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The Guardian

¿Moderna, Pfizer o AstraZeneca? El divertido y ridículo aumento en la envidia por las vacunas

Zoe Williams

La charla casual de las vacunas es la única forma actual de hacer plática, así es que no sorprende que tome un giro tan tribal. Como sea, la gratitud es lo que queda de cada conversación.

"No puedes distinguirte con la vacuna de Oxford; básicamente estás corriendo con la manada". Foto: Dinendra Haria / SOPA Images / REX / Shutterstock

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La semana pasada tuve que ir a buscar imágenes de hombres recibiendo su vacuna. No es un fetiche, fue por trabajo, y me encontré con una foto de una campaña de vacunación contra la influenza en 2012. Y me puse a pensar en hace nueve años: ¿había gente que se oponía a la vacuna de la influenza? ¿Había diferentes tipos de vacunas y nos preocupábamos por cuál nos iban a poner? Estas son preguntas retóricas, con lo cual quiero decir que son tontas. Aunque crea que no me acuerde, sí lo recuerdo perfectamente bien: nunca pensamos en la vacuna de la influenza porque en realidad nunca nos preocupamos por ese virus. 

Hay un poco de ternura en la intensidad de las opiniones sobre las vacunas Covid. Es como si todos estuviéramos tratando de pelear contra el gigante, con un sentimiento desconocido, tratando de descifrar la pandemia en formas y tamaños más manejables: tribus y alianzas, preferencias y puntos de vista. Es como volver a ser adolescente. Las emociones nos rebasan y no las entendemos, son demasiado volátiles para encontrarles sentido. Pero tal vez si rayoneo “AstraZeneca” en mi escritorio, alguien más lo hará y ya seremos dos. 

En las tribus de las vacunas, los pfizereados tienen más puntos. Al parecer Pfizer es más efectiva después de dos dosis que AstraZeneca/Oxford (la protección contra la hospitalización con Pfizer es de  96% contra 92% de AZ). Y a AstraZeneca le va peor después de una vacuna, pero esta sensación de prestigio no tienen nada que ver con la efectividad. Solo es que muchos recibieron antes la vacuna. Eso no tiene sentido. La recibieron primero porque son más viejos o clínicamente vulnerables. Pero no tiene caso discutir por eso porque ellos fueron los primeros. 

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Si vamos a recordar con cariño algo de este periodo brutal serán los primeros días en los centros de vacunación cuando algunos sonreían de oreja a oreja y agradecían a todos, incluso al camarógrafo del canal de noticias local. También habría un poco de temeridad actuada ante el ojo de los antivacunas: no estamos asustados porque las vacunas no dan miedo. 

El hecho de que la vacuna Pfizer tiene que guardarse a temperaturas extremadamente bajas también hace que suene como algo híper científico, como una ultramedicina del futuro. También tiene un gran origen: la inventaron los doctores Uğur Şahin y Özlem Türeci, un equipo de marido y mujer, quienes trabajaron en su laboratorio el día de su boda y son astronómicamente ricos, aunque pasan todo el tiempo leyendo publicaciones científicas. No sé por qué se insiste tanto en esto ¿Cómo debe pasar el tiempo la gente rica? ¿Contando su dinero? Olvídenlo: mientras más pienso en Pfizer más la quiero. 

Moderna tiene el valor de la rareza. Esto tampoco tiene sentido, por cierto. Reino Unido compró 17 millones de dosis de Moderna, y eso es todo lo raro, como un ratón de laboratorio. Sin embargo, te emocionas un poco cuando ves una. Cuando la gente que se vacunó con Moderna se encuentra en las fiestas, se miran a los ojos y asienten como si fueran dueñas de un vocho. (Esto sólo me lo puedo imaginar porque aquí no hay fiestas.) 

AstraZeneca es la norma, el estándar monolítico de 100 millones de dosis para el mercado del Reino Unido. No puedes distinguirte de otro con la vacuna de Oxford. Básicamente vas con la manada, pero al menos estás inmune. Desafortunadamente, los humanos buscamos distinguirnos, así es que todos los que tienen AstraZeneca buscan alguna novedad, generalmente con los efectos secundarios. Nunca oyes a los de Pfizer hablando de brazos adoloridos o de los leves síntomas de gripa. No es porque no los sientan, es porque ellos ya eran especiales. 

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Está la idea de que si tienes síntomas que no ponen en riesgo tu vida no debes mencionarlos para no alarmar a los demás, porque, ¿acaso eres un bebé? En ese caso, sí, estoy de acuerdo. El estoicismo es un gran valor y un dolor de cabeza es un precio muy bajo para la protección en contra de un virus potencialmente mortal. Es grosero con los científicos que se rompieron todo y pasaron muchas noches sin dormir para salvar millones de vidas y que mientras nosotros vayamos por allí diciendo: “Después de tres días me sentía un poco cansada”. 

Desafortunadamente, si algo me pasa, la Constitución dice que soy incapaz de no mencionarlo. Si veo un cubrebocas igual al mío en el autobús, lo menciono. Si no puedo hacer nada durante días más que ver series criminales y pedir bebidas gaseosas con voz llorosa, lo voy a mencionar durante semanas enteras. Así es que esta es la singularidad en el mundo de la vacuna Oxford: todos nos contamos en privado cómo nos sentimos después, minuto a minuto, pero con cara de: “no es nada, sólo un rasguño”.

Justo cuando pensaba que ya se habían acabado las noticias de vacunas, dos amigos, con las dos vacunas de AstraZeneca, descubrieron que sus hijos tenían Covid. Distanciarse en una familia es casi imposible… pero ningún adulto se contagió. Esta cosa de las vacunas sí funciona, maldita sea.

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