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Matria

Viajar en carretera

Romina Pons

La semana pasada, por primera vez me sentí angustiada de tener que manejar ocho horas con dos mujeres y un niño. Hice lo que nunca: investigar rutas y checar las noticias de la zona para saber cómo andan las cosas. Terminé cambiando mi ruta porque no quería pasar por Tierra Caliente.

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Foto: Pixabay

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Me encanta manejar en carretera, en parte porque me gusta poder llegar a donde quiera sin depender de nadie. Desde hace más de 15 años he recorrido muchas, en serio muchas carreteras del país con amigos, sola, con amigas, con familia o con quien toque. 

La semana pasada, por primera vez me sentí realmente angustiada de tener que manejar ocho horas con dos mujeres y un niño. Hice lo que nunca: investigar rutas y checar las noticias de la zona para saber cómo andan las cosas. Terminé cambiando mi ruta porque no quería pasar por Tierra Caliente. Sí, me dio miedo. 

Pero el narco no era el único de mis miedos. No puedo sacarme de la cabeza y el corazón la historia de Wendy, que el 9 de enero desapareció en su trayecto de San Pancho a Guadalajara sin dejar rastro, sin que las autoridades tengan avance alguno en el tema seis meses después. Es desgarrador abrir Twitter y que de repente salga un tuit de Baruc, su hermano, diciendo que aún no saben nada pero van a seguir buscando. No solo enoja e indigna, también rompe el corazón 

¿Me hubiera sentido más segura si hubiera venido con hombres? Probablemente, pero no estoy segura. ¿Me había sentido así antes? No. Y no soy simplista: seguro no me sentía así antes porque era menos consciente, no porque las cosas estuvieran mejor. Porque a los veintes me resultaba fácil tomar el coche sin rumbo fijo y llegar a algún lugar, y ahora me la pienso dos veces. Porque hace 10 o 15 años no pensaba que podía desaparecer en una carretera, aunque la probabilidad entre esa época y hoy seguramente no han cambiado mucho. Pero la consciencia del tema, en mí y en muchas, sí. Pasa que ahora hablamos de eso, que ahora la indignación se comparte, que ahora las mujeres no soltamos el tema. 

También la semana pasada, en un club de lectura hablamos de La Tía Sauvage de Guy de Maupassant y en la discusión, una amiga dijo que, como mujer, si te agarran tienes que tirarle a escapar o a que te maten, porque lo otro suele ser peor. ¿Qué tan desolador puede ser vivir en un mundo donde morir no sea lo peor? En este cuento, de 1884, la tía Sauvage, llena de rabia y dolor por lo que le hicieron, quema su casa porque le quitaron a su hijo. Más de 100 años después, las mujeres mexicanas queremos quemarlo todo. Usamos las mismas palabras, la misma acción: quemar. Qué desgastante y qué irónico y sobretodo, qué desgarrador. 

Llegué bien a mi destino, pues la violencia tampoco es la regla, y más bien una horrible excepción. Pero cuando paré en la segunda gasolinera, me llevé un fuerte susto –más de mi angustia y continuo estado de alerta que otra cosa–. Se me cerró una pick up como con 10 hombres, incluso unos en la caja de atrás tomando cerveza. La panza se me revolvió y sentí un trancazo de adrenalina en la sangre. No, no venían por mí, solo se metieron –los muy cívicos– para cargar gasolina antes. Me reí de mi propia paranoia pero al mismo tiempo tenía muy en mente la voz de mi amiga: si te agarran, escapa o que te maten, que lo otro es peor.

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