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¡Toc-toc, el idiota se ha ido! Pero lee esto antes de cantar aleluya

¡Toc-toc, el idiota se ha ido! Pero lee esto antes de cantar aleluya

La derrota de Trump es razón para celebrar y dar gracias a Dios. Pero también hay que ser humildes y recordar cómo llegamos a esta situación

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Foto: Ralf Genge/Pixabay.com

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Thomas Frank/The Guardian

¡Toc-toc, el idiota se ha ido! Por fin llegamos al final del período de mal gobierno de Donald Trump. Los votantes rechazaron lo que sólo puede describirse como el liderazgo más vulgar, vanidoso, estúpido y disfuncional que haya sufrido EU.

Felicidades a Joe Biden por lograr lo que Hillary Clinton no pudo, y por haberlo logrado, de algún modo, sin fuerza, energía, entusiasmo, dirección, e incluso sin una verdadera causa.

Es momento de celebrar. Agradecemos a Dios por la victoria, sin importar lo débil y decepcionante que haya sido. Pero también hay que añadirle humildad a nuestro triunfo. Antes de unirnos para cantar aleluyas, los exhorto a reflexionar un momento sobre cómo llegamos hasta acá y hacia dónde vamos ahora.

Sabemos que 2020 ha sido el año para reconocer el racismo del pasado, para derribar iconos y también antiguos héroes, así como para confrontar las alucinaciones históricas que nos trajeron hasta acá.

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En sintonía con la iconoclasia moderna, permítanme sugerir la próxima reflexión, que espero suceda antes de que Biden elija a su gabinete y empaque sus maletas con destino a Pennsylvania Avenue: es necesario que los demócratas confronten su propio pasado y reconozcan cómo sus decisiones, a través de los años ,ayudaron a que el trumpismo fuera posible.

Ya lo sé: esta elección fue para negar; en especial la locura de MAGA. Los demócratas ganaron, y por ello, Biden será el encargado de planear el camino a seguir. Entonces es él quien deberá examinar con cuidado nuestra situación y resolver la pregunta más importante del momento: ¿cómo evitar un resurgimiento del trumpismo?

Sabemos que 2020 ha sido el año para reconocer el racismo del pasado, para derribar iconos y también antiguos héroes, así como para confrontar las alucinaciones históricas que nos trajeron hasta acá

Seguramente, el instinto de Biden será gobernar igual que como legisló: un hombre de centro acostumbrado a trabajar con republicanos para construir medidas de corto alcance y que apoyen a los negocios pequeños. Después de todo, el nombre de Biden es casi sinónimo de consenso en Washington. Sus años como senador coinciden casi a la perfección con el giro de su partido hacia la derecha, y Biden interpretó el papel principal en el establecimiento de muchas iniciativas de la era: acuerdos similares al NAFTA, favores lucrativos para los bancos, duras medidas contra el crimen, y también propuestas para reducir los gastos en seguridad social.

No obstante, lo que Biden debe entender ahora es que fue precisamente este giro a la derecha de los 1980s y 90s lo que abrió paso al trumpismo.

Recordemos por un momento el giro. Según sus mismos miembros, el partido demócrata dejó de ser el partido de los obreros. Se convirtieron en los “nuevos demócratas”, prometían competencia en lugar de ideología y atrajeron a nuevos distritos: los suburbios ilustrados, los trabajadores “inteligentes”, las “clases educadas”, y demás ganadores de la sociedad post industrial.

Durante años, este giro fue visto como un gran éxito. Bill Clinton trajo reformas amigables con el mercado para las normas bancarias, relaciones comerciales y el sistema de seguridad social. Él y su sucesor, Barack Obama, negociaron enormes acuerdos y triangulaciones agraciadas, subsidios probados y créditos fiscales dirigidos, duras medidas contra el crimen, y programas sociales tan complejos que ni siquiera sus propios creadores podían explicar.

En lugar del dios ancestral del antiguo Partido Demócrata, la clase media, los nuevos liberales adoptaron la meritocracia, es decir, no sólo a los economistas brillantes que diseñaron sus políticas, sino también a los financieros y tecnólogos que trataban de complacer con su liberalismo, aunados a los profesionales bien educados que se convirtieron en sus nuevos electores favoritos. En 2016, Hillary Clinton perdió en las antiguas regiones manufactureras, pero más tarde fue capaz de presumir que ganó en “los lugares que representan dos tercios del producto interno bruto de Estados Unidos … los lugares optimistas, diversos, dinámicos, y vanguardistas “.

