Hubo un tiempo en que ir al estadio era una costumbre. No un lujo. No una decisión financiera. Una herencia. Se iba como se iba al parque o al cine, con lo que hubiera en la cartera y con la certeza de que, de alguna forma, alcanzaba. Hoy, en cambio, los hinchas antes de sentir algo… hacen cuentas.
El futbol mexicano —y no solo el mexicano— empezó a cambiar sin decirlo. Primero fueron detalles. Un palco nuevo, una zona preferente, una experiencia “premium”. Después llegaron los nombres nuevos, los patrocinadores, las remodelaciones. Y de pronto, sin que nadie lo anunciara como ruptura, el estadio dejó de ser un lugar y empezó a ser un producto.
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El ahora llamado Estadio Banorte lo resume mejor que cualquier otro. Para los cuartos de final entre América y Pumas, los boletos van de poco más de 600 pesos a más de 9 mil. Antes de la remodelación, ese mismo estadio se movía entre los 450 y los 1,300 pesos. Pero ir a la cancha no es solo pagar una entrada. Es pagar estacionamiento, la cerveza, el refresco —200 pesos por dos latas—, el agua —80 pesos—, la comida. Una ida “normal” puede terminar fácilmente arriba de los 1,500 o 2,000 pesos por persona. Más si el partido importa. Mucho más si el asiento promete algo distinto. ¿En qué momento el fútbol dejó de ser accesible para el que siempre estuvo ahí?
No es un fenómeno aislado. La Fórmula 1 en México ya ofrece boletos que superan los 80 mil pesos. El Mundial de 2026 tendrá entradas que, en algunos casos, rebasan los 40 mil. Incluso dentro del estadio, el lujo se vende como experiencia, palcos que, divididos, pueden costar más de 300 mil pesos por persona.
El deporte creció. Y en ese crecimiento, eligió a quién incluir (palabrita de moda estos días). Pero la distancia no termina en las gradas. Durante años, el fútbol —y buena parte del deporte— se veía en televisión abierta. Estaba ahí, sin pedir demasiado. Hoy, en cambio, el aficionado necesita una plataforma para la liga, otra para la selección, otra para competencias internacionales. Suscripciones que se acumulan como si fueran partidos. Pagos mensuales para no perderse algo que antes era parte del aire.
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Jorge Valdano decía que el fútbol era lo más importante de las cosas menos importantes. Quizá habría que actualizar la frase. Porque lo “menos importante” encontró la forma de cobrar como si lo fuera todo. Y en medio de ese cambio, el aficionado se quedó en un lugar extraño. Sigue ahí. Sabe más que nunca. Consume más que nunca. Pero pertenece menos.
Entre 2016 y 2025, la Liga MX perdió alrededor de 1.5 millones de aficionados en los estadios. El hincha va al estadio menos veces. Lo ve desde casa, pero con interrupciones, contraseñas, plataformas. Discute menos de lo que pasa en la cancha y más de cómo acceder a ella. Ya no solo es hincha, es un usuario. Y un usuario siempre está a un clic de irse.
Como si el espectáculo ya no necesitara a quienes lo hicieron importante. Y entonces el aficionado —el de siempre— se descubre en un lugar que no esperaba. Sigue viendo. Sigue estando. Pero ya no está del todo en casa.
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Más excentricidad
Para el Mundial 20206, en el MetLife Stadium, que albergará 8 partidos incluyendo la final, habrá un palco con clima y atmósfera personalizada. Un sistema que no solo controlará temperatura, sino que recreará ambientes completos como brisa marina, olor a pasto recién cortado, humedad tipo selva con iluminación y sonido ambiental específico. Todo configurable desde una app según el rival o el estado de ánimo del que pague 250 mil dólares.