La deuda de vida
Regresando al amor

Psicoterapeuta familiar sistémica, escritora, meditadora y activista por la equidad de genero. Su práctica está encaminada al reconocimiento de la herida emocional infantil para el desarrollo integral del adulto consciente. Instagram @rominalcantar

La deuda de vida
Foto: Pixabay

Los seres humanos tenemos algo en común: todos somos hijos

Para sobrevivir, el ser humano necesita pertener a un grupo y ese grupo es la familia de origen. En consecuencia, todos nos adaptamos a nuestro sistema familiar. Sentimos que al no seguir las reglas, comportamientos, decretos, lenguajes marcados por la familia tenemos el riesgo de la exclusión, lo cual no permitimos pues nos llevaría a la muerte.

Este hecho biológico cuando el bebé, al no estar desarrollado, necesita a sus progenitores para sobrevivir crea esta dependencia absoluta y nos vincula de por vida a nuestros padres. Ellos fueron nuestro primer amor y nuestro primer modelo de referencia al mundo.

A veces sentimos que les debemos demasiado, que hemos generado una deuda que jamás podremos pagar y esta sensación puede llevarnos, de manera inconsciente, a querer hacer felices a nuestros padres desde una lealtad y fidelidad ciegas. Desde un amor inconsciente e infantil. Entonces en ocasiones sucede que el hijo o hija asume una responsabilidad que no le corresponde. 

Así, el niño o niña, desde su pensamiento mágico y en su “amor infantil”, asume lo que expresa la esencia de esta frase: Yo por ti papá / mamá. Yo tomo esto por ti”. 

La lealtad pasa a ser parte de la propia “forma de ser” de cada uno, por lo que deriva en conductas y formas de vida de las que ni siquiera somos conscientes, hasta que nos damos cuenta y se vuelve consciente.  Cuando nos damos cuenta de nuestras propias lealtades empieza una etapa clave en la vida de todo ser humano, ya que entonces es cuando el niño deja paso al adulto y empieza un proceso de maduración.

Sino se logra cruzar este proceso de maduración y amor adulto, el hijo/a no trasciende el vínculo simbiótico con su madre y con su padre, sucederá que se empeñará en “vivir por ellos”. Esto no es más que un intento de hacerlos felices, pero es un intento vano, “por mucho que se empeñe el hijo/a”:

Un hijo/a no puede hacer felices a sus padres, porque ello significaría asumir una responsabilidad de vida ajena. 

Es precisamente esta sensación de no haber recibido lo suficiente o que nos falto algo lo que hace más fuerte querer estar unido a los padres. Esta unión se basa en una ilusión y amor infantil que lleva a la exigencia constante, al reclamo y también a la decepción. 

Queremos buscar y reclamar a nuestros padres esas necesidades no satisfechas en nuestra infancia, lo buscamos interminablemente aún cuando nuestros padres ya no vivan, vamos traspasando esa deuda a nuestras parejas, nuestros hijos, nuestro trabajo o nuestra propia vida. Poniendo esa responsabilidad de llenar afuera, sin darnos cuenta que lo que buscamos está en la aceptación de lo que es, y en el tornarnos conscientes de que en nosotros está ese amor. 

La vida se despliega cuando honramos a nuestros padres y hacemos espacio a todas las personas de nuestro sistema; esto nos permite amar lo que somos

“Honrarlos” significa aceptar la capacidad que ellos tuvieron para darnos, aceptando que quizás solo nos dieron la vida y eso es suficiente. Aceptar que antes de ser padres son humanos con sus propias heridas, defectos y dolor. Aceptar que fueron dos personas con capacidad biológica de dar vida, y dieron lo que pudieron.  Aceptar con ello el pasado, el presente y el futuro. 

Por el contrario, si internamente rechazamos a nuestros padres, en realidad sucede que nos estamos rechazando a nosotros mismos. 

“Rechazar” no significa vivir lejos de ellos o verlos poco. Si miramos en el fondo de nuestro corazón, sabremos reconocer cómo es ese vínculo tan íntimo y tan propio que tenemos con nuestros padres. Rechazar significa sentir constantemente que nos deben de dar algo, que algo nos faltó o nos falta.

Podemos vivir a miles de kilómetros de ellos y, sin embargo, sentirlos muy cerca; nuestro padre o nuestra madre pueden haber fallecido y, sin embargo, podemos sentir que tienen un espacio en nosotros. Si uno los acepta tal cual son, se acepta a sí mismo; si, por el contrario, se resiste a tomar de ellos, por no valorarlo o por sentirlo insuficiente, corre el riesgo de pasarse la vida pidiendo a otras personas aquello que siente que le corresponde “por derecho”.

Cuando esto sucede en la edad adulta, no es el adulto el que está presente, en realidad es el niño quien entra en escena y, con él, la demanda y la exigencia. 

La fuerza del amor adulto se alimenta del presente. No hay otro lugar dónde vivir, no hay nada que resolver más allá de esta situación. Cada paso se va dando, cada decisión es tomada, la vida no pesa, la muerte no pesa, cada cosa es lo que es. 

La fuerza del amor adulto brota cuando, tras mirar atrás y honrar el pasado, podemos dejarlo ahí adonde realmente pertenece: al pasado.

¿Qué tipo de amor existe en ti, amor infantil o amor adulto?