No obstante, hay consecuencias cuando el partido de izquierdas en un sistema bipartidista elige redefinirse de esta manera. Como hemos aprendido del experimento de los demócratas, tal partido demuestra no entender las preocupaciones de los obreros, aquellos quienes por definición no escalan en la pirámide de la meritocracia. Y hay que observar lo que indican algunos datos escalofriantes de los últimos doce años: las ganancias económicas que acapara el 1% más rico, las personas promedio que ni siquiera tienen con qué comprar un auto, los jóvenes con deudas gigantescas al graduarse de la universidad, y otras situaciones igual de lamentables. Todos estos factores son productos directos o indirectos del experimento político del que hablamos.

En lugar del dios ancestral del antiguo Partido Demócrata, la clase media, los nuevos liberales adoptaron la meritocracia, es decir, no sólo a los economistas brillantes que diseñaron sus políticas, sino también a los financieros y tecnólogos que trataban de complacer con su liberalismo, aunados a los profesionales bien educados que se convirtieron en sus nuevos electores favoritos.

Biden no puede regresar a las felices fantasías de aquella época centrista aunque lo desee, porque muchas de sus celebradas reformas están en ruinas. Ya ni siquiera Paul Krugman se emociona sobre los acuerdos estilo NAFTA. La reforma de seguridad social de Bill Clinton sucumbió ante tropos racistas y ayudó en la explosión de pobreza extrema. Las duras políticas carcelarias de 1994 fueron tan sólo un paso hacia las nuevas Leyes Jim Crow. Y la debilidad más grande del Affordable Care Act de Obama (dejar los seguros médicos en manos de los empleadores) se hizo dolorosamente obvia durante este tiempo de infección y desempleo masivos.

Por si fuera poco, aún no hemos tenido que lidiar con la consecuencia más grave del mezquino experimento de los demócratas, pues coincidió con un periodo de gobiernos conservadores. Resulta que cuando el partido de izquierdas reemplaza sus tradiciones populistas con rectitud intelectual corporativista, se abre el camino para un particular tipo de demagogia desde la derecha. No es una coincidencia que, mientras los demócratas perseguían el “tercer camino” de la clase profesional, los republicanos hayan afirmado con descaro ser un partido de los “trabajadores” que representa las aspiraciones de la gente ordinaria.

Mejor dicho, cuando los demócratas abandonaron a la que siempre había sido su mayoría, los republicanos se apuraron para reclamarla. En los últimos treinta años, la derecha, y no la izquierda, ha sido quien critica a las élites, y quien celebra los valores humildes frente a las celebridades que los desprecian. Durante la crisis financiera de 2008, los conservadores lanzaron protestas ante los tiempos de dificultad desde la Junta de Comercio de Chicago; en la campaña de 2016 describieron a Trump, su ídolo, como “el multimillonario de los obreros”, amigo y protector de los desamparados (pero sólo de los desamparados blancos).

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La prodigiosa torpeza de Trump ante la pandemia de Covid logró sacarlo de la oficina presidencial y pausó la larga caminata del país hacia la derecha. Vuelvo a dar gracias por eso. Pero cabe recordar que los republicanos no fueron derrotados para siempre. Su orgulloso líder cayó, pero su obrerismo tóxico volverá pronto, reclutando a los desilusionados y los desamparados en nombre del poder. Nuestras fatídicas guerras culturales, con sus interminables dosis de santurronería, continuarán inyectándose en las venas de la nación gracias a las redes sociales o a Fox News.

He pasado una gran parte de mi vida adulta narrando el lento descenso al infierno de nuestro país, y puedo asegurar que el triunfo de Biden por sí mismo no será suficiente para detenerlo. No se detendrá hasta que un presidente demócrata se atreva a enfrentar los errores de su partido y  detenga el vergonzoso experimento de las cuatro décadas anteriores.

Si Biden lo hiciese, podría darse cuenta de que tiene ante sí un momento con grandes posibilidades para los demócratas. El país está harto de las plutocracias. Odiamos tener que verter nuestras ganancias en las cuentas de unos cuantos multimillonarios. Queremos un sistema de salud que funcione y una economía donde la gente ordinaria pueda prosperar, incluso aquellos que no quieran ir a la universidad. Si Biden abre los ojos y supera su pasado, podrá descubrir que tiene el poder de reconstruir nuestro sentido de solidaridad social, de hacer realidad las promesas a la clase media, y de derrotar a la derecha. Todo al mismo tiempo.

*Thomas Frank es el autor de The People, No: A Brief History of Anti-Populism. También es columnista de The Guardian US.

Este texto se publicó en The Guardian y lo tradujo Andrés González. Consulta el artículo original haciendo click en el logo:

https://www.theguardian.com/commentisfree/2020/nov/07/trump-defeat-election?CMP=Share_iOSApp_Other

The Guardian
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