Han sido necesarios 20 años para demostrar que la invasión de Afganistán era totalmente innecesaria
Afganos se dirigen rápidamente al aeropuerto de Kabul, 16 de agosto de 2021. Foto: Agencia Anadolu/Getty Images

La caída de Kabul era inevitable. Marca el fin de una fantasía occidental post-imperial. Sin embargo, la reacción de Occidente es increíble. Llámalo catástrofe, humillación, error calamitoso. Todas las retiradas del imperio son problemáticas. Esta ha durado 20 años, pero el final al menos fue rápido.

Estados Unidos no tenía necesidad de invadir Afganistán. El país nunca fue un “Estado terrorista” como Libia o Irán. No estaba en guerra con Estados Unidos; de hecho, Estados Unidos había ayudado a su ascenso al poder contra los rusos en 1996. Los talibanes habían acogido a Osama bin Laden en su guarida en la montaña gracias a su amistad con el líder talibán, el mulá Omar. En una “loya jirga” inmediatamente posterior al 11 de septiembre de 2001 en la ciudad al sur de Kandahar, los líderes más jóvenes presionaron al mulá para que expulsara a Bin Laden. Probablemente Pakistán habría forzado su rendición antes o después. Posterior a la invasión de 2001, el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, exigió que el presidente George Bush “castigara y se fuera”.

Sin embargo, ni Bush ni Tony Blair escucharon. En cambio, experimentaron un repentino momento de irracionalidad. Se apoderaron de la OTAN, la cual no tenía ningún interés sobre el conflicto, y comenzaron a “construir la nación”, como si las naciones estuvieran hechas de Lego. El politólogo Joseph Nye comentó que sería la era de la “hegemonía de terciopelo“. Por razones que nunca se explicaron por completo, Blair declaró una “doctrina de comunidad internacional” y abogó para que Gran Bretaña estuviera en el primer bombardeo sobre Kabul. Después envió a Clare Short como ministra de Desarrollo Internacional para detener el cultivo de amapola por parte de los afganos. La producción afgana de amapola se disparó a un máximo histórico, extendiéndose de seis a 28 provincias, probablemente el producto agrícola más exitoso de Gran Bretaña de todos los tiempos. El opio hizo que los talibanes volvieran al poder.

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Cuando visité Kabul en 2006, no había escuchado nada más que alardes sobre lo que ya parecía una misión condenada al fracaso. Un ejército británico de 3 mil 400 personas se ofreció como voluntario para reprimir a los rebeldes talibanes que estaban resurgiendo en Helmand. El secretario de Defensa, John Reid, aseguró que solo quedaban “restos” de los talibanes y que “no era necesario disparar ni un tiro”. Su general, David Richards, comentó que sería “solo otra Malaya”. Siete años después, las tropas británicas se retiraron derrotadas y las estadounidenses asumieron el mando antes de ser también derrotadas. Los pastunes locales son maestros en humillar a las potencias externas.

A partir de entonces, su retirada era solo cuestión de tiempo. Lo que está ocurriendo ahora es espantoso. Veinte años de dependencia de los fastuosos contribuyentes occidentales significan que soldados, intérpretes, periodistas, académicos y trabajadores humanitarios ven a sus amigos amenazados y asesinados. Años de asistencia y capacitación están en riesgo. Se ha malgastado un estimado de un billón de dólares de dinero estadounidense. Solo Gran Bretaña ha malgastado 37 mil millones de libras.

¿Cuántas veces hay que grabar en las cabezas británicas que el imperio ha terminado? Está muerto, acabado, obsoleto, no debe repetirse. Sin embargo, Boris Johnson acaba de enviar un portaaviones al Mar de China Meridional. Gran Bretaña no tiene ninguna necesidad, y mucho menos derecho, de gobernar otros países, para “hacer del mundo un lugar mejor“. Ningún soldado tiene que morir por ello, y mucho menos los 454 soldados y civiles británicos que están en Afganistán. Lo mejor que puede hacer Gran Bretaña en este momento es establecer buenas relaciones con el nuevo régimen en Afganistán, en colaboración con los vecinos de Kabul, Pakistán e Irán, para proteger al menos una parte del bien que ha intentado hacer en los últimos 20 años. El mundo no está amenazando a Gran Bretaña. El terrorismo no necesita patrocinadores estatales, ni se acabará con la conquista estatal.