiento”, comenta.

La figura paterna tradicionalmente está asociada a la disciplina, la autoridad y el orden, pero gracias a que los roles de género y las estructuras familiares han ido evolucionando, cada vez es más común conocer a padres comprometidos con la crianza y el hogar, que no temen expresar sus sentimientos y que forman lazos emocionales con sus hijos.

La psicoterapeuta Cristina Muñoz Olascoaga, quien labora en el sector privado, explicó en entrevista que estas paternidades pueden clasificarse como activas o modernas y acota que “aún existe ruido en torno a ellas porque parecería que restan autoridad a la figura paterna, cuando realmente la autoridad tiene que ver con posibilitar aprendizajes, establecer límites adecuados y actuar con nitidez, sin dejar de validar las emociones”.

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Alejandro admite que creció con prácticas machistas que lo alejaron de ciertas actividades, pero que su idea de la paternidad se transformó cuando nació su hijo.

La figura del padre

Desde la época de las cavernas, existen actividades determinadas según el sexo biológico: el hombre era el encargado de salir a cazar y llevar comida al resto de la tribu, mientras que las mujeres permanecían en la cueva para alimentar o proteger a los más indefensos.

La Organización Internacional del Trabajo define los roles de género, como “los comportamientos aprendidos en una sociedad, comunidad o grupo social determinado, que hacen que sus miembros estén condicionados para percibir ciertas actividades, tareas y responsabilidades como masculinas o femeninas”. De modo que algunas adquieren mayor jerarquía y valor.

Estos roles y los estereotipos de género han impedido históricamente que los padres practiquen cuidados y co-participen de la crianza de manera efectiva.

Muñoz Olascoaga, quien cuenta con una Maestría en psicoterapia psicoanalítica de niños y adolescentes, explica que la figura del padre “lejano y autoritario” efectivamente es una construcción social, pero que fue reforzada por los niveles de poder en todas sus formas.

En consecuencia, ha sido complejo que las familias practiquen ejercicios de deconstrucción, cuando el sistema macro refuerza todo lo contrario. Sin embargo, estas estructuras no son inquebrantables y Luis y Alejandro son ejemplo de ello.

“En los roles de género, el hombre tiene culturalmente el mandato de proveer y de resolverlo todo. Sin embargo, poco a poco se han ido rompiendo las estructuras que impedían dar el paso a una paternidad cercana y activa, donde se prioriza la seguridad y el aprendizaje de las y los menores desde la responsabilidad afectiva y la conciencia”.

La especialista advierte que ahora es mucho más común que los hombres se permitan disfrutar sus emociones y/o mostrar vulnerabilidad, lo que les facilita estar más presentes en la dinámicas familiares, que en un ambiente sano se caracterizan por la empatía, el cariño y la confianza.

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Luis Carreto junto a sus hijas de 16 y 19 años.

Un hogar en pie

Luis Carretto como Alejandro Beltrán es el encargado de los lunches en su casa. Los lunes son particularmente pesados, porque prepara tres, el de su esposa, el de su hija la mayor y el de su hija la menor. Ese día, todos están reunidos en casa, pero la familia se divide en dos estados para realizar sus actividades semanales.

Él se queda con la estudiante preparatoriana, la lleva a la escuela y juntos comparten la jornada en Ciudad Sahagún, Hidalgo; mientras que su esposa, viaja con la universitaria a la Ciudad de México, porque ambas estudian y trabajan en la zona metropolitana.

Hoy en día, las niñas ya no son niñas y la dinámica se ha facilitado para todos; sin embargo, hubo una época en la que Luis se quedó sólo con su hija para que su pareja pudiera crecer profesionalmente.

La esposa de Luis trabaja para el Poder Judicial, pero su carrera le ha demandado compromiso total y hasta una mudanza no prevista a Torreón, Coahuila. “Cuando la mayor tenía apenas 5 años, ella fue aceptada en una convocatoria muy demandante en la que se postularon 700 interesados y sólo había 15 lugares. Mi esposa consiguió un sitio, pero eso implicaba que viviera en el norte del país”, recuerda.

Yo le dije que debía ir porque significaba la recompensa a su esfuerzo. ‘Adelante’, le insistí, y me quedé con la niña. Mi suegra nos apoyó mucho, no asumí todas las tareas del hogar, pero me quedé a cargo del desayuno y otras actividades escolares que siempre practiqué”.

Luis observa esta dinámica como natural, no le pareció extraño maternar a su hija, o criarla en solitario durante un periodo. Sus familias sí llegaron a sorprenderse de que la madre “estuviera tan lejos” o de que un hombre “peinara a las niñas”, pero él siempre aclaró que ambos tenían las capacidades de hacer una u otra cosa.

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Finalmente, ambos encontraron la manera de comunicarse y estar en contacto y “jamás les pareció extravagante” la manera en que vivían. Hoy, en retrospectiva, no sólo rememora con cariño ese momento, sino que invita a otros padres a involucrarse en el cuidado.

“Para mí ha sido una experiencia muy enriquecedora, muy plena. Siento que nuestros tiempos han cambiado y que el quehacer o la comida, son responsabilidades de dos. Le corresponden, en esencia, a toda una familia. Y las labores de la casa no restan hombría ni te vuelven mandilón. Por el contrario, colaborar de manera equitativa permite mantener un hogar en pie.”

Alejandro coincide con Luis y recuerda que estar en la cocina, la casa o la escuela “son oportunidades maravillosas para interactuar con los hijos e hijas especialmente en su primera etapa de desarrollo”.

¿Y tú ya practicas una nueva paternidad en familia?

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