Un artículo publicado en 2004 por The Observer, un periódico dominical inglés, recomendó cincuenta actividades deportivas para hacer antes de morir. Jugar un partido de polo montado sobre elefantes en Nepal, bucear en Belice, correr el maratón de Nueva York, etc. Yo, sin seguir ningún criterio en particular y sin ánimo de establecer un ranking, agregaría sin duda asistir a un Pumas-América. Pero en calidad de visitante.
Todo comienza con la marcha. La que recorres desde la víscera. La que pegas desde el Metro Insurgentes hasta Ciudad Universitaria. Una marcha que huele a ocote. A incienso. A sudor, y al coraje de saber que lo que está en juego no es solo el pase a la semifinal. Huele a mixtura de perfume, tabaco, adrenalina y mota. Al agua bautismal que coloquialmente llamamos cerveza, bañada por la luz de los postes. Esta marcha te hace sentir vivo.
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Y luego lo ves. El Estadio Olímpico Universitario; un coloso que guarda la memoria de un tiempo pasado, con sus muros agrietados y su concreto añejo, como un veterano que se rehúsa al paso de los años. Sus gradas, que alguna vez retumbaron con gloria, hoy susurran historias de derrotas en cada rincón. Antes de cruzar el umbral y ver el fulgor del pasto iluminado, te someten a un cateo tan profundo que casi te leen los pensamientos. Te inspeccionan cada pliegue del alma, como si pudieras esconder el peso de una tragedia.
Si tu entrada indica el túnel 47 y 53 sabrás que estás obligado a refugiarte en el anonimato. Acá el color ajeno incomoda. Pero tal vez de eso trata el fútbol. Y las Liguillas. De rasgar la marabunta azul y oro con un grito surgido desde el silencioso pensamiento.
El partido comenzó y se pintaba una goleada histórica. 3-0 en los primeros 22 minutos. “Ahora América necesita un milagro”, dijo un hincha de la fila de atrás. ¿Milagro?, no existen los milagros, pensé. Ni siquiera para la Biblia, que presupone la existencia de anécdotas engrandecidas que desafían la lógica. El fútbol es un juego cruel donde hemos cambiado las espadas por las piernas y nada más. América necesita una hazaña y no sé si hoy sea el día.
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Y como en una epopeya de verso libre, las Águilas encontraron a los tumbos el empate. Pero faltaba uno. Mientras, para Efraín Juárez, encerrarse a piedra y lodo hasta que pasara la tempestad parecía la fórmula. Permeaba en la atmósfera la sensación de naufragio, y yo no tenía más remedio que situar en mi cara las coordenadas de la desgracia, cuando por dentro el fuego de la emoción me quemaba con urgente despilfarro. Porque vi que el América cabalgó en terreno enemigo con la soltura de un potro liberado. Hasta donde se pudo. Hasta donde le bastaron sus piernas.
Entonces mi sudadera ocultaba sin esfuerzo mi playera amarilla y la hazaña ya no olía a hazaña, pues cuando uno presiente demasiado una hazaña termina por debilitarla. El penal errado nos avisó lo que venía. Y caímos.
Yo también morí de pie, como un orgulloso espía. Debí cambiarme, deseando que mi recién descubierta identidad no promoviera un linchamiento público. Regresé, y ya era de nuevo un tipo normal. Abrazado por las porras que difícilmente seducirían a alguien más allá de Insurgentes, y quizá, levantando las sospechas de la fila de adelante, pues con un gesto de cortés severidad, les rechacé las cervezas para festejar el pase a semifinales. Y es que hasta un espía tiene sus principios en cuanto a fraternizar con el enemigo y yo de ellos no quería nada.
Ahora todo terminó. Si te lo estás preguntando, sí. Tardaré en asimilar la derrota. Pero nos levantaremos, porque hoy no tengo nada que reprochar y hasta en las derrotas se puede ser magnánimo. Y hoy lo fuimos.
La Libertadores nos vuelve a mirar
La Copa Libertadores podría volver a abrirle las puertas a la Liga MX entre 2027 y 2028. Diversos reportes apuntan a que la compra de derechos televisivos por parte de Televisa para Estados Unidos habría reactivado conversaciones entre Conmebol, Concacaf y el futbol mexicano. Y si termina ocurriendo, enhorabuena. Porque hay noches que le pertenecen a Sudamérica y también a México. Porque este fútbol merece volver a medirse en canchas donde la tribuna late como un animal herido, dónde viajar a La Bombonera, al Monumental o al Maracaná significa jugarse algo más profundo que un resultado. Enhorabuena si regresamos a ese torneo que siempre nos quedó pendiente conquistar.