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Ni pobres ni ricos

Manuel Molano

La desigualdología debe dar paso al estudio del riesgo individual de caer en pobreza, y cómo evitarlo. Ello implica diseño social, de mercados y de gobierno, para mitigar ese riesgo. En México, ni de cerca hemos logrado eso.

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Foto: Pixabay

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No hay una definición formal, generalmente aceptada en todos los países y lugares, para definir a las clases medias. Eso hace que el estudio de la desigualdad sea terreno disputado por la sociología, la economía, la ciencia política y hasta el marketing. Los que quieren estudiar a las clases medias, lo hacen con un fin determinado: predecir patrones de consumo, preferencias de voto, movimientos sociales o crear nuevos mercados para bienes y servicios.

Esta confluencia de teorías sobre las clases medias hace que el estudio de la desigualdad haya perdido prestigio académico, al mismo tiempo que ha ganado tracción política. Analistas como Pablo Majluf hablan con desdén de la desigualdología; mientras tanto, conozco desigualdólogos brillantes, como mis maestros Gonzalo Hernández Licona y Rodolfo de la Torre o Enrique Cárdenas. En algún momento, en los 90, parecía prevalecer la teoría de la liberalísima Margaret Thatcher, que lo que importa es abatir la pobreza extrema, no la desigualdad. En tiempos recientes a nadie le importa la pobreza extrema, a pesar de que no está erradicada, menos de países como México. Los movimientos políticos, como Morena en México, pero también como el trumpismo en Estados Unidos, aprovecharon las grandes desigualdades de la sociedad como plataforma política. 

Económicamente, las clases medias son importantes, porque son el vehículo de la movilidad social. Cierto, algunos de los mencionados arriba han insistido en que en México la movilidad social no existe, pero yo no lo creo. Cambiar nuestro lugar en la sociedad puede tomar generaciones. Las personas que habitamos México estamos significativamente mejor que nuestros antepasados en los siglos XIX y XX. Si nos comparamos con nosotros mismos en los años 90 del siglo pasado, ha cambiado poco, a menos que fuéramos pobres extremos en esos años y ya no. Por eso, la desigualdología debe dar paso al estudio del riesgo individual de caer en pobreza, y cómo evitarlo. Ello implica diseño social, de mercados y de gobierno, para mitigar ese riesgo. En México, ni de cerca hemos logrado eso. 

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¿Hemos progresado todo lo que debíamos progresar? Quizá nuestros estándares de bienestar material sean mejores, porque hemos tenido el lujo de poder importar tecnologías, y los satisfactores que ellas producen, a precios relativamente bajos, debido a la globalización del planeta. Sin embargo, eso no está al alcance de todos. Lo cual hace pertinente la pregunta de qué es la clase media. 

La mejor definición es la de cada individuo. La mayoría de los mexicanos decimos que somos de los de en medio. El Inegi en 2010 dijo, de manera objetiva, que al menos el 47% de los habitantes urbanos y 26% de los rurales somos clase media.  Aspiramos a prosperar, y sabemos que hay vías para hacerlo. Quienes no lo consideran así, quizá tienen razón, y hay que ayudarlos. Hay otros que se sienten parte del estrato más bajo, sin serlo, porque los hemos discriminado. Hay que dejar de hacerlo.

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