Béisbol, memoria y otras trampas elegantes

Jueves 7 de mayo de 2026

Béisbol, memoria y otras trampas elegantes

La Major League Baseball es su vitrina más visible y la Serie Mundial su ritual más reconocible.

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El béisbol también es un producto, aunque le cueste admitirlo.

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Foto: X (@MLB)

El béisbol es demasiado lento para este tiempo y demasiado obstinado para desaparecer. Lo comprobé hace unos días, en una mesa donde se sentaron a conversar varios ex peloteros. No hablaban de estadísticas ni de contratos—eso se olvida—sino de cosas más pequeñas: el sonido seco del bate, la espera interminable entre lanzamientos, la superstición absurda de no pisar una línea de cal. Se reían como si todavía estuvieran en el dugout. Como si el tiempo no hubiera pasado.

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El béisbol también es un producto, aunque le cueste admitirlo. La Major League Baseball es su vitrina más visible y la Serie Mundial su ritual más reconocible. Una forma de orgullo que se juega en un diamante de tierra y césped, con pausas que la televisión aprendió a domesticar. Cada temporada exhibe lo nuevo —más datos, más velocidad, y más datos— sin terminar de desprenderse de lo viejo. Su condición de espectáculo lo convierte en un punto de encuentro improbable: conviven ahí todas las épocas, aunque no siempre en armonía.

De esa conversación, más o menos desordenada, salieron algunas conclusiones.
La primera, que el béisbol es, ante todo, una infancia prolongada. Ningún otro deporte depende tanto de la espera. El jugador aprende a convivir con el tedio, con el silencio, con la posibilidad constante del fracaso. Fallar siete de cada diez veces no te convierte en un desastre, sino en un profesional respetable. Hay algo profundamente humano —y poco rentable— en eso.

La segunda es que el béisbol nunca ha sido del todo justo. Y quizá por eso funciona. El lanzador engaña, el bateador adivina, el umpire interpreta. Todo ocurre en una zona gris donde la verdad no importa tanto como la convicción. La trampa, cuando es elegante, se convierte en picardía. Y la picardía, en tradición.

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La tercera es que el béisbol resiste mal la obsesión por la exactitud. Cada cámara nueva, cada algoritmo, cada intento de anticiparlo todo le arranca algo que no vuelve. El partido avanza como una tarde que no termina de decidirse. Lo importante rara vez ocurre en la jugada; ocurre en la espera, en lo que nadie mide.

Y la última: los que jugaron béisbol nunca terminan de irse. Cambian el uniforme por una camisa cualquiera, pero siguen habitando el juego. Se reconocen en una mirada, en un gesto mínimo, en la manera de escupir semillas al suelo. Hablan un idioma que no necesita traducción, pero tampoco admite explicación.

Quizá por eso, cuando se juntan, no discuten quién fue mejor. Discuten quién entendió algo. Y entender, en el béisbol, nunca ha sido una cuestión de números.

Porque en el béisbol no gana el que acierta más. Gana el que soporta mejor el tiempo.

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Relajo en el TRI

Vaya quilombo el que se armó en la Federación Mexicana de Fútbol, de Mikel Arriola, después del escándalo por los permisos especiales que recibieron jugadores de Toluca, encabezados por Alexis Vega, para abandonar concentraciones y presentarse en las semifinal de la Concachampions, justo cuando otros clubes aseguran que a ellos les aplican reglamentos mucho más estrictos. El tema escaló tanto que la propia FMF tuvo que salir con un comunicado, parecido a una narcomanta, para intentar explicar que todo se realizó “con autorización”, aunque el documento dejó más preguntas que certezas y abrió otro frente de críticas contra la gestión de Arriola. Por si faltara algo, Amaury Vergara prendió fuego con un mensaje en redes que muchos interpretaron como indirecta con destinatario muy claro. Total, que entre permisos VIP, comunicados agresivos y dirigentes jugando a las insinuaciones en X, queda claro que en el futbol mexicano la transparencia sí existe… nomás que a veces trae uniforme de utilería.

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