¿Cuánto vale cada vida que se pierde en la CdMX?
En mi radar
¿Cuánto vale cada vida que se pierde en la CdMX?
Los excesos de mortalidad por la pandemia colapsaron a la CdMX
Si no puedes leer la nota, puedo leerla por tí

La vida no tiene precio. 

Cada folio, cada acta de defunción que se firma es una historia que se acaba, un montón de planes que se terminan, familias que quedan desarmadas por la desgracia de haber perdido a un miembro de su núcleo, son espacios y seres irremplazables. 

Cada vez que escucho en las noticias diarias de la Secretaría de Salud desde Palacio Nacional como se dan las cifras de defunciones, en el mismo tono y con la misma impronta que el resto de los datos de la pandemia por Covid-19, se me hace un nudo en el estómago. Esa curva siempre ascendente, esas barras en un Powerpoint son mucho más que una gráfica en tonos borgoña: son vidas, son casas, son proyectos, son anécdotas, son padres, son madres, son amigos, son hijos, son compañeros de trabajo que de repente no estarán más y que pasaron a formar parte de una estadística brutal. 

Siento que en los 10 meses que llevamos en la tormenta en la que nos empujó el virus Sars-Cov2 comenzamos a ‘normalizar’ las cifras. Nos acostumbramos a los datos de muertos porque nos lo avisan diario, nos lo cuentan de manera insípida y pragmática, como hace unos años atrás cuando lo que contábamos eran los muertos por la guerra contra el narco. 

Este lunes publico un reportaje doloroso: el exceso de mortalidad que tuvo la Ciudad de México desde el 30 de marzo al 20 de diciembre. En 38 semanas, la epidemia más universal del siglo provocó que el número de decesos se duplicara lo que significó que 51,444 personas ‘extras’ murieran versus el promedio de muertes que hubo en años previos. No solo por su velocidad de contagio sino porque a diferencia de otras grandes urbes, que lograron domar la curva de verdad, hay una caída en los contagios y muertes después de cada confinamiento y se arranca desde una meseta más baja y controlada.
La CdMX nunca lo logró, apenas una caída en el verano, pero cierra el año con el mismo número de muertos y contagios que en mayo. 

Semáforos que no se encienden por urgencia o por accesos a datos que demuestren su necesidad sino a presiones políticas o mantener un evento comercial como El Buen Fin, fueron parte de los ingredientes que hoy tienen a esta ciudad en un colapso sanitario del que no hay aún planes de cómo se saldrá. 

Siempre me gusta poner en contexto los datos. Porque un número solo no dice mucho, pero cuando uno lo compara con otros, los ubica en su lugar o los ‘pesa’ correctamente, se convierten en un dato de valor. 

¿Cuánto vale la vida de una persona, de un chilango? La respuesta me la dió Manuel Molano, el economista del IMCO. El valor de cada uno de nosotros oscila entre los 200 mil y 800 mil dólares. “El rango es espantosamente amplio… pero es así”, me dijo y me explicó cómo se calcula: es lo que cada persona deja de hacer multiplicado por el número de años que deja de estar a causa de su muerte. “Son los niños que no cuidaste, no educaste, el trabajo que no hiciste, las inversiones que no realizaste, el consumo que no ejerciste. Es el valor de ser un engrane de la maquinaria social y tiene valor”. 

Entonces estas personas ‘de más’ que murieron en la CdMX equivalen a 10,280 mdd si tomamos la cifra baja de 200 mil dólares y 41,120 mdd si tomamos el rango mayor. 

Ese es el costo de haber perdido 51,444 vecinos de esta ciudad. 

¿Es mucho? ¿A qué equivale? 

“La CdMX es la quinta parte del PIB nacional, unos 260 mil millones de dólares”, me explica Molano. Entonces estas vidas perdidas en solo 9 meses de 2020 equivalen a 4.15 años del PIB de la capital si usamos el rango menor de valor, o 16,7 años si usamos el superior. 

“Podemos decir que es un retroceso en promedio de una década del PIB de la CdMX lo que se ha perdido con estas personas”, agrega mientras hace cálculos y porcentajes. 

De ese tamaño es el problema. 

De ese tamaño es el semáforo que encendieron los datos del exceso de mortalidad en la capital, que desde el inicio de la pandemia ha sido el foco más infectado del país. 

La gente es irreemplazable. Cada vida vale. Cada acta defunción es una hoja volando dentro de una tormenta que aún no sabemos cuándo acabará.